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En el último minuto


El siguiente relato es de la casa


En el último minuto

Eran pasadas las doce de la medianoche. Conducía mi autocaravana en dirección a un área de servicio, dispuesto a pasar otra deliciosa noche de soledad en compañía de un buen libro electrónico y mi iPad. Desde que mi mujer me había abandonado (tras encontrarme en la zona de jardinería de un centro comercial tragándome la lefa de un señor) dedicaba mis días a viajar por toda la península, disfrutando sobretodo de la gastronomía de los rincones por donde me dejaba caer, y dedicaba mis noches a leer y dormir a pierna suelta. Aún me quedaba dinero suficiente para seguir haciendo lo mismo durante otros dos meses. Después tendría que regresar a casa y recuperar mi antiguo empleo.

En realidad, desde que Laura me había abandonado no había mantenido muchas relaciones sexuales. El primer fin de semana que me vi solo salí por la zona de ambiente de mi ciudad y me dediqué a darme un buen banquete de pollas. Ya que habían causado el fin de mi matrimonio qué menos que darme el gusto de tener unas cuantas bien repartidas por mi anatomía. Pero desde que había comprado la caravana (de segunda mano) y me había ido a recorrer España, no había pensado mucho en el sexo. Me había limitado a conducir, a comer bien y a disfrutar de la soledad. Cada cuatro o cinco días me hacía un buen pajote con una página porno y me sorprendía de la cantidad de lefa que soltaba, lo cual significaba que no me masturbaba lo suficiente. Me hacía la promesa de buscarme al día siguiente un compañero sexual. Pero al día siguiente me levantaba con ganas de seguir conduciendo y no volvía a pensar en ello.

Por eso me sorprendió la calentura que me entró cuando vi a aquel chico haciendo autostop. No eran horas para andar tirado en un arcén ni eran horas para recoger a un desconocido, pero mientras paraba la caravana pensaba que era una hora genial para pegar un polvo.

El chico se montó, agradecido.

- Menos mal que ha parado. Lleva casi una hora sin pasar un puto coche.
- ¿Quieres que suba la calefacción?
- Sí, por favor.

No tendría más de veinte años y era guapo, en plan actor de serie universitaria estadounidense, con espaldas anchas, pelo corto, ojos expresivos y sonrisa seductora. Era el mejor ejemplar masculino que uno podía esperar que subiera a su vehículo en una hora tan siniestra y en una carretera tan poco transitada.

- ¿Cómo te llamas? - pregunté.
- Líber.
- ¿Líder? - aquello parecía un mote.
- No, Líber. En realidad se pronuncia Liber, pero en la escuela me cambiaron el acento hace años.
- No lo había escuchado nunca.
- Significa "el que derrama abundancia".
- Me gusta. Lo de derramar suena bien.

No creo que captara el sentido sexual de mi comentario.

- ¿Y usted? ¿Cómo se llama?
- Como quieras menos de usted.
- Okey. Lo siento.
- Me llamo Plinio. - Le tendí la mano.
-¿En serio?
- No. En realidad me llamo Manuel. Pero somos demasiados. Y seguro que Manuel significa "el que folla poco".

Esta vez había metido sexo directo en la conversación. Él se limitó a sonreír.

- Bueno... ¿Dónde quieres que te lleve? ¿Te ha dejado tirado el coche? - no había visto ningún coche en el arcén ni parecía haberlo más adelante, al menos no debidamente señalizado.
- No. Me ha dejado tirado mi novia. Volvíamos del cine y nos hemos peleado. Y me ha dejado en la carretera, como a un puto perro. Y encima estaba cargando el móvil en el mechero y se ha pirado antes de que me diera cuenta de que se lo llevaba.

Me lo quedé mirando fijamente. Líber, a su vez, miraba hacia la lejanía.

-¿Aún esperas que aparezca?
- No. Bueno, sí. Sería lo suyo. Como no vuelva... Como llegue a mi casa sin cruzarme con ella será muy difícil que superemos ésta.
- Entonces... ¿Te llevo a tu casa? ¿Dónde vives?

La pregunta tenía su aquél porque aún seguíamos detenidos en el arcén.

- Estamos a cuarenta kilómetros de mi pueblo, y tendrías que coger dos desvíos. No sé dónde vas tú, pero seguro que no es en mi dirección. Con que me dejes tu móvil para llamar a un taxi tengo más que suficiente.
- Yo te llevo, no te preocupes. Estoy de vacaciones. Cruzando el país. No voy a ningún sitio en particular.

Líber se lo pensó unos segundos y finalmente dijo:

- Okey. Vale. Tira recto. Te avisaré cuando tengas que girar.

La conversación paró ahí y como de momento no parecía que fuera a continuar, al cabo de un minuto puse la radio.

Conforme atravesaba carreteras en mi viaje a ninguna parte unas emisoras se perdían y aparecían otras. La última que había sintonizado se había perdido poco antes de recoger a Líber, así que le di al botón de "buscar siguiente" y empezó a sonar una canción que hablaba de Jesús y de las almas que él sanaba. Escuché la canción entera, no fuera a ser Líber un buen cristiano y le molestara que cambiara de cadena, pero cuando empezó la siguiente canción, después de una cuña de autopromoción de Radio Mariana, Líber dijo:

- ¿Eres cura o algo así?
- ¡No, por Dios!
- Pues quita eso.

Cambié de emisora hasta encontrar una que no me juzgara.

- No podría ser cura ni aunque quisiera -aventuré.
- ¿Por?
- Peco demasiado.
- ¿Más que los propios curas? No lo creo.
- Seguramente más que los propios curas.
- ¿Has matado a alguien?
- Quizá de aburrimiento.
- Pues entonces puedes ordenarte mañana mismo. Si quieres te acompaño a la diócesis.
- ¿Qué es eso?
- Ni idea.

Guardamos silencio otra vez después de la tontería ésta. Pero se me antojó que podía llevar a Líber a mi terreno partiendo de lo que habíamos hablado.

- En realidad, si tuviera que confesar mis últimos pecados, el cura que me escuchase me tiraría a patadas de la Iglesia.

Miré a Líber de reojo a ver si picaba el anzuelo. Él suspiró sonoramente.

- Está bien. Suéltalo - dijo.
- ¿Que suelte qué?
- Se nota a la legua que vas más salido que el pico de una plancha. Y que quieres confesar algo de carácter sexual con la esperanza de ponerme caliente y que te acabe comiendo la polla.
- Joder. Mira que soy transparente.
- Coño, ¿he acertado?
- Has dado en tol puto clavo.
- Joder. Lo siento.
- ¿Que lo sientes? ¿Qué sientes?
- Sólo quería descolocarte. No esperaba tener razón.
- Pues la tienes.

Pausa de los dos.

- Pues vamos. Juega tus cartas - dijo después Líber.
- ¿Ein?
- Que me cuentes lo que ibas a contarme y yo decidiré si vale por una mamada.
- ¿Va en serio?
- Seguramente no, pero me estás llevando a mi casa. Lo mínimo que puedo hacer es escucharte.
- Visto así... De todas formas no te voy a contar nada.
- ¿Y eso?
- Porque el motivo de que te hubiera contado algo pervertido y con un alto índice homoerótico hubiera sido el llevarte a una posición en que te plantearas la posibilidad de comerme la polla, y a ese punto has llegado tú solito.
- ¿Estoy en ese punto?
- Justo en ese punto. Has dicho que te cuente lo que iba a contarte y que entonces decidirás si lo que te cuente vale por una mamada. Eso no es un no de entrada.
- Pero luego he dicho que bromeaba.
- ¿Lo has dicho?
- Creo que sí.
- Puede que sí, pero no categóricamente.
- ¿Quieres que me niegue categóricamente a mamártela?
- No. Claro que no. Perdería toda la gracia. Pero lo de que me la mames es secundario. Preferiría mamártela yo.
- ¿Sí?
- Sin dudarlo.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué, qué?
- No entiendo qué placer puedes obtener tú comiéndote mi polla.
- ¿No tienes amigos gays? Esa es la primera pregunta que cualquier amigo gay te habría resuelto en primer lugar.
- Tengo amigos gays. Pero nunca me he parado a pensar... Es decir. Siempre he dado por supuesto que un gay se la mama a otro para que luego ese otro se la chupe a él. ¿No funciona así?
- Mmm... No. Esto debería ser fácil de explicar pero debería ser aún más fácil de entender. A ti te atraen las tías, ¿cierto?
- Categóricamente.
- Piensa en una chica que te guste. (Ahora mismo tu novia no nos vale). Piensa en alguna antigua novia. Imagina que aún estás con ella. Te atrae su olor, el color de sus cabellos, sus labios, sus pechos, su mirada, su trasero. Reaccionas ante la cercanía de esa chica que te atrae. Dime que sí o perderé la fe en el hombre hetero.
- Sí, por supuesto. Las tías me ponen como una moto.
- Bien. Todas esas sensaciones placenteras que te provocan las mujeres, ¿sólo cobran sentido cuando una de ellas se mete tu polla en la boca?
- No, claro. De hecho mi novia nunca me la ha comido.
- Pues ahí lo tienes. La atracción por sí sola basta para que estar con una chica valga la pena. Todas esas cosas que sientes y que pueden estar más o menos relacionadas con el sexo puro y duro, la atracción que hace que te sientas cercano a una chica, que se te vaya la cabeza por ella, pensando en su voz o en su risa, todas esas cosas que pueden llevar a que te enamores de una persona, el propio juego de la seducción... yo lo pongo en marcha, mi cuerpo lo pone en marcha, con la cercanía de otro hombre. Un hombre que me atraiga, evidentemente. Igual que para ti debe de ser la ostia magrearle las tetas a una chica, meterle mano o, en un plano menos sexual, besarla en los labios, a mí me llena de placer tocar el pecho de un tío, besar su barba de tres días, lamerle los labios y, por supuesto, comerle la polla, los cojones y todo lo que tenga al abasto... Es algo tan excitante (y no hablo sólo de la excitación de una erección, sino de la que te recorre el cuerpo entero en oleadas) que tener la verga del tío que te gusta a la altura de tu nariz, olerla, tocarla e introducirla en tu boca y sentir cómo su cuerpo se estremece, en definitiva, practicar una felación como Dios manda, es superior en casi todos los aspectos a que te la practiquen a ti.
- ¿Y eso les pasa a todos los maricones o sólo a los pasivos?
- Yo juraría que a todos pero sólo conozco realmente bien a un maricón. Yo mismo. Pero para mí, la definición, lo que hace que nos etiquetemos como una cosa u otra (ahora hablo de heteros o homos) es hacia qué sexo está orientada nuestra respuesta física y emocional, qué sexo es el que nos mueve los sentimientos y las entrañas, la mente y el corazón. En el caso hetero, el contrario, en el caso homo, el mismo. No hay mucho más que entender al respecto.
- Te faltarían los bi.
- Bueno, está claro, ¿no? A los bi todo eso se lo mueve ambos sexos.
- La verdad es que sigo flipando. Que alguien diga que le gusta más hacer una mamada que que se la hagan me rompe todos los esquemas mentales.
- Es lo que hay. De todas formas contigo no creo que hiciera ni una cosa ni la otra.
- ¿Y eso?
- Eres demasiado mono. Me contentaría con acariciarte y verte dormir.
- Creo que hay confianza para una mamada rápida pero no para lo que acabas de exponer.
- Joder. ¿Significa eso que podría haber mamada?

