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El Guía de Montevideo


Título: El Guía de Montevideo
Autor: alone

Hola a todos, desde estas frías tierras australes les mando un saludo caliente.

El lunes pasado, con mi amigo b, nos embarcamos en el buquebus para atravesar el Río de la Plata hasta Montevideo, ya que quise hacer conocer, a mi amigo, esa ciudad, a pesar de tener poco tiempo (sólo dos días).

Llegamos al hotel, nos instalamos y salimos a recorrer la ciudad buscando un poco de acción, ya que entre nosotros ya eso no se da, nos tenemos archireconocidos.

No pasó nada especial, miramos a muchos chicos atrayentes, pero los uruguayos comenzaban a guardarse temprano debido a la ola de frío polar que azota a nuestras tierras del cono sur americano, así que.... a dormir.

La mañana nos levantó temprano, con frío, cogimos un taxi y nos fuimos al centro... no teníamos idea por donde comenzar... así que a la plaza de la catedral...que en nuestras ciudades de influencia española es siempre el centro. Más perdidos andábamos, y en eso vimos llegar un autobús cargado de turistas con su guía, a quien le preguntamos cómo podíamos hacer para contactar un city tour. El chico nos dijo que tenía sitios en el bus y que luego hablaríamos del pago, eran sólo tres o cuatro dólares!!!!!

Subimos y comenzamos a dar vueltas por la ciudad, fotos van, fotos vienen. A mí me gustó súbitamente el guía, era un hombre de unos 35 años, alto y bien tenido, muy simpático y varonil.

Algo había de especial en ese chico que me calentó, iba vestido con un pantalón ajustadito que ponía en evidencia su paquete y un culo bien proporcionado, marcado por el slip. Como solía pasar hacia atrás por el medio del pasillo, me arrimaba hacia fuera para poder rozarle su anatomía. Más de una vez hice como si nada fuera, hasta que noté que el muchacho pasaba más cerquita mío.... yo a full.

Bueno, así transcurrieron las dos horas de viaje, hasta que en una de las últimas paradas frente a una playa, me preguntó de donde venía y si me había gustado...yo le dije ¿que cosa me gustó de qué?... mmmm bueno, de la ciudad, dijo.

¡Ah sí, mucho! pero hay otras cosas que me gustan más, le repliqué... Se puso un tanto colorinche y me tiró: ¿Qué cosas?... Los uruguayos, le dije... Bueno, ahí alguien se acercó y se cortó el diálogo.

Al finalizar el viaje nos fuimos al mercado de la ciudad donde hay buenos lugares de comida. En uno de ellos entramos casi todos los que veníamos en el autobús, y también entró Jorge (que así se llama el nene).

Coincidimos frente a frente y comenzamos a conversar sobre variadas cosas, le pregunté cuántos tures le quedaban, me dijo que uno, y ahi me atreví a preguntarle si hacía visitas guiadas a una o dos personas, me dijo que no era habitual, pero que sí lo hacía. Entre tanto, mi amigo b no entendía nada, me miraba extrañado y me decía en buen castellano ¡qué morro tienes!, algo así como ¡descarado! jajajaj.

Bueno, le dije al guía que queríamos ver Montevideo de noche y las zonas aledañas, Jorge aceptó y quedó en conseguir un taxi en el que trasladarnos, pasaría a mi hotel a las 7 pm.

Mi amigo desistió, porque quería visitar a unos amigos de la ciudad y luego nos reuniríamos para comer juntos.

Jorge llegó puntualmente a las siete y nos fuimos a recorrer la ciudad, en el fondo, fue el mismo giro de la mañana pero ahora con cierto aire romántico... para mí que no soy muy romántico... pero íbamos sentados los dos atrás, algo incómodos por esa manía que tienen los taxis uruguayos de poner una separación con el conductor, para evitar robos y muertes, que bien venga en USA con autos grandes, pero aquí.... ¡bueno!

Nuestras piernas rozaban constantemente y él no ponía ninguna resistencia, también a veces nuestras manos se estrellaban con el cuerpo del otro, en algún gesto algo (in)voluntario, así transcurrieron un par de horas. Me deslumbraba lo delicado de su acento (ya saben que en el río de la plata, nuestro acento no es nada suave) y su interés por aclararme las preguntas.

Aunque yo en realidad iba más interesado en otros argumentos.

Me contó que era casado y tenía dos hijos, que su trabajo como guía era casi una diversión ya que se ocupaba de otras cosas que no le gustaban mucho.

Así llegó la hora de devolverme al hotel. Poco antes de llegar le dije que si podía invitarlo a cenar, me dijo que llamaría a su casa antes, lo hizo y dijo que sí... me encanta eso de tener que pedir permiso a las esposas ..... cuántas veces me lo he tenido que bancar. O a cuantas esposas soportar para poder usar a sus maridos después.... esas son otras historias. La mina le dio permiso.

Como había quedado con mi amigo de reunirnos lo llamé y me dijo que prefería dejarme solo y se quedaría con sus conocidos, ¡¡¡¡así que a la carga!!!!!

Estuvimos en un lindo restorán en la orilla de la playa, comiendo muy bien y charlando mucho, le conté de mi interés por los hombres y él dijo que era algo que siempre le había llamado la atención pero le costaba hacer caso porque le provocaba mucho miedo. Que estaba totalmente enamorado de su mujer pero que pensaba en hombres cuando le hacía el amor a ella, y que nunca había tenido una experiencia gay.

Más me prendí...

El discurso se fue dando hasta que le dije si quería viniera a mi hotel a quedarse conmigo... se puso muy nervioso y al final aceptó.

Cerca de la medianoche llegamos al hotel (previamente había mensajeado a mi amigo para que no apareciera temprano).

Al llegar, mi Jorgito se puso muy nervioso, medio perseguido, pero todo se calmó al varcar la puerta de la habitación, me acerqué a el y le planté un besazo. Ciertamente no era de los mejores besadores, pero me supo como un bocado de dulce de leche... Estuvimos pegados largo rato acariciando -yo más que él-, sentía su cuerpo temblando de miedo y curiosidad.

Yo, que soy un ávido del sexo, me cuesta respetar los tiempos ajenos e inmediatamente comencé a hurgar donde me apetecía... Pasaba mi pierna por entre las suyas hasta sentir crecer su pene de una manera extraordinaria, esa es siempre una buena señal; una clara respuesta que no deja lugar a dudas.

Comencé a acariciar su pecho, viril y duro, con una vellosidad muy vistosa en esa carne blanca, su atisbo de panza y luego bajaba mis caricias hasta su bulto, que ya desbordaba de esos pantalones ajustados que llevaba puestos.

Lo empujé suavemente hasta la cama y comencé a besar su cuello, me encargaba que por favor no fuera a dejarle huellas.

¡ No me mordás ! que mi mina se puede enterar... repetía jadeante.

Le levanté la camisa y la remera y comencé a besar y lamer su pecho, duro y fuerte, con un dejo de sudor que venía muy bien, rasgos del trabajo de todo un día de ir y venir, hasta que le empapé los pelos del pecho con mi saliva. Le quité la camisa y la camiseta, también los pantalones.

Me envolvió ese agridulce olor característico del cuerpo de un hombre, que a mí me provoca muchísimo morbo -sobretodo en estos tiempos de maniáticos por los perfumes- , quedándose solo en slip, unos calzoncillos algo raídos pero que estrechos se ajustaban dulcemente a su cuerpo, con el pene desbordando de él y una clara mancha de presemen, signo del grado de excitación que el muchacho había alcanzado.

Lo besé entero, a lo que poco a poco fue respondiendo con unos besos cada vez mas cálidos y fogosos, ya su lengua venía en busca de la mía y era él mismo a pedirme que lo besara con cierta dureza, que le mordiera las tetas, que me lo recomiera...

Sus pies y sus piernas tampoco escaparon a este arsenal de besos y lamidas que yo tenía, hasta que poco a poco me acercaba a su pene, aun bajo el slip, y él contorsionándose bajo el fragor de una batalla que siempre quiso librar y que, hasta ahora, no se había atrevido...

Me acercaba a su pene, lo mordisqueaba o refregaba mi nariz sobre él, pero al instante lo dejaba, y el pibe se quedaba con una gustito inacabado.... se notaba que estaba probando sensaciones nuevas.

Le quité poco a poco el calzoncillo y ese penetrante olor a cuerpo viril me envolvió y me hizo calentar mucho más.

Comencé a besar su ingle, sus bolas, a tocar suavemente su hoyo, sintiendo como le producía descargas eléctricas mis manos aproximándose a ese territorio virgen.

Su pene no era de gran tamaño pero sí de grosor evidente, circuncidado y más morocho que el resto de su cuerpo, la peluria que cubría su virilidad era muy abundante, también su orto estaba muy peludo.

Mi lengua se volvió loca lamiendo y chupando esa verga magnífica, que a cada rato expulsaba un ácido presemen, pero esa tensión crecía cuando junto con lamerle la pija yo le introducía mi dedo en su ano... para luego levantarle las piernas y comenzar un lindo beso negro...

Así estuvimos largo rato, hasta que le pedí que se pusiera de cuclillas para poder escarbar mejor su ojete con mi lengua y mis manos, hasta producir descargas de electricidad que lo hacían gemir de placer.

Luego le pregunté si quería mamar mi pija, me dijo que bueno, y entre lamidas y mordiscos y sus dientes que me provocaban algo de problemas, hizo la primera mamada de su vida, degustando mi verga como si fuera un manjar.... estábamos tan empalmados que casi casi acabábamos en cualquier momento

Me despegué un momento de él para buscar unos condones y le puse uno con mi boca, y como el muchacho seguía duro como piedra me senté sobre su abdomen para encajarme esa pija, y que comenzara a excavarme sin piedad, fuerte y violento como a mí me gusta.

Comenzó a follarme de manera extraordinaria, el grosor de su pene no impidió que entrase hasta el fondo y rápidamente, debe ser porque han sido muchos quienes han ido haciendo camino en mi culo, que ya se encajan solas las vergas... Comencé a moverme sobre él, a acariciar su velludo pecho y a tocar cada parte de su cuerpo con fuerza, evitando apretones que pudieran haberle delatado luego frente a su mujer.

Después me puse con mis piernas sobre sus hombros y sentí como esa cabeza grande me penetraba de una manera increíble y como chocaba contra las paredes de mi ano.... hasta provocarle espasmos que lo hicieron derramarse dentro mío y caer aflojado sobre mi pecho fundiéndonos en un abrazo lindo y un apasionado beso.

