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La muerte nos sienta tan bien... V
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El siguiente relato es de la casa
La muerte nos sienta tan bien... V
Lían me esperaba sentado a una mesa, la más cercana a la puerta del bar. Se alegró de verme.
- Sabía que vendrías.
- No lo sabía ni yo - contesté, de mal humor.
- ¿Qué vas a tomar? Yo invito.
Me apetecía un refresco pero acabé pidiéndome un cubata. Pensé que se me haría más llevadero con algo de alcohol corriendo por mis venas.
Tardamos poco en entrar en materia.
- Por lo general me da absolutamente igual lo que digan de mí, Rafa. Pero no aguanto que tú pienses mal de mí. Jamás le he tocado un solo pelo de la cabeza a otro ser humano. Soy el ser más pacífico sobre la tierra. Yo no maté a Néstor.
- Entonces fue una desafortunada coincidencia que lo pillaras conmigo y luego, alguien, después de unas horas, lo cosiera a navajazos.
- ¿Qué sentido tendría que hubiera sido yo?
- Un crimen pasional.
- Pero Rafa... Néstor llevaba meses acostándose alegremente con todos los chicos del grupo. Si fui yo quien lo mató, ¿por qué no lo hice cuando más me dolía verlo con otros hombres, después de romper? ¿Por qué iba a hacerlo cuando ya lo estaba superando?
- Quizá no fue un arrebato pasional. Quizá fue una venganza y llevabas meses planeándola.
- ¿Tú oyes lo que dices?
- De todas formas no me importa si lo hiciste o no. Quiero creer que no lo hiciste, pero con la duda... ¿A ti no te daría mal rollo seguir viniendo a mi casa? Ponte en mi lugar.
- Yo intentaría mantener la cabeza fría. Y dejaría que fuera la ley quién me juzgara.
- La ley es lenta.
- La policía no ha encontrado nada que me relacione con su muerte. De hecho, al día siguiente de la muerte de Néstor nos personamos todos en comisaría a prestar declaración voluntaria. Todos menos tú. Y si la policía aún no ha ido a buscarte es porque no están siguiendo la pista a un crimen pasional. Tú fuiste el último en mantener relaciones sexuales con Néstor. Lo lógico es que te interrogaran al respecto.
Le di un buen trago al cubata para no tener que contestar a eso. No se me podía escapar que la poli sí los estaba investigando, que lo consideraban a él el principal sospechoso, de ese y otros crímenes, y que encima habían metido un infiltrado en su casa.
Dejé la copa en la mesa y lo miré a los ojos.
- Ha sido una mala idea venir a verme, Lían.
- ¿Por qué?
- Porque ya he tenido suficiente muerte para una buena temporada. Quiero olvidarme de todo este asunto. Y tú no me ayudas.
- Es que no tienes que pasar solo por tu luto. Confía en nosotros. Nos apoyamos los unos en los otros. Se te hará mucho más llevadero.
- No vas a convencerme.
- Yo creo que sí. Y creo que esta noche vendrás conmigo a casa.
- Lo llevas claro.
Entonces me sonó el móvil. Pensé, salvado por la campana.
Era Juancho.
- Ahora vengo - le dije a Lían, y salí del bar.
- ¿Cómo va, tío bueno? - me preguntó Juancho cuando descolgué.
- No debí hacerte caso. Yo no valgo para hacer de espía. La puedo cagar en cualquier momento y mandar todo tu trabajo a hacer puñetas.
- Tócate el rabo.
- ¿Cómo?
- Disimuladamente. Tócate el paquete.
Miré a mi alrededor.
- ¿Me estás viendo? ¿Ahora?
Dirigí la mirada primero a los coches aparcados y luego a las ventanas de los edificios cercanos.
- Tócate la polla - insistió.
Caminé unos pasos para alejarme del bar y me pasé la mano por la entrepierna con un gesto rápido y algo incómodo. Seguí buscando a Juancho por todas partes. Ni rastro.
- Tócate más. Mientras hablas. Nadie se fijará. Sólo yo.
Eso de que nadie iba a fijarse no me lo creía. Yo era consciente cada vez que un tío con el que me cruzaba se tocaba el paquete. Los ojos se me iban solos. Aun así, obedecí. Me llevé la mano izquierda al bulto y me lo acaricié distraídamente mientras simulaba que mi interlocutor, al teléfono, decía algo muy interesante. Claro que Juancho no decía nada, se limitaba a observar y respirar hondo.
Al cabo de no demasiado tiempo, y pese a mi inicial reticencia, mi polla empezó a reaccionar. El hecho de estar en la calle y que no dejara de pasar gente tuvo bastante que ver.
- Métete la mano en los huevos - me pidió entonces Juancho.
- ¡Anda ya!
- Vamos. Hazlo. Como si te los recolocaras.
Miré a mi alrededor. Nadie parecía prestarme atención.
- ¿Dónde estás? - pregunté.
- No importa.
- Lo digo para no darte la espalda.
- Si te quedas como estás te veo perfectamente. Vamos. Mete la mano por la cintura y sóbate los cojones. Pero de verdad. Por dentro del calzoncillo.
- No llevo calzoncillos.
- Uff, qué bueno. Vamos. Hazlo.
Esperé a que pasara de largo un matrimonio que venía por mi calle. A mi espalda había un portal. La luz de la escalera estaba apagada. En la acera de enfrente la gente entraba y salía del mercadona. Miré hacia el bar, a pocos metros hacia mi izquierda. Lían no se había asomado todavía a buscarme.
- Hazlo. Ya - ordenó Juancho.
Al fondo de la calle venían unos niños y del otro lado unas chicas cargadas de bolsas del Zara, pero estaban todos lejos todavía, así que muerto de vergüenza pero muy excitado me metí la mano por la cintura del vaquero y me sobé la polla, dura como una piedra, y luego los cojones.
- Sigue. Lo estás haciendo muy bien. Pásate los dedos por las ingles. ¿Tienes los huevos sudados?
- Un poco.
- Bien, bien... Sigue. Un poco más.
El grupo de niños ya estaba demasiado cerca. Me saqué la mano disimuladamente del pantalón consciente de que mi erección era más que evidente. Encima llevaba una camiseta ajustada que no servía para
ocultarme nada el paquetorro.
- Ahora huélete la mano.
Me imaginaba que me iba a pedir eso. Pero era más fácil que tocarse la polla en público. Me olí los dedos pensando que si había alguien más, aparte de Juancho, observando, ¿qué iba a pensar de mí? Qué vergüenza.
- ¿Huelen bien? - quiso saber Juancho.
- Mucho.
- ¿A qué huelen?
- A cojones sudados. A sexo - mentí, para darle más vidilla.
En realidad olía a gel de ducha, venía directo de la bañera.
- Ohhhh, te los chuparía ahora mismo, en la puta calle.
- Juancho... debería volver al bar.
- Espera... Me estás dando un pajote que no veas.
Volví a buscar a Juancho por todas partes. ¿Estaría dentro de un coche? Todos parecían vacíos y ninguno tenía cristales tintados. Lo más seguro es que estuviera detrás de una ventana, quizá mirándome a través de unos prismáticos.
- Me vuelvo al bar. Nos vemos luego.
Y le colgué. Aunque en realidad de lo que tenía ganas era de ir a donde estuviera haciéndose el pajote y poner la lengua debajo.
Me di un paseo hasta el final de la calle para que se me bajara la puta erección y volví al bar, donde me esperaba Lían.
Pero ya no estaba solo.
- Mira Rafa. Te presento a una amiga.
Me incliné para besarla. La chica iba en silla de ruedas.
- Soy Nuria - se presentó.
- Yo Rafa.
Me senté con ellos mientras buscaba una excusa para irme cuanto antes sin parecer descortés.
- ¿Hace mucho que os conocéis? - pregunté, para ir haciendo tiempo mientras se me ocurría algo.
- Una semana - dijo Lían.
- Pero es como si nos conociésemos de toda la vida - añadió Nuria.
No podía haber soldado frase más manida, la chavala.
- Bueno... Yo... Me gustaría quedarme pero... he quedado - dije, poniéndome en pie.
Lían me cogió de la muñeca.
- Siéntate, Rafa.
- De verdad, no puedo. Tengo prisa.
Me despedí de Nuria con una sonrisa forzada y tuve que dar un tirón para que Lían me soltara. Salí del bar. Lían me siguió.
- Deberías quedarte, Rafa. Nuria es una chica muy interesante.
- Me alegro. Pero en serio, Lían. No vengas a verme más. No serás bien recibido.
- Si le dieras una oportunidad verías que Nuria tiene mucho que contar. Lo ha pasado muy mal.
- ¿Quién se le ha muerto a ella? - pregunté, casi con desdén. Lían me estaba poniendo muy nervioso y no sabía muy bien por qué.
- No se le ha muerto nadie. Pero hace casi ocho meses un coche con dos ocupantes la atropelló en un paso de peatones y se dio a la fuga. ¿Te suena de algo? Ahora vas a entrar y te vas a sentar con nosotros y luego te vendrás conmigo a casa si no quieres que le cuente a Nuria que tú ibas en ese coche.
No voy a explicar lo que pasó por mi mente en ese momento. Baste decir que me doblé sobre mí mismo y vomité lo que había comido hacía horas y el cubata posterior en la misma puerta del bar.
Continuará...
Cuando ya no te esperaba (revisitado)

El siguiente relato es de la casa
Cuando ya no te esperaba
No sé muy bien cómo comenzar este relato. Supongo que lo mejor será aclarar que es una historia verídica, que, evidentemente, he cambiado los nombres y maquillado los detalles y que me juego una relación de ocho años con mi pareja y algunas cosas más. Pero creo que merece la pena contarlo, aunque solo sea para dejar constancia de que, a veces, los sueños se cumplen. Y cuando menos te lo esperas.
Me llamo Luis, tengo 36 años y llevo casi catorce enamorado de Sergio, mi mejor amigo. Nos conocimos en el Pappy Dog, una discoteca gay, en agosto del noventa y cuatro. Era un amigo de un amigo, pero Sergio era hetero, y había acabado en el Pappy porque sus amigos gays habían hecho el sacrificio de ir con él primero a Tretas, una disco a la antigua usanza, a ver si se ligaba por fin a una tía, que el chaval acababa de cumplir los diecinueve y aún no se había estrenado. Pero se había quedado acojonado en la barra, dando sorbitos al cubata, y no había sido capaz de entrarle a ninguna.
Y ya en el Pappy lo tenía un poco más chungo. Para acabar de fastidiarle la noche, sus colegas se perdieron en el cuarto oscuro y Sergio se quedó más solo que la una en un rincón del Pappy, viendo a un montón de tíos cachas bailando empastillados y cruzando una esperanzada mirada de vez en cuando con alguna lesbiana que pasaba por ahí en dirección a la pista de baile.
Hasta que me crucé en los baños con nuestro amigo común, que se alegró mucho de verme, me llevó a rastras escaleras arriba y me sentó junto a Sergio, nos presentó, me pidió que se lo cuidara, y se largó corriendo a comer pollas. A mí no me importó cuidárselo porque el chico era un encanto y era enorme, un tiarrón del norte que aparentaba 25 aunque tuviera 19, y guapo de cojones. Bueno, es un decir, ya sabes. Yo no se los vi. Más quisiera.
La cosa es que nos caímos bien, nos pusimos a charlar y a beber y descubrí que vivía a dos pasos de mi apartamento.
En un momento de la noche me preguntó que dónde se habían metido sus amigos.
- En el cuarto oscuro -contesté.
Me miró, sin comprender.
- ¿Y eso que es? ¿El baño? ¿Tan sucio está?
De aquella, casi nadie tenía internet (vamos, si es que existía), ni había series de televisión tan explícitas, así que los heteros no estaban tan enterados de lo que se mueve en el ambiente como hoy día. Así que le expliqué lo que era el cuarto oscuro y se le quedaron los ojos del tamaño de dos sandías.
