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Iván, un hermano como Dios manda, VI



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Iván, un hermano como Dios manda, VI

Era sábado, por lo que me quedé en la cama hasta tarde. Me sentía confuso con respecto a mis sentimientos, pero estaba razonablemente contento. Pocas veces había superado una ruptura como en esta ocasión. Ya no pensaba en Leo con pesar. Miento. Realmente ya no pensaba en Leo para nada. Es cierto aquello de que un clavo saca otro clavo. El único problema es que el nuevo clavo era mi hermano, y estaba casado, y esperaba un hijo, y no conseguía quitármelo de la cabeza. Confiaba en que no sería más que una etapa. Pero en el fondo sabía que me estaba enamorando de él, como se había enamorado él de mí dos años atrás. Era algo que yo siempre había descartado que pudiera pasar. Pero estaba pasando.

Estaba planeando pasar el día viendo series en mi cama cuando llamaron a la puerta. Me puse un pantalón de pijama y fui a abrir, convencido de que era el nuevo vecino (sudamericano, aunque no conseguía ubicar exactamente de qué país por el acento) que venía a invitarme otra vez a ir con él a la nueva iglesia que habían montado en un local del barrio. No sabía si decirle de una vez que como buen maricón me esperaba el infierno o invitarle yo a mi cama, (porque el tío estaba buenísimo), pero al abrir la puerta me encontré con Iván.

- Hola - dije, contento de volver a verlo tan pronto.

Iván entró y me besó como jamás lo había hecho Leo y se me aflojaron las piernas de gusto.

-¿Estabas en la cama? - dijo, despreocupado, y se encaminó a mi habitación quitándose la camiseta.

Lo seguí.

- Pensaba quedarme en la cama todo el día.
- No puedes. Tamara quiere que vayamos a comer los tres a algún sitio y que luego le enseñemos la ciudad - se había sentado en mi cama y se estaba desatando los zapatos. Yo me quité el pantalón de pijama.
- ¿Nos espera ahora mismo? - quise saber.
- No, no. Es pronto. Le he dicho que tenías cosas que hacer y que yo te ayudaría. Tenemos un par de horas. - Se quitó los pantalones y la ropa interior.

Yo me tumbé, ya desnudo, boca abajo en mi cama y mi hermano se tumbó sobre mí, acomodando su falo, aun morcillón, entre las cachas de mi culo. Era una sensación fantástica sentirme cubierto por su cuerpo desnudo y notar como su polla se iba endureciendo en mi trasero.

- Ayer lo pasé genial - dijo.
- Yo también - contesté.
- Creo que pervertimos a tu exnovio.
- Y yo no creo que vaya a olvidarlo en su vida.

Mientras hablábamos, Iván se movía sobre mí, acariciándome con toda la piel y en especial con su imponente nabo, que me colmaba, a lo largo, toda la raja del culo de carne caliente.

- Lo que no me esperaba es que fuera tan insaciable.
- Supongo que también fue la situación. Tú estás como un queso y Leo nunca había hecho un trío.

Pero mi hermano tenía razón; una vez bien metidos en faena nos había costado un huevo saciar las apetencias de mi exnovio. Nos habíamos turnado varias veces, dándole uno polla para que mamara a placer mientras el otro le rompía el culo y Leo parecía no tener nunca suficiente.

- ¿Cómo te sientes con respecto a eso? - me pregunto Iván, tras ponerme un buen montón de saliva en la raja del culo para resbalar mejor.
- ¿Con qué?
- Con que nos folláramos ayer a Leo.
- Bien. No hay problema con eso.
- ¿Fue incómodo que me fuera yo primero?
- No, no lo fue. Tenías que irte, no te preocupes.
- ¿Te dijo algo?

Levanté un poco el trasero y tardé en contestar porque las sensaciones que me provocaba su cipote mojado recorriéndome no me permitían ordenar las ideas.

- Dijo que quería volver conmigo.
- ¿En serio?
- Que me quería y que solo me había dejado porque le tiraba tanto la idea del sexo con desconocidos que iba a ser incapaz de serme fiel. - Hice una pausa porque las caricias húmedas de su vergajo por mi orto y sus besos en mi cuello me estaban matando. - Pero que ahora que habíamos demostrado que podíamos estar juntos con otras personas no había razón para no seguir con lo nuestro.
- ¿Qué contestaste a eso?
- Que no me interesaba.
- Bien por ti - Iván volvió a poner saliva e hizo presión con el glande en mi dispuestísimo ano. La cabeza entró sin problema y yo mordí la almohada, encantado.

Iván se quedó muy quieto. Conocía mis preferencias al dedillo. Sabía que si me daba un par de minutos para hacerme al descomunal tamaño de su miembro, yo iba a disfrutar de la follada veinte veces más. No tener que pedir (o explicar) ese tipo de cosas a tu pareja sexual era estupendo. Leo nunca había comprendido ni respetado ese impás.

Aproveché el receso para terminar de explicarle lo de Leo. Luego ya no podría hablar.

- Le dije que yo no quería un novio para follar con otros tíos. Que mi novio debía ser para mí, que debía quererme y desearme y tener bastante conmigo y que él no era esa persona y aunque quisiera intentarlo, yo ya no quería que lo fuera ni lo permitiría. Le dije que era mi forma de pensar, desde siempre, hasta el punto de haber renunciado a ti hace dos años para estar solo con él. Después de ver cómo se lo pasó ayer tarde comiéndote la polla y la tralla que le diste por el culo, creo que comprende lo que me perdí renunciando a ti.
- Eso es muy halagador.
- Hemos quedado como amigos. Le dije que si a ti te apetecía volver a verlo antes de te fueras ya le llamaría. Se mostró muy dispuesto a repetir lo de ayer.
- Pues si repetimos que se haga un buen pajote en su casa antes de venir. No quiero pegar otro polvo de tres horas.

Me reí. En realidad, Iván no estaba exagerando nada. Leo se había corrido tres veces en la sesión de la tarde anterior y cuando Iván tuvo que irse para el hotel, (después de correrse dos veces seguidas, más la del aeropuerto, horas antes), aún quería que le descargásemos sendas lechadas en la lengua.

- Te aseguro que conmigo no era tan cansino -dije.
- Te quiero, Alex - me dijo Iván de improviso al oído.

Y empezó a moverse suavemente dentro de mí, clavándome su miembro de la manera más exquisita y haciéndome el hombre más feliz sobre la Tierra.


Continuará…




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Sexo con el ebanista


Título: Sexo con el ebanista

Autor: R. R.