Líber miró hacia atrás.

- Supongo que todos esos muebles se guardan y queda una cama cojonuda.
- Una bien grande.
- No sé... La verdad es que no me imagino ahí atrás contigo, dándolo todo.
- ¿Y porqué te lo planteas siquiera? Con cada insinuación a que puede pasar algo me da un vuelco el corazón y una sacudida la polla.
- Supongo que es la noche perfecta para dejar que un hombre me coma la polla.
- No seré yo quien rebata eso.
- Pero estaría más cómodo si me pagaras.
- Repite eso.
- No sé si me va a gustar. Puede que salga traumatizado. Pero si me voy con cien euros en el bolsillo podré soportarlo.
- Joder. Cien euros. Pues a mí seguramente se me cortaría el rollo si hubiera dinero de por medio.
- Pues no te queda más remedio. Acabo de decidir que ese es mi precio. Cien euros y me chupas todo lo que quieras menos la boca. Pero si resulta que me gusta y te acabo chupando yo a ti la polla, subimos a doscientos.
- Eso no tiene ni pies ni cabeza.
- Son las reglas. Es lo que hay. Lo tomas o lo dejas.
- No llevo ese dinero encima.
- En el pueblo tenemos cajeros.
- ¿Tengo tiempo para pensármelo?
- Dos minutos.
- ¿Habías hecho esto alguna vez?
- ¿Me preguntas si soy puto?
- O policía o algo así.
- Ni puto ni policía. Soy estudiante. La vida está muy mala, me he peleado con mi novia y me apetece que me hagan una mamada y ganarme de paso unos euros.
- Cien o doscientos, según lo que al final se te antoje a ti hacer.
- Exacto.
- Cuanto más te alejes de tu ideal de la heterosexualidad más me cobrarás a mí.
- Básicamente. ¿Te decides? Se te acaba el tiempo.
- Sabes que puedo encontrar sexo gratis en cualquier sitio, desde centros comerciales hasta vías de servicio.
- ¿Eso es que no?
- Joder. No.
- Decídete.
- Está bien.
- ¿Sí? ¿Lo hacemos?
- Sí.
- ¿Bajo mis condiciones?
- Un trato es un trato.
- Bien. Un poco más adelante hay un buen sitio donde puedes aparcar.

Bueno. Como os decía antes era una mala hora para coger autoestopistas pero al parecer era una buena hora para pegar un polvo... aunque fuera pagando.

El caso es que, cuando estaba aminorando para aparcar donde me decía Líber, aparecieron dos faros en la lejanía. Iba a ser el primer coche con el que nos cruzábamos desde que lo había recogido. Miré al chico. Tenía la vista clavada en las luces que se acercaban.

- ¿Crees que es tu novia? - pregunté, bastante fastidiado.
- Seguro que lo es.

Durante unos segundos el tiempo pareció detenerse. Pude ver la lucha en el rostro de Líber. El coche se acercaba. Llevábamos las luces de la cabina encendidas. Las había encendido al recoger a Líber y así seguían (me había parecido prudente ver a quién dejaba subir a mi vehículo, y luego ya no las había apagado porque me ponía caliente ver sus reacciones y porque el chico estaba buenísimo). Ahora eso jugaba en mi contra. La novia de Líber lo andaba buscando, no se perdería detalle de cualquier vehículo con el que se cruzara. Además, casi nos habíamos detenido porque habíamos llegado al lugar elegido para consumar nuestro pacto.
Líber seguía mirando fijamente la carretera, las luces de la cabina de mi caravana seguían encendidas. El coche estaba tan cerca que su novia ya lo habría reconocido. Era de madrugada, el interior de mi cabina y los faros de ambos vehículos eran la única iluminación en la zona.

Se me acababa de ir el polvo de la noche a tomar por culo.

De pronto Líber se quitó el cinturón y se hizo un ovillo a los pies de su asiento y yo, que no había apagado las luces porque pensaba que el chico se iría a casa con su novia, las apagué al instante.

El coche se cruzó con nosotros, aminorando. A la luz de su salpicadero reconocí el rostro de una muchacha. Me pareció que me miraba con el ceño fruncido. Al segundo siguiente ya había pasado de largo. La seguí por el retrovisor. Aceleraba. Se alejaba. No iba a parar.
Ojalá no se le ocurra dar la vuelta, pensé.

Metí la caravana por el camino de tierra que, supuse, era el que Líber consideraba adecuado para no ser sorprendidos, y me alejé lo suficiente de la carretera como para conservar una total intimidad en caso de que la novia regresara en busca nuestra.

Líber ya había vuelto a sentarse en su sitio. Ahora ya no podía verle bien la cara, pero creo que sonreía.

- Me siento muy estúpido - dijo.
- Tranquilo, no era ella.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque lo he visto al pasar. Era un tío - mentí.

No sé si me creyó. Creo que más bien quiso creerme.

- Bueno... ¿Cómo lo hacemos? - preguntó nervioso, supongo que tanto por lo que acababa de pasar con el coche como por lo que se avecinaba.
- Pasamos detrás e intentas relajarte.
- ¿Y si no consigo empalmarme?
- Me ahorro los cien euros.
- Cuánta presión.
- Pero tranquilo. Te empalmarás.
- Qué seguridad en ti mismo.
- El sexo es algo sencillo. Si sabes dónde tocar y en qué zonas ejercer la... presión... pertinente... - dije, metiendo la mano entre sus piernas y rozándole los huevos por encima del vaquero mientras Líber intentaba pasar a la parte habitable de la caravana -... te aseguro que habrá erección para rato y una corrida que no olvidarás en tu vida.
- Espero que hables de mi corrida, no de la tuya.
- Eres un encanto.
- Más bien todo lo contrario.
- Por eso lo decía en tono irónico.

Entre los dos plegamos la mesa, quitamos los trastos de enmedio y tiramos de la parte baja del sofá hasta extender la cama.

- Es enorme - comentó Líber.
- Tamaño matrimonio. Pero dentro de un espacio reducido parece más grande.

Abrí uno de los armarios ocultos y saqué sábanas limpias.

- ¿Me ayudas?
- ¿Vamos a hacer la cama?
- Hombre. Cuando te corras estarás tan agotado que querrás quedarte a dormir.

Me miró con suspicacia pero aceptó la esquina de la sábana bajera que le ofrecía.

Cuando terminamos de hacer la cama y de ahuecar las almohadas le ofrecí una copa.

- ¿Qué tienes?
- ¿Qué quieres?
- Whisky cola.
- ¿Jota Be te va bien?
- Perfecto. Gracias.
- La cola es marca eroski.
- Da igual, no es peor que la cocacola de polvos que ponen por aquí en los bares. -Líber siguió mis movimientos con curiosidad. -Me preguntaba dónde estaba la nevera - dijo cuando me vio sacar el hielo.
- Empotrada y escondida, como todo.

Preparé sendos cubatas mientras Líber se quitaba las botas y se lanzaba en la cama de costado. Me recordó a un crío tirándose a una piscina.

- Manuel...
- ¿Sí?
- Yo quiero una autocaravana.
- ¿Te gusta el concepto?
- Es el picadero ideal.
- Yo nunca había tenido nada parecido. Pero la verdad es que fue una gran idea comprarla. Cada vez es más difícil encontrar sitios bien preparados y donde no te pongan muchos peros para quedarte unos días, aunque haberlos, haylos. De todas formas yo no quiero vivir en un sitio así. Pero si te pegas un viaje, como es mi caso, la verdad es que es muy cómodo. Eso sí, la Guardia Civil no te deja pernoctar en cualquier sitio, sobre todo, supongo, por el tema de las aguas grises y negras (la de lavar los platos y la del water), pero yo no uso los depósitos. Menos dormir (y conducir) hago toda mi vida fuera de la caravana.
- ¿Dónde te bañas?
- En gimnasios. También me afeito en ellos. Con la crisis se ha puesto de moda el pase diario. Es fácil encontrar gimnasios donde hacerlo.
- ¿Y la ropa?
- Lavanderías. Y para ir al baño, los restaurantes donde como y ceno y las gasolineras. Y el bendito bosque.
- ¿La luz?
- Cargo las baterías en campings.
- Te dejarás una pasta entre todo.
- Tú eres lo más caro con lo que me he topado hasta el momento.

Los siguientes minutos los dedicamos a bebernos nuestros cubatas y a mirarnos.

- Pareces cómodo - dije luego.
- Lo estoy. Lo haces fácil.
- ¿Lo hago fácil? Gracias. Es algo que nunca me habían dicho.
- Estoy deseando que empieces a tocarme.

Aquello me descolocó.

- ¿Intentas descolocarme otra vez?
- No. Lo digo en serio. Me apetece mucho.
- Eso es bueno.

Le cogí el vaso casi vacío y lo dejé junto con el mío en la cocina. Después me tumbé a su lado. Líber me miraba con cara de borracho.