- ¿Y los tíos bajan allí y se ponen a follar?
- O a mamar polla.
- ¿Y no hay luz?
- De vez en cuando algún mechero.
- Joder. En las discotecas "normales" no hay de eso.
Pasé de decirle que no las llamara discotecas "normales", como si el Pappy no pudiera ser considerado normal por estar lleno de maricones. Ya había decidido que iba a ser uno de mis mejores amigos y como pensaba verlo a menudo ya tendría tiempo de educarle. Lo que sí hice fue cogerle de la mano y decirle, mientras bajabamos las escaleras:
- Ven, que te lo enseño.
- Chachi. Pero si alguien me toca, gritaré.
- Vale. Y yo te sacaré corriendo.
Entramos despacito en el cuarto oscuro. Encontramos el primer pasillo forrado de hombres, que nos miraron atentamente a la luz azulada que llegaba desde los baños mientras pasabamos por delante de ellos haciendo el trenecito, porque Sergio se había pegado a mi culo como con cola. La verdad es que era complicado avanzar así, pero el nene estaba asustado. Avanzamos un poco más y pronto quedamos totalmente a oscuras.
- ¿Te molesta que vaya tan pegado? Casi te estoy dando por culo -me dijo al oído.
Me recorrió un escalofrío placentero.
- No, por Dios. Si me estás poniendo como una moto. No se me ocurriría quejarme.
- Es broma ¿no?
- En absoluto. Pero no te preocupes. No me duele.
- Si no te duele es que no estarás tan caliente.
- Toca y compruebalo.
- Y una mierda.
- Vale, vale.
Lo dicho, un hetero redomado. Seguimos avanzando en la oscuridad hasta que le solté las manos, que de todas formas había entrelazado sobre mi ombligo, con lo que no iba a dejar que me fuera a ninguna parte.
- ¿Qué haces? -preguntó, muerto de pánico.
- Tantear en busca de la pared. No querrás que me salte los piños.
- No, claro.
Entonces lo oímos. A la derecha. Un chupeteo con mucha saliba. Alguien que se relamía.
- A alguien le están haciendo una buena mamada - me susurró Sergio, con un deje histérico.
- Yo creo que le están comiendo el culo -opiné.
Para mi sorpresa el propio Sergio se sacó un mechero del bolsillo y puso luz en aquel asunto.
Por un momento vislumbré a cerca de treinta hombres dándose placer de diversas formas y con herramientas de distintos tamaños.
- Joder, cómo está esto hoy -murmuré.
Alguien golpeó con mala leche a Sergio y el mechero se le fue de las manos.
- No lo recojas - me pidió, de nuevo rodeados de oscuridad.
- No pensaba hacerlo -contesté.
- ¡Como se las gastan!
- ¿Te duele?
- No, que va.
- Es que por algo se llama cuarto oscuro, idiota -le recriminé, con cariño. - Por cierto...
- Una mamada -respondió. -Tenía yo razón.
Seguimos adentrándonos en la oscuridad por otros diez minutos. En determinado momento un flop, flop, flop frenético nos indicó que a uno se lo estaban follando a base de bien a unos centímetros de donde estábamos. Esperé impaciente a sentir algún movimiento en la entrepierna de Sergio, que seguía pegada a mi trasero, pero nada se movió allá abajo.
Cuando al fin salimos, le apliqué el tercer grado.
- ¿Qué tal?
- Muy curioso.
- No te has puesto cachondo.
- ¿Debería haberlo hecho?
- A tu edad la simple mención del sexo me ponía cardiaco.
- Solo me llevas tres años. Y no me van los tíos. No me ponen.
- Pero había gente ahí dentro comiendo vergas.
- Pero eran tíos.
- Pero podría ser tu polla.
- Pero no es lo mismo.
- Pero...
Y me dejó que siguiera poniendo peros el resto de la noche aunque ya no me discutió más. Supongo que Sergio ya había decidido que yo sería uno de sus mejores amigos y que ya tendría tiempo de educarme hasta que comprendiera que a los heteros no se las pone dura el sexo entre hombres.
Pasaron los días y me enamoré perdidamente de Sergio. Pasaron las semanas y se lo dije. Pasaron los meses y nuestra relación se afianzó mucho más. Él me daba todo el amor que yo necesitaba, los abrazos, el cariño y el contacto. Todo, excepto sexo. A veces hasta dormíamos juntos cuando llegábamos de borrachera, aunque nunca pasó nada, porque aunque me moría por besarlo no iba a hacer nada que pudiera estropear lo que no teníamos. Y así fui feliz durante dos años, hasta que Sergio conoció a Marta. Y se casaron. Y yo me busqué la felicidad con un hombre menos hetero.
Mantuvimos la amistad hasta el punto de que Marcos, (mi novio, hoy mi marido), Sergio, su mujer y un servidor quedábamos para cenar dos o tres veces al mes, pasábamos juntos el fin de año, organizábamos acampadas, fiestas, partidas de cartas y algún viaje y, más recientemente, nos reuníamos en fin de semana para ver las primeras temporadas de Perdidos de unas sentadas.
No me avergüenza decir que durante este tiempo he seguido secretamente enamorado de él, ni que, con el paso del tiempo, el contacto con Sergio (abrazos, besos de cortesía y apretones de manos) ha adquirido para mí un sentido mucho más sexual. Sergio me la pone dura, hoy más que nunca, y confieso que me he hecho más de un pajote en su cuarto de baño cogiendo sus calzoncillos de la cesta de la ropa sucia y aspirando el olor de su polla.
Pues bien. Hace cosa de dos meses, Sergio me llamó al móvil. Parecía intranquilo.
- ¿Os habéis peleado? -pregunté. Sergio y Marta no suelen hacerlo, lo de pelearse, digo, pero cuando se ponen hacen bastante ruido y acaba pagándolo el dvd, que suele salir disparado por el balcón. Siempre son aparatos de dvd del Alpaisaje. Por algún motivo el enfado no les lleva nunca a estampar el decodificador del Visión Plus.
- No. No es eso. ¿Puedes venir?
- Por supuesto.
Era un jueves por la tarde, yo acabo pronto en el curro y Marcos llega a la nueve. Tenía algo así como dos horas y media para dedicar a Sergio.
Llegué a su casa, llamé al timbre y me abrió la puerta descamisado, descalzo y con unos pantalones piratas blancos y holgados. En cuanto lo vi, la boca se me hizo agua y el coño un charco, como dice cierta amiga.
- Pasa. -Para mi desgracia no me dio el acostumbrado abrazo de bienvenida.
Lo seguí hasta el sillón de su salón, donde se sentó, alicaído.
- ¿Qué ha pasado? -pregunté, empezando a preocuparme.
- Que ya no puedo más. Que como esto siga así, la dejo.
Pues la cosa sí tenía que ver con Marta.
- ¿La historia de siempre? -pregunté. Y él asintió con la cabeza, poniendo ojitos de cordero degollado.
Y es que después de más de diez años de casados, Marta seguía sin estar dispuesta a comerle la polla.
- No pone ningún reparo a que yo se lo coma todo, pero ella no quiere ni catarla. Ni olerla. ¡No me deja ni que me corra en sus tetas!
Me conocía perfectamente la cantinela. Marta tenía una extraña fobia al semen. Le daba arcadas verlo, así que arriesgarse a que se lo descargaran en la lengua...
- No puedo más. Estoy hasta los huevos.
- Hombre. No te puedes replantear tu relación con Marta por algo tan trivial como que no te coma la polla, Sergio.
- Claro, qué fácil es decirlo. Cómo a ti sí que te la comen...
- Si fuera que no te dejara hacer nada, mira. Pero follar, follas.
- Pero yo quiero que me haga una puta mamada. Y luego otras dos mil, por el retraso acumulado.
- ¿Y qué dice ella?
- Que me vaya a cascármela.
- ¿Nunca has pensado en ponerle los cuernos?
- ¿Y tú? ¿No has pensado en ponérselos a Marcos? Pues lo mismo. No es opción.
Yo se los pondría contigo, cabrón, pensé.
- Pues no sé que más decirte. Tiene difícil solución -mentí, puesto que yo estaba dispuesto a solucionárselo ipso facto. - De todas formas yo siempre he dicho que las mamadas están sobrevaloradas.
- Ahora mismo no se me ocurre nada mejor.
- Porque eres prisionero de tu heterosexualidad. Pero yo cambio una gran mamada por una buena comida de ojete - no lo dije en plan trueque pero ójala Sergio lo hubiera considerado como tal.
- No sé yo. Creo que eso le daría todavía más asco.
- Ah, que tampoco te lo ha hecho.
- No me tortures, ¿quieres? Ya sé que tú tienes más campo que yo.
- Porque tú no quieres.
- Eso ya lo tenemos más que claro, ¿no crees?
- No me refiero conmigo, idioto, aunque a nadie le amarga un dulce. Digo con ella. ¿A que nunca te ha chupado los pezones? ¿A que ni se te ha ocurrido pedírselo?
- Una vez se comió mi axila por error y la cara de asco le duró tres días. De todas formas yo no tengo los pezones sensibles.
- Y una mierda. Con estos dedos y veinte segundos te puedo poner como una moto.
- Pero tú eres tú, y no ella.
- ¿Y?
- Que eres un tío. No me pondrías ni jarto de vino.
- Ven aquí y compruébalo.
- No, que si me empalmo pondrás en entredicho mi virilidad el resto de mi vida.
- Tienes un concepto erróneo de la virilidad. Va, ven aquí. Veinte segundos de reloj.
- Vale.
Y para mi sorpresa, recostó la cabeza sobre mis piernas y cerró los ojos.
- No vale hacer cosquillas.
- Me limitaré estrictamente a las tetillas.
- Con los dedos.
- Evidentemente.
- Vale. Empieza. Yo cuento en voz baja.
El corazón de pronto se me puso a mil por hora. Tenía a Sergio por primera vez en mi vida entregado a mis dedos por un asunto sexual, iba a intentar ponerlo caliente, iba a rozarle los pezones con los dedos y... Se me puso como una piedra, bajo la cabeza de Sergio. Debía estar notando mi erección pero solo dijo:

- ¿Empiezas? - mientras se ponía a tararear la música de Kill Bill, aún con los ojos cerrados.
Así que le rocé el pezón derecho, muy despacio, dando pequeños círculos con la punta del dedo índice. Me apetecía enredar los dedos en el abundante vello de su pecho pero me limité a rozarle primero un pezón y luego el otro, despacio. Sergio se estremeció un poco y yo seguí tocando sus tetillas muy despacio mientras mi polla martilleaba bajo el peso de su cabeza que de pronto parecía hacer mucha más presión sobre mis piernas. En algún momento descubrí que Sergio había dejado de tararear y no me pareció tampoco que estuviera contando. Seguí masajeando lentamente sus pezones consciente de que ya habían pasado los veinte segundos, y de que aquello podía acabar en cualquier momento. Entonces empecé a apretar un poco. Las tetillas se le pusieron erectas, el pelo de los brazos se le erizó y de pronto dio una sacudida y se bajó los piratas hasta las rodillas. Sin abrir los ojos volvió a recostarse sobre mi paquete, se agarró la polla y comenzó a hacerse una paja bestial. Yo me puse tan cardiaco que casi no me atreví ni a mirarle la polla. Seguí con sus tetillas mientra él se masturbaba. Pero entonces me llegó a la nariz el olor de su vergajo y tuve que mirarlo. Y era tremendo, venoso, gordo y del tamaño justo para que yo empezara a salivar como un condenado. Pero los huevos eran casi mejores. Eran tan grandes que estuve tentadísimo de bajar pecho abajo solo para sopesarlos en mis manos. Pero tal y como estábamos me parecía más que suficiente con lo que tenía y no me moví. Sergio pareció pensar de otro modo. Sin abrir los ojos en ningún momento acercó el cuerpo más a mí, poniendo su espalda sobre mis piernas. Yo me giré un poco para que la descansara sobre mi pecho, de modo que ahora al mismo tiempo que mis dedos jugaban con sus tetillas mis brazos rozaban sus brazos y hombros y mi erección aprisionaba la parte baja de su espalda.