Soy Andrés, tengo 32 años, mido 1.72 de estatura, 76 kilos, piel bronceada, con un cuerpo y abdomen muy definidos.
Vivo en Colombia, ciudad de Medellín, en el sector agropecuario.

Hace poco, hablando con una tía, le comenté que necesitaba un ebanista para reparar los muebles del comedor y la sala, ella me recomendó a alguien que ella conocía que le parecía que trabajaba muy bien.
En la noche se me ocurrió llamar al ebanista para quedar en que viniera al día siguiente en la mañana antes de salir para la oficina. Cuando yo salía del baño llaman a la puerta. Oh, sorpresa, es Guillermo, amigo de la infancia, el aclamado ebanista. Un hombre de unos 34 años, delgado, de estatura 1.78. Cuando me ve se sorprende y me saluda, hola muchachón; lo invito a entrar, le ofrezco algo para tomar, me pide cocacola. Comenzamos a conversar, él me cuenta sobre su vida, lo cual me cuenta que se ha casado, tiene 2 hijos. En esas me pide que para ir al baño, yo lo guío hasta allí, él entra y no cierra la puerta.

Yo me pongo muy nervioso, e inmediatamente me regreso al comedor a donde estábamos conversando, él sale del baño y dice, hey mano, ¿que hago para aumentar de peso?, que yo soy como los toros, verga y güevas, ¿querés ver?, me dice; yo me tupo, pues nunca me imaginé de un tipo de estos diciéndome estas cosas. Se bajó la bragueta del vaquero y muestra tremenda verga gruesa, larga y unos huevos... Yo me quedo quieto, como paralizado, y me dice toca eso, es tuyo. Me agarra de la mano y me aproxima a él, me pone mi mano en su verga y me dice, vea que no es mentira, y dice ¿ya ves que sí parezco un toro?

Vuelve y sienta en una silla del comedor y me dice ¿por qué no me regalas una cerveza?, le digo listo y voy por ella a la cocina, cuando vuelvo está completamente desnudo exhibiendo tremenda verga y unos huevos muy bonitos, grandes, todo rasurado, con un cuerpo delgado pero atlético, se veía muy bien. Se toma casi la cerveza de una y me dice, y vos ¿que tenés para mí? y me mira hacia mi verga. Yo estaba con la toalla envuelto, debajo tenía puesto unos pantaloncillos Calvin K., yo me los quité y levanté la toalla y le mostré, él se sorprendió al ver mi verga y dice ,ufff, sí la tenés grande. Me pide otra cerveza, se la traigo, me pide que le haga poses y le muestre lo que le voy a dar.

Yo levanto la pierna, me toco la verga, le muestro como me toco el culo con los dedos, él se excita mucho, me dice, quiero tener la experiencia con otro hombre, nos tiramos en un sillón, hacemos el sesenta y cuatro, nos chupamos la verga, yo le toco el culo, a él le molesta, luego le meto lengua y grita de placer, me pide que voltee para ver mi culo en forma. Comienza a darme lengua, me pide que le abra el culo, que me le pare en cuatro, que levante un pie, que voltee la verga como sobándome el culo con ella. Hacemos de todo, vuelve a meterme la lengua por el culo y me dice que ya estoy dilatado, que ahora sí me va clavar; la verdad, pocas veces lo he hecho, lo hacía únicamente con mi pareja, pero esta vez cedí, pero le pedí que lo hiciéramos despacio, me puse en cuatro en la punta de la cama y él de pie, comenzó a follarme y no aguanté, sentí un dolor, le pedí que lo sacara, llevaba la mitad, él siguió metiéndome los dedos, hasta que de una me envistió y me la metió toda, yo grité de dolor, él se quedó un momento quieto hasta que comenzó a moverse, a entrar y sacarlo, ahora sentía un placer... Me volteó, me dejó en la punta de la cama, él se arrodilló y esta vez la sentía toda pues con esta posición permitía que sintiera toda la verga en mi culo, ese sonido de los huevos contra mi cuerpo era excitante...

Ahora me pide que me siente sobre él y me trague toda su verga para que yo cabalgue sobre él y de frente, que me quiere ver venir encima de él.
Él se acuesta, yo me siento sobre su verga y comienzo a metérmela yo mismo, él decía que esto fue lo mas excitante para él, ver que yo me metía su verga en mi culo, esta cabalgada, duro, ufff , hasta que me dice vengámonos los dos juntos. Aceleramos el ritmo, yo me la metía y la sacaba del todo, esto es el cielo…

Nos vinimos juntos, el grito fue impresionante, parecía caerse el mundo, yo le solté leche hasta en la cara. Nos duchamos.

Ahora sí miró el trabajo, hizo el presupuesto, quedó en que se llevaba de a una silla, la arreglaba y luego volvía por otra.
Ya saben cual era la intención.

En otra parte le contaré qué siguió, porque la pregunta fue después de la culiada: hey mano, usted, tan hombre… ¿qué siente cuando lo clavan....?

R. R.




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El Webcam de Iván


El Webcam de Iván

Autor: Miró


Así es... sé que todo el mundo quería saberlo, para él fue tan... explosivo, que no pudo contener su emoción de contarlo, y ya puesto, que lo sepa todo el mundo. Esta es la historia de cómo me follé a Iván.

Estaba en casa, acababa de llegar del curro, cansado, caliente y con la polla ya dura. Me conecté al Messenger como de costumbre, y apareció él. Un chico, realmente no sé qué edad tiene, no es nada del otro mundo, pero le gusta mostrarse por la webcam. Hacía tiempo que no le veía conectado, y ese día entró. Creo que también iba cachondo…

Eran las tantas de la noche y me empezó a hablar, o soltar indirectas, lo típico, vamos… y me puso la cam. Normalmente se iba con el portátil al cuarto de baño, se tumbaba al suelo y enfocaba a la polla mientras se pajeaba. Todo cutre. Esta vez fue mucho mejor, dentro de lo poco cutre que pueda ser hacer esto por la cam, claro. Esta vez estaba en su habitación, con buena luz sobre él y cómodo, de pie. Nada más conectarse la webcam le vi el torso delgadito pero fuerte. Se cruzó de brazos y se le marcó un bíceps que no esperaba, me sorprendió verlo tan hinchado, no estaba acostumbrado a verlo las otras veces. Ahí mi polla ya se fue animando bastante más. Entonces empezó a tocarse por delante, por los lados, por detrás, por fuera y por dentro. Sus manos llegaron a la polla y la movían debajo de sus pantalones anchos del pijama. Luego se dio la vuelta y fue bajando el pantalón para mostrarme el culo que él mismo había soñado que yo me follaba una vez. Y me entraron ganas de follármelo de verdad. Un culo redondo, bien formado, terso, tenso, no sé, un culazo. De esos que te apetece agarrar bien con las dos manos.