- ¿Ya estás embriagado?
- Un poco.
- No lo he cargado mucho.
- Me lo he bebido muy rápido.
- ¿Por dónde quieres empezar?
- ¿Por dónde sueles empezar tú?
- Me gustaría besarte.

Líber se rio. Primero fue la risa de aquel que se siente halagado pero pronto se prolongó lo suficiente como para mosquearme.

- Te estás partiendo el culo. Te estás riendo de mí - enfaticé.

Aún siguió retorciéndose de la risa un rato más. Después se disculpó y se quedó todavía más relajado que antes.

- Vale. Bésame.

Con esto me dejó a cuadros. Pero como no era cuestión de darle tiempo a cambiar de opinión acerqué mis labios a los suyos y le di un beso castísimo. Sus labios sabían a whisky con cocacola de marca blanca. Lo miré para evaluar su reacción. Tenía los ojos cerrados y sonreía con cara de idiota.

-¿Eso es todo? - preguntó, sin abrir los ojos.
- No. Para nada.

Pegué mi cuerpo a su cuerpo, colocando mi bulto sobre su pierna. Tomé su cara entre mis manos y volví a besarlo, ésta vez poniendo toda la carne en el asador. Nuestros labios se fundieron. Su lengua salió a recibir la mía. Nos besamos a placer, y conforme lo hacíamos nuestros cuerpos empezaban a buscar más zonas en contacto. Casi ni me sorprendí cuando las manos de Líber comenzaron a palpar mi musculatura. Poco después se quitaba camisa y camiseta y volvía a recostarse, esperando que lo acariciara.

- ¿Habías hecho esto antes? - pregunté, incapaz como soy de cerrar la boca demasiado tiempo.
- Claro.
- ¿Con un hombre?
- Con un hombre nunca. Sólo con chicas. Pero no es tan diferente. - Tomó mi mano y la colocó sobre su pezón derecho. - Me gusta que me toquen el pecho.
- ¿A quién no?
- Mi novia dice que es una mariconada.
- No te conviene volver con ella. Te condiciona.
- Vidal Sasún.
- ¿Qué?
- Nada. Chúpame los pezones, anda.

Obedecí, más contento que unas pascuas. Todavía vestido me amorré a su pezón y mientras daba pequeñas lamidas y le apretaba el otro pezón con los dedos, restregaba mi paquete contra el suyo. Líber se corría de gusto, podía sentir cómo temblaba entero con mi estimulación.

- Dios, ¿Por qué cojones tiene que ser tan bueno? Me muero de gusto - dijo con voz entrecortada en cierto momento.
- Es que soy muy bueno en lo mío. Aunque también tiene que ver el encanto de las primeras veces - respondí.
- Quiero verte la polla - me pidió.
- ¿Vas a ir directo a por los doscientos euros?
- Vamos. Enséñamela.
- ¿Sientes curiosidad?
- Muchísima.
- ¿Por las pollas en general o por la mía en particular?
- No he tocado nunca una polla aparte de la mía. Y si te soy sincero... mientras antes me contabas por qué te vuelve loco comer pollas me he excitado mucho imaginando que yo te lo hacía a ti.
- Ah, cabrón. Sabías desde el principio que te ibas a llevar toda la pasta. Está bien. Vamos allá.

Me puse de rodillas, me quité el cinturón ante la atenta mirada de Líber, me abrí el pantalón y me saqué la verga lo bastante despacio como para que el chico se impacientara. Hay algo extremadamente erótico en el sencillo acto de sacarse la polla. No sé si estará relacionado con el poder otorgado durante siglos a la masculinidad, con ritos ancestrales o con el Coño de la Bernarda (no, creo que no tiene nada que ver con el Coño de la Bernarda), pero el momento en que un hombre se saca la polla es en realidad EL MOMENTO.
Y, la verdad, es LA POLLA.

La mía es la ostia, y no es porque sea mía.
Pero es la puta ostia.

Líber se quedó absorto observándola. Al final dijo:

- Joder. Estás muy bien dotado, hijo de puta.

Y yo respiré tranquilo porque sé que lo estoy pero siempre es bueno que alguien que no es el dueño de la cosa te lo reafirme. Te regala el oído y te da confianza y todas esas cosas.

- Quítate todo- me ordenó Líber.

Obedecí al instante. Me deshice de toda mi ropa en un santiamén. Líber se recostó contra el respaldo del sillón que quedaba en el extremo derecho de la cama desplegada y me hizo un gesto para que me acercara.

- De pie - me pidió.

De pie sobre la cama debía arquearme un poco para no darme contra el techo, pero quería darle gusto al muchacho en todo lo que me pedía, así que lo hice sin rechistar.
Mi polla quedó a escasos centímetros de su boca.

- Ahora... Pónmela en la cara.

Me acerqué y sentí un placentero escalofrío cuando mis huevos le taparon la boca entreabierta y mi falo reposó a la derecha de su nariz, cubriéndole un ojo y llegándole el glande hasta la raíz del cabello y más allá. Era impresionante ver cómo mi polla podía ocultar su cara. Me di cuenta como pocas veces de lo extraordinario de mi miembro. Líber parecía pensar exactamente igual que yo.

Le paseé la verga por toda la cara. Le golpeé la frente y las mejillas con ella, dejé que los olores de mi sexo le llenaran las fosas nasales. Líber se quitó los pantalones mientras le cubría la cara de polla y empezó a masturbarse tan excitado que parecía no dar crédito.
Poco después ya no le bastaba con el roce de mi rabo en su piel. Quería más.

- Fóllame la boca- me pidió.- Sin contemplaciones.

Le metí dos dedos en la boca para que me los chupara. Eso lo puso a mil. Me chupaba los dedos como si ya me estuviera comiendo la polla y al mismo tiempo aspiraba profundamente cuando acercaba mi miembro a su nariz. Luego le metí los pulgares, me los chupó a conciencia y le abrí bien la boca, tirando con cada uno hacia un lado, para que fuera bien consciente de lo mucho que iba a tener que tragarse. Después introduje poco a poco el vergajo entre mis pulgares hasta que lo tuvo bien dentro, hasta la garganta. Después retiré los dedos y los cálidos labios de Líber se cerraron sobre mi carne. Estaba empalado de carne dura y parecía que la cosa le estaba encantando, a juzgar por el pajote que se estaba zurrando el tío.

Puse las manos contra el techo de la caravana y empecé a impulsar las caderas contra la boca de Líber, cuya cabeza quedaba aprisionada entre mi carne y el respaldo del sillón. Mientras me follaba su boca Líber se pajeaba y gemía. Cada poco se soltaba la polla como si ya estuviera cerca del orgasmo, lo cual había que posponer dado que acabábamos de empezar. Entonces, mientras seguía recibiendo mis pollazos y esperaba a que se alejara la sensación de corrida inminente, se dedicaba a acariciarme las piernas. Bajaba las manos por mis duras pantorrillas y subía hasta mi suave trasero, y entonces me impulsaba de las nalgas para que lo empalara más profundo todavía.

No sé el tiempo que duró aquello. Cuando follo suelo perder la noción del tiempo y a veces hasta el sentido de la realidad. A veces descubro que se me ha ido tanto la pinza que estaba pegando un polvazo en la cocina y de repente estoy reventando un culo en la bañera. Eso me pasaba en mi piso. En la caravana era más sencillo empezar en la cocina y acabar en la habitación de invitados, no sé si me explico. Pero en casa daba un poco de miedo que se me fuera de esa manera la pelota, como al protagonista de Memento, y apareciera en sitios a donde no recordaba haber llegado.

Este primer encuentro con Líber fue de esos. Estaba follándole la boca a conciencia y de pronto, sin solución de continuidad, era yo quien estaba apoyado en el respaldo del sillón y tenía el culo del muchacho a merced de mi lengua.

Si he de ser sincero fue el polvazo más inconexo de la historia. Tan pronto tenía la boca de Líber en mis cojones como tenía él la mía entre los dedos de los pies. Le estaba mamando la polla y de pronto él me estaba comiendo la oreja y me metía tres dedos por el culo. No sé las vueltas que dimos. Líber estaba dispuesto a hacer cualquier cosa y no sé si eran peores las que se le ocurrían a él.

Me dio por culo no sé la cantidad de veces. Yo le comí el suyo a placer y le hice disfrutar con ello lo que jamás pensó que podría disfrutar, pero no se la metí. El tamaño de mi verga no era el adecuado para una primera vez y Líber tampoco me insinuó que estuviera dispuesto a que le rompiera el orto.

Entre unas cosas y otras llegó un momento en que no pude más. Si no descargaba pronto la lechada me entraría un formidable dolor de huevos. Tenía la puta polla a reventar. Había adquirido un tamaño monstruoso y con que le diera un meneo más habría lefa por todo. Se lo hice saber a Líber quien me pidió que se la descargara en la lengua. Se arrodilló delante de mi rezumante vergajo y me mamó el capullo como un verdadero experto. Un comepollas de primera.

- ¡¡¡Dios!!! Me corro, me corrooo.

Líber aceleró el pajote que se zurraba para correrse al mismo tiempo que yo. Y yo, mientras sentía cómo me llegaba el orgasmo en oleadas, le acariciaba la cabeza sin saber muy bien ni donde estaba. Recibió con una sonrisa de vicio absoluto el primer trallazo de leche espesa dentro de la boca y no dejó de mamarme la cabezota mientras iba saliendo sin parar el resto de la corrida, rebosándole pronto la boca y cayendo en regueros por entre sus labios y por el tronco de mi propio rabo.

A mitad de mi colosal corrida empezó él a correrse. La sensación de tener mi polla colmando su boca de lefa pudo con él y Líber, el que derrama abundancia, se derramó abundantemente sobre la cama.

...

Como había predicho, Líber se quedó a dormir conmigo. Amanecimos entrelazados y pegamos un segundo polvazo que no tuvo nada que envidiar al primero.

Eran cerca de las doce del mediodía cuando lo llevé a su casa. Aparqué la caravana cuando pasamos por delante de un cajero de La Caixa. Líber me esperó en la cabina con una sonrisa de satisfacción absoluta.

Saqué doscientos euros y volví a su encuentro.

- Aquí está tu dinero - dije, extrañamente contento de pagar a Líber.
- Sabes que no es necesario.
- Un trato es un trato.