La paja cogió un ritmo endiablado y yo aceleré las caricias. Entonces Sergio empezó a levantar la cara, como si buscara mis labios. Y sacó un poco la lengua, y yo me dije, de perdidos al río, y lo besé. Él abrió los labios y me invitó a seguir, así que le comí la boca con ansia de años. Nuestras lenguas se fundieron y aquello bastó para que Sergio se corriera con una violencia que pocas veces había visto en otro hombre. Los chorros de esperma salían disparados sobre su pecho y parecía que nunca iba a acabar. Uno de aquellos chorros se estrelló en mis dedos. Sergio había dejado de besarme y se había entregado por completo a la eyaculación. Seguía con los ojos cerrados, así que aproveché el momento para llevarme los dedos a la boca y probar su sabor.
Permanecimos quietos durante algunos minutos, mientras la respiración de Sergio se calmaba y mi polla seguía martilleando en su espalda. De pronto se levantó y me preguntó si me apetecía una cola. Le dije que primero me hacía falta una servilleta. Él abrió la nevera, cogió una lata y me sirvió el refresco en un vaso, pero no me dio la servilleta, y eso que en la cocina tenía dos o tres rollos de papel a mano. Yo tenía restos de su leche en los brazos pero él había decidido no hacer la más mínima alusión a lo que había pasado.
- Me voy a duchar. Hace un calor de la hostia.
Y desapareció en el baño.
Yo me limpié su corrida en el grifo de la cocina.
Diez minutos después me había despachado de su casa.
Y, como podéis imaginar, esto no acabó ahí.
Continuará...
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Sólo me pasan cosas buenas

El siguiente relato es de la casa
Sólo me pasan cosas buenas
Al fin, después de varios años de arduas meditaciones, he llegado a la conclusión de que debo compartir las vivencias que me participó Ignacio, mi mentor, a fin de ayudar, inspirar o traer luz a quien pueda necesitarla.
No diré quién soy, porque en ésta y en sucesivas historias el único protagonista es Ignacio, quien desapareció misteriosamente hace unos años y que, esté donde esté, será un hombre tan feliz como ningún hombre haya sido.
Nuestra historia comienza un frío día de Diciembre, en Mallorca, lugar dónde Ignacio Sabio residía, y quizá aún resida.
El hotel estaba saturado de periodistas deseosos de lanzar sus preguntas al escritor que había conseguido vender dos millones de ejemplares de una novela de autoayuda en un país sin demasiada tradición en este campo y, por tanto, baja demanda. Ignacio Sabio sostenía su libro “Atrayendo las cosas buenas”, y mostraba una impecable y seductora sonrisa ante las cámaras de los fotógrafos. No sólo era un escritor superventas, sino que además era joven (32 años) atractivo y todo un maestro en la cama (numerosos amantes de ambos sexos, entre los que me incluyo, podían atestiguarlo).
- Hay quien dice que lo único que ha hecho es coger veinte libros de autoayuda americanos y hacer un refrito. ¿Es cierto? –preguntó un periodista, tan mezquino como su pregunta.
- En realidad eso es exactamente lo que he hecho –contestó Ignacio Sabio, sin perder la sonrisa.
El periodista pareció decepcionado. Otra periodista, con mejor aspecto y mejores modales, le lanzó otra pregunta siguiendo el tema.
- Señor Sabio, yo sí he leído su libro y no he encontrado nada ni remotamente parecido a un plagio de otros autores.
- Me alegro de que piense de esa manera.
- Entonces, ¿es cierto lo que le ha dicho a mi compañero? ¿Ha hecho una mezcolanza de otros títulos exitosos y ajenos?
- En absoluto. Este libro es fruto de mi propia experiencia, de mi filosofía, de mis tremendos errores y modestos aciertos, de mis tropiezos, mis caídas y la forma en que después me levanto del camino extraordinario y polvoriento que es la vida… Todo lo que tiene este pequeño hijo de puta en su interior es fruto de su papá, que soy yo.
Se oyeron algunas risas. Entonces intervino el mezquino.
- ¿Y por qué me ha contestado a mí lo contrario?
- ¿Cómo se llama?
- Juanjo.
- Bien. Querido Juanjo, si hubiera leído siquiera la introducción de mi libro sabría que uno de los diez puntos esenciales de mi filosofía es que a la gente hay que decirle lo que quiere oír, ya que es una forma directa de hacerla feliz.
Se oyeron algunas risas más y el periodista Juanjo se puso rojo como un tomate.
- A mí no me acaba de hacer feliz, precisamente –dijo el periodista Juanjo en un arranque de inspiración.
- Porque otro de los diez puntos esenciales de mi filosofía es dar una lección a quién la necesita.
El tema quedó zanjado cuando un tercer periodista lanzó su pregunta.
- Pero sí es cierto que usted habla en su libro de la ley de la atracción, y coincidirá conmigo en que eso no es una idea suya.
- También hablo de mis viajes en tren y a nadie se le ocurriría preguntarme si yo inventé el ferrocarril. La ley de la atracción, para bien o para mal, es algo suficientemente documentado como para que le otorguemos la misma sustancia que al pollo con champiñones que hemos comido a medio día o a la playa a la que llevamos a nuestros hijos en verano. Yo he sentido en mi propia carne la ley de la atracción, me ha llevado a dónde estoy hoy, y por lo tanto, hablo de ella en mi libro.
- Usted le da una importancia notable a las listas. ¿Tan importantes las considera? –preguntó otro periodista desde el fondo de la sala de congresos.
- Sin ellas yo no habría podido escribir este libro, mucho menos publicarlo. La mente humana tiende a divagar. Lo que es importante para nosotros hoy no lo es mañana. La única forma de conseguir cumplir los objetivos es recordarnos constantemente que tenemos objetivos, y ahí es dónde entran en juego las listas. Apuntamos todo lo que es importante hoy, en este día, para nosotros. Todo lo que queremos o sentimos que debemos hacer tiene que ir en la lista Al final del día tachamos aquellas cosas que hemos hecho y al día siguiente copiamos en la nueva hoja las que no hicimos. Como están al principio de la nueva lista, las consideramos prioritarias. Si ese día tampoco les prestamos atención seguirán apareciendo en sucesivas listas, pendientes de resolución. Así no permitimos que las cosas importantes hoy dejen de serlo mañana por el indecoroso exceso de inconstancia mental que padecemos como especie. Algo tan sencillo y aparentemente inocuo como una lista apuntada en un papel puede cambiar la vida hasta límites insospechados.
- ¿Y si soy tan inconstante que me olvido de hacer la lista? –preguntó alguien.
De nuevo las risas.
- Tendrá que apuntar “volver a hacer mi lista” en la siguiente lista.
- ¿Es cierto que a usted sólo le pasan cosas buenas? –preguntó un periodista que aún no se había estrenado.
- Es cierto, sí.
- ¿Y no le da miedo que un loco de pronto saque una pistola y le vuele los sesos?
- Es más probable que eso le pase a usted.
- ¿Por qué dice eso?
- Porque es usted quien ha tenido ese pensamiento, e, inevitablemente, lo que pensamos es lo que atraemos. Yo ni siquiera considero, no ya dignos de mención, sino dignos de sobrevolar mi mente, esa clase de pensamientos.
- Pero ya lo he mencionado. Y usted me ha escuchado. Ha traspasado su mente impoluta y ese pensamiento también es ahora suyo. ¿Podría ocurrir ahora?
- En absoluto.
- ¿Por qué?
- Porque entonces no podría ver la televisión, ni coger un avión, ni salir de mi casa, y la vida se tornaría pero que muy aburrida. Porque los medios nos bombardean constantemente con cosas horribles y la gente te suele contar siempre en primer lugar lo malo. Pero lo que me hace ser yo y que me ocurran las cosas que me ocurren es lo que yo pienso, no lo que piensa usted o lo que piensen los medios, y yo, como ya le dije, ni siquiera me planteo ese tipo de cosas, ni aunque se las oiga a usted. ¿Me explico?
- Perfectamente. Pero podría ocurrir. No puede negar que podría ocurrir.
- Si va a sacar una pistola, hágalo ya. Estoy empezando a aburrirme.
La periodista amable de antes atajó el tema llevándolo por otros derroteros.
- ¿Sólo le pasan cosas buenas?
- Así es.
- ¿Y esos errores de los que hablaba antes?
- Los errores son cosas buenas. No olvide que un gran problema es una mayor oportunidad.
- ¿Y desde cuando le pasan sólo cosas buenas?
- Desde que empecé a vivir “Atrayendo las cosas buenas”, que, por cierto, es el título del libro por el cual están ustedes aquí.
Así siguió transcurriendo la rueda de prensa durante cerca de cuarenta minutos más, pero las cuatro pinceladas que quería subrayar sobre Ignacio Sabio las ha dado él mismo a través de las primeras respuestas que dio a aquellos periodistas una tarde de Diciembre y que seguramente leerían en su día ustedes en el suplemento dominical de cultura de su periódico preferido.
La aventura comenzó justo después de la rueda de prensa. Cuando todos los periodistas se hubieron marchado e Ignacio subía a su habitación del hotel a recoger sus cosas para volver a casa, un hombre lo abordó. Fue al salir del ascensor, en el quinto piso, planta que se destinaba a las suites reservadas a políticos, millonarios e Ignacio Sabio.
- Es usted… -dijo el desconocido.
Mediría un metro setenta y cinco, era robusto, rubio y no exento de cierto atractivo a lo bruto.
- Ignacio Sabio a su servicio –dijo Ignacio, estrechándole la mano. – Se ha perdido la rueda de prensa. ¿Trabaja para algún periódico?
El hombre miró hacia las puertas cerradas de las lujosas habitaciones y se apresuró a negar con la cabeza.
- Oh, no, no. No soy paparazzi. No he subido a su habitación por eso.
- ¿Entonces…?
- Leí su libro y me apeteció conocerle. No tengo mucha suerte últimamente y pensé que quizá usted compartiría conmigo un poco de la suya.
- Pues sígame entonces. Tengo prisa, pero podemos ir hablando mientras recojo mis trastos. ¿Cómo ha dicho que se llama?
- No lo he dicho. Me llamo Tomás.
- Encantado, Tomás.
Ignacio abrió la puerta de la habitación pasando una tarjeta por la ranura a tal fin, y entró, seguido de cerca por el desconocido admirador.
- Vaya. Menuda habitación –dijo Tomás, sin disimular su asombro.
- Yo quería algo más modesto pero los organizadores insistieron. Por cierto, puede atacar el minibar, todo eso ya está pagado y yo no tengo estómago para el alcohol.
Tomás abrió la nevera y sacó tres botellines de champán. A Ignacio no le pasó desapercibido que se guardaba dos de ellos en sendos bolsillos del abrigo.
- Dígame, Tomás. ¿A qué se dedica?
- Invierto en bolsa. Me dedico única y exclusivamente a invertir en bolsa.
- Lo dice como si fuera algo malo.
- Cuando lo pierdes todo, cuando tu mujer te abandona, tus hijos te odian y el banco se queda con tu casa, lo es.
- Lo siento. ¿Llegó a tener mucho dinero?
- Más del que jamás creí posible.
- ¿Y lo perdió todo de golpe?
- En el último mes.