Todo ese desenfreno después de un día de trabajo agitado, produjo un cansancio muy tierno que nos hizo estar amarrados un largo rato.

Le pregunté si quería que le penetrara, me dijo que sí lo quería pero le daba algo de temor, que se lo hiciera con suavidad.

Y así también me tocó a mí el turno de estar dentro suyo, por primera vez, dentro del culo de un macho, pero ese será motivo de mi siguiente relato.

No podía dejar de compartir esta alegría que me trajo Montevideo, aún tengo su olor pegado a mí, y eso no suele pasarme más que con algunas personas con las que tengo sexo y con las que realmente me involucro.... no sé cuando volveré a Montevideo pero lo cierto es que volveré a hacer ese tour, aunque lo tenga todo re conocido.

Besitos con sal del río de la plata.


alone

Un amor en Roma... MONTE CAPRINO



Titulo: Un amor en Roma... MONTE CAPRINO
Autor: alone

Era una de esas tardes de octubre, en que Roma vuelve a ser delicada y amable. Se marcha el calor y las preciosas puestas de sol sobre los montes la vuelven más espectacular de lo que es.

Suelo caminar por los foros imperiales, haciendo el parque que se halla detrás del capitolio y que los romanos llaman el Monte Caprino (por lo de las cabras que pastaban allí).

Ese lugar es un ámbito turístico durante el día, un solaz en medio del calor romano; pero al atardecer se vuelve una guarida de hombres buscando un amor rápido, para sentir una mano cariñosa, un abrazo que compartir o simplemente un sexo que estrujar. En muchas guías gay se recomienda este sitio como un buen lugar de remolque pero se aconseja precaución por los rateros y los polis (más de una vez le he hecho algún “servizietto” a un poli, que en vez de darme la multa se ha ido muy contento apuntando mi teléfono para una próxima vez...)

Suelo subir por la escalinata que da al frontis del Teatro Marcello, allí me siento en algún escaño y espero... no falta algún chico que anda por ahí, o algún viejete en onda “voyeur” esperando poder otear algo y, aunque las autoridades municipales han decidido precintar el lugar, las hábiles manos han roto la red y se puede buscar algún lugar apartado para dar rienda suelta al amor prohibido. Aquí vienen muchos chicos, algunos de ellos muy jóvenes –se dice que el Monte caprino es un buen lugar para iniciarse en la ruta gay- además al estar cerca de los lugares sagrados del imperio, los dioses del amor te echan una mano y siempre te marchas satisfecho del lugar. Es un sitio interracial y puedes ligar con mucha gente de los lugares más diversos.

Hacia allí me encaminé aquella tarde, comenzaba a ser agradable la temperatura, luego de un tórrido verano romano; de vuelta al trabajo y a la vida normal sentía ansias de algún encuentro y nada mejor que ir al M. Caprino para saciar esa sed de sexo. Luego de varias vueltas por el lugar; un sube y baja por ese lugar que tanta historia ha visto y por el cual tanta vida ha pasado, había pasado mucho tiempo, había algunos marroquíes que se ofrecían por unas pocas liras, poniendo en evidencia su bien dotada sexualidad, pero a mí no me suelen gustar los mercenarios. Ya casi me marchaba sin haber dado punto cuando veo pasar un chico muy bello, con su pinta de turista perdido que me pregunta algo.

Hablaba español, como yo, pero un español de esos machacados como lo hablan en el Río de la Plata; le dí algunas indicaciones y nos sentamos bajo un añoso plátano, con la vista puesta en el foro imperial que se desparramaba a nuestros pies; casi visualizando el trajín de los romanos y las antorchas de los templos y casas que hoy están convertidas en espléndidas ruinas.

Mi vista se bañaba en sus ojos azul profundo, era un muchacho bestialmente bello; no muy alto pero con todo bien puesto en su lugar. Venía del Uruguay, viajaba solo –su padre le había regalado el viaje- hablamos de muchas cosas, de Roma, de su gente, de Sudamérica; de esta lengua maravillosa que nos unía y nos permitía comunicar.

Pasaron varias horas (tres o cuatro, no me daba cuenta) muchos chicos en ligue pasaban delante nuestro y reparaban en esa belleza digna de probar. Antinoo (no es su nombre pero me evocaba al joven amante del emperador Adriano) también reparaba en ese “via vai” de hombres que se seguían y se encontraban. A un cierto momento me preguntó qué significaba ese trajín, le expliqué en qué consistía y qué era lo que buscaban. Él me preguntó si yo también buscaba lo mismo, le respondí que sí y que me gustaban mucho los chicos y que me apetecía el sexo anónimo. Que era un frecuentador de ese lugar, etc.
Así nuestra conversación giró hacia el tema gay; pasó mucho rato más, era de madrugada, y luego intentó despedirse de mí. Me ofrecí a acompañarlo hasta su hotel. Antes me aparté de él un poco para orinar, él hace lo mismo y desenfunda un sexo bellísimo; blanco rojizo, que al dirigir mi mirada comienza a ponerse duro.

- ¡Eh, macho! Parece que ha hecho efecto la parlata! -le dije.

Él se me acercó y puso sus labios sobre los míos. Atiné a bajar sus pantalones y disfruté mamando un sexo joven y anhelante, sabía que era su primera vez que lo hacía con un hombre, que con su novia mucho, pero la conversación... y hablaba casi justificando su mariconismo casual de chico lejos de su casa y en un lugar lleno de magia.

Me lo llevé a casa y allí se quedó conmigo cuatro días, renunció a todos los tours que había reservado, yo me convertí en su guía de Roma, en su amante, en su hombre-mujer. Hablábamos mucho (los de la Plata tienen esa virtud) pero su ineptitud sexual fue compensada con una ternura que me demostraba una y otra vez ese Amante insaciable... le gustaba que le chupara su herramienta, en los lugares más increíbles, muchos recónditos romanos guardaron nuestro secreto, algún cine para adultos, un polvo robado en un tren, ese fantástico sexo en la Via Appia, mientras de lejos nos miraba un señor que se pajeaba etc. Me amó muchas veces, entraba y salía de mí como si se acabara el mundo.

Su pene estaba siempre dispuesto a penetrarme, bastaba un roce por sobre sus jeans para que el asunto se encabritara y buscara la guarida más mía. Su forma de besarme entero, esa manía mía de ser mordido en la espalda y la nuca era para él una diversión y para mí la puerta del paraíso. Era capaz de regalarme tres o cuatro orgasmos y seguía tan bien dispuesto para el próximo. Su lengua se perdía en todos mis rincones, mi boca le buscaba y bramaba por más y más.

Fuimos a “Il Bucco” -una playa gay en el litoral romano-, allí a la luz de un tibio sol de otoño pude ver toda su desnudez y su belleza, era fantástico, los demás ojos reparaban en este ejemplar de ensueño que me acompañaba. Aquella tarde formamos tríos y grupos con varios chicos, pero el resto era como si no existiera, sólo Antínoo para mí.

Llegó aquel fatídico día en que tenía que marcharse de Roma, había pasado una semana, nos dimos un largo beso en plena calle, hacía mucho que no lloraba por alguien y aquel día al acompañarlo al tren lloré mucho, partía para Viena y nunca más le vería... pasé días muy tristes por su falta, pero en el recuerdo quedaba una magia que hasta el día de hoy no he vuelto a probar en los cientos de amantes que he tenido.

Me llamó desde Alemania, que le hacía falta, que se sentía solo, que gracias por todo, y yo a más no poder. Así fue como me decidí ir a su encuentro, estuvimos en Colonia dos días, y pudimos repetir lo aprendido en el otoño romano. Hasta la tarde en que nos despedimos, luego de una frenética noche de amor... nos despedimos... para siempre.

No sé qué será de él, dónde estará... me apunté su dirección y una vez le envié una tarjeta pero no tuve respuesta. Casi me voy a verle una vez que me hallaba en Bs. As., pero desistí; su recuerdo, su pasión, su cuerpo maravilloso, su sexo enorme y potente siempre han quedado en mi recuerdo.

Hace unos días me hallaba en el mismo lugar donde nos conocimos y me puse a recordar este hecho y he querido compartirlo con ustedes. Un amor hallado en Roma que me hizo tocar el cielo.

Uomini innocenti dagli istinti un pò bestiali, cercano l’amore dentro ai parchi ei lungo i viali (Battiato)


alone

Iván, un hermano como Dios manda, VI



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El siguiente relato es de la casa


Iván, un hermano como Dios manda, VI

Era sábado, por lo que me quedé en la cama hasta tarde. Me sentía confuso con respecto a mis sentimientos, pero estaba razonablemente contento. Pocas veces había superado una ruptura como en esta ocasión. Ya no pensaba en Leo con pesar. Miento. Realmente ya no pensaba en Leo para nada. Es cierto aquello de que un clavo saca otro clavo. El único problema es que el nuevo clavo era mi hermano, y estaba casado, y esperaba un hijo, y no conseguía quitármelo de la cabeza. Confiaba en que no sería más que una etapa. Pero en el fondo sabía que me estaba enamorando de él, como se había enamorado él de mí dos años atrás. Era algo que yo siempre había descartado que pudiera pasar. Pero estaba pasando.

Estaba planeando pasar el día viendo series en mi cama cuando llamaron a la puerta. Me puse un pantalón de pijama y fui a abrir, convencido de que era el nuevo vecino (sudamericano, aunque no conseguía ubicar exactamente de qué país por el acento) que venía a invitarme otra vez a ir con él a la nueva iglesia que habían montado en un local del barrio. No sabía si decirle de una vez que como buen maricón me esperaba el infierno o invitarle yo a mi cama, (porque el tío estaba buenísimo), pero al abrir la puerta me encontré con Iván.

- Hola - dije, contento de volver a verlo tan pronto.

Iván entró y me besó como jamás lo había hecho Leo y se me aflojaron las piernas de gusto.

-¿Estabas en la cama? - dijo, despreocupado, y se encaminó a mi habitación quitándose la camiseta.

Lo seguí.

- Pensaba quedarme en la cama todo el día.
- No puedes. Tamara quiere que vayamos a comer los tres a algún sitio y que luego le enseñemos la ciudad - se había sentado en mi cama y se estaba desatando los zapatos. Yo me quité el pantalón de pijama.
- ¿Nos espera ahora mismo? - quise saber.
- No, no. Es pronto. Le he dicho que tenías cosas que hacer y que yo te ayudaría. Tenemos un par de horas. - Se quitó los pantalones y la ropa interior.