Lo aceptó sin más resistencia.

Después conduje hasta su casa. Me gustaría haberme despedido con un abrazo y un besazo en condiciones pero su novia lo esperaba en la puerta, con evidentes muestras de preocupación y pinta de no haber dormido en toda la noche.

Líber se quedó muy cortado al verla allí. Me estrechó la mano, nervioso, y me regaló media sonrisa.

- Gracias, Manuel. Ha sido estupendo - me dijo.
- Igualmente.
- Me... me marcho.

Asentí con la cabeza.

Se quitó el cinturón, abrió la puerta, pero antes de bajarse de la caravana y apearse así para siempre de mi vida, dijo:

- Dime que te quedarás por aquí unos días.
- No me esperan en ningún otro sitio - contesté, verdaderamente aliviado.
- Dame tu móvil.

Se lo pasé. Tecleó su número y lo guardó en mi agenda.

- Llámame esta tarde, que ya habré recuperado mi móvil.
- Hecho. Suerte con tu chica.
- Ya no es mi chica.

Es curioso que la vida pueda definirse en un solo minuto. Si Líber no me hubiera pasado su número en ese último momento, si se hubiera sentido culpable o confundido al ver a su novia esperándolo en el portal y hubiera salido sin más de la caravana posiblemente no habría vuelto a verlo y hoy... no estaríamos juntos.

Temporeros


Título: Temporeros
Autor: alone


Mi campo no es de una gran extensión pero tiene una tecnología que lo hace de gran productividad. El verano austral - estoy en la zona central de Chile- produce que mucha gente se mueva buscando trabajo en la producción de la fruta.
Es así como cada año llegan muchos jóvenes a trabajar como "temporeros", es decir, se quedan por dos o tres meses en un lugar y luego se marchan a otro.

Yo habilité un lugar donde los hombres puedan quedarse a vivir -huelga decir que prefiero los hombres para que me trabajen…..- con algo de comodidad. Llevo una buena relación de empleador con ellos. Mis amigos gay se deleitan cuando me visitan.

La historia que narro acaba de pasar. Luego de año nuevo llegó del sur un grupo de diez muchachos, su edad promedia los veinte años, quedaron trabajando a principios de Enero en el fundo, viviendo acá; yo suelo estar mucho en el lugar de campamento; me gusta mirarlos sobre todo cuando solo los cubre un pequeño short y dejan sus cuerpos a la luz de este tórrido sol.

También a eso de las seis me doy unas vueltas por la zona de las duchas y, hay que ver cuanto goce viendo esos cuerpos jóvenes, apretados e incitantes.

Ellos murmuran, lo sé, que el "jutre" (patrón) es medio raro, que los mira mucho, y a mí me gusta este jueguito, para ellos es casi un honor que el caballero los mire.

Bueno, del grupo que llegó hay tres muchachos, Adrián, Alberto y Javier que los he empleado para que se ocupen del jardín y del aseo de mi casa, me cuentan que esto les ha acarreado la envidia de los demás. Y el mote de ser los que se trancan al patrón.

Es que son demasiado buenos para perder la oportunidad de gozarlos.

Adrián vino primero, tiene dieciocho años, un morocho bello y vivaz, le pedí que me pintara la cocina, en ello estuvo todo un día y por la noche le dije que se bañara en mi baño, tanto podía dormir en la pieza de alojados.

¡Quítate la ropa afuera para que la lavemos! Le dije. Me respondió que él mismo la lavaría, que no me preocupara, hasta que finalmente se desnudó delante de mí. Mamma mia! El muñeco estaba de miedo, un cuerpo moreno y perfecto, una peluria que le bajaba por el vientre y unas piernas apretadas y peludas.

Le dije que estaba muy bien, me dijo que así se volvían los campesinos, con tanto trabajo, y no hacía falta más ejercicio.
Se volteó y aprecié su pene, ¡que linda presa!, mi excitación subía cada vez más.
Se dio un baño, le dije que usara la tina, me dijo que jamás se habia bañado en una; la llenó y yo entre a echarle sal y jabón.
Le pregunté si quería un masaje en los hombros, me miró extrañado y me dijo que bueno.
Bueno, una vez que el muchachín estuvo relajado le comencé a lavar el pelo y le pedí que se levantara para restregarlo con la esponja, me miro más extrañado aún, comencé por su pecho, sus nalgas y luego me detuve en el vientre. Le dije que se tirara el capullón para afuera para hacer un buen aseo y sacar la ricotta, no es circunciso. Ahí me dijo que él se lavaba solo, que no le gustaba eso y que por si acaso no era maricón.

Pero usó un tonito casi de misericordia, es que estaba hablando con el patrón…

Le dije que no temiera, que me gustaba hacerlo y que me disculpara si lo había molestado.
No pasaron cinco minutos y mientras lo secaba comencé a besar sus hombros, Adrián temblaba y me dijo que nunca había hecho nada con nadie, ni siquiera con una novia que tuvo que solo le había tocado -corrido mano- yo le dije que me gustaba desde el inicio cuando llegó y que solo quería que se quedara a dormir conmigo esa noche. Él se giró y mirándome a los ojos me di cuenta que estaba durísimo. Le besé como a pocos y le dije que esa noche sería muy feliz.

Él se fue al campamento, y con la excusa que debía trabajar de noche en la pintura, volvió a mi casa. Rosa, mi empleada, que me adora, lo atendió muy bien, le hizo comer y le pasó una ropa cómoda y decente, no sin antes advertirme a que tuviera cuidado con estos niñitos…

Bueno, esa noche fue intensa, el Adrián resultó un potro, al final no me dejaba dormir, me abría el culo con sus dedos y por lo menos me penetró nueve veces, recuerdo esa gran noche (será motivo de otro relato….)


La mañana siguiente continuó el laburo, le pedí que se ocupara de los cuartos traseros que necesitaban un arreglito, le pregunté si no conocía alguien para el jardín que supiera con las máquinas podadoras; me aludió a Alberto y le dije que me lo trajera.

Alberto es un chico largo y buenmozo, blanco casi lácteo con unos ojos pardos maravillosos. Se quedó conmigo en el jardín y para otros servicios. Alberto y Adrián me dijeron que si acaso no tenía curro para su amigo Javier, que los tres siempre andan juntos y él estaba solo. Bueno, le dije que se ocupara de la piscina y así lo tres están trabajando para mí viviendo en unos cuartos en el patio trasero.

Javier es muy hermoso, es un churrazo, tiene 28 años, y un cuerpo de miedo. Un día que limpiaba la piscina, una tarde calurosa, le dije que por qué no se metia al agua; al menos si lo hizo nunca lo habría hecho ante los ojos del Patrón. Me dijo que estaba sudado y que solo tenía esos bermudas.

Le dije, pero si quieres quítate la ropa, tanto no hay nadie y nadie puede ver. Yo en tanto me quité el bañador y me tendí a la vera del agua. Con mi culo al sol. Javi se quitó su camiseta y los pantalones cortos y no llevaba nada debajo. Admiré un colgajo enorme, en reposo media casi 13 cm. Y con el glande expuesto, como a mí me gustan.

Se metió bajo la reguera y luego se lanzó al agua, comentábamos lo buena que estaba y luego me metí yo, así comencé a acercármele y en un dos por tres le acariciaba con mi rodilla su pollón, y vi como casi automáticamente se erguía majestuoso.
Hablamos y me contó que había estado liao con varios tipos, aunque él prefería las mujeres pero que hay que darle al cuerpo lo que pida.

Recuerdo que hacía un calor enorme, pero estaba yo tan cachondo caliente que me volteé súbitamente para que Javier me empalase, y fue literalmente un empalamiento, su polla mide casi 26 cm. Aunque mi orto -culo- está entrenao igual el placer se sumaba al dolor, lo hicimos en el agua aunque antes de acabar nos salimos y terminamos en el pasto.

Esa noche Javier se sumó a Adrián en mi cama, hicimos de todo incluso logré penetrar a Javier, después de mucho insistir, debo confesar que mi fantasía total es poder follarme al machito que me acaba de follar. El climax de mi goce es empalarme a un macho.

Alberto me ha salido más duro, me esquiva y solo le he mamado su polla roja, hace unos dias le vi pajeándose con unas revistas gay que tengo en casa pero no le he dicho nada.

Javier me gusta mucho, en una de esas no lo dejo marchar en Abril cuando acaba la temporada, he salido mucho con él y tiene un savoir faire enorme así que no me hago problemas en presentarlo como un amigo a mis amistades; es un tipo con más mundo y me gusta, me besa como pocos… pero ya veremos.



alone


Cinco hombres, cap. 1/2





LEER ESTE RELATO DESDE EL PRINCIPIO

La segunda cita con Román fue al día siguiente, después del trabajo. De aquella, yo trabajaba de ayudante de instalador de aire acondicionado. A las cuatro de la tarde ya estaba libre. 

Román era dueño de una sucursal de una sonada fábrica de zapatos, y según me había dicho podía irse a la hora que le diera la gana. Habíamos quedado en el mismo bar en el que nos habíamos conocido horas antes. 

Cuando me presenté, Román me esperaba en la puerta.

- ¿No vamos a entrar? - pregunté, tímido de pronto, sin decidirme a darle ni un apretón de manos.
- Nos vamos a mi casa.
- Buena idea.
- A dormir.
- ¿A dormir?
- Anoche no lo hicimos, y la gente se muere antes de sueño que de hambre.
- A dormir...
- Y no quiero morirme ahora que te he conocido.

Diciéndome cosas así, ¿cómo iba a negarme a que me llevara donde quisiera? 


Montamos en su automóvil. Me pasé el trayecto poniendo y quitando sus cedés. No me gustaba nada de lo que llevaba en el coche. Seguro que si acabábamos liados tendríamos problemas con la música en los viajes.

Estaba histérico. Intentaba recuperar la confianza en mi mismo de la noche anterior y el vínculo que se había forjado entre nosotros tan aprisa y que me hacía sentir que conocía  a Román desde hacía años, pero me dolía el estómago de puros nervios y conforme pasaban los minutos sin llegar a ningún destino me iba poniendo peor.

- ¿Estás nervioso? - preguntó, poniéndome la mano libre en la rodilla.