El calentón iba a más y más, él seguía provocándome por la webcam y yo ya no podía aguantarme. Me saqué la polla, la vi tan roja y tan llena de poder que me escupí en la mano y empecé a hacerme una paja. Iba tan cachondo que me corrí rápidamente mirándolo. Luego le dije que era muy tarde y que tenía que madrugar y me fui a dormir más a gusto que pa'qué.

Al día siguiente se volvió a conectar por la tarde y la conversación no fue otra cosa que insinuaciones sobre lo de anoche. Tardé poco en sentir que mi polla empezaba a palpitar de nuevo recordando lo de la noche anterior. Pero esa tarde estaba dispuesto a más.
Después de varias indirectas, quedamos.

Sí, quedamos. Nunca nos habíamos visto en persona, pero ya tocaba, además iba súper caliente. Fui a su casa y me lo encontré solo con los pantalones del pijama, yo le pregunté que qué hacía con ellos si aun era pronto, pero su respuesta solo fue una buena palpada a su paquete, como diciendo "mira lo que tengo aquí… y lo chulo que queda con estos pantalones". Tenía la polla tan dura que la mía se empalmó tan pronto como lo vi. Le puse la mano encima del paquete y nos fuimos a su habitación.

Le vino justa cerrar la puerta cuando le cogí de los brazos que tan cachondos me habían puesto la otra noche y lo puse cara a la pared. Me acerqué tanto a él que mi polla estaba aplastada en su culo. Y le encantaba. Me la saqué, le bajé los pantalones y empecé a pajearle mientras mi polla se frotaba en su gran culo redondo. Lo notaba duro, y me ponía súper perro. Empecé a chuparle la oreja y ahí estaba, gimiendo al no poder moverse y sentir el placer de mi lengua húmeda y caliente recorriendo su nuca, de oreja a oreja. Mi mano derecha pajeándole y mi mano izquierda haciendo fuerza en la pared para apoyarme.




Entonces paré y le di la vuelta. Iba tan cliente que me agaché sin darle tiempo a reaccionar y metí su polla en mi boca, hasta el fondo, de golpe. Empecé a chupársela como si estuviera muerto de hambre y él se encogía de placer. Su polla era de esas que miran al cielo y no dan la vuelta porque se topan con la barriga, si no, estaba tan dura que habría salido volando. Gorda por abajo y algo más delgada en la punta, pero bonita. Tan bonita que me apetecía comérmela un buen rato. Mi boca echó tanta saliva como pudo y yo babeaba comiéndosela. Notaba como su polla caliente daba golpes en mi boca debido a la excitación.

Así que paré, no quería que se corriera todavía. Me levanté, le comí la boca un rato mientras la acariciaba el culo y él me agarraba la polla masturbándome. Notaba cómo se me pegaba, ansiaba que me lo follara, y yo no iba a defraudarle. Nos estuvimos besando hasta que las lenguas no podían más, entonces volví a darle la vuelta. Se quedó cara a la pared y de espaldas a mí abriendo un poco las piernas para que mi polla se colocara debajo de su culo y estiro los brazos hacia la pared para apoyarse. Pero no le dejé. Le empujé hacia la pared dejando el espacio mínimo para que mi mano pudiera hacerle un buen pajote.

La primera palabra que dijo durante todo ese largo y caliente rato que llevábamos la dijo en ese momento. Métemela. Le dije que no. Aun no…

Volví a como estábamos al principio, le agarré la polla, la apreté con la mano derecha y empecé a tocársela, subiendo y bajando la mano, acariciándola con suavidad, tocándole el capullo. Notaba que hervía en mi mano. Estaba tan caliente como yo.
Volvió a decirme que me lo follara. Y no pude aguantar más. Seguí pajeándole arrinconándolo a la pared y con mi mano izquierda y un poco de saliva, fue preparándole el culo. Lo tenía bien estrecho y tan caliente como la polla. Aunque con mi masaje pronto conseguí que entrara un dedo. Me arrodillé sin dejar de pajearle y le lamí le culo hasta que mi lengua entró en ese agujero que palpitaba por mí. Con la mano izquierda lo agarraba y lo apretaba, me encantaba su culo. Se lo chupé un poco para que quedara bien húmedo, y me levanté cuando noté que se impacientaba.

Sí… había llegado el momento, sin pensármelo más, apreté su polla, él se estiró por la impresión y mi polla entró hasta casi la mitad.
La saqué y volví a meterla, esta vez hasta el fondo. ¡Zas! Respiró tan hondo que por un momento me preocupé, pero la fui sacando lentamente hasta la punta y sin dejar que saliera empujé hacia adentro de nuevo. Estuve metiéndosela lentamente un rato y me ponía cachondísimo notarlo tan caliente pegado a mí.

Mientras le besaba la espalda y no dejaba de pajearle fui acelerando el ritmo. Cada vez más rápido. Parecíamos animales en celo, pero fue brutal. Teníamos tantas ganas acumuladas que el momento había llegado y lo estábamos aprovechando a tope.
Llegó un punto que mi polla no podía entrar y salir más rápido y mi mano tampoco podía acelerarse más en su polla. Quería correrme, solo faltaba un detalle…

Apreté su polla, le lamí la oreja y le apreté su cuerpo contra el mío con el brazo izquierdo al tiempo que su respiración se entrecortaba y algo espeso y muy, muy caliente salía de su polla impregnando mi mano y mojando la pared entera. Su corrida fue tan placentera que yo no tuve tiempo a sacar mi polla, la metí hasta el fondo y mi leche salió disparada dentro de su culo. Él la notó y volvió a gemir. Y yo me puse aun más cachondo escuchando su respiración.

Le tenía apoyado en mí, con la mano izquierda le acariciaba el torso, con la derecha la polla suavemente y mientras, le besaba en la boca. Mi polla estaba mojada por mi corrida cuando la saqué de su culo que goteaba lefa.
Estábamos cansados, exhaustos, sudados y nos metimos en la ducha.


Miró

(Este relato participó en el Primer Concurso de Relatos Eróticos Gay - Agosto/Septiembre de 2009)

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El ciclista recién depilado



El ciclista recién depilado


Autor: Max


Un sábado de este verano quedé con un ciclista llamado Luis. Llevaba unos días hablando con él, pero nunca encontrábamos un hueco para vernos.