Yo me tumbé, ya desnudo, boca abajo en mi cama y mi hermano se tumbó sobre mí, acomodando su falo, aun morcillón, entre las cachas de mi culo. Era una sensación fantástica sentirme cubierto por su cuerpo desnudo y notar como su polla se iba endureciendo en mi trasero.

- Ayer lo pasé genial - dijo.
- Yo también - contesté.
- Creo que pervertimos a tu exnovio.
- Y yo no creo que vaya a olvidarlo en su vida.

Mientras hablábamos, Iván se movía sobre mí, acariciándome con toda la piel y en especial con su imponente nabo, que me colmaba, a lo largo, toda la raja del culo de carne caliente.

- Lo que no me esperaba es que fuera tan insaciable.
- Supongo que también fue la situación. Tú estás como un queso y Leo nunca había hecho un trío.

Pero mi hermano tenía razón; una vez bien metidos en faena nos había costado un huevo saciar las apetencias de mi exnovio. Nos habíamos turnado varias veces, dándole uno polla para que mamara a placer mientras el otro le rompía el culo y Leo parecía no tener nunca suficiente.

- ¿Cómo te sientes con respecto a eso? - me pregunto Iván, tras ponerme un buen montón de saliva en la raja del culo para resbalar mejor.
- ¿Con qué?
- Con que nos folláramos ayer a Leo.
- Bien. No hay problema con eso.
- ¿Fue incómodo que me fuera yo primero?
- No, no lo fue. Tenías que irte, no te preocupes.
- ¿Te dijo algo?

Levanté un poco el trasero y tardé en contestar porque las sensaciones que me provocaba su cipote mojado recorriéndome no me permitían ordenar las ideas.

- Dijo que quería volver conmigo.
- ¿En serio?
- Que me quería y que solo me había dejado porque le tiraba tanto la idea del sexo con desconocidos que iba a ser incapaz de serme fiel. - Hice una pausa porque las caricias húmedas de su vergajo por mi orto y sus besos en mi cuello me estaban matando. - Pero que ahora que habíamos demostrado que podíamos estar juntos con otras personas no había razón para no seguir con lo nuestro.
- ¿Qué contestaste a eso?
- Que no me interesaba.
- Bien por ti - Iván volvió a poner saliva e hizo presión con el glande en mi dispuestísimo ano. La cabeza entró sin problema y yo mordí la almohada, encantado.

Iván se quedó muy quieto. Conocía mis preferencias al dedillo. Sabía que si me daba un par de minutos para hacerme al descomunal tamaño de su miembro, yo iba a disfrutar de la follada veinte veces más. No tener que pedir (o explicar) ese tipo de cosas a tu pareja sexual era estupendo. Leo nunca había comprendido ni respetado ese impás.

Aproveché el receso para terminar de explicarle lo de Leo. Luego ya no podría hablar.

- Le dije que yo no quería un novio para follar con otros tíos. Que mi novio debía ser para mí, que debía quererme y desearme y tener bastante conmigo y que él no era esa persona y aunque quisiera intentarlo, yo ya no quería que lo fuera ni lo permitiría. Le dije que era mi forma de pensar, desde siempre, hasta el punto de haber renunciado a ti hace dos años para estar solo con él. Después de ver cómo se lo pasó ayer tarde comiéndote la polla y la tralla que le diste por el culo, creo que comprende lo que me perdí renunciando a ti.
- Eso es muy halagador.
- Hemos quedado como amigos. Le dije que si a ti te apetecía volver a verlo antes de te fueras ya le llamaría. Se mostró muy dispuesto a repetir lo de ayer.
- Pues si repetimos que se haga un buen pajote en su casa antes de venir. No quiero pegar otro polvo de tres horas.

Me reí. En realidad, Iván no estaba exagerando nada. Leo se había corrido tres veces en la sesión de la tarde anterior y cuando Iván tuvo que irse para el hotel, (después de correrse dos veces seguidas, más la del aeropuerto, horas antes), aún quería que le descargásemos sendas lechadas en la lengua.

- Te aseguro que conmigo no era tan cansino -dije.
- Te quiero, Alex - me dijo Iván de improviso al oído.

Y empezó a moverse suavemente dentro de mí, clavándome su miembro de la manera más exquisita y haciéndome el hombre más feliz sobre la Tierra.


Continuará…




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Empaque y profundidad


Ignacio Sabio siempre ha sido (y seguro, sigue siendo) un hombre que acata sus responsabilidades, sean éstas cuales sean, desde el primer momento, con entereza y decisión. Y siempre cumplió esa norma, excepto con su hijo.

Nuestra historia comienza cuando Ignacio cumple los cuarenta. Ya tiene publicados ocho libros, uno por año, goza de una excelente salud, un matrimonio feliz y tiene más dinero del que jamás podrá gastar.

El día de su cumpleaños, Ignacio fue agasajado por sus amigos con sorprendentes regalos. Como todos los años, antes de abrir el primer regalo, destapó una pizarra donde había apuntado todo cuanto pensaba recibir por esa fecha. Era una lista secreta que no compartía con nadie, ni siquiera con su mujer. Los amigos lo sabían, y aquello se había convertido en una especie de juego anual. Todo el mundo se devanaba los sesos para encontrar el regalo más estrambótico, aquel que fuera imposible que Ignacio pudiera prever. Pero año tras año, cuando Ignacio destapaba su pizarra y empezaba a abrir regalos, los regalos recibidos eran exactamente los que él quería que le regalaran. De alguna forma Ignacio Sabio conseguía que el Universo trabajara para él. Sus amigos estaban convencidos de que debía haber un truco. Quizá todos recibían una llamada por separado exigiéndoles un regalo específico, con la complicidad de perpetuar la broma, pero eso valía para los regalos de todos los demás, no para el tuyo, que en tu fuero interno sabías que lo habías comprado porque te había apetecido, no porque Ignacio te hubiera obligado a ello, a no ser que lo hubiera hecho telepáticamente.

Pero aquel año hubo una inesperada sorpresa.

Todos los regalos estaban abiertos, desde un viaje con estancia de tres semanas pagadas en Las Vegas, de un amigo adinerado, hasta un vibrador anal, obsequio de una solterona amiga de su esposa (e incluso aquel regalo estaba en su lista, para regocijo de la concurrencia). Todos los regalos apuntados en su pizarra habían sido tachados. Pero encima de la mesa quedaba un paquete sin abrir, y en la pizarra no había nada más escrito.

Los asistentes a la fiesta empezaron a murmurar. Ignacio miraba aquel regalo extra, con una ceja alzada. Quizá incluso había un temor reverencial en su mirada.

Que lo abra, que lo abra, empezó a festejar la multitud enardecida, e Ignacio cogió el paquete que había desafiado la exactitud de sus listas y lo sopesó, con cierta mansedumbre.

- Al parecer este año me he olvidado de pedir algo por mi cumpleaños. Debe ser algo muy importante para que no se me ocurra qué puede ser ni quién me lo envía.


Y lo abrió. Y al abrirlo le cambió la expresión de la cara.

Era un álbum de fotos de su hijo Francisco.

Ahí estaba en imágenes toda una vida de la que se había desentendido. Examinó las fotografías con manos temblorosas, mientras sus amigos se arremolinaban alrededor.

- ¿Quién es? –preguntó alguien.
- Es mi hijo.
- No sabía que tuvieras hijos.
- Sólo éste. Pero se lo llevó su madre nada más nacer. En aquella época yo era un borracho insoportable, y ella decidió darle una vida mejor lejos de mí.


Ana María, su actual esposa, lo observó desde cierta distancia cerrar el álbum y componer una sonrisa, aunque ella sabía que por dentro, Ignacio estaba llorando.

Aquella noche, cuando se acostaron, ella insistió en que debía conocerlo. Él no quiso hablar del tema pero a la mañana siguiente descubrió que Ana María le había confeccionado la lista matutina de cosas por hacer (cosa que nunca había hecho con anterioridad) copiando las cuatro tareas que no había llevado a cabo el día anterior y situando por encima de todas ellas: Conocer a mi hijo Francisco en profundidad.

Ignacio se encerró en su estudio todo el día, con la excusa de trabajar en su próximo libro, “Visualízalo hoy, disfrútalo mañana”, pero en realidad fue incapaz de concentrarse. Después de toda una vida de cumplir objetivos, la maquinaria estaba en marcha, bien engrasada, y era inexorable. Ana María había metido a Francisco en su lista, y la vida se lo traería más temprano que tarde, quisiera él o no.

Pero si no salía de su estudio, si se encerraba a cal y canto y daba órdenes estrictas de que no lo molestaran, el carrusel del destino no aparecería de pronto ante sus narices, trayendo de la mano al hijo desconocido y reiteradamente olvidado.

Así que pasó un triste día aislado del mundo y al caer la tarde se sintió tan estúpido que se puso su mejor traje, abrió la agenda, comprobó que había cuatro fiestas a las que podía asistir aquella noche, eligió una al azar y preguntó a su esposa si deseaba acompañarle.

- No, cariño. Yo prefiero quedarme y que me folle bien follada el jardinero –bromeó Ana María.


Así que Ignacio salió solo aquella noche, y de camino a la fiesta paró a repostar en una gasolinera, y lo cierto es que no le sorprendió demasiado que al entrar en la tienda a pagar la gasolina, el empleado que debía cobrarle fuera su propio hijo.

- Ostras papá, qué sorpresa –dijo Francisco, que sí estaba sorprendido. - ¿Recibiste el regalo?
- Lo recibí.
- Pensé que presentarme en persona quizá iba a ser demasiado fuerte.
- ¿Llevas mucho trabajando aquí?
- Dos semanas.
- ¿Y cómo lo llevas?
- Bien, bien. Oye, papá.


A Ignacio le sorprendía lo cómoda que sonaba esa palabra en boca de Francisco, para no haberse visto en persona jamás en la vida.

- Dime, hijo –probó él.
- ¿Tienes algo que hacer? Salgo en cinco minutos.
- Voy a una fiesta.
- ¿Puedo acompañarte?
- Me encantaría.



Diez minutos después, Francisco ya no vestía el uniforme de la gasolinera e iba cómodamente sentado a la vera de su padre, en el biplaza descapotable que le había regalado la editorial al publicar su quinto éxito de ventas.