El contacto me hizo sentir un escalofrío.

- Quizá deberíamos dejarlo - dije, sorprendido de que aquello saliera de mi boca.
- ¿Quieres que te lleve a tu casa?
- No lo sé.

Román apartó la vista de la carretera un momento para estudiarme. Después sonrió y me di cuenta de que era ciertamente hermoso. Eso me puso aún más nervioso.

- ¿Sabes lo que te pasa? - dijo.
- ¿Qué me pasa?
- Que estás muerto de sueño.
- No es cierto.
- Ya verás cómo se te pasa el mal rato después de unas horas en mi cama.

Quise decir que estaba tan excitado por haberlo conocido que no creía que pudiera dormir en una semana (ni que lo necesitara), pero la imagen que acababa de ofrecerme Román me había dejado sin palabras. Unas horas en su cama...  ¿De verdad pensaba que íbamos a dormir?

Continuará...


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Cinco hombres, cap. 1/1



Está bien. Te lo contaré. Pero no será fácil explicar cómo acabé reuniendo en aquel lugar sombrío a mis cinco hombres ni lo que sucedió a continuación.

Supongo que primero debería hablarte de Román, ya que fue el primero. Bueno, técnicamente el primero fue Marcel, durante el servicio militar, pero Román fue el primero de quien me enamoré. El primero de mis cinco hombres. Nos conocimos jugando al billar. Yo había salido con Julián y su novia. Pero no me lo presentaron ellos. Simplemente apareció y se ofreció a ser mi pareja de billar. Ganamos casi todas las partidas y cada vez que ganábamos, Román me daba un apretón de manos que duraba un poco más de lo natural. Estuve toda la noche pendiente de sus apretones, y, por extensión, de cada uno de sus movimientos. Me gustaba cómo se movía, su voz, pero sobre todo me gustaba cómo me miraba, como si compartiéramos un secreto. Y a lo mejor lo hacíamos.

La velada tocaba a su fin. Julián y Adela se despidieron y yo me quedé a hacer la última cerveza con Román. Jugamos otra partida, esta vez como oponentes, y creo que la verdadera seducción comenzó ahí, aunque no podía estar seguro de no estar imaginándomelo todo.

Pero la última partida se convirtió en otras diez, y el bar tenía que cerrar y nos echaron sin muchos miramientos, y lo acompañé a su coche con la esperanza de conseguir su teléfono y casi sin saber cómo conseguí mucho más que eso.

Condujo hasta la playa y aparcó en una zona alejada de farolas. La excusa era que queríamos acabar nuestra interesante conversación, la realidad, que nos atraíamos mutuamente con una intensidad abrumadora. Hablamos durante horas, desnudando el alma como sólo lo haríamos con un gran amigo de la infancia.

Román propuso, en cierto momento, que pasáramos atrás para estar más cómodos.

Al rato, mi cabeza descansaba en su pierna y sus manos acariciaban mi cabello.

Sorprendentemente, aquella primera noche no pasamos de ahí. No hubo besos, ni más contacto que sus manos jugando con mi pelo. Pero al despedirnos al amanecer, ambos sabíamos que volveríamos a vernos y que la próxima vez no seríamos capaces de soportar tan bien nuestra mutua cercanía.


Continuará...


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Cuando ya no te esperaba (revisitado)





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Cuando ya no te esperaba

No sé muy bien cómo comenzar este relato. Supongo que lo mejor será aclarar que es una historia verídica, que, evidentemente, he cambiado los nombres y maquillado los detalles y que me juego una relación de ocho años con mi pareja y algunas cosas más. Pero creo que merece la pena contarlo, aunque solo sea para dejar constancia de que, a veces, los sueños se cumplen. Y cuando menos te lo esperas.

Me llamo Luis, tengo 36 años y llevo casi catorce enamorado de Sergio, mi mejor amigo. Nos conocimos en el Pappy Dog, una discoteca gay, en agosto del noventa y cuatro. Era un amigo de un amigo, pero Sergio era hetero, y había acabado en el Pappy porque sus amigos gays habían hecho el sacrificio de ir con él primero a Tretas, una disco a la antigua usanza, a ver si se ligaba por fin a una tía, que el chaval acababa de cumplir los diecinueve y aún no se había estrenado. Pero se había quedado acojonado en la barra, dando sorbitos al cubata, y no había sido capaz de entrarle a ninguna.

Y ya en el Pappy lo tenía un poco más chungo. Para acabar de fastidiarle la noche, sus colegas se perdieron en el cuarto oscuro y Sergio se quedó más solo que la una en un rincón del Pappy, viendo a un montón de tíos cachas bailando empastillados y cruzando una esperanzada mirada de vez en cuando con alguna lesbiana que pasaba por ahí en dirección a la pista de baile.

Hasta que me crucé en los baños con nuestro amigo común, que se alegró mucho de verme, me llevó a rastras escaleras arriba y me sentó junto a Sergio, nos presentó, me pidió que se lo cuidara, y se largó corriendo a comer pollas. A mí no me importó cuidárselo porque el chico era un encanto y era enorme, un tiarrón del norte que aparentaba 25 aunque tuviera 19, y guapo de cojones. Bueno, es un decir, ya sabes. Yo no se los vi. Más quisiera.

La cosa es que nos caímos bien, nos pusimos a charlar y a beber y descubrí que vivía a dos pasos de mi apartamento.

En un momento de la noche me preguntó que dónde se habían metido sus amigos.

- En el cuarto oscuro -contesté.

Me miró, sin comprender.

- ¿Y eso que es? ¿El baño? ¿Tan sucio está?

De aquella, casi nadie tenía internet (vamos, si es que existía), ni había series de televisión tan explícitas, así que los heteros no estaban tan enterados de lo que se mueve en el ambiente como hoy día. Así que le expliqué lo que era el cuarto oscuro y se le quedaron los ojos del tamaño de dos sandías.

- ¿Y los tíos bajan allí y se ponen a follar?
- O a mamar polla.
- ¿Y no hay luz?
- De vez en cuando algún mechero.
- Joder. En las discotecas "normales" no hay de eso.

Pasé de decirle que no las llamara discotecas "normales", como si el Pappy no pudiera ser considerado normal por estar lleno de maricones. Ya había decidido que iba a ser uno de mis mejores amigos y como pensaba verlo a menudo ya tendría tiempo de educarle. Lo que sí hice fue cogerle de la mano y decirle, mientras bajabamos las escaleras:

- Ven, que te lo enseño.
- Chachi. Pero si alguien me toca, gritaré.
- Vale. Y yo te sacaré corriendo.

Entramos despacito en el cuarto oscuro. Encontramos el primer pasillo forrado de hombres, que nos miraron atentamente a la luz azulada que llegaba desde los baños mientras pasabamos por delante de ellos haciendo el trenecito, porque Sergio se había pegado a mi culo como con cola. La verdad es que era complicado avanzar así, pero el nene estaba asustado. Avanzamos un poco más y pronto quedamos totalmente a oscuras.

- ¿Te molesta que vaya tan pegado? Casi te estoy dando por culo -me dijo al oído.

Me recorrió un escalofrío placentero.

- No, por Dios. Si me estás poniendo como una moto. No se me ocurriría quejarme.
- Es broma ¿no?
- En absoluto. Pero no te preocupes. No me duele.
- Si no te duele es que no estarás tan caliente.
- Toca y compruebalo.
- Y una mierda.
- Vale, vale.

Lo dicho, un hetero redomado. Seguimos avanzando en la oscuridad hasta que le solté las manos, que de todas formas había entrelazado sobre mi ombligo, con lo que no iba a dejar que me fuera a ninguna parte.

- ¿Qué haces? -preguntó, muerto de pánico.
- Tantear en busca de la pared. No querrás que me salte los piños.
- No, claro.

Entonces lo oímos. A la derecha. Un chupeteo con mucha saliba. Alguien que se relamía.

- A alguien le están haciendo una buena mamada - me susurró Sergio, con un deje histérico.
- Yo creo que le están comiendo el culo -opiné.


Para mi sorpresa el propio Sergio se sacó un mechero del bolsillo y puso luz en aquel asunto.

Por un momento vislumbré a cerca de treinta hombres dándose placer de diversas formas y con herramientas de distintos tamaños.

- Joder, cómo está esto hoy -murmuré.

Alguien golpeó con mala leche a Sergio y el mechero se le fue de las manos.

- No lo recojas - me pidió, de nuevo rodeados de oscuridad.
- No pensaba hacerlo -contesté.
- ¡Como se las gastan!
- ¿Te duele?
- No, que va.
- Es que por algo se llama cuarto oscuro, idiota -le recriminé, con cariño. - Por cierto...
- Una mamada -respondió. -Tenía yo razón.

Seguimos adentrándonos en la oscuridad por otros diez minutos. En determinado momento un flop, flop, flop frenético nos indicó que a uno se lo estaban follando a base de bien a unos centímetros de donde estábamos. Esperé impaciente a sentir algún movimiento en la entrepierna de Sergio, que seguía pegada a mi trasero, pero nada se movió allá abajo.

Cuando al fin salimos, le apliqué el tercer grado.

- ¿Qué tal?
- Muy curioso.
- No te has puesto cachondo.
- ¿Debería haberlo hecho?
- A tu edad la simple mención del sexo me ponía cardiaco.
- Solo me llevas tres años. Y no me van los tíos. No me ponen.
- Pero había gente ahí dentro comiendo vergas.
- Pero eran tíos.
- Pero podría ser tu polla.
- Pero no es lo mismo.
- Pero...

Y me dejó que siguiera poniendo peros el resto de la noche aunque ya no me discutió más. Supongo que Sergio ya había decidido que yo sería uno de sus mejores amigos y que ya tendría tiempo de educarme hasta que comprendiera que a los heteros no se las pone dura el sexo entre hombres.

Pasaron los días y me enamoré perdidamente de Sergio. Pasaron las semanas y se lo dije. Pasaron los meses y nuestra relación se afianzó mucho más. Él me daba todo el amor que yo necesitaba, los abrazos, el cariño y el contacto. Todo, excepto sexo. A veces hasta dormíamos juntos cuando llegábamos de borrachera, aunque nunca pasó nada, porque aunque me moría por besarlo no iba a hacer nada que pudiera estropear lo que no teníamos. Y así fui feliz durante dos años, hasta que Sergio conoció a Marta. Y se casaron. Y yo me busqué la felicidad con un hombre menos hetero.