Finalmente, viernes por la noche pasamos un rato hablando por Messenger y decidimos quedar para tomar algo a las 11 de la mañana en un bar cerca de su casa.

Yo tenía que coger coche para llegar a la cita y pillé un camino donde hacían obras y llegué 30 minutos tarde, así que tuve que acompañarle a la depiladora donde tenía hora.

Entré en la sala de espera con él y le atendieron enseguida. Era una mujer sola que se veía que no tenía muchos clientes, así que pedí entrar en la sala donde iban a depilarle.

Observé como se quitaba los vaqueros, los cuales le marcaban un paquete increíble. Debajo llevaba puestos unos boxers azul marinos ajuntados y vi que tenía la polla posicionada hacia la derecha… Dios, que ganas de agarrarla.

A los 2 minutos la mujer tuvo que ir a recepción para contestar el teléfono. Así que quedé solo a su lado. Hice la broma de subirle la camiseta para mirarle el abdomen y tenía muy poco vello. Él riendo se bajo los boxers para enseñarme la polla y luego cuando soltó el elástico, su polla quedo medio afuera… asomándose.

Me excité un montón y él lo notó ya que tuve que ajustarme los pantalones porque se me empinó y me apretaba. Él me agarró el paquete y me lo empezó a masajear.

La mujer seguía hablando por teléfono así que le bajé los boxers y se la empecé a chupar. Él seguía masajeándomela y quise desnudarme allí mismo para que me la pudiera chupar y comerme el culo. Me puse de pie y le pajeaba con una mano y con la otra le tocaba el cuerpo. Saqué su polla y sus huevos a un lado de los boxers y le lamí los huevos y se los chupaba mientras le seguía masturbando. En ese momento él me tocaba el culo y yo notaba como mi polla necesitaba ser liberada de mis calzoncillos para que él pudiera saboreármela.




Escuché como la mujer colgaba el teléfono, así que le coloque los boxers y me volví a sentar. Ella entró y pudo observar que Luis tenía la polla empinada, me miró con cara rara y no pude no reír. Ella acabó su trabajo… de depiladora y yo salí afuera mientras él pagaba.

Cuando Luis salió, me cogió de un brazo y me llevó hasta la entrada de unos apartamentos y me empujó contra la pared y me empezó a besar. Apretaba su cuerpo contra el mío y yo le cogía el culo con fuerza. Su polla dura se apretaba contra la mía. Me abrió la cremallera y me la sacó… Se la metió entera en la boca y sentí una excitación increíble al pensar que alguien podría pillarnos. Me mordía suavemente la polla dándome una sensación de dolor y placer a la vez. Dentro y fuera, mi polla desaparecía en su boca.

Se levantó, se la sacó y se pajeó. Me dio media vuelta y me quitó los pantalones. Me puse de rodillas y me comió el culo. Su lengua salvaje me mojaba entero y sentía saliva correr por mis huevos. Me pajeaba y me metía su lengua en el culo y luego la sacaba, luego volvía a meterla y así sucesivamente. Con dos dedos mojados de su boca, empezó a prepararme para lo que iba a venir. Su polla gorda y dura.

En un momento se paró y sabía lo que me esperaba. Menos mal que se la lubricó escupiéndose en la mano y pasándosela por su polla. Los segundos entre sentir su lengua y luego sentir su verga se hicieron interminables. Quise gozar enseguida de ella y sentir sus cojones pegar con fuerza contra mi trasero. Me folló con rapidez, entraba y salía de mi culo con facilidad. Estoy acostumbrado a recibir por detrás y se notaba que él acostumbraba a dar.

Me pasaba la mano por mi pelo y me mordía la espalda.

Cambiamos de postura y me senté encima de él. Él me lamía los pezones, en uno de ellos llevaba piercing y con la lengua jugaba con él.

Iba dando saltos encima de él y notaba como me apretaba. Fregando mi polla por su abdomen mientras tenía su polla en mi culo era increíble. Luis gemía con placer y vi en su cara que le faltaba poco para correrse. Yo subía y bajaba con más rapidez y apretaba mi polla contra él. Sentí como se corría en mi culo. Tensaba su culo contra el suelo para metérmela más a fondo. Tres disparos de riquísimo semen dentro de mí. Quise gritar mientras yo me corría encima de nosotros. Me incliné un poco hacia atrás y parte de mi corrida se disparó sobre su cuello.

Me bajé de la postura y me tumbé sobre unas publicidades del suelo. Me lamió el semen de mi pecho, yo le limpié con mis calzoncillos que habían quedado tirados en el suelo. Los metí en el buzón de un apartamento y nos fuimos a tomar algo refrescante.

Max


(Este relato participó en el Primer Concurso de Relatos Eróticos Gay - Agosto/Septiembre de 2009)


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Amígdalas deliciosas



Amígdalas deliciosas

Autor: Pehuenche


Necesitaba un momento de mucho relax y, para estas ocasiones, lo mejor son los hombres. Ingresé al chat y comencé a dialogar sobre el tiempo y el frío con un chico de Neuquén que dijo que tenía 20 años, yo tengo 40, con la intención de pasar el rato y nada más. Intercambiamos los mensajeros para poder dialogar en forma privada y el intercambio de palabras fue elevando el tono, y, como no podía ser de otra manera terminamos preguntándonos qué nos gusta hacer a ambos en lo que a sexo se refiere.
Me dijo que le gustaba mucho que le practicaran sexo oral y también penetrar. Casualmente a mi me gusta hacer y que me hagan ambas acciones. Me dijo que era más alto que yo y que pesaba bastante más. Le confesé que tenía cierto temor porque él era un pendejo y yo era bastante mayor, pero me tranquilizó indicándome que podíamos encontrarnos sin compromiso, si no nos gustábamos, todo bien igual.
Cuando me recibió en la calle me quedé sin aliento. Era un lindo pibe, de barba de tres días, robusto, no gordo, y muy despierto, para nada retraído. Ingresé a su casa, me dijo si quería tomar algo, le pedí agua, y enseguida me dijo que fuéramos al dormitorio. Yo tenía mucha vergüenza, pero me dijo que estaba todo bien. Me abrazo y me sentí raro, contenido, era como que sus dos brazos, su boca y su pecho me envolvían totalmente. Efectivamente me dí cuenta que él era grande de físico y podía tenerme como quería.