- Entonces lo recuperará. Hasta el último céntimo. Las personas que han tenido riqueza alguna vez, la han conseguido gracias a que tenían pensamientos de riqueza, y la han perdido a causa del miedo. Pero ahora no tiene nada que perder y la riqueza volverá, junto con su forma de ver el dinero, que es exactamente lo que lo atrajo la primera vez.
- Ojalá tenga razón. Sin embargo, también hace un mes que su libro cayó en mis manos.
- Oh…
- Y traté de seguir sus consejos para enriquecerme y estoy en la quiebra más absoluta.
- No me lo tenga en cuenta. Los principios no siempre funcionan igual para todas las personas, pero seguro que habrá sacado algo en claro de toda esta experiencia.
Tomás se acercó a Ignacio mientras éste cerraba su maletín, tras ordenar una inmensidad de papeles.
- ¿Es cierto que sólo le ocurren cosas buenas? –preguntó el hombre robusto.
Al parecer aquella era la parte de su libro que más llamaba la atención de la gente.
- Es totalmente cierto.
- Y dígame, Ignacio Sabio… ¿Hay dinero en esta habitación?
- ¿Cómo dice?
- ¿Tiene caja fuerte?
- En el dormitorio. Ahora iba a vaciarla. ¿Le apetece verla?
- Me encantaría.
Ignacio se dirigió al dormitorio con Tomás pisándole los talones.
- Está dentro del armario –anunció Ignacio.
- ¿No tendrá una pistola ahí dentro?
- ¿La necesito?
- Supongo que no. A usted solo le pasan cosas buenas. ¿No es cierto?
- Vaya, me sorprende que insista. Pero si quiere se lo repetiré. Lo es. Solo atraigo cosas buenas a mi vida.
Tomás se sacó un cuchillo de una funda que llevaba en la parte trasera de su cinturón y le puso su afilada hoja a Ignacio en el cuello.
- Ahora va a abrir esa caja fuerte y me va a dar todo lo que haya dentro.
- Con mucho gusto.
- No puedo prometerle que le vayan a seguir pasando cosas buenas a partir de este momento.
- Eso no está en su mano.
- ¿No? –Tomás lo empujó contra la puerta del armario y estuvo a punto de cortarle en el cuello en el ínterin. –Supongo que el sufrimiento lo considera una cosa buena.
Ignacio no contestó nada. Se limitó a abrir la puerta del armario, introducir la clave en un teclado alfanumérico y tirar de la manija de la caja fuerte hasta que su contenido estuvo a la vista.
- ¿Cuánto hay?
- Tres millones de euros.
- ¿Tanto?
- Hoy me hacía falta llevar todo ese dinero encima. Seguramente me haya salvado la vida.
- No se haga el gracioso.
- ¿Llegó a tener tres millones de euros cuando le iba bien en la bolsa?
- Nunca llegué ni a uno.
- Pues eso que se lleva.
- Cómo si fuese a dejarme marchar con su dinero tan fácilmente.
- La alternativa es que me mate y eso no nos conviene a ninguno de los dos.
- No se saldrá con la suya –dijo Tomás.
- Eso generalmente me tocaría decirlo a mí.
- No se va a ir de rositas, no dejaré que se quede con la impresión de que dejar que le roben tres millones sea una cosa buena porque conservó la vida.
- ¿Y qué va a hacer? ¿Cortarme una oreja? –en cuanto lo dijo se dio cuenta de que el pánico se estaba apoderando de él, porque Ignacio jamás dejaba que esa clase de pensamientos nacieran de él.
- Algo peor.
Tomás le quitó el cuchillo del cuello y lanzó a Ignacio sobre la cama.
- Quítese los pantalones –ordenó.
- No son de su talla.
- Quítese… los… pantalones.
Ignacio obedeció, pero lo hizo muy despacio.
- Vamos. Deprisa. Ahora quítese también los calzoncillos.
Ignacio lo acató sin rechistar y dejó al descubierto un hermoso miembro en estado de letargo.
- ¿La tiene morcillona? ¿Le excita que le roben, lo amenacen y le obliguen a desnudarse?
- No me excita en absoluto. Es la adrenalina. Siempre se me pone dura cuando tengo miedo.
- Curioso… Ahora túmbese boca abajo y no se mueva, o le rebanaré el cuello sin ninguna compasión.
- Sería una pena. Acabaría con la buena reputación de este hotel.
En cuanto Ignacio se hubo tumbado, con su blanco culo al descubierto, Tomás dejó el cuchillo sobre la mesita y se sacó la polla, enorme y con una venas muy marcadas, a juego con el resto de su cuerpo. Los huevos eran desproporcionadamente enormes, y eso que la verga le medía una barbaridad.
- Apuesto a que jamás le han roto el culo.
- Si estuviera jugando en bolsa ahora, obtendría beneficios.
- ¿Está casado, Ignacio?
- Felizmente.
- Quizá le ponga un poco de saliva, lo justo para que no sangre. No quisiera asustar a su esposa cuando usted llegue a casa esta noche.
- Muy considerado por su parte.
Tomás se llenó el cipotón de saliva y le restregó un poco a Ignacio en el ojete de forma ruda pero efectiva.
- ¿Tiene miedo?
- Mucho.
- ¿Es, que lo violen, una cosa buena?
- En absoluto.
- Bien…
Y de golpe le clavó la verga hasta los topes, penetrándolo con una facilidad pasmosa.
- No está gritando de dolor.
- Pero me duele.
- ¿Y por qué no grita?
- Porque alertaría al servicio o a algún huésped del hotel, y si se ve atrapado y sin salida quizá pierda la cabeza y me mate.
- Es usted frío y calculador.
- Déme más fuerte, sé que puede hacerlo mejor.
Y Tomás empezó a taladrarle el agujero sin compasión, con unas arremetidas propias más de un gorila cabreado que de un ser humano.
- Podría gritar un poco. Muerda la almohada y grite.
Ignacio se hizo con la almohada y la mordió ferozmente… y se puso a gemir como una perra en celo.
- Eso no es gritar.
- Pues déme usted más fuerte.
Y Tomás lo atrajo hacia sí, lo obligó a ponerse a cuatro patas al borde de la cama, con la almohada todavía entre sus dientes, y empezó a meterle y a sacarle el vergajo a una velocidad de infarto y a la mayor profundidad de que era capaz. Sus enormes cojones rebotaban contra las cachas de Ignacio, y con el sudor que empezaba a emanar de los poros de Tomás, pronto el sonido de aquellos huevos colosales contra la blanca piel de Ignacio fueron como de chapoteo.
- Como traga el condenado.
- Un respeto, que está hablando de mi trasero.
- Creo que así no lo humillo demasiado.
- Siga probando cosas, en algún momento acertará.
Tomás se la sacó y lo obligó a tumbarse, esta vez boca arriba. Después se descalzó y se desvistió de cintura para abajo, se puso de pie sobre la cama, con un pie a cada lado de la cabeza de Ignacio, y se sentó sobre su nariz y su boca.
- Límpieme bien el culo.
- Ya lo trae limpio de su casa. Huele a melocotón.
- Es el único gel que puedo comprar, le recuerdo que estoy en la ruina.
- Ahora podrá perfumárselo con agua de rosas.
- Empiece a lamerme el culo o le rompo el cuello.
- Eso es más efectivo, sí.
E Ignacio empezó a lamerle el orto con entrega y dedicación.
Tomás puso los ojos en blanco.
- Joooooooooder. Qué gusto.
- ¿Es que nunca le han comido el agujerito?
- Jamás.
- Pues ya ve lo que se perdía.
Y empezó a aventurar la lengua dentro de aquel esfínter virgen y apetitoso.
- Uffff. ¿Qué me está haciendo?
- Estoy entrando, pero si me hace hablar pierdo la concentración.
- No noto que esté entrando. Solo noto unas cosquillas increíblemente placenteras.
- Esa es la idea. Y déjelo ya. No puedo lenguarle si me hace utilizarla para contestar sus sandeces.
- Tiene la polla durísima. –observó Tomás. - Creo que esto tampoco lo humilla demasiado.
- Es el miedo, es el miedo.
- Creo que mejor le follo la boca, a ver si cree que se asfixia y se asusta de verdad.
- Se me va a poner el doble de dura del terror.
Dicho y hecho. Tomás le puso un par de almohadones bajo la cabeza, le hizo torcer un poco el cuello para apuntar a la boca y le metió todo el rabo hasta la garganta, quedando sus magníficos cojones apoyados en la barbilla, uno para cada lado. Ignacio aguantó sin moverse un ápice mientras Tomás empujaba más y más adentro, esperando ver caer aunque fuera una lágrima. Pero aquel hombre no debía ser un ser humano porque parecía que aquello no lo afectaba lo más mínimo.
- Es como si me estuviera jodiendo un muñeco.
Esta vez Ignacio no replicó nada porque tenía la garganta llena de polla.
Cuando Tomás se convenció de que era imposible hacerlo sufrir así, empezó a follarle la boca con todas sus fuerzas. Ignacio aguantaba las embestidas salivando en proporciones épicas, pero sin dar muestras de fatiga y mucho menos, un principio de arcada.
- Dios, esta boca es mejor que ese culo –decía Tomás, completamente entregado a la follada bucal.- Así, así. Traga, cabrón. Traga. Traga, condenado. Hasta el fondo. Pero qué coño digo. Tú no tienes fondo. Tragaaaaaa.
E Ignacio tragaba polla, y disfrutaba enormemente cuando los cojones de Tomás le golpeaban el cuello.
- Oh, sí. Siiiiiiii. Me voy a correr.
Ignacio aprovechó para cogerse la polla, ya que tenía las manos libres, y empezar a hacerse una paja brutal para acabar al mismo tiempo que Tomás le llenara la garganta de leche cremosa.
- Oh, siii, te vas a enterar. Te vas a ahogar en mi leche. Voy a hacer que escupas esperma durante meses.
Ignacio se volvía loco oyendo esas necedades y apresuró su pajote. Tomás le follaba la boca cada vez con mayor energía y él engullía sin grandes problemas todo lo que el otro se afanaba en clavarle.
- Oh, ohhhh, ya, ya. Me voy a correr. Prepárate, cabrón, que me corro. Me corro. Me corrooooooo.
Y mientras el movimiento disminuía un poco los chorros de esperma salieron disparados uno tras otro, y con el vergajo del Tomás casi en la traquea, Ignacio no tuvo mucho problema en hacerlos pasar. Pero antes de terminar de escupir leche Tomás fue retirando su pollaza y entonces Ignacio tuvo la oportunidad de saborear el semen de aquel tiarro, al mismo tiempo que entre espasmos se corría abundantemente sobre su propia barriga.
Tomás le paseó la verga por toda la cara, esparciendo la leche, y acabando luego dándole golpecitos en los labios con una polla que empezaba a flaquear, mientras Ignacio se relamía extasiado.
- Joder. Menuda corrida te has pegado tú también –dijo Tomás, admirado al ver el pegajoso charco que inundaba el estómago y pecho de Ignacio.
- Cuando tengo mucho miedo, me corro abundantemente –dijo el otro.
- Ya…
Tomás se vistió deprisa, mientras Ignacio lo miraba relamiéndose aún su leche desde la cama, se guardó el cuchillo en el cinto y se sacó una bolsa del bolsillo de la gabardina, procediendo a llenarla de fajos de billetes de quinientos y doscientos euros.
Cuando cerró la bolsa Ignacio le preguntó:
- ¿No te lo llevas todo?
- Me llevo solo la mitad. Es bastante más de lo que perdí por culpa de tu libro.
Y sin cruzar una palabra más salió de su habitación y de su vida.
Ignacio se quedó un rato en la cama, disfrutando el momento, otro de los principios esenciales de su filosofía. Después se dio un largo baño en la bañera de hidromasaje, se puso una bata, abrió la nevera y sacó un batido de vainilla, que se sirvió en una copa de champán, y llamó a su esposa para decirle que la rueda de prensa había dado paso a una cena a la que estaba obligado a asistir y que lo más seguro es que dormiría en el hotel.