Mantuvimos la amistad hasta el punto de que Marcos, (mi novio, hoy mi marido), Sergio, su mujer y un servidor quedábamos para cenar dos o tres veces al mes, pasábamos juntos el fin de año, organizábamos acampadas, fiestas, partidas de cartas y algún viaje y, más recientemente, nos reuníamos en fin de semana para ver las primeras temporadas de Perdidos de unas sentadas.

No me avergüenza decir que durante este tiempo he seguido secretamente enamorado de él, ni que, con el paso del tiempo, el contacto con Sergio (abrazos, besos de cortesía y apretones de manos) ha adquirido para mí un sentido mucho más sexual. Sergio me la pone dura, hoy más que nunca, y confieso que me he hecho más de un pajote en su cuarto de baño cogiendo sus calzoncillos de la cesta de la ropa sucia y aspirando el olor de su polla.

Pues bien. Hace cosa de dos meses, Sergio me llamó al móvil. Parecía intranquilo.

- ¿Os habéis peleado? -pregunté. Sergio y Marta no suelen hacerlo, lo de pelearse, digo, pero cuando se ponen hacen bastante ruido y acaba pagándolo el dvd, que suele salir disparado por el balcón. Siempre son aparatos de dvd del Alpaisaje. Por algún motivo el enfado no les lleva nunca a estampar el decodificador del Visión Plus.
- No. No es eso. ¿Puedes venir?
- Por supuesto.

Era un jueves por la tarde, yo acabo pronto en el curro y Marcos llega a la nueve. Tenía algo así como dos horas y media para dedicar a Sergio.

Llegué a su casa, llamé al timbre y me abrió la puerta descamisado, descalzo y con unos pantalones piratas blancos y holgados. En cuanto lo vi, la boca se me hizo agua y el coño un charco, como dice cierta amiga.

- Pasa. -Para mi desgracia no me dio el acostumbrado abrazo de bienvenida.

Lo seguí hasta el sillón de su salón, donde se sentó, alicaído.

- ¿Qué ha pasado? -pregunté, empezando a preocuparme.
- Que ya no puedo más. Que como esto siga así, la dejo.

Pues la cosa sí tenía que ver con Marta.

- ¿La historia de siempre? -pregunté. Y él asintió con la cabeza, poniendo ojitos de cordero degollado.

Y es que después de más de diez años de casados, Marta seguía sin estar dispuesta a comerle la polla.
- No pone ningún reparo a que yo se lo coma todo, pero ella no quiere ni catarla. Ni olerla. ¡No me deja ni que me corra en sus tetas!

Me conocía perfectamente la cantinela. Marta tenía una extraña fobia al semen. Le daba arcadas verlo, así que arriesgarse a que se lo descargaran en la lengua...

- No puedo más. Estoy hasta los huevos.
- Hombre. No te puedes replantear tu relación con Marta por algo tan trivial como que no te coma la polla, Sergio.
- Claro, qué fácil es decirlo. Cómo a ti sí que te la comen...
- Si fuera que no te dejara hacer nada, mira. Pero follar, follas.
- Pero yo quiero que me haga una puta mamada. Y luego otras dos mil, por el retraso acumulado.
- ¿Y qué dice ella?
- Que me vaya a cascármela.
- ¿Nunca has pensado en ponerle los cuernos?
- ¿Y tú? ¿No has pensado en ponérselos a Marcos? Pues lo mismo. No es opción.

Yo se los pondría contigo, cabrón, pensé.

- Pues no sé que más decirte. Tiene difícil solución -mentí, puesto que yo estaba dispuesto a solucionárselo ipso facto. - De todas formas yo siempre he dicho que las mamadas están sobrevaloradas.
- Ahora mismo no se me ocurre nada mejor.
- Porque eres prisionero de tu heterosexualidad. Pero yo cambio una gran mamada por una buena comida de ojete - no lo dije en plan trueque pero ójala Sergio lo hubiera considerado como tal.
- No sé yo. Creo que eso le daría todavía más asco.
- Ah, que tampoco te lo ha hecho.
- No me tortures, ¿quieres? Ya sé que tú tienes más campo que yo.
- Porque tú no quieres.
- Eso ya lo tenemos más que claro, ¿no crees?
- No me refiero conmigo, idioto, aunque a nadie le amarga un dulce. Digo con ella. ¿A que nunca te ha chupado los pezones? ¿A que ni se te ha ocurrido pedírselo?
- Una vez se comió mi axila por error y la cara de asco le duró tres días. De todas formas yo no tengo los pezones sensibles.
- Y una mierda. Con estos dedos y veinte segundos te puedo poner como una moto.
- Pero tú eres tú, y no ella.
- ¿Y?
- Que eres un tío. No me pondrías ni jarto de vino.
- Ven aquí y compruébalo.
- No, que si me empalmo pondrás en entredicho mi virilidad el resto de mi vida.
- Tienes un concepto erróneo de la virilidad. Va, ven aquí. Veinte segundos de reloj.
- Vale.

Y para mi sorpresa, recostó la cabeza sobre mis piernas y cerró los ojos.

- No vale hacer cosquillas.
- Me limitaré estrictamente a las tetillas.
- Con los dedos.
- Evidentemente.
- Vale. Empieza. Yo cuento en voz baja.

El corazón de pronto se me puso a mil por hora. Tenía a Sergio por primera vez en mi vida entregado a mis dedos por un asunto sexual, iba a intentar ponerlo caliente, iba a rozarle los pezones con los dedos y... Se me puso como una piedra, bajo la cabeza de Sergio. Debía estar notando mi erección pero solo dijo:



- ¿Empiezas? - mientras se ponía a tararear la música de Kill Bill, aún con los ojos cerrados.

Así que le rocé el pezón derecho, muy despacio, dando pequeños círculos con la punta del dedo índice. Me apetecía enredar los dedos en el abundante vello de su pecho pero me limité a rozarle primero un pezón y luego el otro, despacio. Sergio se estremeció un poco y yo seguí tocando sus tetillas muy despacio mientras mi polla martilleaba bajo el peso de su cabeza que de pronto parecía hacer mucha más presión sobre mis piernas. En algún momento descubrí que Sergio había dejado de tararear y no me pareció tampoco que estuviera contando. Seguí masajeando lentamente sus pezones consciente de que ya habían pasado los veinte segundos, y de que aquello podía acabar en cualquier momento. Entonces empecé a apretar un poco. Las tetillas se le pusieron erectas, el pelo de los brazos se le erizó y de pronto dio una sacudida y se bajó los piratas hasta las rodillas. Sin abrir los ojos volvió a recostarse sobre mi paquete, se agarró la polla y comenzó a hacerse una paja bestial. Yo me puse tan cardiaco que casi no me atreví ni a mirarle la polla. Seguí con sus tetillas mientra él se masturbaba. Pero entonces me llegó a la nariz el olor de su vergajo y tuve que mirarlo. Y era tremendo, venoso, gordo y del tamaño justo para que yo empezara a salivar como un condenado. Pero los huevos eran casi mejores. Eran tan grandes que estuve tentadísimo de bajar pecho abajo solo para sopesarlos en mis manos. Pero tal y como estábamos me parecía más que suficiente con lo que tenía y no me moví. Sergio pareció pensar de otro modo. Sin abrir los ojos en ningún momento acercó el cuerpo más a mí, poniendo su espalda sobre mis piernas. Yo me giré un poco para que la descansara sobre mi pecho, de modo que ahora al mismo tiempo que mis dedos jugaban con sus tetillas mis brazos rozaban sus brazos y hombros y mi erección aprisionaba la parte baja de su espalda.

La paja cogió un ritmo endiablado y yo aceleré las caricias. Entonces Sergio empezó a levantar la cara, como si buscara mis labios. Y sacó un poco la lengua, y yo me dije, de perdidos al río, y lo besé. Él abrió los labios y me invitó a seguir, así que le comí la boca con ansia de años. Nuestras lenguas se fundieron y aquello bastó para que Sergio se corriera con una violencia que pocas veces había visto en otro hombre. Los chorros de esperma salían disparados sobre su pecho y parecía que nunca iba a acabar. Uno de aquellos chorros se estrelló en mis dedos. Sergio había dejado de besarme y se había entregado por completo a la eyaculación. Seguía con los ojos cerrados, así que aproveché el momento para llevarme los dedos a la boca y probar su sabor.

Permanecimos quietos durante algunos minutos, mientras la respiración de Sergio se calmaba y mi polla seguía martilleando en su espalda. De pronto se levantó y me preguntó si me apetecía una cola. Le dije que primero me hacía falta una servilleta. Él abrió la nevera, cogió una lata y me sirvió el refresco en un vaso, pero no me dio la servilleta, y eso que en la cocina tenía dos o tres rollos de papel a mano. Yo tenía restos de su leche en los brazos pero él había decidido no hacer la más mínima alusión a lo que había pasado.

- Me voy a duchar. Hace un calor de la hostia.

Y desapareció en el baño.
Yo me limpié su corrida en el grifo de la cocina.

Diez minutos después me había despachado de su casa.
Y, como podéis imaginar, esto no acabó ahí.


Continuará...

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Iván, un hermano como Dios manda, VIII



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Iván, un hermano como Dios manda, VIII


- Alex, podrías mirar si ahí tienen bocadillos.

Tamara me alargó un billete de cien euros.

- Bocadillos seguro. Cambio, lo dudo - repliqué, cogiendo el dinero.
- Prueba.

Busqué a Iván en el agua pero debía haberse sumergido. La última vez que lo había visto nadaba junto a las rocas.

- Compra también unas cocacolas - Tamara se colocó bien la pamela y se recostó en la hamaca. Parecía una Marilyn embarazada.

Volví a mirar al mar en busca de mi hermano, algo inquieto. No se le veía por ninguna parte.