- He leído todos tus libros –dijo Francisco, sin quitarle el ojo de encima a su padre.
- ¿En serio?
- Me moría de ganas de conocerte.
- No lo sabía.
- Mamá quería que antes cumpliera los dieciocho.
- ¿Ya los tienes?
- Hace poco más de un mes.
- Lo siento…
- ¿Por no acordarte de mi cumpleaños? Yo sabía el tuyo porque lo dejaste caer en uno de tus libros. No te culpes por no conocerme hasta hoy. Las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir.
- Creo que eso también lo has leído en uno de mis libros.
- Posiblemente.
- ¿Cómo es que trabajas en una gasolinera? He ido enviando dinero para pagarte la Universidad.
- No me interesaba seguir estudiando. Quería seguir tus pasos.
- Eso es muy halagador, pero no hay nada malo en seguir mis pasos y tener al mismo tiempo una preparación.
- Has tardado menos de cinco minutos en ejercer de padre. Mal vamos –y Francisco sonrió y la noche de Ignacio se iluminó como si fuera de día.


Aquella noche Ignacio Sabio acudió a una fiesta con su hijo, al que presentó a todo el mundo como Francisco Sabio, aunque la madre del chico nunca le había dejado utilizar ese apellido, y unas horas más tarde, distendidos por el alcohol, conversaban amigablemente en la azotea del hotel en el cual se celebraba aquella fiesta, solos bajo las estrellas.

- ¿Sabes que te pareces muchísimo a mí? –dijo Ignacio en determinado momento.
- Eso es cosa de los guisantes de Mendel.
- Ayer me quedé sin habla cuando vi el parecido en las fotos que me enviaste.
- Eso es bueno. Creo que en cierta forma nos ha acercado más rápidamente.
- ¿Habías imaginado alguna vez nuestro encuentro?
- Muchas veces.
- ¿Te ha decepcionado hoy?
- Por supuesto.
- ¿Cómo que por supuesto? ¿Qué clase de respuesta es esa?
- Una muy sincera.
- Supongo que nunca me perdonarás que no haya sido un padre para ti.
- En realidad preferiría que no lo fueras.
- Sólo has tardado tres horas en convertirte en un hijo despechado.
- No es eso –y Francisco clavó una extraña mirada en los ojos de su padre. – Tú siempre has dicho en tus libros que la verdad es la única forma de acercarnos a las personas.
- Lo creo firmemente.
- Que a veces perdemos el tiempo dando rodeos cuando la verdad nos acercaría a lo que anhelamos en un tiempo récord.
- Nunca lo he dicho exactamente así pero es una buena aproximación.
- Bien. No me queda más remedio que ser sincero contigo.
- Ataca, creo podré soportarlo.
- Estoy enamorado de ti desde el día en que vi tu foto en la contraportada de tu tercer libro, mucho antes de saber que eras mi padre.


Ignacio se lo quedó mirando completamente atónito.

- No puede ser…
- Pues te aseguro que es verdad.
- No es posible que no lo haya previsto. Por lo general sé perfectamente todo lo que va a ocurrirme.
- Es difícil pronosticar que tu hijo te vaya a decir lo que te he dicho yo.
- No para mí.
- ¿Y qué opinas?
- Que lo tuyo es un plan superior. Creo que tus objetivos son más poderosos que los míos.
- Mi carta “amo a mi padre” ha ganado a tu carta “planeo mi vida al dedillo”.
- Esencialmente.
- Vale. Pero, ¿qué opinas de lo que te he contado?
- ¿Estás enamorado de mí?
- Hasta la médula.
- ¿Cómo hombre o como hijo?
- Como hombre, y desde que descubrí que eras mi padre, también como hijo. ¿Algunas vez te has acostado con un hombre, papá?
- Bastantes veces, la verdad. Pero nunca con uno que además fuera hijo mío.
- Siempre hay una primera vez.
- ¿Es que vamos a hacerlo?
- Lo mío es un plan superior. Mis objetivos son más poderosos. Mi carta gana a la tuya. No te queda más remedio que dejarte llevar, aunque no seas capaz de ver el final del camino, papá.
- Tienes una voz muy seductora.
- La heredé de tus guisantes –y Francisco le cogió a su padre los cojones por encima del pantalón. –Aunque son del tamaño de pelotas de golf.
- Uf, creo que esto va a ser caliente.
- Espera y verás.


Y mientras Francisco le magreaba los huevos a su padre por encima del pantalón se acercó a su boca y le lamió los labios. Ignacio suspiró. Francisco lo empujó para que se recostara en la hamaca (la azotea estaba llena de ellas) e introdujo la lengua en la boca entreabierta de su padre mientras con la mano le bajaba la cremallera.

Ignacio separó las piernas mientras se dejaba hacer. Francisco le bajó los calzoncillos y sacó la polla de su padre y sus cojones por la abertura de la cremallera, pasó los dedos por el prepucio y sintió como la cálida verga de Ignacio crecía bajo su tacto hasta ponerse tiesa y totalmente erecta.

- ¿Te gusta la polla de tu padre? –preguntó Ignacio, sin perderse detalle.
- Es como la mía.


Francisco comenzó entonces a comerle la boca a su padre con ansia, excitadísimo al sentir la anhelada polla de su progenitor entre sus dedos, y el rizado vello de sus cojones en la palma de la mano, cuando bajaba para palpar aquel delicioso manjar, como si quisiera conocerlo bien al tacto antes de pasar al momento álgido en que se los metiera en la boca.

Ignacio pasó los dedos por el pelo corto de su hijo mientras se morreaban, y luego lo acercó hacia sí, sintiendo que no podía haber una manera mejor para superar tantos años de ausencia que entregarse totalmente a Francisco y hacerlo feliz aquella noche hasta el punto que el muchacho necesitara o permitiera.

Francisco empezó a pajearlo lentamente, al tiempo que apretaba su erección, aún cubierta, contra la cadera de su padre. Ignacio empezó a desabrocharse la camisa (las chaquetas se las habían quitado al subir a la azotea) y ofreció su pecho a su hijo para que hiciera con él lo que se le antojara. Francisco bajó de su boca a su barbilla, pasó al cuello, lo besó con fervor, y luego bajó hasta un pezón, que inauguró con un lametón que hizo que su padre se estremeciera.

- ¿Te gusta, papá?
- Oh, sí. No sabes cuánto.
- ¿Quieres que siga?
- Por y para siempre.
- Estás buenísimo, cabrón. –Y Francisco se entregó a la tarea de comerle las tetillas a su padre, sin dejar de pajearlo, mientras Ignacio le acariciaba el pelo y le iba susurrando “sigue así, oh, que bueno” en una voz baja y anhelante que hacía que Francisco se calentara más y se entregara al máximo.


Tras comerle bien las tetillas bajó hasta el ombligo, y la verga de su padre empezó a latir rítmicamente entre sus dedos, más enhiesta conforme la boca de Francisco se acercaba.

- Hijo, no puedo más. Cómele la polla a tu padre.
- ¿Quieres que te haga una buena mamada?
- Quiero que me hagas la mejor mamada de toda mi vida.
- Procuraré no decepcionarte, papá.


Y lentamente acercó los labios a aquel tronco palpitante y al poco empezaba a engullir con avidez la verga de papá, mientras unos escalofríos deliciosos atravesaban el cuerpo de los dos.

- Oh, sí. Vamos, hijo. Chúpame la verga. Siente como se te llena la boca de polla.


Francisco empezó a mamar a dos carrillos, mientras Ignacio ponía las dos manos sobre su cabello y hacía un poco de presión para que se la metiera más adentro.

- Oh, joder. Joder. Joder. Cómo la mamas.


A cada palabra de su padre, Francisco se afanaba más y más, poseído por un ardor y unas ansias de obedecer su petición increíbles.

- Así. Trágatela toda. Quiero que me la empapes bien. Ahora recoge esa saliva. Así, hasta el fondo. Traga. Joder. Jooooder.


Mientras Francisco comía polla sin descanso empezó a desabrocharse los pantalones.

- Eso es. Desnúdate –lo animó su padre.


Consiguió bajarse los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas, y sin sacarse el vergajo de papá de la boca, cambió de postura para que su culo imberbe quedara cerca de la mano derecha de su padre.

- ¿Quieres que te prepare el culo?


Francisco asintió, sin dejar de mamar, amorrado a aquel mástil que cada vez se ponía más enorme, como si no tuviera un tope. Ignacio se llenó los dedos de saliva y acarició con ellos el prieto agujero de su hijo, mientras Francisco recibía sus caricias con un estremecimiento gozoso.

- Chúpame los cojones, hijo. Dame un poco de tregua o harás que me corra antes de tiempo.


Francisco obedeció sin decir una palabra. Bajó hasta colocar la nariz a la altura del ano de papá y dejó que sus enormes cojones se posaran suavemente en su mejilla bien afeitada, disfrutando del tacto de sus peludos testículos en la cara.

- ¿Estás disfrutando, hijo?
- Es lo que siempre he soñado, papá.


E hizo un traje con sus labios al cojón izquierdo. Ignacio seguía acariciándole el orto con los dedos llenos de saliva, y Francisco respondía moviendo el trasero con movimientos lentos, placenteros y sensuales. Entonces el padre apretó el dedo índice en el esfínter del hijo y lo introdujo lentamente en el recto, mientras el hijo apretaba el culo contra su mano para sentir cuanto antes aquel dedo en su interior.


- Vaya, estás deseando que te folle, ¿eh?
- Más que nada en este mundo, papá.


Ignacio empezó a mover el dedo en su interior, haciendo círculos, hasta que comprobó que aquel trasero tragón pedía un dedo más. No tardó en complacerlo metiendo no uno sino dos más, que Francisco recibió gratamente mientras seguía apretándose contra la mano del progenitor en busca de sensaciones más fuertes.

- Creo que este culo necesita que lo empalen. ¿Quieres supervisarlo tú, o prefieres que te folle sin miramientos?
- Adivina, papá.


Ignacio se levantó y Francisco, con una expresión de lujuriosa anticipación en la cara, se puso a cuatro patas sobre la hamaca, ofreciendo a su padre su culo en pompa.

- Métemela entera, papá. Fóllame. Quiero sentir tu polla en mis entrañas.


Ignacio le abrió las cachas del culo, se llenó los dedos con abundante saliva y regó generosamente el ano del chaval. Entonces, sin hacerse de rogar, se colocó en posición y arrimó el cabezón de su vergajo a la entrada caliente y deseosa del chico. Cuando Francisco notó el contacto de aquel rabazo en su trasero, la largamente esperada polla de su padre, se estremeció de arriba a abajo. Ignacio no pudo soportar el impulso de penetrarlo al verlo disfrutar de esa manera tan sólo con un roce, y le metió la polla, de un solo golpe y hasta los huevos. Francisco gimió de placer e Ignacio empezó a encular a su hijo en profundidad, con unas embestidas sin compasión que Francisco recibía gustoso mientras sacaba la lengua y se relamía de gusto.