Entramos en calor y comencé a acariciarle el pecho, todo peludo, le recorría con mis manos las tetillas que se ponían bien duras. Le acariciaba toda esa espalda con mis manos, hasta que comencé a acariciarle la panza y desabrocharle el pantalón. Llegué con mis manos al monte de Apolo, desprolijo, con pelos duros, hasta que mis yemas llegaron a la base del pene. Fue increíble sentir que sus ojos estaban cerrados, su lengua estaba dentro de mi boca y me imaginaba cómo era sentir todo ese cuerpo que me envolvía arriba mío, desnudo.

Saqué mi boca de la suya para poder lamerle los lóbulos de las orejas. Como él era más alto que yo, debí ponerme en punta de pies, mientras mi mano ya había comenzado a acariciarle el pene. Le susurré si quería que se la chupara, mientras el estuviera parado y yo me arrodillara enfrente. Lo miré a los ojos, los tenía cerrados y con expresión de mucho placer, y me dijo que lo hiciera por favor.
Terminé de bajarle los pantalones. El pene estaba todavía preso en su slip. Olí por sobre esa tela y fui bajando el slip suavemente, mientras comenzaba a acariciar todo ese montón de pelos negros del que sobresalía su masculinidad, esa masculinidad de pendejo. No estaba del todo duro, así que pasé mi lengua por los huevitos llenos de pelos y lo tomé con mi mano derecha, para poder correr el prepucio para atrás. El olor que tenía el glande y la zona del frenillo, llenó mis sentidos. Era un olor a pene de macho, no había duda. Unos 18 centímetros más o menos y una hermosa cabeza, chica, ideal para poder introducirlo todo en mi garganta.

Comencé lentamente hasta que estuvo bien duro.




Estaba de rodillas oliendo esa hermosa pija con la base peluda, con el olorcito de pija recién levantada que me vuelve loco. Le acariciaba los huevitos y empecé a hacer vacío con mi boca. Mi lengua recorría todo ese monumento de carne, desde el glande hasta la base, con los labios apretaba suavemente el tronco. Con mis manos fui bajándole el pantalón hasta que quedó todo en el piso y entonces comencé a acariciarle la cola, una cola grande, peluda, y unas piernas duras. Con su pene en la boca, no podía introducirmelo en esa posición, lo miraba hacia arriba y él estaba con los ojos cerrados y me decía muy despacio que siguiera, que le gustaba lo que estaba haciendo. Estuve como quince minutos así.

Me paré y le dije que por favor necesitaba que se acostara porque quería meterme toda la pija en la boca. Así que se puso en la cama boca arriba, se sacó los pantalones de los pies, y me puse al revés, como para hacer un 69, pero yo no me había desvestido. Comencé a succionarle el glande nuevamente y a acariciarle esas hermosas bolitas llenas de pelos negros y duros. La pija estaba dura, muy dura a esa altura. Tomé aire, me llené los pulmones de aire e hice el esfuerzo. Puse el glande en mi garganta y lentamente fui haciendo presión hasta que entró todo así. Sentí que se quedó quietito. Saqué toda la pija de mi boca, estaba llena de saliva y fue entonces cuando me agarró la cabeza y comenzó a hacer movimientos pélvicos. Volví a tomar aire y me introduje de nuevo el pene en mi garganta. El empezó a moverse para sentir cómo entra y sale. Así estuvo un buen rato mientras con su mano me acariciaba la cola.

Imaginé que sentir toda esa pija en el culo me iba a hacer ver las estrellas, pero asumí el riesgo. Le pedí por favor que me penetrara, pero que me dejara sentarme arriba.

Le puse un profiláctico y me saqué el pantalón y el slip. Quedé con la camisa, la corbata y el chaleco. Me puse en cuclillas. Me llené el upite de saliva y me senté. Primero sentí la cabeza que intentaba entrar mientras con mis manos le acariciaba los huevitos y le tenía la base de la pija. Empecé muy despacio. Primero me puse la cabeza de la pija y fui introduciéndomela milímetro a milímetro. Cuando iba por la mitad, me arrodille, con todo ese cuerpo de macho grande entre mis piernas, y lo abracé. Me dio un beso de lengua que me dejó sin aliento y cuando me tenía así hizo presión y entró la otra mitad, así de una. Tuve un espasmo porque me dolió un poco, pero enseguida comencé a disfrutarlo. Me quedé quietito y él subía y bajaba. En un momento paró. Me puse otra vez en cuclillas mientras me sostenía en su pecho y comencé a cabalgar, me entraba y salía. Sentía el ruido de mi cola cuando chocaba contra la base de su pija. Estuve un buen rato, me sentía realmente muy bien porque en un momento me tocó la próstata y le dije que se quedara quieto, empecé a tener un orgasmo de aquellos, le apretaba la pija con mi cola y tenía espasmos. En ese momento, me tomó hacia él me apretó muy fuerte y comenzó a entrar y salir con fuerza hasta que acabó.
Le dije: "qué posibilidades hay de que te quedes a vivir ahí". Se rió, le hice unas caricias en su carita de pendejo y le pregunté si le había gustado. Me dijo que sí. Me dio un besito y se terminó.

No sabés las ganas que tengo de repetir.

Pehuenche


(Este relato participó en el Primer Concurso de Relatos Eróticos Gay - Agosto/Septiembre de 2009)

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Sir Arthur de Gosperhade, II






El siguiente relato es de la casa.


Sir Arthur de Gosperhade, II

Sir Arthur de Gosperhade continuó unos días más descansando en casa. Eleonor, su esposa, sabía que Sir Arthur había sufrido un cambio tras recibir aquella paliza en la feria, un cambio de carácter. El médico no había querido volver a su casa, pero a Eleonor no le importaba. Ella veía a su marido bastante bien. Quizá se había llevado un buen golpe en la cabeza, pero en lugar de matarlo, lo había convertido en un hombre más bueno. Ahora era amable con todos sus hijos, jamás levantaba la voz, e incluso sonreía. La única pega es que Sir Arthur estaba muy apático en el lecho conyugal, pero Eleonor confiaba en que eso mejoraría con el tiempo. Al fin y al cabo, su esposo había estado a punto de morir. El tiempo curaría esas heridas.

Por su parte, Arthur se sentía feliz, pero era consciente de que había lagunas en su memoria. No es sólo que fuera incapaz de recordar qué había ocurrido la noche de la feria. También había otros episodios de su vida que se desvanecían. Por ejemplo: Sabía que el herrero había ido a verlo hacía unos días y recordaba vagamente que parecía estar bastante enfadado, pero después ya no había más. No recordaba de qué habían hablado, ni cuando se había ido el herrero. Tampoco recordaba que el médico hubiera ido a visitarle estando él despierto, aunque Eleonor le juraba que así había sido. Pero las lagunas no le preocupaban demasiado. Por primera vez en su vida se sentía realmente feliz. Aunque eso iba a cambiar muy pronto.

