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La comida o… la comida


El siguiente relato es de la casa


La comida o… la comida

Lo que paso a relatarles me sucedió el otro día en un restaurante de Chueca, en Madrid. Había quedado con un amigo para comer en otro sitio, pero cinco minutos antes de la hora a la que habíamos quedado me llamó para anularlo, así que me puse a dar vueltas por Chueca a ver si veía un sitio que me gustase, porque el restaurante al que suele llevarme este amigo no me gusta un pelo.

Después de varias vueltas vi un mexicano. En la puerta ondulaba la bandera gay, lo cual me hizo sentir muy cómodo. Así que entré y busqué una buena mesa.

El restaurante estaba bastante lleno, todo parejitas homo y lesbis, y yo era casi el único que comía sólo.

El camarero, un oso grandote y peludete, se me acercó para tomar la comanda y como no tenía ni idea de que pedir, le pregunté qué me aconsejaba.

- Pues está todo aquí –me dijo, pasándome la carta.
- Pero, ¿no me aconsejas nada?
- Yo te aconsejaría que pidas lo que sea y luego te vayas al baño.
- ¿Cómo?
- Que los baños en este local son mejores que la comida, y que la comida es buena toda.
- ¿Y qué pasa con la mesa?
- Yo te la cuido. Y si quieres, entro a avisarte cuando tengas listo el plato.


Joder. Nunca me habían ofrecido sexo en un restaurante. Intrigado, acepté la propuesta del camarero.

- Pues ponme el plato de la casa.
- ¿De beber?
- Lambrusco.
- Muy bien. Ve tranquilo, esta mesa es tuya –y me sonrió.


La verdad es que después de nuestra corta conversación yo ya tenía la polla morcillona.

Fui al fondo del local. El baño de hombres quedaba a la izquierda. Entré y me sobresalté cuando vi que el sitio era muy oscuro, la poca luz que había era rojiza y del techo colgaban un montón de bolas de espejitos, de esas que hay en las discotecas ochenteras. Por lo demás, había seis urinarios y otros tantos retretes con puertas.

Los urinarios estaban vacíos, por lo que pensé que el camarero me había gastado una broma, pero cuando me asomé al único retrete que vi con la puerta abierta me quedé de piedra. Los cubículos eran de casi dos metros y medio de profundidad y los paneles que separaban unos de otros estaban llenos de agujeros redondos, los gloryholes que había visto tantas veces en las películas porno pero que nunca había probado.

Cerré la tapa del water, que estaba muy limpio, por cierto, me senté y me asomé por uno de aquellos agujeros. En el excusado de la izquierda había tres hombres. Uno apoyaba las manos en la tapa de su retrete, el segundo le estaba dando por culo y el tercero le daba por culo al segundo. Tardé medio segundo en bajarme los pantalones, llenarme la palma de la mano de saliva y empezar a magrearme la verga.

El que estaba apoyado sobre el retrete miró hacia mí y me vio. Torció el cuerpo, se agarró con ambas manos al agujero que unía nuestras cabinas y en el poco espacio que le quedaba metió los labios. El panel empezó a moverse violentamente con las embestidas que le daba el otro y las que le daban al otro.

Me puse de pie y acerqué la verga a los labios del que era enculado. Sacó la lengua y le puse el capullo encima, y empecé a darle golpecitos a su lengua con mi miembro. No me atreví a metérsela en la boca porque no me fiaba. Con la tralla que le estaban dando igual me la mordía sin querer.

Después de darle unos cuantos golpes más me giré, a ver quien había en excusado de la derecha, ya que cuando había llegado, todos estaban ocupados menos el mío. Y me llevé una sorpresa. Había dos rabos descomunales asomados por sendos agujeros, con los huevos colgando. Uno era peludo y blanco y el otro rasurado y moreno, pero parecían los dos igual de grandes y apetitosos. Me puse de rodillas y empecé a jugar con el moreno. Su dueño apretó las caderas contra el panel y la polla ganó tres centímetros más. Me di cuenta, salivando, de que aquel monstruo era bastante más largo que la distancia entre mis labios y mi nuca. Mientras me hacía el pajote con una mano y con la otra me acariciaba una tetilla me fui metiendo aquella cosa descomunal en la boca.