- ¿Te gusta cómo te folla tu padre?
- Me encanta, papá.
- ¿Quieres que te dé más caña?
- Toda la que quieras darme.


Ignacio lo tomó por las caderas, lo atrajo hacia sí y empezó a embestirlo más pausada y profundamente, consiguiendo metérsela más y más adentro, mientras su hijo hacia presión hacia él para ayudarle a llegar más y más profundo.

- ¿Te gusta?
- Dios, sí.
- Tienes un culo cojonudo, hijo.
- Lo sé, papá.
- Me encantaría follármelo más veces.
- Siempre que quieras.


La follada ganó en intensidad, en velocidad e, increíblemente, en profundidad.

- Tienes una verga fantástica, papá. Parece que nunca deja de crecer.
- Eres tú el que tienes un trasero fabuloso. Parece no tener fondo, hijo.
- Dame caña, papá. Dame más rápido. Quiero que me llenes todo el ojete con tu leche.


Ignacio, obediente, aceleró las arremetidas, mientras Francisco empezaba a pajearse buscando correrse a la vez que su padre.

- Oh, qué culo tienes. Seguro que te caben dos pollazas sin problemas.
- Si deseas follarme con un amigo, yo encantado, papá.


Ignacio, sólo de imaginarse follándose a su hijo en compañía de otro tío, sintió que la corrida era inminente.

- Estoy a punto, hijo.
- Dale, papá. Yo también me voy a correr.
- Uf, ya me viene.
- Sí.
- Oh, qué gusto.
- Córrete dentro.
- Ya, ya… Me corroooo. Ahhhh.


Al mismo tiempo que la verga de Ignacio descargaba los chorreones de esperma tibio en las profundidades de su hijo, Francisco se corría sobre la hamaca, soltando trallazos de leche al mismo ritmo que recibía los de su padre colmándole el ojete.

- Oh, que bueno… -decía Ignacio, mientras se retorcía con cada descarga.


Y Francisco se apretaba contra él para sentir todo el tamaño de su miembro en su interior antes de que perdiera fuelle.

La follada se prolongó cerca de cinco minutos tras la corrida recíproca, en los que Ignacio continuó penetrándolo con movimientos suaves mientras con una mano acariciaba los cojones de su hijo, de igual tamaño que los suyos.

Cuando todo acabó, padre e hijo se tumbaron juntos en otra cómoda hamaca.

- Papá, ¿te puedo hacer una pregunta?
- Adelante.
- ¿Es cierto que sólo te pasan cosas buenas?


Ignacio se rió con ganas.

- ¿Qué tiene tanta gracia?
- Esa es la pregunta del millón. Si no me la han hecho un millón de veces, no me la han hecho ninguna. Y sí, es totalmente cierto.


Aquella noche, cuando Ignacio llegó a casa, Ana María dormía como un ángel, en compañía del jardinero, que se había quedado roque con el miembro entre las piernas de su esposa, al parecer después de correrse abundantemente en sus tetas. Mientras se encaminaba hacia la habitación de invitados donde dormiría aquella noche se dijo que un desconocido quizá pensara que aquello no era una cosa buena. Pero lo que no sabría el hipotético desconocido es que el jardinero, a eso de las cuatro de la mañana, iría a buscarlo a la habitación de invitados y le llenaría la boca y el culo con su gigantesca polla, exquisita y lentamente, hasta el amanecer. Mientras se acostaba para descansar un poco antes de que llegara ese momento repasó su lista para ese día. Ana María le había escrito que debía conocer a su hijo Francisco en profundidad.

Aquella noche no pudo tachar ese objetivo porque aún no había descubierto la profundidad de sus sentimientos ni el empaque total del fabuloso culo de su hijo.




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La mesa, el manubrio y las natillas


El siguiente relato es de la casa

La mesa, el manubrio y las natillas


Acababa de cortar con mi novia, después de cinco años de relación, y la situación era tan tensa que decidí irme de casa. Le dije a Mary que metiera a alguien para compartir los gastos del alquiler, cogí mis cosas y me fui a casa de mis padres, mientras me preguntaba qué iba a ser de mi vida.

Estuve con ellos un par de meses, hasta que empecé a salir con otra chica e intenté llevarla a casa para presentársela a mis padres. Pero ellos la trataron con muy poco tacto. En el fondo, deseaban que Mary y yo volviéramos, y yo les estaba estropeando los planes.

Así que me encontré atrapado en casa de mis padres, sin poder llevar la vida que yo quería.

Un día se lo estaba comentando a Dani, un amigo del trabajo, y él me propuso ir a su casa una temporada, hasta que encontrara otro sitio mejor. Entre bromas me dijo que podía llevar a la chica que quisiera a casa, que él no iba a enfadarse, y que aunque las paredes fueran de pladur y no estuvieran insonorizadas, hiciera con ella el ruido que quisiera, que no había nada como cascársela en la habitación de al lado escuchando un buen escarceo sexual.

Acepté por dos motivos. Dani me caía muy bien, e imaginármelo cascándosela mientras yo me tiraba a una tía me había puesto cachondo.

La decepción vino cuando me mudé a su casa y descubrí que Dani vivía con su padre.

Se acabaron los polvos ruidosos antes siquiera de comenzar.

Los primeros días casi no vi a Roberto, el padre de Dani, porque se pasaba el día trabajando y llegaba a las tantas, pero justo a la semana de irme a vivir con ellos, le dieron vacaciones y lo tuvimos todo el día en casa.

Resultó ser un hombre muy interesante. Tenía 45 años, y era encantador. Yo lo comparaba con mi padre y me preguntaba como dos personas de casi la misma edad podían ser tan distintas.

Parecía un compañero de piso maduro en lugar del padre de Dani. Y era cocinero, por lo que comíamos como en un restaurante.

Tarde poco en hacer buenas migas con los dos.

Una noche me levanté a eso de las dos de la mañana para ir al baño, y vi que la tele estaba encendida. Una película de dvd. Porno, por más señas.

Desde detrás no podía ver si el que estaba en el sillón era Dani o su padre, pero imaginé que fuera el que fuese, se la estaría cascando. En un primer momento sentí apuro de que me oyera y le cortara el rollo, pero luego sentí más apuro porque mi rabo empezó a crecer bajo el pijama de forma descontrolada. Siempre que imaginaba a un tío cascándose la polla, me ponía a cien. Era una de esas cosas que estaban muy claras, pero que prefería obviar, más teniendo en cuenta que Mary había tenido durante cinco años todo lo que yo anhelaba o necesitaba. Esto era algo más bien “lateral”. Otra cosa. Algo aparte.

Lo llamara como lo llamara, el caso es que tenía una erección de caballo, y aunque llevaba calzoncillos bajo el pijama comprobé que con la luz de la tele, como que se me notaba una barbaridad que estaba en plan brutote, mucho más si el que estaba en el sillón se daba cuenta de mi presencia y miraba hacia donde permanecía yo de pie.

Entonces escuché la respiración pausada del que duerme. Agucé el oído para discernir si era la respiración del que estaba en el sillón, o la del que estaría en su cama durmiendo. Y venía del sillón.

Vale, sea quien fuera, padre o hijo, se había quedado sobao viendo la peli. Fin de la situación comprometida. Ve al baño, y luego a la cama, nene.

Sin embargo mis pies me llevaron hasta el sillón, muerto de curiosidad, a ver cual de los dos era.

Encontré a Roberto, el padre, completamente desnudo. Tenía la polla morcillona, las manos en los huevos, y una corrida abundante le llenaba el pecho y le caía por los costados, ya líquida. Dormía como un bebé feliz.

Me encontré mirándole la polla y los huevos con un ansia hasta entonces desconocida. Si no hubiera estado tan acojonado igual me habría arrodillado junto al sillón y me hubiera metido por primera vez una verga en la boquita.

Y de pronto escuché ruido en la habitación de Dani, y supe que estaba a punto de abrir la puerta. Me encontraría allí plantado, empalmadísimo, mirando a su adorable papá, que a su vez estaba dormido con un tronco después de haberse hecho un pajote con una peli porno que aún corría en el dvd. Sentí una vergüenza colosal, porque si podía resultar violento para Dani verme observando a su papi desnudo, podía serlo aún más ver a tu papi con una corrida monumental por todo el pecho y como Dios lo trajo al mundo. Y aún peor, ¿y si pensaba que esa corrida era mía, en vez de suya?

La puerta empezó a abrirse y tuve el tiempo justo de meterme debajo de la mesa, que, gracias a Dios, tenía un buen mantel que caía por los costados. No llegaba evidentemente al suelo, pero si no encendía la luz, seguramente no me descubriría.

Dani se quedó un buen rato parado delante de la puerta de su habitación. Desde mi posición podía verle solo hasta las rodillas. Entonces pensé que desde donde él estaba, tampoco podía ver quien estaba en el sillón, pues solo sobresalían unos pies descalzos. ¿Y si pensaba que era yo el que me ponía a ver pelis porno a las tantas del madrugo? Sería más fácil imaginarte eso, que imaginarte a tu padre haciéndose un pajote. Y si pensaba que era yo, ¿se enfadaría conmigo por tomarme tantas libertades? Casi estuve a punto de salir de debajo de la mesa para que no pensara eso de mí. Claro que sería aun más difícil de explicar que hacía yo ahí debajo.

Para mi sorpresa, Dani fue hacía mi habitación y cerró cuidadosamente la puerta, seguramente pensando que yo estaría durmiendo, y avergonzado de su papi, que se la cascaba sin pensar que había invitados en casa que podían escandalizarse, oye.

Luego fue a la cocina, y escuché como abría la nevera. Bien, ahora daría un trago y se iría de nuevo a la cama, y yo podría salir de mi escondite y largarme a la mía. Eso me había pasado por ser tan curioso. Que vergüenza.

Y sin embargo el nabo me seguía latiendo con violencia, como si no estuviera de acuerdo conmigo en que la aventura acabase tan pronto.

Pero entonces el bueno de Dani vino al comedor, separó una silla y se sentó a la mesa. Escuché como algo al deslizarse, y comprendí que había cogido unas natillas de la nevera. El ruido era la tapa, que acababa de quitar. Se disponía a comerse unas natillas en el salón, viendo la peli que aún no había acabado, y con su papi durmiendo en el sillón, con el pecho pegajoso. Claro que Dani aún no había visto a su papi. Igual se lo imaginaba con algo más de ropa de la que tenía y sin restos lechosos por todas partes.