El desastre tuvo lugar pocos días después. Eleonor, convencida de que ahora era el momento, dado que su esposo estaba de tan buen humor, le pidió a su hija mayor, Gloria, que invitase a cenar a casa a Sir Brown de Hepshid, su joven pretendiente.

Hacía más de un año que las dos familias habían cerrado el compromiso, pero aún no se habían atrevido a decírselo a Sir Arthur, no fuera a batirse en duelo con el joven pretendiente, arrancarle la cabeza o algo peor.

La cena estaba preparada, los nervios a flor de piel; toda la familia sentada a la mesa, con un Sir Arthur sonriente en un extremo y una silla vacía en el otro. Los hijos de Sir Arthur se miraban unos a otros, preocupados. Eleonor había pedido a los mayores que, si Arthur se ponía belicoso, lo sujetaran ellos tres. Los hijos mayores esperaban no tener que encontrarse jamás en esa situación.

Gloria, la hija casadera, no paraba de beber vino. Su futuro marido esperaba fuera, y debería haber entrado hacía media hora larga, pero estaba muy asustado, y ella no podía reprochárselo. Sin embargo, la cena empezaba a enfriarse, así que Gloria no tuvo más remedio que salir a buscarlo.

- Cariño… -dijo Eleonor a su marido.
- ¿Si, querida? –contestó Sir Arthur, a quien ya le sonaban las tripas.
- Tenemos un invitado esta noche.
- ¿Es por eso que estáis todos tan raros y nadie come este pavo tan maravilloso que has preparado?
- Pues… sí. Va a ser que sí.
- ¿Y dónde está?

Entonces Gloria entró, arrastrando a su novio del brazo y en la sala se hizo un silencio sepulcral.

- Papá… Éste es Brown. Nos vamos a casar.

Todos notaron el cambio que se produjo en Sir Arthur. Le había cambiado la expresión de la cara al ver al mozo, pero no parecía realmente enfadado, ni sorprendido. En realidad, Sir Arthur había adoptado la apariencia de un autómata. Ya no era dueño de sus actos, aunque eso no podían saberlo los demás.

- Papá, ¿me has oído? Nos vamos a casar.

Sir Arthur no respondió. No podía apartar la vista del joven pretendiente de su hija.

- ¡Nos vamos a casar pasado mañana! –improvisó Gloria, a ver si así reaccionaba y fijando a la vez la fecha de la boda para sorpresa de su madre y del novio.

Pero sir Arthur permaneció en total silencio, hipnotizado por la belleza de aquel joven.

- Siéntate, Brown –le pidió Gloria a su novio, en vista de que su padre no reaccionaba.

Cuando Sir Brown de Hepshid se sentó, en la otra punta de la mesa, Sir Arthur reaccionó.

- Hijo, déjale tu sitio a Sir Brown –le pidió a su hijo mayor, que estaba sentado a su derecha.

Su hijo obedeció al instante.

- Sir Brown, por favor. Sentaos aquí –dijo el muchacho. - Así podréis hablar tranquilamente con mi padre durante la cena.

Todos en la mesa tragaron saliva, temiéndose lo peor. Uno de los chicos apartó los cuchillos que estaban al alcance de la mano de Sir Arthur con disimulo.

- Los tenedores también –le susurró su madre.

El asustado pretendiente de Gloria cruzó los metros que lo separaban de aquella silla que no deseaba ocupar como si recorriera la distancia entre la mazmorra y la horca.

Lo siguiente ocurrió muy deprisa. Sir Brown ocupó el asiento que le cedían, y Sir Arthur, al tenerlo sentado a su vera, puso el automático y musitó que era el hombre más atractivo que había visto en su vida, a la vez que le ponía la mano en la entrepierna. El tiempo pareció detenerse. La cara de Eleonor era todo un poema, Gloria se bebió otro vaso de vino de golpe y los hijos de Sir Arthur se miraron unos a otros sin dar crédito. Justo cuando alguien dijo que Sir Arthur estaba bromeando, Sir Arthur empezó a besar a Sir Brown fervientemente, quien recibió aquella lengua exploradora demasiado anonadado para negarse.

Eleonor apareció a los diez segundos con una escoba y le dio escobazos a su marido hasta que consiguió echarlo de la casa, mientras el más pequeño de los hijos, de once años, observaba la escena y comprendía que la mujer que le salvó de la paliza en la feria estaba cumpliendo su promesa.

En ese instante comenzó el destierro de Sir Arthur de Gosperhade y sus desventuras por la corte.




Sir Arthur pasó la noche intentando entrar en su casa y recibiendo tomatazos por parte de su esposa y su hija. El hombre no recordaba qué había hecho para enfurecerlas tanto. Cuando, ya al alba, comprendió que no iban a dejarlo entrar, decidió ir en busca de una posada hasta que a su familia se le pasara el berrinche.




Su caballo lo derribó por tres veces, dejándole las vestimentas en un estado aún más deplorable, y finalmente decidió hacer el viaje a pie.

De camino a la posada se cruzó con tres caballeros que regresaban de una batalla.

Los hombres lo miraron con curiosidad, ya que tenía porte de caballero pero el aspecto harapiento de un pordiosero.

Uno de los tres guerreros lo saludó con la mano y Sir Arthur puso de nuevo el automático. Se plantó delante de aquel caballo y alzó los brazos.

- ¡Tómame, por favor! –gritó. – ¡Necesito fuego en mis entrañas. Necesito un rabo entre mis piernas. Necesito que me atravieses con tu espada de carne y me descoyuntes mi trasero virginal!

El caballero se rió, nervioso.

- ¡Loco, quita de en medio!

Por toda respuesta, Sir Arthur se bajó los pantalones y le ofreció su culo.

- Pon aquí la lengua, caballero. Hazme sentir. Enciende con tu boca mi lujuria y lléname luego el orto con tu acero palpitante mientras jadeas en mi oído cual bestia agonizante.

Sus dos compañeros habían detenido sus monturas y observaban la escena bastante sorprendidos. El caballero interpelado, al contemplar las alzadas cejas de sus amigos, esperando su reacción, arreó su montura y al pasar junto a Sir Arthur le propinó un puntapié en la cabeza que lo tiró al suelo, dejándolo inconsciente y con el culo al descubierto.

Sir Arthur pasó las siguientes tres horas en el limbo, y despertó cuando un campesino le dio de beber.