Vio un rato la televisión, se conectó a internet para leer las primeras críticas de su libro, y cuando le entró sueño hizo el ritual de arreglarse las uñas, lavarse los dientes, y sacar su lista de objetivos diarios del maletín.
Sólo quedaban tres objetivos sin tachar para ese día.
Dar una rueda de prensa perfecta que obligara a una infinidad de lectores a comprar su libro, aunque sólo fuera por curiosidad.
Ayudar económicamente a alguien que lo necesitara.
Y tener un encuentro sexual inesperado y muy caliente con un hombre.
Tachó los tres.
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El recital

El siguiente relato es de la casa
El recital
Primero me presentaré. Me llamo Román y soy profesor de Informática aplicada a la salvaguarda del ecosistema en un centro de Formación Profesional de Barcelona. Lo que hoy quiero relatar es, ni más ni menos, una gran metedura de pata que cometí hace año y medio y que cambió mi vida por completo y para siempre.
Hace algún tiempo leí una historia de Isaac Asimov en la que a una joven soprano se le concedía el deseo de tener, por una noche y por un solo recital, una ejecución perfecta de la voz. La joven, aquella noche, cantó como los ángeles, pero a partir de entonces su vida se desmoronó, porque ya había tocado el cielo y nunca más podría volver a alcanzar semejante perfección. Poco tiempo después acababa renunciando a su pasión. Su mayor deseo, una vez cumplido, se había vuelto en su contra. Sin embargo, no fue la única perjudicada. Todas las personas que acudieron a la ópera aquella noche pudieron escuchar por primera y única vez en sus vidas el sonido perfecto, la sublimación, y a partir de entonces fueron incapaces de disfrutar de la ópera, de la música en general o de, oh cielos, una agradable conversación. Todo era ruido en comparación.
Bien. Más o menos así me siento yo a día de hoy, por culpa de lo que paso a relatarles a continuación.
El año pasado se dio una coincidencia que nunca había ocurrido en mi centro. En Marzo salieron los cursos para adultos (los nuestros se ofrecen sólo a los parados); el que yo imparto tiene muy poca demanda y suelo contar con entre diez y quince alumnos de ambos sexos, con edades generalmente comprendidas entre los 18 y los 30 años. Se conceden las plazas a los primeros interesados, porque suelen ser los únicos interesados. Pero, por primera vez en los diez años que llevaba impartiendo el curso, tuvimos cerca de setenta demandantes. Sólo pude dar el sí a veinticinco, y como llevábamos retraso y no me daba tiempo a entrevistar a los setenta acepté a los 25 primeros en rellenar la solicitud. Y de nuevo la providencia: por primera vez en diez años, todos mis alumnos eran hombres. Quizá un profesor normal y corriente no se hubiera fijado en el detalle, pero a éste que les habla le pirran las pollas gordas y el día que entraron los veinticinco maromos en clase se me hizo la boca agua. Además, soy muy sexual, siempre ando excitado y necesito masturbarme un mínimo de tres veces diarias, por lo que estar rodeado de tanto macho me hacía estar todo el día más salido que el pico de una plancha.
Durante las primeras clases fui haciéndome una clasificación mental del ganado, quién podía ser gay, quién bisex, quién me ponía más cachondo, quién tenía el mejor paquete, el más guapo, el más sexy, el más joven, el más maduro, el seductor, el bruto, y así hasta el infinito. Mi fantasía era que un alumno me follara sobre mi mesa. Eso solía ocurrir una vez cada año, a final de curso, y seguía excitándome igual que la primera vez, aunque ocurriera siempre casi exactamente como el año anterior.
Llega un momento en cada curso, antes del examen, en que les pido a mis alumnos el correo electrónico para poder mandarles las notas en cuanto lo corrijo. En ese momento ya tengo clasificado todo el ganado y sé de qué pie cojea cada cual. Y en esta ocasión, como en las anteriores, ya había decidido qué alumno me follaría sobre la mesa. La ecuación este año era más fácil de realizar porque había más alumnos, y todos hombres. Yo le había echado el ojo a Pedro, un chico de 22 añetes, alto, guapete, musculoso sin pasarse y homosexual (lo sabía por las miradas que me echaba de reojo, porque siempre giraba la cabeza para observarme el paquetón cuando me paseaba entre los ordenadores y porque mi vecino de abajo, una locaza con quien ceno de vez en cuando, lo había visto en una discoteca de ambiente liándose con cuatro tíos a la vez un viernes por la noche).
Esta vez, como en años anteriores, le escribí a mi presa folladora un e-mail caliente. Venía a ser algo así:
“He notado cómo me miras el paquete. Si quieres puedo dejar que juegues con mi polla de 21 centímetros, tan gorda que no te cabrá en la boca, y con mis cojones sudados, si a cambio me empalas luego encima de la mesa. Ven esta noche a las ocho.
Tu profesor.”
A las siete de la tarde mis compañeros se van a casa, y yo me quedo con la excusa de corregir los exámenes, aunque en realidad desde hace cuatro años se corrigen solos.
Durante esa hora me dediqué a poner condones en sitios estratégicos, por si el mozo resultaba tener iniciativa y decidía follarme encima de un pupitre o contra la pizarra, y botes de crema lubrificante, por si le había medido mal el vergajo con mi ojo de buen cubero y resultaba tener un diez de bastos monstruoso. Después me hice una paja excitadísimo de anticipación, pero sin llegar a correrme.
A las siete y cincuenta y tres minutos llamaron a la puerta.
- Pasa –dije, poniéndome de pie con la polla en la mano para recibirle como se merecía.
La puerta se abrió y tuve que dar un salto para volver a ocultarme tras mi mesa. No era Pedro, sino Jaime, un chico bajito, callado y hetero que se solía sentar en la última fila y en el que me había fijado bastante poco.
- Los exámenes aún no están corregidos –le dije, tratando de parecer natural.
- No vengo por los exámenes –contestó, bajándose los pantalones y sacando un hermoso y grueso miembro totalmente empalmado acompañado de unas bolas medianas y muy peludas.
Comprendí en ese preciso instante que había confundido la dirección de correo electrónico de Pedro con la de aquel chico, pero me abstuve de decir nada. Aquello era una sorpresa pero no hacía peligrar mi fantasía, sino todo lo contrario. Un chico, a todas luces heterosexual, había decidido aceptar la invitación de follarse a su profe de informática sobre la mesa. Sin mediar más palabras me acerqué a aquel mástil, que desprendía un olor fuerte que me excitó sobremanera, y lo cogí con la mano derecha. Tenía el mismo grosor que el mío pero no era tan largo. Aún así el muchacho estaba bien servido, y sentí unas cosquillas “anticipotorias” en el ano. Jaime me metió las manos bajo el jersey y la camiseta, y me buscó las tetillas, empezando a ponérmelas duras con unos dedos que resultaron ser más expertos de lo que yo esperaba. Aquello me puso la polla a mil y empecé a pegarle golpes a su verga con la mía como si estuviéramos practicando esgrima.
La puerta se había quedado entreabierta y de pronto una cabeza asomó por ella.
- ¿Se puede? –era Agustín, otro alumno, de treinta y seis años, moreno, muy ancho de espaldas y con los ojos de un verde imposible. –Vaya, así que vamos a ser tres.
Vino hasta nosotros, me bajó los pantalones hasta los tobillos y directamente se llenó los dedos de saliva y me los restregó por la raja del culo. Yo no entendía qué había pasado. ¿Le habría dado a reenviar sin querer? ¿Acaso había mandado el mail a toda la clase? En realidad las dudas me duraron poco porque entre lo que me hacía Agustín en el culo y lo que me hacía Jaime con las tetillas mi cerebro se fue de paseo.
Agustín tardó menos de un minuto en quedarse completamente desnudo. Pegó su nada despreciable empuñadura a las nuestras y se unió a la clase de esgrima mientras se llenaba la otra mano de saliva y también empezaba a trabajarle el culo a Jaime, que me había quitado el jersey y la camisa y me chupeteaba los pezones a placer. Yo con una mano acariciaba el compacto pecho de Jaime (el bajito) y con la otra les sobaba los cojones a los dos.
La puerta entornada se abrió de nuevo y entraron otros dos alumnos, aunque ninguno de ellos Pedro, y agradablemente sorprendidos no tardaron en participar de la orgía que nos estábamos montando. Las sillas empezaron a llenarse de chaquetas, las mesas de camisas y pantalones y los monitores de los ordenadores de calzoncillos, como si mis chicos estuvieran poniendo una bandera en terreno conquistado. Cinco minutos más tarde ya éramos diez, aunque Pedro seguía sin aparecer.
Mateo me levantó como si no pesara nada, Joan quitó todos los trastos de mi mesa de una barrida con el brazo, Jaime encontró condones y empezó a repartir, Agustín esperó a que Mateo me dejara boca arriba sobre mi mesa para acabar de quitarme toda la ropa. Antonio se había liado a comerle la boca a Ángel, y Carlos, un alumno uruguayo, se pajeaba cerca de mi cara mientras observaba atentamente qué me iban haciendo. Y había otros dos que quedaban fuera de mi campo visual y por la puerta seguía entrando gente. Pero ninguno era Pedro.
Que le den a Pedro –pensé, mientras seis manos me abrían el culo a la vez y los dedos de alguien me llenaban el ano de crema.
Alguien, no sé quien, empezó a organizar turnos para follarse la boca del profesor, de tal modo que cuando uno se cansaba de meterme polla hasta la garganta se iba a mi trasero y me enculaba salvajemente, y otro ocupaba por delante su lugar, mientras los demás esperaban su turno masturbándose entre sí o haciendo corrillos de mamadas. Pero sin lugar a dudas yo era el centro de atención. Llegó un momento en que tenía tantas manos encima que si hubieran sacado una foto desde arriba yo no hubiera salido en ella.
Alguien muy bien armado me estacó con todas sus fuerzas, me llenó el ojete de carne dura y empezó un metisaca brutal. Pensé que era mi momento. Estaba en plena fantasía, pero no estaba siendo follado por uno, sino por quince. Aquello era insuperable. Me dejé ir y me corrí abundantemente pero nadie se dio cuenta y siguieron llenando mis manos de vergas deseando que las masturbara, mi boca recibiendo pollazos de dos en dos y mi culo que parecía que me lo atravesaban por orden del tamaño de sus miembros, ya que sentía que cada nueva polla me lo abría un poco más y me llegaba más profundo.
Una boca consiguió colarse hasta mi verga y me empezó a hacer una fabulosa mamada. No tardé en correrme por segunda vez y tampoco ésta perdí la erección. Entonces los demás también empezaron a correrse, y fue como una bola de nieve rodando por una ladera. En cuanto uno eyaculó en mi boca y los demás vieron como me caía un reguero de semen por la comisura de los labios, los demás aceleraron sus pajotes, sus mamadas y sus embestidas y de repente todo el mundo se corría en mi cara y en mi culo, en mi pecho, en mis manos, en mi frente y en mi pelo, y cuando el último se corría, el primero ya me estaba dando otra vez por el culo, y los demás tomando posiciones. El semen se me escurría por todos lados y por la puerta aún seguía entrando gente.
Pedro fue el único que no apareció aquella noche (menuda vista la mía) y desde entonces ya no he vuelto a sentir lo que sentí aquel día, el día en que di el mejor recital de mi vida.
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Only You

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Autor del relato: José
Cuando puedo usar el subterráneo, lo prefiero al auto, tiene un atractivo adicional. En las horas de mayor afluencia si uno se coloca bien, siempre se viaja con un paquete incrustado en el culo. Si se tiene la habilidad suficiente con las manos se puede llegar a poseer un armamento durante minutos y si uno mira a los ojos de los propietarios las caras de boludo que ponen son incomparables. Es mejor que un “glory hole!!!”.