El problema es que ahora tenía los calzoncillos de Dani a la altura de mi nariz, y con el tenue resplandor de la tele, se veía un paquete nada despreciable. Y como bien supuse, poco a poco se fue animando más al ver la película.

Empecé a sudar. ¡Que situación más comprometida!

Si me descubría bajo la mesa probablemente me echaría de casa, y puede que tuviera incluso que dejar el trabajo, si Dani llegaba a contar una versión poco amable de los hechos.

Pero tal y como estaban las cosas, no podía hacer más que esperar.

Mi verga, mientras tanto, en vez de volver a un estado de letargo debido a lo embarazoso de la situación, se ponía cada vez más y más rebelde, y empecé a sobármela, sabiendo que así sería aún peor.

Poco a poco Dani se fue poniendo a tono con la peliculita, y comprobé que había dejado de comer natillas cuando vi sus dos manos masajeándose el bulto a escasos centímetros de mi cara.

Y entonces me llegó el olor de su sexo, y me volví loco. Estuve a un tris de lanzarme sobre su vergajo, de arrancarle los calzoncillos a bocados.

Me estaba poniendo tan cachondo que casi la cago.

Pero antes el bueno de Dani complicó aun más la situación. Sin levantarse de la silla, tiró de los calzoncillos, separando el culo del asiento un momento para sacarlos mejor, y plantándome el cipote, aún rodeado por la tela, en mis labios. Luego, se bajo el calzón hasta las rodillas, recuperando la posición anterior. No debió notar el roce de mis labios o bien pensó que era el mantel con lo que había topado su rabo enhiesto.

Y ahora el olor se multiplicó. Olor a polla, olor a huevos sudorosos. Una noche de verano demasiado calurosa. Que me lo dijeran a mí, que estaba sudando a mares.

Y mejor aún que el olor era la visión. Si bien la luz que llegaba de la tele era muy tenue debajo de la mesa, estaba lo bastante cerca como para contarle los pelos de los huevos. El tío empezó a hacerse un pajote bestial, delante de mis morros, y yo me quedé catatónico contemplando las dos bolas peludas botando en el escroto. Mi lengua tiraba hacia ellas como imantada, y tuve que hacer un esfuerzo colosal para no liarme a lametazos.

Ahora ya no estaba tan seguro de que la situación fuera embarazosa. O mejor dicho, cuanto más embarazosa se volvía, más me estaba gustando a mí.

Dani, además, era un chico con recursos. Disfrutaba de sus pajas, bien sabía el tío como hacerlo. Una de sus manos hizo un viaje al reino superior y bajó llena de saliva, que restregó en el glande con deleite. Después de un par más de viajes, la polla de Dani brillaba de saliva en la semi-oscuridad, y poco después los cojones también empezaron a empaparse.

Pero la cosa no acabó ahí. Quizá le pareció que el ritmo al que fabricaba saliva no era el adecuado (aseguro que yo en aquel momento tenía también saliva para regalar), y su mano en el siguiente viaje apareció con un poco de natillas, que seguro que estaban fresquitas, y que esparció por el vergajo sin miramientos.

Era como si el cabrón hubiera sabido que yo estaba ahí debajo y quisiera ponerme a prueba. Joder. Su rabo cada vez más duro estaba gritando Cómeme, y a duras penas yo conseguía mantenerme prudentemente alejado. Y digo a duras penas porque inexorablemente mi cabeza se acercaba a la zona de peligro, centímetro a centímetro.

Empezó a rodarle natillas por las piernas, y de pronto lo vi apartar la silla (además, metiendo bastante ruido) hacia atrás y acabó de quitarse los calzoncillos para no mancharlos, supongo. No me vio de milagro.

El caso es que ahora estaba más alejado de la mesa, el mantel había vuelto a caer en su sitio, y ya no lo veía en primer plano. Además, tenía que agacharme mucho para otear bien el panorama, con el consiguiente peligro de que me descubriera.

Maldije mi mala suerte. Y me di cuenta de que era buena suerte, más bien, porque cuanto más lejos de la mesa, menos probabilidades de ser descubierto. Pero aun así sentí que se me había fastidiado la velada. A saber el tiempo que pasaría antes de tener otra verga ante mis labios, aunque a ésta no hubiera podido hacerle cositas. No me veía a mí mismo buscando a un tío por ahí. No estaba preparado para algo semejante.

Dani seguía a lo suyo, gastándose la polla, despatarrado ahora que se había quitado los calzoncillos. Uno de sus pies estaba bajo la mesa, el resto del cuerpo se perdía tras el mantel que me ocultaba su visión.

Yo estaba rezando en silencio a algún Dios cachondo para que Dani pensara en mí. Que pensara que podía levantarme de la cama en cualquier momento, y encontrarlo ahí, con el capullo lleno de natillas, y eso lo hiciera ser más prudente, y sentarse de nuevo como antes, con la protección del mantel. Pero Dani estaba tan salido que no debía importarle mucho tal posibilidad. Diablos, parecía no importarle tampoco que su papi despertara y lo pillara en semejantes menesteres.

En estas ocurrió lo impensable.

Me dio por mirar hacia el sillón y en vez de ver los pies saliendo por un costado, vi la cabeza de Roberto asomada por encima, mirando a su hijo con una sonrisa viciosa en los labios. Dani le estaba haciendo un espectáculo desde su silla. Y entonces Roberto me vio.

Primero pareció sorprendido, pero luego su sonrisa se ensanchó más.

Yo me quedé acojonadito donde estaba, pero no destrempé un ápice.

Roberto se levantó del sillón y se acercó a su hijo. Sin mediar palabra se puso a cuatro patas, de tal forma que su culo quedó debajo de la mesa. Supuse que se la iba a mamar a Dani, y que me estaba ofreciendo su culete para que yo me mantuviera entretenido. Seguramente, Roberto prefería no decirle a su hijo que me había visto bajo la mesa, no fuera a cortársele el rollo al muchacho, le diera por sentirse espiado y se enfadara. Y la idea de Roberto me pareció francamente buena.

Ya no podía ver mucho, tenía un culamen apetitoso delante, esperando mi boca, así que no sabía si Roberto había empezado a comerle la polla a Dani. Se ve que el hombre pensó también en ese detalle, porque cuando empezó a hacerlo, lo hizo ruidosamente, superando a los gemidos de las pavas de la película. Sonreí pensando que estaba haciendo jaleo por mí, para que supiera como iban las cosas ahí fuera.

Sin poder resistirme más, y aunque ni en mis mejores sueños le hubiera comido el culo a un macho, me puse a la tarea con entusiasmo. Primero separé las cachas y olí su raja profundamente. Tenía el culete sudado, pero olía un poco a jabón de ducha. Toda la reticencia que hubiera quedado en mí a comerme un culo se disipó. No había visto cosa más apetitosa en mi vida.

Cuando acerqué mis labios al agujero, y rocé su abundante vello con la mejilla, empecé a temblar. Me temblaban las manos, pero sobre todo, los labios. Y la polla me ardía.

Escuchaba a Roberto volverse loco mamando el rabazo de su hijo. Pues ahora empezaría a gemir con más entusiasmo.




Despacito, fui besando las cachas, abriéndole el trasero con ambas manos, pero procurando dejar el centro de su placer para después. Mi lengua recorría las nalgas dejando abundantes regueros de saliva. Roberto debió mamar la verga que tenía entre manos con más ahínco porque Dani empezó a respirar ruidosamente.

El esfínter de su papi se contraía bajo mi nariz, y poco a poco fui cerrando el círculo hasta dar el primer lametón directo al ano. Roberto se estremeció y yo empecé a comerle el trasero salvajemente, al tiempo que me sacaba por primera vez la polla y me liaba a hacerme un pajote bestial, mientras mi otra mano iba acariciando sus huevos, asombrosamente grandes. Mi lengua se hacía paso, ayudada de mi nariz, feliz de mojarse en la saliva depositada en el ojete. El tío tenía el culo bien abierto, y casi sin darme cuenta lo estaba follando, ora con la lengua, ora con la nariz.

Estaba flipando con el gusto que parecía estar pasando Roberto. Sentí unas ganas horribles de que me comieran el culo también a mí. Nunca me habían hecho algo semejante, y a juzgar por el movimiento de las caderas de Roberto para no dejar escapar mi legua, nariz o barbilla, la cosa daba bastante de sí, vamos, que valía la pena.

De pronto Roberto sacó el culo de mi boca. En realidad sacó todo el cuerpo de debajo de la mesa. Aún me estaba preguntando qué había hecho mal cuando sus brazos velludos y fuertes apartaron el mantel y me sacaron a rastras.

- Mira, Daniel. He encontrado un mamón bajo la mesa.

La cara de mi amigo Dani se iluminó.

- Pues vamos a darle algo para que mame a gusto.

Roberto me colocó la polla de su hijo en la boca y luego me arrancó literalmente los pantalones del pijama. Se colocó detrás de mí, apartó a un lado el calzoncillo y me metió la lengua en el trasero sin aviso ni contemplaciones. Mientras, Dani me había cogido la cabeza con suavidad pero me había empezado a follar la boca como si yo pretendiera escaparme. Yo estaba tan sorprendido que me limitaba a tragar verga como un condenado. Los lametones de Roberto, que parecía experto en follar con la lengua, me hacían retorcerme de placer y estas pérdidas de control las aprovechaba Dani para clavármela hasta la garganta. Yo, sorprendentemente, no me atragantaba. Me sentía capaz de comerme tres como aquella a la vez, y eso que Dani tenía un miembro colosal.

- Mira como le gusta mamar al cabrón de Juan. Quién lo iba a decir -decía Dani, admirando los regueros de saliva con los que yo adornaba su verga y sus magníficos cojones. - Chupa, cabrón. Toma polla.

Sonaba tan absurdo que me ponía cachondísimo.