- Has elegido un mal lugar para desmayarte. Este camino es muy transitado. Me extraña que no te haya pateado ningún palafrén.
- Me siento como si lo hubiera hecho…

Sir Arthur consiguió abrir los ojos, y cuando vio los del campesino y la preocupación en ellos, sintió deseos de entregarse a él.

Cogió su cara entre las manos y lo besó en los labios. El campesino lo apartó como si tuviera la peste.

- ¿Qué demonios haces?
- Te quiero –contestó Sir Arthur. – Te quiero, campesino. Deseo que me hagas tuyo.
- ¡Estás loco! –el campesino intentó alejarse pero Sir Arthur se le agarró de una pierna.
- ¡Por favor! ¡Fóllame! ¡Ámame! ¡Dame un día entero por el culo! ¡Hazme tuyoooo!

El campesino le daba patadas con la pierna libre pero Sir Arthur no se soltaba. Al contrario, fue subiendo por la pierna hasta que consiguió plantarle los labios en los huevos. El campesino tuvo que darle nueve puñetazos para que lo soltara.

Y Sir Arthur se quedó de nuevo en el suelo, magullado, sí, pero también muy necesitado.

Tuvo otros dos encuentros igual de desagradables antes de perder definitivamente las fuerzas y el conocimiento.

Cuando despertó se hallaba a cubierto y sobre algo mullido. Una mujer que no conocía le curaba las heridas con alcohol.

- ¡Escuece! –se quejó.

La mujer le sonrió, pero no dijo nada.

- ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?

Más sonrisas, pero nada de respuestas.

- ¿Se te ha comido la lengua el gato?

La mujer abrió la boca y le enseñó que, en efecto, no tenía lengua. Sir Arthur puso cara de asco y ella se fue a buscar a alguien.

Al cabo de unos minutos reapareció con un hombre robusto, que llevaba una barba blanca muy poblada. Sir Arthur lo conocía de vista. Era el dueño de una de las posadas.

- Lirian, déjanos solos –le pidió aquel hombre a la mujer sin lengua.

Ella obedeció y el hombretón cerró la puerta antes de encararse con Arthur.

- ¿Qué os ha pasado? –le preguntó.
- Me han echado de casa.
- ¿Acreedores?
- Mi mujer y mi hija.
- ¿Por qué?
- No estoy seguro.
- Os he encontrado tirado en un polvoriento camino. Os habían golpeado y quitado toda la ropa. ¿Recordáis eso?
- No…

El hombretón se acercó a la cama. Sir Arthur, que hasta ese momento había permanecido con los ojos medio cerrados por el dolor, miró al posadero y…

- Deseo que me abraces –dijo.

El posadero lo miró con desconfianza.

- ¿Qué queréis decir?
- Deseo que me abraces, que me beses, que me cuides y que después me plantes tus genitales en el rostro, que me restriegues tus sudorosos y peludos huevos por toda la cara y luego me llenes la boca de leche.
- ¿Quién… quién os lo ha contado?
- ¿Lo harás?

El posadero se sentó en la cama y le tomó la mano.

- Esta noche tenemos reunión. Estáis invitado, si es que podéis moveros. Ahora, descansad –y le dio un beso en los labios que hizo que Sir Arthur se estremeciera de gozo.


Al anochecer el posadero le llevó algo de cenar a la cama.

- Quédate aquí conmigo mientras ceno, por favor –pidió Arthur.
- Tengo mucho trabajo. Comed un poco y dormid un rato. Guardad fuerzas para esta noche.

Ya de madrugada, cuando la taberna había cerrado sus puertas y todo el mundo dormía, el posadero regresó a su habitación.

- ¿Estáis seguro de que queréis venir a la reunión?
- ¿Allí me tomarás?
- Si es eso lo que deseáis…
- Entonces, estoy seguro.
- Bien. Apoyaos en mí.

El posadero lo ayudó a salir de la cama y le dio prendas holgadas con las que vestirse, para que no se hiciera daño al ponérselas. Después, lo condujo hasta el establo.

- ¿Podéis montar a caballo?
- Si voy con vos, soy capaz de cualquier cosa.

El posadero, halagado, le ayudó a montar en su caballo y montó después tras él.

- Sujetaos bien. No está muy lejos pero el camino es escarpado.

Cabalgaron durante unos diez minutos. Conforme se acercaban al lugar de la reunión, Arthur sentía como el posadero se iba excitando. Notó en su trasero la creciente erección del otro y empezó a restregarse contra ella. El posadero lo abrazó y le comió la oreja mientras le pegaba su cipotón al trasero y se movía con el movimiento del corcel.

Cuando el caballo se detuvo delante de una cueva cuya entrada estaba iluminada por una antorcha, el posadero se bajó y ayudó a bajar a Sir Arthur, que tenía una erección bestial y unas ganas horribles de arrancarse toda esa ropa prestada.

- Acompañadme –dijo el posadero, tomándole de la mano.

Sir Arthur se dejó guiar hasta el interior de la caverna, aprovechando para meter la mano por la cintura del pantalón del posadero y plantarle un dedo lleno de saliva en el ojete. El posadero se estremeció pero siguió caminando como si no lo sintiera.

Arthur contó nueve hombres en el interior de la cueva. A algunos los conocía de vista. Estaban completamente desnudos y parecían estar esperándolos a ellos.

- Era verdad –dijo uno de ellos, un comerciante artesano del condado vecino que solía vender alpargatas. – El último hombre que me imaginé jamás que vendría a una de estas reuniones está aquí.

Sir Arthur no estaba para cumplidos. Le bajó los pantalones al posadero, se puso de rodillas y enterró la cara en su trasero. El posadero abrió las piernas mientras decía a sus compañeros:

- Viene muy caliente. Empezad, empezad.

Sir Arthur de Gosperhade le separó bien las cachas del culo y comenzó a darle lengua en todo el agujero. El posadero se estremecía. Los otros nueve, cinco de los cuales ya tenían la polla dura cuando ellos habían llegado, empezaron a tocarse los unos a los otros.

- Oh, lo hacéis muy bien, Sir Arthur –dijo el posadero agachando un poco la espalda para que le llegara más lengua.

Sir Arthur se había llenado la palma de la mano de saliva y se estaba acariciando el glande mientras le daba profundas chupadas en el esfínter.

- Veo que deseáis tomarme a mí primero -dijo el posadero.
- Cualquier cosa que haga con vos nos dará placer a ambos.

Sir Arthur no se dio cuenta pero algunos de los presentes los miraban con cierta envidia. Sir Arthur era uno de los hombres más atractivos que habían entrado en aquella caverna.