Sábado a la noche. ¿Qué atractivo puede tener un vagón en el que se pueden encontrar asientos vacíos y espacio de sobra?
En la línea que yo viajo se encuentran varios clubes, a la hora que yo salgo 9 a 9.30 pm, los días sábados se llena de poderosos ejemplares que regresan a sus casas luego de una intensa tarde de deportes. Para mí es tan bueno como un galería de fotos.
Ese sábado subí y me senté. Delante mío, dos metros de humanidad, estaban sentados indolentemente, en jogging azul con cierre subido hasta la garganta, dos metros abría sus piernas, un bolso con raquetas descansaba en el piso .La primera ojeada era prometedora la tela del jogging se aplastaba al cuerpo y mostraba sugerentes contornos , duros largos y elásticos. Subí la vista, manos de gruesos dedos suavemente velludas descansaban lánguidamente, torso ceñido por la campera permitía suponer una fuerza en expansión . Recién salido de la ducha algunos pelos húmedos se pegaban a su cabeza y su nuca. Piel dorada del sol, cabellos castaños bronce eran el fondo de una prolija y recortada barba imitando el descuido, pero a la moda. Nariz regular, cara angulosa y traviesos ojos marrones completaban el conjunto. Dos metros apoyaba su cabeza en la pared del coche y se estiraba cuan largo era.
El ring tone de un celular, estilo trompeta sonó, dos metros lo miró, sonrió y atendió. A través del traqueteo escuché.
-Hey, amor, te esperaba, voy a casa ¿nos vemos? -
Afortunada la mina que estaba del otro lado, pensé. Dos metros parecía muy solicito. Observe, su mano derecha jugaba con el cierre de su jogging descubriendo un armonioso cuello que acarició mientras seguía hablando.
-Oye dulce ¿Qué extrañas de mí?-
Yo extrañaría , las caricias de tus manos conteste mentalmente. Dos metros seguía jugando con su cierre, mientras lo subía y bajaba , logre adivinar el comienzo de su pecho , el vello que lo cubría y la fuerza de sus músculos. Suspiré mientras oía.
-Ya sabes lo que me gusta hacerte ¿Qué me harías tú a mí?-
Desnudarte ya mismo, mi imaginación corría rápido. El cierre del jogging seguía bajando. Lo que había adivinado estaba a la vista pero no a la mano, por la mitad del pecho de dos metros comprobé que no tenia nada abajo, solo un revoltijo de músculos y pelo se ofrecían generosamente y no para mi sino para ella.
-¿Así que harías eso, como?
Violentamente, agregue. Dos metros siguió bajando el cierre, el dibujo que realizaba su pelambre comenzaba a achicarse en la medida que llegaba a su cintura. Dos metros introdujo su mano en dirección a sus ocultas tetillas ¡quien pudiera ser mano! Pensé.
-¿Seria algo suave o brusco?-inquirio. –Suave... ¿que tan suave?
Su mano subía y acariciaba delicadamente sus tetillas.
Levantó la mirada, yo lo evite no podía competir con la voz que suponía del otro lado. Volvió a bajar sus ojos y pude seguir observando.
Dos metros ya no simulaba, para mi placer y mi fastidio, se acariciaba todo el cuerpo, mire entre sus piernas abiertas como la tela se levantaba y temblaba, sentí que entre las mías sucedía lo mismo. Un suspiro casi un gemido, salio de mi boca. Al levantar los ojos me di cuenta que en la próxima estación debía bajarme. Me incorporé, dos metros me siguió con la mirada cuando nuestros ojos se encontraron me hizo un guiño cómplice, me sentí incomodo ¿estaría alardeando?, me sonrió, contesté mecánicamente, miré sus pantalones que seguían igual. Me bajé.
Esa noche dos amigos que celebraban su primer año de convivencia nos habían invitado a Pablo y a mí al teatro y a cenar, es decir fue Pablo quien organizó todo y realmente el tema no dejaba de preocuparme. Quiero mucho a Pablo pero sé que el busca provocar situaciones que no me interesan .Es un cercano amigo por quien siento mucho respeto, inteligente, buen conversador, pero nada sexual me une a él, salvo el recuerdo de tontas caricias sobre nuestros pantalones que terminaron en débiles erecciones. Sin embargo era persistente y la noche se prestaba a que lo fuera.
Luego del teatro y de la cena, me levanté con la intención de volver a mi casa, Pablo me retuvo de la mano y propuso ir a bailar a un boliche. Mis amigos aceptaron con entusiasmo. Mire disimuladamente el reloj, el show de travestis debía estar terminando, la opción era clara bailar o bailar .Pablo me sonrío yo levanté el dedo como advertencia y sin decir nada enfilamos hacia el auto de la pareja.
Al llegar bajamos las escaleras la voz de Gloria Gaynor nos recibió:
As long as i know how to love
I know I will stay alive
I've got all my life to live
I've got all my love to give
and I'll survive
I will survive
Desde la cabina Guido el DJ me reconoció y al estilo romano me saludo con el pulgar derecho para arriba, agite mi mano. Nos sentamos y cuando nuestros amigos salieron a bailar, Pablo me propuso lo mismo ,esa noche Guido estaba ochentoso y cuando nos vio bailar lo incrementó , yo me empecé a mover al compás de la música pero vigilando a mi amigo y sus manos. Luego de un rato varias parejas abrazadas nos rodearon , yo seguía bailando suelto, de repente sentí una mano en mi espalda, me dí vuelta unos ojos marrones traviesos me escrutaban era dos metros, pantalón negro, remera negra escote en V ajustada,
-Hola ¿me reconoces? Nos vimos en el subte.-
Guiño pícaramente mientras despegaba de su pecho a un bellísimo baby face rubio dorado. Ella del subterráneo, era él, del boliche, respondí aparentando despreocupación,
-Si, me acuerdo ¿estabas hablando por el celular?
-Con él-respondió acariciando a baby face.
Tratando de ocultar mi sorpresa mire a Pablo, conozco su gustos más secretos, el rubio debía ser una fiesta para él y su cara lo demostraba, baby era el más alto impacto que podía recibir. Empezamos a conversar trivialidades, mi amigo ya al comando de la situación, sugirió.
-¿Tomamos algo?-
Ante la respuesta afirmativa, miró a baby face y atacó.
-¿Me acompañas?-
Baby face muy divertido se despego de dos metros y lo siguió. Quedamos solos en la pista.
-¿Cómo te llamas?-
-Máximo ¿y tú?- Mientras le respondía, me divirtió lo adecuado de su nombre .Guido que había seguido todo el operativo desde la cabina cambio la música. Al escuchar el comienzo, supuse que o estaba loco de nostalgia o se estaba burlando de mi “Only You“ de los Plateros comenzó a sonar:
ONLY YOU CAN MAKE THIS WORLD SEEM RIGHT
ONLY YOU CAN MAKE THE DARKNESS BRIGHT.
-¿Quieres bailar?- Se apresuró Máximo. Asentí y lo deje hacer, no estaba muy seguro. Colocó sus manos en mi cintura, yo le rodeé su cuello con mis brazos, desde la cabina Diego levantó su pulgar derecho. No me pareció tan grandote:
-¿Cuanto mides?-Susurré.
-20 por 4 o 5 según- Susurró a su vez.
Me atraganté, me separé de él y añadí
-No ¿de estatura?- -Esta vez se atragantó él.
-1.85, Pero yo me refería a….-
-Sí, ya lo sé, te calculé en el subte. -Respondí mientras reclinaba mi cabeza en su hombro y el bajaba la suya y la pegaba a mi mejilla.
ONLY YOU AND YOU ALONE
CAN THRILL ME LIKE YOU DO
AND FILL MY HEART WITH LOVE FOR ONLY YOU.
-Tu amigo quiere robarme el novio- Murmuró.
-¿Tiéne posibilidades? - Respondí.
--No lo creo ¿te importa?-
-Es solo un amigo -agregué. Sus brazos me ciñeron más la cintura, su cuerpo se unió al mío, apoyó contra mi abdomen sus duros 20, mientras con sus labios recorrían la línea de mi cuello. Me deje ceñir mas aun por sus brazos mientras una elástica y hábil pierna acariciaba mi excitada bragueta , en minutos la situación tenía un vuelco insospechado. La música me aturdía pero sonaba lejana.
ONLY YOU CAN MAKE THIS CHANGE IN ME,
FOR IT´S TRUE, YOU ARE MY DESTINY.
WHEN YOU HOLD MY HAND,
I UNDERSTAND THE MAGIC THAT YOU DO
Era magia indudablemente. Máximo pegó su boca a mí oído y urgido:
-¿Vamos al baño?
-No -respondí mientras alzaba mi cabeza y miraba a un Guido sonriente y su cabina. Me separe de Máximo, le tome la mano y lo llevé hacia la música.
-¿Qué quieren? – Nos recibió.
-La cabina- respondí.
-Están locos -Contestó mientras apagaba las luces – No rompan nada –Agregó -Me comprometen -chilló.
-Tú eres inocente, pobre – le contesté.
Guido puso en automático el equipo y afirmó.
-Sean rápidos. -No respondimos. Cerró la puerta y se encaminó al bar. Alcancé a divisar a Pablo y a baby face, se estaban besando. Distinguí el ritmo del rap Miker G & Dee Jay Sven:
We took a holiday with all our friends.
It was a time to relax and let your worries behind
Exactly seven weeks or something crossed my mind.
It was the shine of the time we never forget
One morning our parents kicked us out of our beds.
We told them it was stupid
don't play the fool
But the answer was short: you gotta go to school!
Maximo se sacó la remera, bajó sus pantalones, yo me saqué la camisa y solté mi cinturón. La violencia que había supuesto en el subterráneo nos envolvió en el abrazo desesperado que nos dimos, me mordió, lo mordí, se quejó, me quejé, apoyó su pija desnuda en mi abdomen desnudo, coloqué la mía entre sus piernas y el compás de nuestro rap hizo el resto. Gimiendo y besándonos a la débil luz del equipo obedecimos por calentura las ordenes de Guido, acabamos al unísono, él mojándome en abundancia mi abdomen, yo colocando mi leche entre sus fuertes piernas. Exhaustos nos quedamos abrazados.
-¿Que hacemos? -Preguntó Maximo.
-Por esa escalera hay un baño – Respondí, adivinando lo que me preguntaba.
Nos limpiamos y volvimos a las mesas, Pablo y baby face nos estaban buscando, no parecían muy felices.
-¿Vamos?- Dijeron al unísono. Máximo me miró rápidamente, yo asentí.
-Si, es tarde-
Salimos a la calle nuestros amigos se habían ido, en silencio esperamos un taxi. Comenzó a llover, Buenos Aires de madrugada y con lluvia es un desafío para mí, decidí caminar, Pablo se acercó:
-¿Puedo ir a tu casa? –
-Si pero quiero caminar primero y si vienes a dormir será como dos bebés.-
-Mejor me voy a casa – respondió y volvió a la parada de taxis.
Levanté el cuello de mi anorak, empecé a caminar. La lluvia mojó mi cara. La ciudad despertaba. Un taxi paso a mi lado, Maximo y baby face me saludaron riéndose, dos metros me miró y le tiré un beso. Me acordé de Guido el DJ, desde el fondo de los tiempos recordé una canción:
Ciao ciao bambino
un bacio ancora e poi per sempre
ti perderò
come una fiaba l'amore passa
c'èra una volta poi non c'è più
cos'è che trema sul tuo visino
è pioggia o pianto
dimmi cos'è
vorrei trovare parole nuove
ma piove piove sul nostro amor.