La otra polla se cansó de esperar mi boca y se retiró del agujero. Yo me apliqué a hacerle una buena comida al mulato. Me metía la pollaza hasta la garganta, aguantaba unos segundos y luego me la sacaba, saboreando aquel pedazo de carne que de vez en cuando me regalaba un chorro de líquido preseminal. Luego me afané con sus cojones, calientes y rasurados, chupando ora uno ora el otro sin dejar ni un momento de darme caña a mí mismo con una paja como pocas veces me haya hecho.

Cuando volví a meterme su capullo entre los labios el cabrón me lanzó a la boca sin avisar una corrida de campeonato. Se la dejé bien limpia, sin tragarme el semen, y cuando retiró el vergajo abrí la tapa del water y escupí su leche. Luego metí la polla enhiesta en el agujero a ver si el mulato o su amigo se animaban a mamármela.

Se animaron los dos. Se amorraron por turnos a sacarle brillo a mi bate, mientras uno me la comía con ganas el otro me acariciaba los huevos, y luego se cambiaban. Hasta que el mulato se quedó sólo comiéndose mi rabo, que se me había puesto descomunal del calentón, y el otro volvió a meter su pollaza por el agujero de al lado. Ahora sí podía dedicarme a ella. Sin sacar la verga del agujero por el que el mulato me daba una de las mejores mamadas de mi vida me recliné para meterme la polla del otro en la boca.

Esta especie de sesenta y nueve entre tres resultó mucho más cómoda que entre dos. El mulato la chupaba de maravilla y cuando empecé a sentir que no aguantaría mucho más me propuse hacer que el blanco se corriera en mi boca antes que me corriera yo. Así que empecé a mamársela como un condenado, a la vez que se la pajeaba, y justo cuando ya no pude aguantar más y solté el primer trallazo de leche en la boca del mulato el blanco empezó a correrse en mi boca.

Cuando terminamos los dos volví a escupir su lechada en el water y me subí los pantalones. Salí del excusado y en ese momento entraba el camarero.

- ¿Ya has acabado? –me preguntó.
- Creo que sí.
- ¿Qué significa eso?
- Que sigo empalmado.
- Si quieres te quito la calentura, pero sólo tengo cinco minutos y se te va a enfriar la comida.


Lo cogí de la corbata y lo arrastré dentro del cubículo por toda respuesta.

Nada más cerrar la puerta nos morreamos. Me encantan los osos, me vuelven loco, y lo que más me pone es comerle la boca a un oso mientras le restrego con mi mano el paquete por encima de los pantalones, hasta que se la pongo bien dura. Después me agacho, me meto su miembro duro en la boca y hago que me la folle con todas sus fuerzas mientras mis manos buscan sus tetillas y empiezan a pellizcarlas. No sé por qué pero cuando veo un oso siempre hago lo mismo, me pone muchísimo. Pero éste no podía quitarse la ropa porque tenía que trabajar y estaba decidido a comerme la polla, así que después del espectacular morreo me senté en el water con los pantalones bajados hasta los tobillos, las piernas bien abiertas y la verga tiesa, esperando sus mimos. El camarero oso se abrazó a mis piernas y me olió la punta del vergajo con intensidad, y después se lo fue introduciendo despacio en su caliente boca, haciéndole un traje perfecto. Empezó a subir y a bajar la cabeza, taladrándose la boca con mi miembro, y dándome por segunda vez en el mismo día la que podía considerar una de las mejores mamadas de mi vida. Cuando vi que había gente asomando los ojos por los gloryholes me puse tan caliente que agarré la cabeza de mi oso y le ensarté la polla impulsando la pelvis diez, quince, veinte veces. El oso tragaba sin rechistar, aferrado a mis piernas.

Sentí que me venía la corrida y aceleré las embestidas al tiempo que le sujetaba más fuerte la cabeza.

- Me corro. Me corroooooo.


Empecé a soltar los chorros de leche y el oso acentuó las chupadas, cosa que me hizo temblar de arriba abajo. Cuando solté el último trallazo le hice apartar la boca porque no podía soportar más el roce. Y entonces rompí a reír como si estuviera loco.

- Joder, parece que te ha gustado.


Intenté responder pero no podía dejar de reír. Entonces se acercó y me besó en los labios. Me dio un morreo delicioso con sabor a mi propio semen, y aún cuando lo besaba me entraba la risa.