Roberto había acabado arrancándome también los calzoncillos y ahora me separaba las cachas para meter toda la cara en mi trasero. Me paseaba su nariz y me lo chupaba todo. Ni siquiera me percaté cuando empezó a turnar la lengua con dos de sus dedos. Dani no le daba tregua a mis carrillos. No sé que me gustaba más, si el frenesí de tener aquel endiablado rabo entre los labios o el placer de que me abrieran el culo por primera vez en mi vida. Creo que estaba hecho para ambas cosas porque empecé a gritarle a Roberto que me metiera la polla por el culo de una puta vez, pero dosificando las palabras, para no perderme las embestidas del vergajo de Dani en la boca. Roberto, previsor, ya se había puesto un condón, y sin dudarlo me taladró el agujero sin compasión, de una arremetida y hasta el fondo. Estaba tan excitado que no me dolió en absoluto. Es más, me supo a poco y empecé a autoencularme para que el pollón de Roberto me taladrara más a fondo. En esas estaba cuando Dani me sacó la verga de la boca y me puso la punta del capullo en la nariz. Y se corrió sobre mi labio superior. La leche se estrellaba contra mis fosas nasales, me embadurnaba los labios y mi lengua salió a recibir los calientes chorros mientras Roberto me enculaba a placer. Dani siguió regándome la cara con su esperma y cuando éste se agotó volvió a meterme la verga en la garganta de un pollazo hasta los huevos.

Roberto se salió de mi trasero, se quitó el condón y vino a seguir llenándome la boca de leche. Apretó la polla contra la de Dani y la metió entre mis labios como si supiera que yo era capaz de eso y de mucho más. La polla de Dani no había perdido ni un ápice de su grosor así que cuando Roberto se corrió yo tenía dos pollas enormes follándome la boca. El semen de Roberto empezó a resbalarme barbilla abajo, tan llena como tenía la boca ya no entraba nada más, y Roberto parecía a punto de desmayarse de gusto, soltando trallazos de leche mientras su polla se daba contra la de Dani y mi cavidad bucal y mi saliva y su propio semen le lubricaban la follada.

Una vez hubo Roberto descargado del todo, se agachó y me comió la barbilla llena de su propia leche, haciéndome cosquillas con el bigote y la barba.

Dani me hizo luego levantarme y me dijo:

- Y ahora te voy a follar hasta que te corras en la boca de mi padre.

Y sin más me metió el manubrio, perfectamente preparado para otra tanda, por el ojete y empezó a follarme salvajemente mientras Roberto se arrodillaba y empezaba a hacerme la mamada más cojonuda que me hayan hecho en toda mi vida.


Nota del autor: Este relato ya estaba en el blog, lo he resubido porque por algún extraño motivo los primeros textos que subía a blogger salían con fuentes rarísimas.




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Hermanos, Parte II




Título: Hermanos, Parte II
Autor: Hetero Curioso


Bueno, como muchos sabrán ya hace 5 años yo comencé a tener sexo con mi hermano Edgardo. Después de la primera sesión, él se fue del país durante 4 años. En todo ese tiempo, nos intercambiábamos correos constantemente hablando de toda nuestra vida y de lo que había pasado entre nosotros.

Un día, mi padre anunció que Edgardo regresaba al país en dos días y que se quedaría todo un mes. Basta con decir que yo no cabía de la alegría. Había estado soñando con su regreso durante mucho tiempo, así que estaba seguro que teníamos que aprovechar cada segundo juntos.

Dado que en mi casa solo hay dos cuartos, Edgardo tenía que dormir en el mío. La primera vez que estuvo en el país no se estuvo mucho tiempo y dormía en el sofá, pero yo me encargué de convencer a mis padres que no era justo que nuestro invitado pasara todo un mes en nuestra sala. Luego de largas conversaciones, decidieron que yo tenía razón e instalaron una segunda cama en mi cuarto. Digo cama, pero en realidad solo era un colchón en el suelo en donde dormiría yo, mi hermano dormiría en mi cama.

Pasé los próximos dos días sin poder dormir bien, pero finalmente la fecha llegó. Mi hermano llegó y la casa se llenó de mucha alegría, más mi padre, que lo había extrañado mucho. Mientras instalábamos todo en mi cuarto, ya preparándonos para dormir, no me pude aguantar las ganas de preguntarle a mi hermano si lo de su visita pasada se repetiría. Mi hermano me observó un poco sorprendido y me dijo que no estaba seguro, que la vez pasada fue divertida pero que él no quería confundirme con respecto a mi orientación sexual.

Me senté en la cama y lo observé firmemente mientras me quitaba la camisa para dormir (duermo en ropa interior): “Soy gay, Edgardo”, dije con tranquilidad. “Lo soy y lo era mucho antes que cogiéramos juntos”.

Mi hermano me observó y me preguntó si estaba seguro. “100%”, respondí.

Él sonrió, “Quítate toda la ropa”, me dijo, mientras comenzó a desvestirse. Apagó la luz y se acostó junto a mí en la cama.

Estábamos los dos desnudos, sobre nuestros costados. Él estaba atrás mío, y lentamente pasaba su mano por todo mi cuerpo. Me hacía temblar…. No podía evitarlo. Sentía el calor de su cuerpo en mi espalda. Sentía su miembro comenzar a crecer y rozaba mi cuerpo. Estaba en éxtasis.

- ¿Quieres que te coja?, me susurró en mi oído.
- Si, contesté. Mi voz temblaba al igual que yo.

Su mano siguió bajando por mi cuerpo, hasta llegar a mi hombría. Estaba en el mayor esplendor. La sangre recorría los 19cm de mi verga fuertemente. Haciendo que pulsara toda. La sostuvo en su mano y comenzó a masturbarme lentamente.

Pelaba la cabeza de mi verga lentamente, apretando la cabeza a medida que subía. Rápidamente comencé a mojar. “Es más grande de lo que recordaba’, me dijo al oído. Yo ya no lo escuchaba, solo sentía el calor de su mano sobre mi pene, y sentía su verga presionar mi culo…. Estaba en la gloria.

Mis ojos estaban cerrados, no quería ni moverme por miedo a que aquel placer desapareciera en un instante. Empecé a jadear con cada roce que sentía. No podía evitarlo, simplemente pasaba. Empecé a mover mi culo en círculos para guiar su verga a mi ano, podía sentir como él mojaba también.

- “¡Dios! ¡Qué Rico!”, pensaba. “¡Qué rico siento!”

Mi boca se abría un poco más para dejar salir otro pujido.

- ¿Te gusta?, me preguntó al oído.
- “Tú sabes que sí, no pares por favor”, respondí.

Seguía moviendo mi cadera en círculos. Sus manos seguían recorriendo mi cuerpo, haciéndome sentir vivo. De pronto, el calor de su verga había llegado a mi ano. Y él empezaba a entrar. La sensación era placentera. Sus manos me sujetaban el estómago y empezó a apretarme a su cuerpo y su verga seguía entrando. Lo oía gemir detrás de mí.

- ¿Estás bien?, me preguntó al oído.
- Perfectamente, contesté…. No pares, por favor.

Empezó a moverse mas rápido. Sus labios besaban mis oídos y mi nuca. Yo solo podía pensar en el placer que sentía. Había esperado 4 años para tenerlo dentro de mí de nuevo, y al fin mi sueño se cumplía. Su mano me masturbaba lentamente.

- Qué rico culito tenés, hermanito, me decía al oído. ¿Te gusta esta verga, verdad?

Oírlo hablar así me sorprendió por un momento, pero me encantaba oírlo. Me excitaba más y me calentaba la sangre. “Sí, me encanta”, contesté, “Cógeme mas fuerte”.

Edgardo empezó a moverse mas rápido. Cada vez que entraba no podía evitar dejar salir un pujido de mi boca. “Me encanta como pujas”, me decía. “Me encanta oírte pujar”. Trataba de complacerlo, trataba de pujar más fuerte para que se excitara más, pero no quería despertar a mis padres. Pero el intento parecía funcionar, Edgardo empezó a cogerme de una forma espectacular. Cada vez más fuerte, cada vez más adentro.

Podía sentir como su verga entraba y salía de mí con facilidad. Me masturbaba fuertemente, pero cuando empecé a sentir aquella sensación conocida lo detuve. No quería acabar todavía, no quería que mi leche se desperdiciara de esa forma.

- Sigue, Edgardo, le rogaba. No pares de darme esa verga rica.

Sentía el sudor de su cuerpo en mi espalda. Sentía como sus piernas se entrelazaban con las mías para poder entrar más. Oía su respiración entrecortarse y entonces supe que estaba cerca de venirse. Empecé a colear más fuerte, quería hacerlo gozar, quería que él disfrutara mi culo como yo disfrutaba su verga. Su respiración seguía cortándose y justo cuando comenzó a venirse, dejó ir toda su paloma dentro de mí. Yo solo alcancé a cerrar los ojos y morderme los labios para no dejar ir un grito de placer que hubiese despertado a todo el vecindario.

Siguió moviéndose dentro de mí hasta que salió la última gota de su leche, y luego salió su verga de mi cuerpo y se tendió boca arriba con las piernas abiertas, viendo al cielo de la casa.

- Somos amantes, ¿sabías eso?, Me preguntó.
- Sí, lo sé, le contesté, mientras me reacomodaba en la cama.
- Me gusta cogerte, contesto él. Me masturbé muchas veces pensando en cómo lo hicimos la última vez.
- Pues ahora podemos hacerlo cuando queramos, le dije mientras recostaba mi cabeza en su pecho.

Hubo un momento de silencio. Un momento, en donde los dos reflexionábamos en las cosas que acaban de pasar. Sonreí y le dije. “Chúpamela”.

No perdió el tiempo, me acostó de espaldas y rápidamente tomó mi verga que ya estaba totalmente endurecida de nuevo, y la metió en su boca. El calor de su saliva sobre mi miembro era increíble. Había olvidado lo rico que lo hacía. Comenzó a succionarlo y a chuparlo rápidamente.

Mi cuerpo se arqueaba en la cama. Sus manos recorrían mi pecho y tocaban mis tetillas ligeramente, haciendo pasar electricidad por mi cuerpo. Subí mis piernas en su hombro y empecé a moverme rápidamente, para que mi verga entrara y saliera de su boca con facilidad.

- Qué rico chupas, hermano, susurraba. Hazlo mas rápido.

Mi hermano seguía mis órdenes. Estuvo varios minutos chupándomelo, lamiendo mis testículos, que estaban inflamados por tanta leche que tenían guardados, pasando su lengua por el orificio de la punta de mi verga, haciéndome retorcer de tanto placer.

- Sigue así, Edgar, pedía. Sigue así.

Muy pronto, empecé a sentir aquella sensación conocida. Trataba de aguantarme, trataba de retrasar ese momento lo más que podía, pero el placer era incontenible. Mi manos buscaban frenéticamente una almohada porque sabía que haría mucho ruido al correrme.

- Me vengo, Edar…. Pujaba y gemía. Me vengo.