El posadero empezó a retorcerse con los lengüetazos de Sir Arthur y la verga le empezó a escupir en el suelo. Los demás sabían que no es que se estuviera corriendo, sino que tenía abundancia de líquido preseminal. Pocas veces lo habían visto, sin embargo, soltar tanto. Aquel cabrón de Sir Arthur debía estar haciéndole un trabajo brutal. El posadero hizo un gesto desesperado a uno de sus compañeros (que se había quedado masturbándose solo) para que se acercara.

El otro no supo si acercarse, no fuera a molestar a Sir Arthur, pero el posadero le hizo un gesto más urgente, así que accedió. El posadero levantó un poco la cabeza y esperó a que el otro le comiera la boca. Estaba disfrutando tanto con la comida que le proporcionaba Arthur en el trasero que necesitaba que alguien le ocupara la boca para no desgañitarse de placer y llamar la atención de algún extraño que merodeara cerca de allí.

Así, el posadero pudo morrearse a gusto con el tercero sin hacer ruido.

Los otros se habían tendido en el suelo y se iban turnando para mamarse las vergas. Al principio solo a uno de ellos le gustaba mamarla, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Ahora se comían las pollas encantados de la vida. Pero es cierto que uno de ellos, Bob, era capaz de tragarse tres a la vez, cosa que casi todas las noches ponían en práctica.




Sir Arthur empezó a comerle también los huevos y el posadero enloqueció, babeando literalmente en la boca del amigo. Al tiempo que le chupaba, primero un huevo y después el otro, le acariciaba la polla, arriba y abajo, recogiendo con los dedos el precum que el posadero escanciaba sin parar. Minutos después Sir Arthur embadurnó su propia verga del precum del posadero y se la colocó a la entrada.

El posadero volvió a estremecerse al notar aquel miembro caliente a las puertas y remplazó la boca del amigo por su verga, y mientras empezaba a mamar enfebrecido Sir Arthur fue empalándolo poco a poco.

Sir Arthur sintió entonces unas fuertes manos que lo abrazaban desde atrás y se ponían a jugar con sus pezones, un duro miembro que se acoplaba en su propio culo y resbalaba por su raja con el sudor y una boca que le respiraba en la oreja, lo cual hizo que perdiera el control y embistiera al posadero sin miramientos. El posadero recibió el pollazo encantado y a su vez su amigo recibió una succión en el vergajo que casi lo hizo desmayarse.

Sir Arthur tenía los ojos en blanco. El hombre que lo había abrazado le estaba metiendo la lengua en la oreja y le hacía algo increíble con los pezones, por lo que casi se moría de gusto y estaba follándose al posadero por inercia. Además estaba el roce de aquella pedazo de tranca en su trasero, algo que le estaba haciendo perder el sentido.

Otro de los hombres se había metido debajo del posadero para chuparle el rabo e ir recogiendo todo el precum que soltaba incesantemente. Así que también el posadero estaba disfrutando lo indecible.

Sir Arthur empezó a embestir al posadero con más fuerza cuando el tipo que lo abrazaba consiguió encontrar la entrada y le clavó la polla sin concesiones. No le quedaba más remedio que follar como un condenado porque es lo que le estaba haciendo el otro. Cuando ya no creía que se podía sentir más, alguien se coló bajo las piernas de ambos para comerles los huevos, tanto a Sir Arthur como al tipo que se lo follaba. Sir Arthur empezó a jadear de placer y el sonido de sus jadeos hizo que todo el mundo acelerara lo que se traía entre manos.

El placer de encular al posadero y al mismo tiempo ser enculado por un tío enorme tan bien dotado, el roce cada vez más intenso en sus pezones, sentir aquella boca chupándole la oreja o besándole el cuello, aquellos brazos abrazándolo con fuerza y ese pecho en la espalda, la otra boca que se afanaba por mamarle los cojones en movimiento, la carne entrando y saliendo de su agujero haciendo un sonido de chapoteo… Todo junto hizo que no pudiera aguantar más y se corrió entre gritos de placer dentro del posadero. Era algo absolutamente mortal correrse de aquella manera y que el otro siguiera dándole por culo con aún mayor intensidad. Perdió las fuerzas mientras se corría, se quedó lívido, pero el hombre que lo aferraba no dejó que se relajara. Empezó a estrujarle los pezones y arremetió en su trasero una y otra y otra vez, pam, pam, pam, follándoselo sin compasión. Él seguía a su vez con la polla en las entrañas del posadero y comprobó con un resto de conciencia que su miembro no había perdido nada de fuelle y que podía seguir follándose al posadero mientras siguiera estando en los brazos de aquel tío.

Recibía polla sin parar. El otro era bastante bruto y lo estaba usando, utilizando, pero Sir Arthur estaba fuera de sí, era una máquina del disfrute y estaba dispuesto a dejarse hacer lo que aquellos tipos quisieran. Así que se puso a recibir aquella polla, procurando que le atravesara hasta el fondo, pegándose con cada centímetro de su piel a aquel hombre grande, hasta que el tipo no pudo más y empezó a corrérsele dentro, gritando como un lunático.

Después del último estertor el tipo soltó a Sir Arthur y éste cayó de rodillas. Abrió la boca y esperó a que los demás supieran lo que debían hacer. El posadero fue el primero en acercar su enorme polla a la boca de Sir Arthur y empezar a darse caña mientras Sir Arthur cerraba los ojos y esperaba sacando la lengua el primer reguero de leche caliente y espesa. Otro tío se unió al posadero mientras un tercero usaba ambas manos para estimularles el culo a ambos y pronto empezaron a correrse en la boca de Sir Arthur, que empezó a tragar lefa como un becerro.
Los chorros de esperma se estrellaban contra su cara, le llenaban los agujeros de la nariz, le resbalaban por la barbilla y sólo se habían corrido los dos primeros. Así que mientras tragaba lefa pidió que no pararan, que le dieran más y más, y mientras un tercero empezaba a masturbarse frenéticamente contra su mejilla, Sir Arthur recogió algo de esperma de su cara y se hizo un pajote con él. El tercero no tardó mucho en correrse, pero lo hizo dentro de la boca y cuando hubo descargado todos los trallazos, agarró la cabeza de Sir Arthur y le metió la polla hasta la traquea, dejando sólo los ralos cojones a las puertas. Aguantó la cabeza de sir Arthur contra su miembro que aún seguía duro como una roca durante casi un minuto, tiempo suficiente para que otro pidiera paso y le descargara sus lechazos en los ojos cerrados.


Continuará…



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