Cuando me calmé le pregunté:

- ¿Tú no quieres correrte?
- Tengo que ir a trabajar. Pero salgo dentro de una hora. Si quieres esperarme…


Por supuesto que lo esperé. Y desde aquella tarde me aficioné a la comida mexicana.

(Uhm, vaya final cutre me acabo de marcar).





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El Centro del Placer Gay


El siguiente relato es de la casa


El Centro del Placer Gay


Nunca imaginé que existiera un sitio como aquel. Se llamaba El Centro del Placer Gay y era una mezcla entre un hotel de lujo, un parque de atracciones y un cuarto oscuro. Llegué allí de casualidad. Estaba en Barcelona por asuntos de trabajo y acabé unos días antes de lo previsto, así que busqué una sauna en internet para tener algo que hacer y di con este sitio. Lo primero que contaré, ciertamente llamativo, es que cuando llegué, en recepción me preguntaron si quería pagar o hacer el recorrido gratuito. No me importaba pagar pero me parecía curioso lo de entrar gratis. Me recordaba al free tour de las páginas porno, así que le pregunté al chulazo de la entrada de qué se trataba. Me pidió que pasara a un cuartito. Una vez allí me pidió que me quitara la camisa. Después de admirar mi torso desnudo me dijo sin muchos preámbulos que me sacara la polla. Lo hice encantado. Se agachó, se entretuvo un rato sopesándome los huevos, oliéndome la punta del rabo y dándole golpecitos hasta ponérmelo más tieso que un mástil, y después de sobarlo a placer me dio su aprobación.

- Tienes lo necesario para entrar gratis -dijo. - Elige una profesión.


Me pasó una hoja con 40 profesiones distintas. Entre las típicas de hotel como camarero o pinche de cocina me llamó la atención la de escayolista, porque antes de trabajar como asesor informático estuve unos años colgando techos de escayola con mi hermano.

- Escayolista mismo -le dije al chulazo. - ¿Qué tengo que hacer?
- Es evidente, ¿no te parece? -contestó. - Tienes que tapar agujeros.


Me llevó de la mano a unos vestidores y me buscó la indumentaria adecuada. Me pidió que me desvistiera. Así lo hice.

- La ropa interior también, bonito.
- Vale, vale.


Recogió toda mi ropa, mi móvil y la cartera y lo metió todo en una taquilla. Luego me fue dando las prendas de escayolista: unos pantalones blancos holgaditos pero llenos de agujeros, con uno especialmente grande a la altura de la entrepierna y otro en el ojete, unas sandalias cómodas, una camiseta muy ajustada para marcar pectorales y una gorra blanca llena de pegotes de escayola.

- Estás muy propio.
- Gracias, majo.


Luego me condujo hasta un ascensor, subimos dos plantas y recogimos de un office una escalera, un capazo, un saco de escayola que tuve que cargar yo, unos cubos para el agua y una llana de hierro bastante pulida. Subimos otra planta, me condujo hasta un amplio descansillo entre escaleras y me mostró un agujero en el techo de unos treinta centímetros.

- Ahora te traigo un trozo de placa. El agua puedes cogerla de cualquier habitación, no hay ninguna puerta cerrada. Que te diviertas.