Fui al chiringuito (aquí los llaman balnearios; que me perdone la fauna isleña pero para mí un balneario es otra cosa), y compré tres bocatas que ya estaban hechos pero que no tenían mala pinta, las cocacolas, cerveza para Iván y porquerías para picar. La camarera que me atendió no tenía bolsas así que tuve que llevar todo cargado en los brazos, contra el pecho. Las cocacolas (de lata) estaban heladas. No veas como jodía.

- Mmm..., tortilla... - dijo Tamara, cogiendo un bocata.
- También hay de jamón serrano y de chorizo con queso.
- No puedo comer jamón serrano. Ni embutidos.
- ¿Eres alérgica?

Tamara se río.

- Por el embarazo. Riesgo de toxoplasmosis. Tendría que habértelo dicho.
- No lo había oído en mi vida.

Me senté en la hamaca de al lado, abrí una lata y ataqué el bocadillo de jamón.

-¿Por qué no has traído a tu novia? - me preguntó Tamara.

A mí se me atragantó el bocadillo.

- ¿Cómo dices?
- Ayer me extrañó que no la trajeras, pero hoy clama al cielo. Quiero conocerla.
- ¿Por qué crees que tengo novia? ¿No puedo ser... soltero?
- Tu hermano me lo dijo. ¿Qué pasa? ¿Te avergüenzas de ella? ¿Habla demasiado? ¿Cuenta vuestras proezas sexuales a gritos por la calle? ¿Qué?
- ¿Iván te dijo que tenía novia?
- ¿Sólo es un rollo? Da Igual. Quiero conocerla.
- ¿Cuándo te lo dijo exactamente?

A Tamara le cambió la expresión de la cara.

- Mierda. Acabáis de romper, ¿a que sí? Soy una bocazas. Lo siento.
- Acabo de romper, pero no con mi novia, sino con mi novio.
- ¿Novio? ¿Te van las dos cosas?
- No, solo me van los tíos.
- ¿Tu hermano lo sabe?
- Fue la primera persona en saberlo.
- ¿Y por qué me diría que tenías novia?
- Quizá lo entendiste mal.
- No, no lo entendí mal. Me dijo que tenías novia. Hasta me la describió.
- Pues eso es que se avergüenza de mí.
- ¡Qué mal!
- No te preocupes. Siempre supe que Iván era un cromañón. Por cierto... ¿dónde está?
- En el agua.
- Sí, pero, ¿dónde? -Dejé la comida y me acerqué a la orilla. No veía su cabeza por ninguna parte.
- Estará buceando.
- ¿Le has visto llevarse las gafas?

Tamara miró en la bolsa.

- Están aquí.
- Voy a buscarlo.
- ¿Debo preocuparme?
- ¡Que va! Habrá ido a la otra cala. Si volviera antes que yo que se quede contigo. Una vez estuvimos buscándonos cinco horas.

Dejé a Tamara comiendo y bronceándose al sol y me metí en el agua para seguir el itinerario que creía, habría seguido Iván. Estaba un poco molesto con él, pero mientras nadaba se me pasó. Iván debía haber hablado a Tamara de mí cuando se conocieron, y en ese momento mi hermano y yo no nos hablábamos. Seguramente pensaba que yo jamás lo perdonaría, así que no esperaba que Tamara llegara a conocerme. Y lo de inventarme una novia también lo veía justificable, dadas las circunstancias. Así se evitaba hablar con ella sobre homosexualidad.

De todas formas aquello confirmaba una vez más que Iván le mentía a su mujer de casi todas las formas posibles, y eso no podía acabar bien. Nunca lo hacía. Claro que quizá no era tan mal final desde mi punto de vista.

Estaba pensando que era una mierda que la vida fuera siempre tan complicada cuando llegué al segundo recodo que hacían las rocas, que era el que buscaba. Me acerqué hasta hacer pie en las rocas, resbaladizas y de tacto asqueroso, y, procurando no romperme la crisma, trepé unos cuantos metros hasta el primer saliente, y de ahí caminé con cuidado de no lastimarme los pies hasta una pequeña cueva donde jugábamos Iván y yo de críos.

Iván estaba dentro, tumbado en una hamaca como las de la playa, pero de otro color. Aquella llevaba allí unos cuantos años.

- Has tardado mucho - me dijo al verme.
- ¡Claro! ¡Cómo que me estabas esperando!
- Pues sí. Te esperaba.
- La próxima vez dime "nos veremos en la cueva".
- Has venido, ¿no?
- Porque estaba preocupado.
- Vuelves a estar cabreado.
- Un poco.
- Pues no te cabrees. Te estaba esperando a ti. No hay ningun hombre escondido, no hay más pollas a la vista que la tuya.
- Eso ni se me había pasado por la cabeza.
- Pues debería. Viniendo hacia aquí he visto un tío... No veas cómo estaba. - Me hizo sitio en la hamaca abriendo las piernas. Me senté, recostándome en su pecho, y él me abrazó con brazos y pies.
- No deberíamos hacer esto - dije.
-¿Hacer qué? Sólo estamos hablando.
- Me tienes agarrado.
- Eres mi hermano. Soy cariñoso. No tiene nada de malo.
- Te siento la polla en la rabadilla. Eso no es muy inocente.
- Pero no esta dura, ¿verdad?
- No del todo. Pero me la pone dura a mí.
- ¿De veras? Ah, pues sí. Te la pone dura - y mientras me metía una mano en el bañador mojado me besó la nuca, la oreja, y hasta donde llegaba de la mejilla. Giré un poco la cabeza para que pudiera besarme los labios. Me besó. Saqué un poco la lengua. La chupó.

Iván me había bajado un poco el bañador y me pajeaba despacio mientras me besaba. Sentí como su rabo se endurecía contra la parte baja de mi espalda.

Conforme Iván me masturbaba mis besos se volvían más apremiantes, más necesitados.

- Raspas- susurro Iván en mi oído.
- Me afeitaré.
- ¿Qué dices? Me encanta.

Seguimos un rato en esa postura, Iván pajeándome y poniéndome los pelos de punta cuando me besaba en el cuello, me chupaba la oreja o me decía ternezas al oído, y yo oprimiendo con mi cuerpo una erección cada vez más descomunal.

Después me levanté y le bajé el bañador de un tirón.

- ¿Sabes que nunca me canso de verte desnudo?- dije.
- Ibas a decir "de verte la polla".
- Es cierto. Pero no quería que pensaras que eres sólo polla.
- Soy mucho más que polla.
- Sí, lo eres.

Empezó a hacerse un pajote mientras yo lo miraba.

- Siempre te ha gustado mucho mirar - dijo, meneándosela para mí, despacio.

Me encantaba ver cómo lo hacía, me encantaban sus brazos, sus manos, su cara de gusto, su enorme verga entre sus dedos y me encantaba ver cómo subían y bajaban sus cojones con el movimiento.

- ¿Por qué tienes que estar tan bueno? - pregunté.
- Es cosa de familia- respondió.

Me llené los dedos de saliva mientras me arrodillaba junto a la hamaca y se los planté en el ojete. Él levantó un poco el culo para facilitármelo sin dejar de masturbarse. Yo me lo comía con los ojos. Le paseé mis dedos mojados por el orto. Él se retorcía de gusto. Su mano seguía masturbando su vergajo que era realmente monstruoso a esa distancia. Mis dedos le acariciaban el agujero, su piernas se separaban y se juntaban, su cuerpo ardía. Mi otra mano le acariciaba el pecho, la cara, le apretaba un pezón, el otro. Él había cerrado los ojos y empezaba a masturbarse más deprisa. Apreté más los dedos en su esfínter sin poder apartar la mirada de su polla y de cómo se la meneaba. Sus cojones rebotaban en mi muñeca. Me volvía loco ese contacto. Puse más saliva, y seguí llenando su agujero de las húmedas caricias de mis dedos.

Un reguero de saliva cayo de la comisura de sus labios. Sabía que me encantaba cuando hacía eso. Sabía que me ponía como una moto.

Le lamí la barbilla, recogiendo su saliva con mi lengua hasta llegar a sus labios. Se los comí. Él aceleró el pajote al compás de mis besos, yo apreté un dedo en su esfínter. Él sacaba la lengua enfebrecido, yo calmaba su ansia con mi boca. Sus huevos me golpeaban la muñeca más deprisa, su cuerpo se puso en tensión. Le comí la boca con ansia para propiciarle una corrida que no olvidara. Mi dedo entró en su recto. Iván se estremeció. Sus piernas se abrieron, se cerraron. Su verga parecía a punto de estallar. Iván gimió en mi boca. Lo morreé, completamente ido de amor, mientras le clavaba el dedo hasta el fondo.

El primer chorro llego caliente hasta mi cara. Continué besándolo y metiéndole el dedo mientras echaba el resto de la leche.

- Menuda corrida - dije, cuando su respiración se hubo calmado y me miraba con una gran sonrisa de tonto.
- Ven aquí. Quítate eso.

Obedecí. Me quité el bañador y me coloqué donde él quería, con una pierna a cada lado de la hamaca y los huevos sobre su boca. Me agaché, poniendo mis cojones al alcance de su lengua y me empecé a pajear mientras me los comía. Era fabuloso. Mi hermano era una máquina de dar placer. Sobretodo me encantaba que nunca se cansara de hacerme guarrerías, ni siquiera recién corrido. Paseó la lengua por mis ingles, se metió mis cojones en la boca, la polla se me puso como una puta piedra.

- Sabes amar - dijo, la respiración en mis huevos.
- Gracias.
- No. Digo que sabes a mar.
- Ah. Es lo que tienen los días de playa.
- Pero amar también sabes.
- Gracias de nuevo.

Después de lamerme los huevos me abrió las cachas del culo y me hizo sentarme en su lengua. Y aquello fue más de lo que pude soportar. Mientras sus lamidas me recorrían el orto descargué una terrible lechada sobre su pecho.

- ¿Te estás corriendo? ¿Ya?

Me entró la risa mientras los trallazos de esperma llegaban hasta sus huevos.

Después me tumbé sobre él y nos besamos hasta quedar dormidos.


Continuará...