José
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Relatos participantes en el Primer Concurso de Relatos Eróticos Gay y sus autores:
Mañana sabréis quién de ellos se lleva el iPod Shuffle. Como suele decirse, se lo merecen todos, pero sólo uno puede ser el ganador.
In the navy

IN THE NAVY
Autor: coconut
Blog: CANDENTE!
Los marineros del Comando General de la Armada tienen unos de los más cachondeantes uniformes del mundo, particularmente en verano cuando utilizan el blanco, con pantalón, remera y gorro haciendo juego, los amo!!!
Hace años, antes de que el barrio “Ciudad Vieja” (Mvd – uy) se pusiera de moda y el “Mercado del Puerto” explotara de popularidad, La Rambla del Puerto no estaba tan iluminada y la playa de contenedores no era tan grande; en esa época la parte que hoy está llena de contenedores estaba vacía y a la izquierda del Comando General de la Armada había un puesto de vigilancia con marineros cuidando la entrada y la salida de esa parte del puerto; como todo trabajo de vigilancia debería tener noches de total aburrimiento, juego de cartas, llamadas a los 0900 y muchas horas de mirar pasar los autos y camiones por la rambla. A mí siempre me fascinaron los uniformados, me parecen tan cachondos, viriles y representan el ideal de hombre que me gusta… Esa noche de octubre estaba aburrido, harto de más de lo mismo y bastante excitado por los primeros calores que anticipaban un verano incandescente! Sin pensarlo dos veces salí a la calle a buscar acción, algún macho alzado con ganas de ponerla en el primer agujero que se le cruce, pero no encontré ninguno y los que estaban en la calle no eran de mi tipo; continué caminando hasta percatarme que estaba cerca del puerto y sentí el llamado de la osadía, del placer ferviente y el deseo, una de mis más requeridas fantasías y fue así que me dispuse a encarar a algún marinero del puerto con esos uniformes blancos inmaculados!
Al llegar al puerto me enfrenté a las puertas de entrada, llenas de marineros vigilando la entrada, la discreción debía ser mi aliada para conquistar ese tesoro, por lo que decidí caminar cerca del muro y esperar que algún marinero aburrido de estar en su puesto de vigilancia salga a caminar por el muro, a fumar un cigarrillo o simplemente a sacarse el aburrimiento de alguna forma.
La noche recién comenzaba, faltaban horas para el amanecer y yo estaba dispuesto conseguir mi cometido, solo aceptaría un SI como respuesta y agotaría todos mis recursos a la hora de conseguirlo… Luego de una hora salió uno y pensé: ¿¡¡¡que hago para que me dé bola!!!? – lo saludé a la distancia y me correspondió el saludo – no son inaccesibles – pensé (gracioso pero cierto) y un torrente de adrenalina me dio las fuerzas para continuar el encare, pero no tuve éxito; a los pocos minutos entró a su puesto de vigilancia y no salió más.
No van a poder conmigo!!! susurré a la nada y emprendí la marcha hacia la entrada principal del Comando; pasé frente al arco enorme y suculento, lleno de poder y virilidad donde muchos entran pero pocos salen… (ja ja ja)
Al costado hay otra entrada mas discreta y poco vigilada, unos metros más adelante se encontraba un puesto de vigilancia para nada precario, hasta lindo inclusive… en la puerta dos marineros sentados mirándome sin habla, “¿qué hace este civil a estas horas solo por acá?” es lo mínimo que pensarían… yo ya estaba harto de esperar y ese era mi combustible para el encare y los saludé con la mano, ellos saludaron, seguramente estarían más aburridos que yo y me acerqué a hablarles, al cabo de unos minutos nuestras miradas lo decían todo, SEXO! ardiente, apasionado, salvaje, bestial… “aburrida la noche…” se animó a decir uno, esa fue la señal, lo que estaba esperando para encarar, mis próximas palabras definirían todo, serían decisivas y tenían que si o si terminar en un garche!
yo.- “habrá que hacer algo para matar el aburrimiento”
marinero #1.- “…”
marinero #2.- “y… sí, la noche es larga…”
yo.- “demasiado y aburrida”
marinero #1.- “habrá que hacer algo, tengo un afrecho de semanas”
yo.- “eso tiene solución”
marinero #2.- “¿no querés pasar y atender al compañero?, está necesitado…”
yo.- “yo lo que necesito es chupar una buena pija”
marinero #1 y #2.- “ja ja ja”
marinero #2.- “invítalo a pasar, no seas mal educado con el muchacho”
marinero #1.- “ja ja ja… ¿querés pasar?
yo.- “¡por supuesto!”
marinero #2.- “deja algo para mí…”
marinero #1.- “ja ja ja”
Entramos, el lugar estaba súper limpio y prolijo; estaba en la marina, otra cosa no podía esperar.
Nos dirigimos al baño y sin hablar él se bajó el pantalón blanco y me miró sonriendo de costado y yo me arrodillé a entretener a quienes vigilan nuestras aguas y alejan los malhechores de las playas.
Él media un metro setenta y siete, casi de mi altura… pelirrojo con pecas, de pelo corto – obviamente – rasurado a la perfección, con las uñas perfectas, de dedos grandes y robustos, brazos marcados por el trabajo en la sala de máquinas de la fragata y espalda ancha. Completaban al Set un par de ojos grises, una boca carnosa y roja, cuerpo lampiño y una verga y un orto celestiales…

El piso de baldosas blancas estaba fresco, olía a brisas del mar salpicado con estrellas marinas y su pija sabía a delicias del bosque con frutas de la huerta.
Dura y rozagante, erecta y firme esperaba que mis labios la besaran y mi lengua la humedeciera, me la metí de a poco en la boca mirando como gemía de placer, es que ese macho no había sentido esta sensación en meses y estallaba de calentura; cuando sus huevos chocaron con mi mentón él no pudo frenar un temblor de placer que le contrajo todos los músculos y exclamó casi sin aire “¡fua que chupada!”
Enseguida se incorporó lleno de virilidad, me puso una mano en la nuca y con suavidad me ayudaba moviéndome la cabeza, marcándome el camino y sugiriendo qué hacer y cómo hacerlo…
marinero #1.- “eso, así… mete lengua, mete lengua”
marinero #1.- “que divino, cuanto hacía que no me hacían una mema”
marinero #1.- “vamos, chúpala toda, sin lástima, hasta el fondo dale”
marinero #1.- “así, así con ganas, dale, chócate con las bolas, dale”
marinero #1.- “ah… mmmmhhhh… como me gusta, ah…”
marinero #1.- “¿quien te enseñó a chupar tan bien? hay que darle una medalla”
marinero #1.- “cómo trabaja esa boquita”
marinero #1.- “chupe chupe chupe, así así así, vamos toda adentro, sin lástima”
marinero #1.- “eeeeeso, me gusta cuando me obedecen, eh putito! te guuuusta!”
Y así durante una hora le chupé la pija sin parar, los labios los tenia hinchados de tanta matraca!
Pero no iba a parar, ver y sentir como gozaba ese macho no tenía precio, para todo lo demás existe master card…!
marinero #1.- “¿a ver ese, como está ese culito?” – Plaf! (palmada)
marinero #1.- “aaaahhh, esta alcancía pide monedas a gritos, eh!”
marinero #1.- “¿entregas el culo?”
yo.- “si machote, te entrego todo lo que quieras”
(ja ja ja)
marinero #1.- “ah, hijo de puta te gusta la joda, eh!”
marinero #1.- “ponete en 4 que vas a ver lo que es estar con un marino”
marinero #1.- “mostrame la colita, así… trala para atrás mamita, seeee así, que divino”
marinero #1.- plaf! (palmada)
marinero #1.- “a ver, te gusta esto?”
y me apoya la cabeza de la pija en una nalga y me pega palmadas con ella
plaf plaf plaf, me sonaban las nalgas cada vez que chocaba esa terrible verga en mi cola.
marinero #1.- “bueeeno, vamo a poneeerla…”
Se puso un forro, se escupió la mano y lubricó la verga y con las dos manos me abrió las nalgas y me escupió en la puerta del ojete… no hay nada mejor que esa sensación; sentir cuando se estrella la saliva de un macho en tu ojete es un tsunami de placer!
Sin soltarme las nalgas y moviendo la cadera me colocó la cabeza de la pija en la puerta del ojete y me exclamó “¡que polvaso me voy a pegar!”
y comenzó a puntear de a poco pero firme, como diciendo “¡acá mando yo!” y me fue entrando de a poco con cada punteo un poco más adentro, cuando estuvo un poco más de la mitad adentro paró, me soltó las nalgas, me pegó una palmada y me agarró de la cintura y la metió sin vacilar hasta el fondo
yo.- “aaahhhh, hijo de puta me partiste el orto!”
marinero #1.- “¡no jodas que te gusta puto!”
marinero #1.- “¡buscaste, ahora aguanta!”
La cojida tomó un aire de tormenta! con las manos me agarró firme de la cintura y se afirmó y comenzó a bombear cada vez más fuerte; el placer comenzó a mezclarse con dolor y el morbo se apoderó de la situación, cada tanto disminuía las embestidas como buscando mi aprobación y al ver que no lo frenaba retomaba con más fuerza la cojida… El macho estaba pegándome una de las mejores cojidas y estábamos gozando como nunca.
marinero #1.- “¿¡putaso donde queres la lechita!?
marinero #1.- “¿¡en la boquita, hijo de puta!?”
marinero #1.- “¿¡te gusta en la trucha, eh…!? – PLAF!!! (palmada)
marinero #1.- “¡cómo te gusta puto, como te gusta mmmhhhh! – aaahhhhhh!”
Luego de un rato, me sacó la pija del culo, se sacó el forro y comenzó a pajearse y me acabó en la cara
marinero #1.- “¡aaaaaaahhhhh!!!!!!!”
marinero #1.- “¡mmh-h-h-h-hhhhh!!!!!!!!”
marinero #1.- “¡uuujjjjhhhhmhhhhh!!!!!!!!!”
marinero #1.- “¡que polvo, la puta madre!”
Y así sin más palabras nos lavamos, nos despedimos y me fui, dejando contento y bien atendido a un marinero de nuestro Comando General de la Armada.-
coconut
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Tenía que pasar
El siguiente relato es de la casa.
Caminaba hacia la casa de la colina, aquel caserón enorme y en sus tiempos destartalado que había sido testigo de mis primeros romances y algún que otro escarceo sexual. Ahora lo habían reformado y ya no se podía entrar como antes ni recorrer sus habitaciones sin puertas, pasear por sus suelos decorados con colchones raídos ni leer las pintadas de las paredes que hombres desconocidos iban dejando cada verano. Ahora volvía a ser un hogar para alguien. Ya no era un picadero. Y en cierta forma había perdido parte de su encanto.
Me gustaba pasear por allí de vez en cuando, y admirar los acantilados, como cuando era niño y lo hacía acompañado. Me gustaba hacer todo el sendero, desde la cala hasta las ruinas romanas, que ahora también estaban valladas y habían perdido todavía más encanto que el caserón. Me parecía un atentado contra mi adultez. De crío había sido mucho más libre, preguntándome como habría sido vivir en esas construcciones de las que solo quedaba un dibujo de la estructura de cuarenta centímetros de piedra en el suelo y alguna columna partida por el medio. Lo verdaderamente mágico era pensar en ello mientras pisabas el mismo suelo que habían pisado ellos, no observar los caminitos de piedra desde la barrera, negándote la posibilidad de reivindicar que tú sí eres respetuoso con las ruinas y metiéndote sistemáticamente en el saco de los indeseables.
Casi en el lugar donde acababan las ruinas, lo ví. Estaba sentado sobre una roca y contemplaba el pasado con la mirada perdida en el vacío. Debía tener mi edad. Era guapo pero parecía no saberlo, y estaba triste.
Y estaba al otro lado de la valla.