Mi hermano solo alcanzó a ponerme una almohada en la boca justo cuando empecé a venirme. Fueron tres tiros de leche, que ha de haberlo golpeado la garganta fuertemente y dos pequeños. Siguió chupándome la verga hasta que la dejó limpia y no dejó caer ni una pizca de leche en la cama.

Luego de eso, los dos nos acostamos a la par del otro. Mi hermano se quedó durante un mes esta vez, y cogimos todas las noches que estuvo allí. Cada vez más fuerte y audaz que la vez anterior…. Pero esos son otros relatos.


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Zapato derecho




Título: Zapato derecho
Autor: José


Esa tarde de Junio tenía una reunión importante para mi trabajo. Frío en Buenos Aires. Como excepción me puse pantalones algo nuevos, camisa, sweater y mis olvidados zapatos de cuero negro. Salí con tiempo y decidí caminar, abriboca como soy no vi una baldosa floja y terminé en el suelo. Cuando me incorporé, media suela de mi zapato derecho se había despegado. Con fastidio me puse a pensar qué hacer, comprarme otro par parecía la solución mas rápida. Me resistí, no tenía sentido ya que los abandonaría por mucho tiempo. Miré el barrio y recordé que había zapateros. Pregunté y me indicaron. Al llegar un amable y discreto señor mayor me propuso coserlos, yo quería pegarlos; la hora me apremiaba. Me dijo que en cuarenta y cinco minutos lo tendría listo. Acepté y se lo di. El local era muy chico y yo estaba en patas (o en una), decidí salir a caminar. El buen zapatero entendió mis razones y me prestó una zapatilla, algo ridículo pero no grave empecé a caminar por la vereda. A dos locales me detuve frente a un comercio que decía “Ropa de Bebés”. Estaba por ser tío y era sensible al tema. El local, pequeño como la zapatería, permitía ver a través de la vidriera una silueta que se movía entre los estantes, giró la cabeza, miró al descuido, lentamente y siguiendo el ritmo del descuido se acercó a la puerta.


-¿Te puedo ayudar? -Preguntó.


Alto, flaco, rostro irregular por una nariz que no desentonaba pero que daba firmeza a su cara, pelo negro muy corto, barba crecida y ojos negros y tristes. Jeans colgados de sus caderas, una camisa blanca y un sweater gris completaban un todo muy agradable y viril.


-Estaba mirando, voy a ser tío- respondí, captado por sus ojos tristes y esbozando una sonrisa.

-Entonces pasá – Mientras se hacía a un lado, una hilera de dientes perfectos se ofrecieron

levemente.

-Gracias, pero en realidad tengo poco tiempo -aclaré mientras observaba el pelo negro ensortijado que aparecía en el hueco de la camisa. Mi zapato negro izquierdo y la transitoria zapatilla blanca me arrastraron dentro del local.

-¿Sabés el sexo? – Sosteniendo la mirada.

-Sí, nena- respondí ya en franca seducción.

-Tengo cosas muy lindas –agregó.

¿De veras?-pensé.


Se acercó a un gran canasto de mimbre y comenzó a mostrarme ositos, batitas, saquitos y enteritos que desplegaba con tranquilidad. Miré sus manos y lo que descubría de sus brazos el sweater; un rizado vello negro cubría con desprolijidad lo que tenía a la vista. Imaginé el resto.


-Toca, toca es buena calidad, las nenas son muy coquetas.

- Yo también -mientras pensaba como sería tocarlo íntegro.


Introduje mis manos en el canasto acompañando sus movimientos. Al principio unos leves roces sacudían nuestros ojos y se reflejaban en crecientes sonrisas. En un momento sentí aprisionados mis dedos, en el anular izquierdo percibí una dureza, ¿una alianza?, saqué su mano a la vista mientras miraba un ancho anillo mitad oro mitad plata, lo acerqué y me dí cuenta que en la parte dorada estaba grabada una pequeña manito.


-¿Qué es esto?- pregunté entre curioso y asustado.

-Es mi compromiso con el que tengo al frente- y mientras acariciaba con su pulgar mis dedos, giró el anillo y me mostró un candelabro de siete brazos.

-Y esto es mi compromiso con el pueblo de Israel -completó.

-¿Eres judío?- Agregué.

-Si -respondió, mientras sus ojos tristes me miraban.

-Pero mis amigos judíos son rubios y de ojos azules -dubitativo pregunté.

-Son descendientes de europeos, yo vine de chico desde Israel - Su sonrisa se amplió, mientras su lengua descansaba sobre sus dientes. Me estremecí.

-También estoy circuncidado -aclaró.


Mi mirada se dirigió a su bragueta, pero el jean colgado no daba evidencias de nada. Me imaginé una pija cabezona, gorda y morocha rodeada de negra pelambre. Era la segunda vez que me encontraba con una pija judía. En Argentina lo habitual es la chota “uncut” y con mucha piel; en general idolatramos las pijas circuncidadas, son mas armónicas y dice la leyenda que duran más. Ahora tenía al alcance de mi mano la verdad de la leyenda.


-¿Cómo te llamas?


Le respondí.


- ¿Y tú?

-Uriel -contestó. Claro, pensé rápidamente, “el ángel que lleva la luz”, no esta mal, mientras me sentía iluminado.


Durante la charla nuestra manos no dejaron de tocarse, la mías ya habían metido los dedos en su sweater y acariciaban la espesa selva de pelos que iban del anillo hasta sus brazos.


-José, tengo una habitación atrás. ¿Vamos? -Sin esperar repuesta cerró las puertas del local. Pensé en mi zapato, en mi reunión y lo seguí.


En la semipenumbra alcancé a adivinar una mesa y un amplio sillón al que me encaminé.

Uriel, que parecía haber planificado todo, me enganchó la cintura, tomó mi cuello con su mano y me besó, sus dientes mordieron mis labios y su lengua afanosa se metió en mi boca. Respondí a su beso, con la desesperación de mi lengua y con la entrega de mis labios.

Mis manos comenzaron a bajar lentamente en busca de su destino mientras Uriel desabrochaba su cinturón, bajaba sus pantalones, corría hacia abajo sus calzoncillos y apretaba contra mi cuerpo un excitado promontorio.

Mientras su boca buscaba mi cuello y mis labios mordían sus orejas mi destino judío me esperaba. Llegué, acaricié un hermoso tamaño, me enterneció una suave, redonda y respetable cabeza al tiempo que Uriel comenzaba a jadear y bajar mis pantalones, acarició mi culo, me metió sus dedos y luego con habilidad tomó su pija y la mía sacudiéndolas suavemente.

Levantó sus manos y las puso sobre mis hombros presionando hacia abajo, me deje llevar, metí las manos debajo de su camisa y una tupida mata me recibió, besé, besé pelos, ombligo, más pelos y mientras sacaba la lengua comencé a acariciar la verga judía, suave, tierna y palpitante se introdujo en mi boca que rodeó con fruición la cabezota impaciente.

Tomó mi cabello entre sus dedos y comenzó violentamente a meterse en mi boca, un hilo de saliva chorreaba por mis comisuras. Pija mojada, boca resbalosa eran imposibles de distinguir.

Con rapidez se sacó el sweater y la camisa, me levantó entre sus brazos y yo enterré mi cara en su pecho mientras desprendía mis botones, corría mis cierres y quedaba desnudo.

Un principio de enloquecedora asfixia me mareaba, un olor seco y penetrante dilataba mi nariz y nuevamente boca con boca nos besamos.

Uriel me había llevado contra la mesa, acariciándome; en sus manos aparecieron dos preservativos, con los dientes abrió uno y lo colocó en mi pija, con sus labios comenzó a desenrollarlos mientras yo acariciaba los cortos pelos que tenía entre mis piernas. Luego me pidió que hiciera lo mismo, repitió los movimientos, esta vez sobre su verga, y mi boca cubrió su cabezota con el forro. Nos besamos, mi espalda ya estaba sobre la mesa. Uriel levantó mis piernas, las colgó sobre sus hombros y me penetró con la violencia de su deseo. Recibí tan adorada pija con un grito de dolor y satisfacción y me comenzó a coger, retorcido por la calentura mi culo quería más, más.

Tres golpes secos sonaron en la puerta del local, Uriel se detuvo, me miró, sacó su pija, me besó, subió sus pantalones, se puso el sweater y salió.

Alcancé a oír un murmullo y su voz que decía, gracias, gracias.

En su ausencia miré mi pija, estaba dura pero la sentía exigente, quería mas acción, quería un culo duro y peludo, quería el culo de Uriel.


Entró, se acercó y murmuró:


-Tu zapato.


Me incorporé, se lo saqué de las manos y volví a besarlo, me abrazó y agregó:


-Estás distinto, ¿pasa algo?


No contesté, besé su espalda mientra lo inclinaba sobre la mesa. Rió alegremente.


-Soy tuyo- frase que cualquier argentino entiende como “cogéme ya”.


Besé su culo mientras empuñaba mí endurecido mástil. Uriel liberó sus manos, las llevó a sus nalgas y exponiendo su ojete insistió:


-Soy tuyo.

Se la metí y exhaló un suspiro, sentí que algo tibio y envolvente rodeaba mí verga, comencé a cogerlo con violencia mientras escuchaba su voz entrecortada:


-Dale, dale…así…así.


Mis manos agarraron su pija y comencé a pajearlo. Con mi pecho en su espalda la sensación de violencia y tibieza que sentía entre mis piernas era fantástica


-¿Acabamos juntos? -Fue la frase mágica e inquietante.


Sentí la descarga en su culo, su grito anunció la mojadura de mis manos gimiendo casi llorando Uriel se dio vuelta y me ofreció sus labios, mordí y chupé su boca mientras arañaba su pecho y tiraba de sus pelos.


Quedamos en silencio jadeantes y transpirados, nuestras bocas no se podían separar.


Nos sentamos en el sillón abrazados. El zapato derecho en el suelo me recordaba la reunión, manoteé el reloj. Era tarde, tendría que buscar una excusa.


La boca de Uriel le prestaba una nueva sensación a mis orejas.


Giovanni Falchetti un querido amigo chileno canta "Mi Seducción":


Mis manos ya tomaron posesión de ti
Mis dudas se entregaron cerca de tu amor
Y entras en mi alma
Latiendo un corazón
Y bebes de mi fuente
Sedienta de pasión

Me encuentro ya en medio de esta seducción
Atrás quedaron miedos y todo pudor
Y entras en mi alma
Latiendo un corazón
Y una vez y otra más
Me llenas de tu amor

Una vez más
Quiero tenerte
Y una vez más
Ámame fuerte




José



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