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Iván, un hermano como Dios manda, VI



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Iván, un hermano como Dios manda, VI

Era sábado, por lo que me quedé en la cama hasta tarde. Me sentía confuso con respecto a mis sentimientos, pero estaba razonablemente contento. Pocas veces había superado una ruptura como en esta ocasión. Ya no pensaba en Leo con pesar. Miento. Realmente ya no pensaba en Leo para nada. Es cierto aquello de que un clavo saca otro clavo. El único problema es que el nuevo clavo era mi hermano, y estaba casado, y esperaba un hijo, y no conseguía quitármelo de la cabeza. Confiaba en que no sería más que una etapa. Pero en el fondo sabía que me estaba enamorando de él, como se había enamorado él de mí dos años atrás. Era algo que yo siempre había descartado que pudiera pasar. Pero estaba pasando.

Estaba planeando pasar el día viendo series en mi cama cuando llamaron a la puerta. Me puse un pantalón de pijama y fui a abrir, convencido de que era el nuevo vecino (sudamericano, aunque no conseguía ubicar exactamente de qué país por el acento) que venía a invitarme otra vez a ir con él a la nueva iglesia que habían montado en un local del barrio. No sabía si decirle de una vez que como buen maricón me esperaba el infierno o invitarle yo a mi cama, (porque el tío estaba buenísimo), pero al abrir la puerta me encontré con Iván.

- Hola - dije, contento de volver a verlo tan pronto.

Iván entró y me besó como jamás lo había hecho Leo y se me aflojaron las piernas de gusto.

-¿Estabas en la cama? - dijo, despreocupado, y se encaminó a mi habitación quitándose la camiseta.

Lo seguí.

- Pensaba quedarme en la cama todo el día.
- No puedes. Tamara quiere que vayamos a comer los tres a algún sitio y que luego le enseñemos la ciudad - se había sentado en mi cama y se estaba desatando los zapatos. Yo me quité el pantalón de pijama.
- ¿Nos espera ahora mismo? - quise saber.
- No, no. Es pronto. Le he dicho que tenías cosas que hacer y que yo te ayudaría. Tenemos un par de horas. - Se quitó los pantalones y la ropa interior.

Yo me tumbé, ya desnudo, boca abajo en mi cama y mi hermano se tumbó sobre mí, acomodando su falo, aun morcillón, entre las cachas de mi culo. Era una sensación fantástica sentirme cubierto por su cuerpo desnudo y notar como su polla se iba endureciendo en mi trasero.

- Ayer lo pasé genial - dijo.
- Yo también - contesté.
- Creo que pervertimos a tu exnovio.
- Y yo no creo que vaya a olvidarlo en su vida.

Mientras hablábamos, Iván se movía sobre mí, acariciándome con toda la piel y en especial con su imponente nabo, que me colmaba, a lo largo, toda la raja del culo de carne caliente.

- Lo que no me esperaba es que fuera tan insaciable.
- Supongo que también fue la situación. Tú estás como un queso y Leo nunca había hecho un trío.

Pero mi hermano tenía razón; una vez bien metidos en faena nos había costado un huevo saciar las apetencias de mi exnovio. Nos habíamos turnado varias veces, dándole uno polla para que mamara a placer mientras el otro le rompía el culo y Leo parecía no tener nunca suficiente.

- ¿Cómo te sientes con respecto a eso? - me pregunto Iván, tras ponerme un buen montón de saliva en la raja del culo para resbalar mejor.
- ¿Con qué?
- Con que nos folláramos ayer a Leo.
- Bien. No hay problema con eso.
- ¿Fue incómodo que me fuera yo primero?
- No, no lo fue. Tenías que irte, no te preocupes.
- ¿Te dijo algo?

Levanté un poco el trasero y tardé en contestar porque las sensaciones que me provocaba su cipote mojado recorriéndome no me permitían ordenar las ideas.

- Dijo que quería volver conmigo.
- ¿En serio?
- Que me quería y que solo me había dejado porque le tiraba tanto la idea del sexo con desconocidos que iba a ser incapaz de serme fiel. - Hice una pausa porque las caricias húmedas de su vergajo por mi orto y sus besos en mi cuello me estaban matando. - Pero que ahora que habíamos demostrado que podíamos estar juntos con otras personas no había razón para no seguir con lo nuestro.
- ¿Qué contestaste a eso?
- Que no me interesaba.
- Bien por ti - Iván volvió a poner saliva e hizo presión con el glande en mi dispuestísimo ano. La cabeza entró sin problema y yo mordí la almohada, encantado.

Iván se quedó muy quieto. Conocía mis preferencias al dedillo. Sabía que si me daba un par de minutos para hacerme al descomunal tamaño de su miembro, yo iba a disfrutar de la follada veinte veces más. No tener que pedir (o explicar) ese tipo de cosas a tu pareja sexual era estupendo. Leo nunca había comprendido ni respetado ese impás.

Aproveché el receso para terminar de explicarle lo de Leo. Luego ya no podría hablar.

- Le dije que yo no quería un novio para follar con otros tíos. Que mi novio debía ser para mí, que debía quererme y desearme y tener bastante conmigo y que él no era esa persona y aunque quisiera intentarlo, yo ya no quería que lo fuera ni lo permitiría. Le dije que era mi forma de pensar, desde siempre, hasta el punto de haber renunciado a ti hace dos años para estar solo con él. Después de ver cómo se lo pasó ayer tarde comiéndote la polla y la tralla que le diste por el culo, creo que comprende lo que me perdí renunciando a ti.
- Eso es muy halagador.
- Hemos quedado como amigos. Le dije que si a ti te apetecía volver a verlo antes de te fueras ya le llamaría. Se mostró muy dispuesto a repetir lo de ayer.
- Pues si repetimos que se haga un buen pajote en su casa antes de venir. No quiero pegar otro polvo de tres horas.

Me reí. En realidad, Iván no estaba exagerando nada. Leo se había corrido tres veces en la sesión de la tarde anterior y cuando Iván tuvo que irse para el hotel, (después de correrse dos veces seguidas, más la del aeropuerto, horas antes), aún quería que le descargásemos sendas lechadas en la lengua.

- Te aseguro que conmigo no era tan cansino -dije.
- Te quiero, Alex - me dijo Iván de improviso al oído.

Y empezó a moverse suavemente dentro de mí, clavándome su miembro de la manera más exquisita y haciéndome el hombre más feliz sobre la Tierra.


Continuará…




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Iván, un hermano como Dios manda, II



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Iván, un hermano como Dios manda, II

De camino a casa escuché el desconcertante relato de cómo mi hermano se había convertido de la noche a la mañana en amante esposo de una rubia y futuro padre de una criatura. Algo en la actitud de ambos y ciertas partes ambiguas de la historia me hicieron sospechar que Iván no era el padre del hijo que ella esperaba, lo cual me cuadraba más con las apetencias sexuales que le conocía. De todas formas tendría que esperar a estar a solas con él para escuchar la historia no oficial de cómo se había dejado meter en semejante berenjenal.

Pese a que encontrarme con una cuñada que no sabía que existiera me estropeaba mis planes de disponer del cuerpo de mi hermano para todo lo que se me ocurriera, traté de llevarme bien con ella, lo cual no fue difícil porque Tamara era un verdadero amor y yo cuando quiero soy encantador.

Cuando ya llegábamos a mi casa, después de un viaje en coche largo pero ameno, Tamara me pidió que la llevara al Nixon, un hotel de cinco estrellas.

- No quiero molestar. Nunca me quedo en casa de nadie cuando viajo.

Yo no traté de convencerla de que se quedara en mi casa, aparte de por lo obvio, porque habiendo descubierto que la muchacha era de buena familia me daba vergüenza que viera dónde vivía yo, por lo menos hasta que hiciera algo de limpieza.
Así que la llevamos al hotel, y ella nos pidió que pasáramos el resto del día juntos, Iván y yo, que ella necesitaba descansar.

De camino a mi piso acribillé a Iván a preguntas.

- ¿Ella sabe de tu propensión a hacer mariconadas como la del aeropuerto?
- Pues claro que no. Es mi esposa.
- Entonces no sabe que tú y yo hacemos lo que hacemos cuando nos vemos.
- ¿Acaso le hablaste de eso a tu novio?
- No. Claro.
- Pues esto es lo mismo.

Iba a decirle que yo por lo menos había dejado de hacerlo durante el tiempo que estuve con Leo pero opté por no tocarle los cojones (con la intención de no cabrearlo y que me dejara tocárselos luego en un sentido más literal).

- Entonces... ¿De quién es el niño?
- ¿Cómo que de quién es el niño?
- No jodas que es tuyo.
- ¿De quién coño quieres que sea, Alex?
- Pensé que teníais algún tipo de acuerdo.
- Tenemos un acuerdo. Se llama matrimonio. Vamos a tener un hijo del cual soy el padre por el método tradicional y atrasado de pegar un polvo con mi esposa y tú vas a ser tío y tendrás que regalarle ropita durante un tiempo y más adelante bicicletas, ordenadores y todo aquello que yo y su madre no estemos dispuestos a comprarle por miedo a malcriarlo.
- Joder.
- ¿Te supone un problema?
- No, qué va. Es que me pillas con el pie cambiado, macho - dije.

Decidí no abrir más la boca por un buen rato. Por una parte no me parecía bien que Iván siguiera con su estilo de vida promiscuo a espaldas de su mujer ahora que se suponía que debía sentar la cabeza, con un bebé en camino y todo eso, pero yo no podía ser tan hipócrita dado que estaba deseando contribuir a su promiscuidad llenándome la boca hasta las trancas con su pedazo de polla.

Enseguida estuvimos en casa. Metí el coche en el garage comunitario. Iván comentó que yo ahora conducía mucho mejor. No contesté, pero es que sólo hacía dos años que tenía el carné. En la época de la gran pelea me lo acababa de sacar. Era lógico que él me recordara inseguro al volante.

Salimos del coche. Yo fui a la parte trasera para coger unas bolsas (me había parado en el hipermercado de camino al aeropuerto) y cuando las estaba cogiendo sentí su cuerpo en mi espalda, el tan familiar cuerpo de Iván. Me abrazó desde atrás, pegando su paquete a mi trasero, su pecho a mi espalda y descansando su barbilla en mi cuello.

- Antes te mentí - me dijo al oído, poniéndome los pelos de punta del placer de tenerlo tan cerca. - Yo también te he echado de menos.



Continuará...



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