- Hola -saludé.
Tardó un poco en mirarme, como si le hubiera costado volver al presente.
- Hola -dijo. Y mantuvo entonces su mirada sobre mí, quizá demasiado tiempo, analizándome, considerándome o vete tú a saber qué.
Después se puso de pie y se disculpó por haber pisado las ruinas.
- No, no soy del ayuntamiento -aclaré. - ¿Cómo has entrado? ¿Saltando?
- Hay un túnel.
- ¿En serio?
- Detrás de esos arbustos.
Miré y, efectivamente, entre las zarzas había una escalera que se adentraba hacia el subsuelo. Me recordó vagamente a algo que había visto en Perdidos.
- ¿Es seguro? -le pregunté al chico de mirada triste.
- Tiene muy bajo el techo pero no se te caerá encima.
Bajé entonces por aquellas escaleras escavadas en la roca, caminé a tientas en la casi total oscuridad de aquel túnel estrecho, y salí a la luz, al otro lado, con ayuda del desconocido, que tenía unas manos fuertes pero la piel muy suave.
- Bueno, ya estoy aquí –dije, algo incómodo.
Nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué decir, hasta que el chico me tendió la mano.
- Fulgen –dijo, presentándose al más puro estilo de serie americana. – Fulgen Ramis.
- Pep Font –dije yo, contento de volver a tocar su mano. - ¿Vienes mucho por aquí?
- Hacía tiempo que no venía. ¿Tú?
- Una vez cada dos meses, aproximadamente. Este lugar me tira.
- A mí también.
- De niño solía pasarme aquí todas las tardes.
La cara de Fulgen se iluminó al oírme decir eso.
- ¿Cuántos años tienes?
- Veintinueve.
- Yo treinta. Y también venía de crío. Igual nos vimos por aquí.
Pensé que si hubiera visto antes a Fulgen me acordaría de él.
- ¿Subiste alguna vez a la casa de la colina? –le pregunté.
- ¿Bromeas? Me pasaba allí la mayor parte del tiempo –dijo, volviendo a sentarse en la roca.
Me senté a su lado.
- A mí también me gustaba. Una vez hasta me quedé a dormir allí con unos amigos.
- Yo venía con mi hermana y nos inventábamos historias truculentas sobre el pasado de la casa, hacíamos la ouija y… bueno, a veces traíamos a todos nuestros amigos y simplemente, jugábamos al escondite.
- Qué raro que no nos cruzáramos –dije. - ¿Eres de la isla?
- Can Picafort. ¿Tú?
- Pollença. ¿Sabes quien vive ahora en la casa?
- Ni idea. Pero la han dejado preciosa.
- Me pregunto si talaron el roble del jardín de atrás.
- Joder. Recuerdo perfectamente ese roble. Yo escribí mi nombre en él.
- Empieza a sonar a cachondeo, pero yo también escribí mi nombre en el tronco del roble.
- ¿Sabes? Podríamos presentarnos en la casa, llamar a la puerta y decir que queremos ver el roble. Que es parte de nuestro pasado común.
- Lo más seguro es que nos manden a la mierda. Hagámoslo.
De camino al caserón estuvimos hablando un poco de nuestras vidas. Fulgen estaba soltero y sin compromiso, y después de hablarme un rato de cuando tuvo “pareja” (sin referirse a su sexo) llegué a la conclusión de que él también entendía. Yo le conté que hasta hacía una semana tenía novio pero nos habíamos peleado y ahora estábamos tomándonos un descanso.
- ¿No te daba miedo venir tanto por la casa? –le pregunté en cierto momento, cuando ya nos aproximábamos a la verja.
- ¿Miedo?
- Bueno… Estaba hecha un cristo. Había jeringuillas y condones, maletas destrozadas y harapos por todas partes, y todo olía a pis de gato.
- Era una casa abandonada. Tenía el aspecto que debía tener. Además, me obsesionaban las pintadas de las paredes.
- A mí también.
- Todas esas alusiones sexuales. Hombres que dejaban apuntados los horarios a los que iban a la casa para hacer mamadas a otros hombres desconocidos. Yo no estuve con nadie hasta los diecisiete, así que el sexo tenía un halo tan misterioso e inexplicable que me mataba a pajas solo de imaginar lo que pasaría en esa casa cuando yo no estaba. Recuerdo que cuando tenía catorce años leí una pintada en la única puerta que quedaba en su sitio.
- La del baño de arriba.
- Alguien decía que quería conocer a alguien especial para enamorarse. Dejaba hasta su número de teléfono. Copié aquel número y lo guardé durante años sin atreverme a llamar.
Se me pusieron los pelos de punta. En cuanto lo dijo me acordé de que el mensaje era mío. Lo había olvidado por completo.
- ¿Recuerdas el número?
- Nueve-Siete-Uno, ochenta y nueve… Sé que terminaba en catorce, pero…
- Es mi número. Bueno, el número de casa de mis padres.
Fulgen paró en seco y me miró, no sé si con desconfianza o solo estupefacción.
Y entonces, inesperadamente, me abrazó y fue como cerrar un círculo, como encontrar una respuesta. Descubrir que la vida, a veces, puede ser mágica.
Continuará…
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Caminaba hacia la casa de la colina, aquel caserón enorme y en sus tiempos destartalado que había sido testigo de mis primeros romances y algún que otro escarceo sexual. Ahora lo habían reformado y ya no se podía entrar como antes ni recorrer sus habitaciones sin puertas, pasear por sus suelos decorados con colchones raídos ni leer las pintadas de las paredes que hombres desconocidos iban dejando cada verano. Ahora volvía a ser un hogar para alguien. Ya no era un picadero. Y en cierta forma había perdido parte de su encanto.
Me gustaba pasear por allí de vez en cuando, y admirar los acantilados, como cuando era niño y lo hacía acompañado. Me gustaba hacer todo el sendero, desde la cala hasta las ruinas romanas, que ahora también estaban valladas y habían perdido todavía más encanto que el caserón. Me parecía un atentado contra mi adultez. De crío había sido mucho más libre, preguntándome como habría sido vivir en esas construcciones de las que solo quedaba un dibujo de la estructura de cuarenta centímetros de piedra en el suelo y alguna columna partida por el medio. Lo verdaderamente mágico era pensar en ello mientras pisabas el mismo suelo que habían pisado ellos, no observar los caminitos de piedra desde la barrera, negándote la posibilidad de reivindicar que tú sí eres respetuoso con las ruinas y metiéndote sistemáticamente en el saco de los indeseables.
Casi en el lugar donde acababan las ruinas, lo ví. Estaba sentado sobre una roca y contemplaba el pasado con la mirada perdida en el vacío. Debía tener mi edad. Era guapo pero parecía no saberlo, y estaba triste.
Y estaba al otro lado de la valla.
- Hola -saludé.
Tardó un poco en mirarme, como si le hubiera costado volver al presente.
- Hola -dijo. Y mantuvo entonces su mirada sobre mí, quizá demasiado tiempo, analizándome, considerándome o vete tú a saber qué.
Después se puso de pie y se disculpó por haber pisado las ruinas.
- No, no soy del ayuntamiento -aclaré. - ¿Cómo has entrado? ¿Saltando?
- Hay un túnel.
- ¿En serio?
- Detrás de esos arbustos.
Miré y, efectivamente, entre las zarzas había una escalera que se adentraba hacia el subsuelo. Me recordó vagamente a algo que había visto en Perdidos.
- ¿Es seguro? -le pregunté al chico de mirada triste.
- Tiene muy bajo el techo pero no se te caerá encima.
Bajé entonces por aquellas escaleras escavadas en la roca, caminé a tientas en la casi total oscuridad de aquel túnel estrecho, y salí a la luz, al otro lado, con ayuda del desconocido, que tenía unas manos fuertes pero la piel muy suave.
- Bueno, ya estoy aquí –dije, algo incómodo.
Nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué decir, hasta que el chico me tendió la mano.
- Fulgen –dijo, presentándose al más puro estilo de serie americana. – Fulgen Ramis.
- Pep Font –dije yo, contento de volver a tocar su mano. - ¿Vienes mucho por aquí?
- Hacía tiempo que no venía. ¿Tú?
- Una vez cada dos meses, aproximadamente. Este lugar me tira.
- A mí también.
- De niño solía pasarme aquí todas las tardes.
La cara de Fulgen se iluminó al oírme decir eso.
- ¿Cuántos años tienes?
- Veintinueve.
- Yo treinta. Y también venía de crío. Igual nos vimos por aquí.
Pensé que si hubiera visto antes a Fulgen me acordaría de él.
- ¿Subiste alguna vez a la casa de la colina? –le pregunté.
- ¿Bromeas? Me pasaba allí la mayor parte del tiempo –dijo, volviendo a sentarse en la roca.
Me senté a su lado.
- A mí también me gustaba. Una vez hasta me quedé a dormir allí con unos amigos.
- Yo venía con mi hermana y nos inventábamos historias truculentas sobre el pasado de la casa, hacíamos la ouija y… bueno, a veces traíamos a todos nuestros amigos y simplemente, jugábamos al escondite.
- Qué raro que no nos cruzáramos –dije. - ¿Eres de la isla?
- Can Picafort. ¿Tú?
- Pollença. ¿Sabes quien vive ahora en la casa?
- Ni idea. Pero la han dejado preciosa.
- Me pregunto si talaron el roble del jardín de atrás.
- Joder. Recuerdo perfectamente ese roble. Yo escribí mi nombre en él.
- Empieza a sonar a cachondeo, pero yo también escribí mi nombre en el tronco del roble.
- ¿Sabes? Podríamos presentarnos en la casa, llamar a la puerta y decir que queremos ver el roble. Que es parte de nuestro pasado común.
- Lo más seguro es que nos manden a la mierda. Hagámoslo.
De camino al caserón estuvimos hablando un poco de nuestras vidas. Fulgen estaba soltero y sin compromiso, y después de hablarme un rato de cuando tuvo “pareja” (sin referirse a su sexo) llegué a la conclusión de que él también entendía. Yo le conté que hasta hacía una semana tenía novio pero nos habíamos peleado y ahora estábamos tomándonos un descanso.
- ¿No te daba miedo venir tanto por la casa? –le pregunté en cierto momento, cuando ya nos aproximábamos a la verja.
- ¿Miedo?
- Bueno… Estaba hecha un cristo. Había jeringuillas y condones, maletas destrozadas y harapos por todas partes, y todo olía a pis de gato.
- Era una casa abandonada. Tenía el aspecto que debía tener. Además, me obsesionaban las pintadas de las paredes.
- A mí también.
- Todas esas alusiones sexuales. Hombres que dejaban apuntados los horarios a los que iban a la casa para hacer mamadas a otros hombres desconocidos. Yo no estuve con nadie hasta los diecisiete, así que el sexo tenía un halo tan misterioso e inexplicable que me mataba a pajas solo de imaginar lo que pasaría en esa casa cuando yo no estaba. Recuerdo que cuando tenía catorce años leí una pintada en la única puerta que quedaba en su sitio.
- La del baño de arriba.
- Alguien decía que quería conocer a alguien especial para enamorarse. Dejaba hasta su número de teléfono. Copié aquel número y lo guardé durante años sin atreverme a llamar.
Se me pusieron los pelos de punta. En cuanto lo dijo me acordé de que el mensaje era mío. Lo había olvidado por completo.
- ¿Recuerdas el número?
- Nueve-Siete-Uno, ochenta y nueve… Sé que terminaba en catorce, pero…
- Es mi número. Bueno, el número de casa de mis padres.
Fulgen paró en seco y me miró, no sé si con desconfianza o solo estupefacción.
Y entonces, inesperadamente, me abrazó y fue como cerrar un círculo, como encontrar una respuesta. Descubrir que la vida, a veces, puede ser mágica.
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