Y me dejó allí en medio del pasillo, con unos pantalones agujereados por los que se me veían los huevos y un trabajo por hacer. Esperé un rato, indeciso y solo, hasta que se me ocurrió llenar un cubo de agua. Abrí la puerta de la habitación más cercana, la 307, y me encontré con un hombre de unos cuarenta años durmiendo a pierna suelta, completamente desnudo, en una cama redonda. Tenía pinta de haberse corrido una juerga de escándalo pero sus acompañantes no se habían quedado a dormir con él después de la fiesta. Tenía restos de corridas por todo el cuerpo, lo cual indicaba que debía haberles comido la polla a unos cuantos. La suya era descomunal y aún estaba morcillona, así que no debía hacer mucho rato que dormía. Pasé al baño y puse a llenar el cubo bajo el grifo de la bañera, haciendo algo de ruido a ver si se despertaba y me invitaba a comerle el rabo, pero el tío dormía como un angelito, el pobre. Cerré el grifo y salí del baño. Me dediqué un rato a observar al maromo. Tenía ganas de hacer alguna guarrada con el mamón pero no sabía si se podía molestar a los que habían entrado pagando, ni si al tipo le sentaría mal mi intromisión. Mientras tomaba una decisión la polla se me puso dura y al final acabó decidiendo ella. Dejé el cubo en el suelo, me quité las sandalias y me subí a la cama. Me acerqué despacio al hombre dormido pero no se inmutó. El olor a semen de varios hombres me llenó las fosas nasales y mi polla empezó a palpitar con una erección de campeonato. Acerqué la cara a los cojones del mamón y aspiré el aroma. Luego apoyé la mejilla en el tronco de su polla morcillona y permanecí allí unos segundos, cada vez más excitado por lo que estaba haciendo. Sentí en la cara su vergajo caliente. Moví un poco la cabeza, la mejilla sobre su rabo, y de pronto noté como empezaba a ponerse duro. Saqué la lengua, bajé un poco la cabeza y le di un lametón en los huevos. Entonces despertó.

- ¿Quién eres? -preguntó, al tiempo que se desperezaba.
- El escayolista -dije, con la boca aún en sus huevos.
- ¿Qué haces?
- Me disponía a hacerte una mamada.
- Debería ducharme primero.
- Parece una buena idea.


Se levantó y se dirigió al baño, pero durante el trayecto se dedicó a tocarse el rabo enhiesto y a sonreírme lascivamente.

- ¿Estarás por aquí cuando salga?
- Estaré ahí fuera, tapando un agujero -dije.


El chulazo de la entrada debía de estar a punto de volver con el trozo de placa, y yo era un profesional.

- Pues ahora mismo salgo y te ayudo.


El hombre de las corridas se metió en la ducha y yo me puse las sandalias, cogí mi cubo y salí de la habitación totalmente empalmado. Descubrí que el chulo de recepción ya había pasado por allí; había un trozo de escayola apoyado en la pared. Eché un vistazo al hueco del techo y partí de una patada la media placa que me habían traído. Coloqué la escalera bajo el agujero, cogí el trozo que necesitaba, subí tres peldaños y oí como se abría una puerta a mi espalda. Me volví a mirar. No era el mamón, ese aún no habría tenido tiempo ni de enjabonarse el rabo. Era el inquilino de la 311, un tío rapado al dos de unos veinticinco años, con gafas de sol y traje de ejecutivo. Llevaba una maleta, así que abandonaba el hotel en ese preciso instante. Cerró la puerta y se me quedó mirando un rato mientras yo hacía ver que me interesaba por el estado del agujero del techo, cuando en realidad estaba más pendiente de los de mis pantalones.

Escuché que dejaba la maleta en el suelo y al momento lo sentí junto a la escalera donde estaba yo subido. Lo miré. Sin mediar palabra se llevó dos dedos a la boca y los llenó de saliva. Luego me plantó los dedos en el ano. Fue tan inesperado que casi me caigo de la escalera. Paseó sus dedos mojados por la raja de mi culo mientras yo me aferraba a la escalera y lo ponía en pompa. Entonces agarró con las dos manos la tela del raído pantalón que me habían proporcionado y de un tirón multiplicó por cinco el tamaño del agujero, dejándome el culo totalmente desprotegido. Luego me separó las cachas con fuerza y me plantó un lengüetazo en el ojete. Me abandoné y sentí su piel suave y recién afeitada contra la mía, sus morros buceando en mi culo abierto, y casi me corro allí mismo. Y de pronto, tan inesperadamente como había empezado, terminó. Cogió su maleta y se metió en el ascensor sin decir adiós siquiera, dejándome allí, con el culo al aire y necesitado.

Intenté hacerme a la idea de que aquello no era un hotel normal, de que podía seguir a lo mío sin que nadie se escandalizase de encontrarse en mitad del pasillo a un escayolista con todo el culo al aire. Mientras esperaba a que apareciera el maromo de las corridas, ya convenientemente adecentado, traté de colocar el trozo de placa en su sitio. Era demasiado grande, y, mientras forcejeaba con él encaramado al cuarto escalón, delante de mí apareció un electricista. Sé que era (o hacía de) electricista porque llevaba un rollo de cables, pero la ropa que le habían proporcionado a él no estaba agujereada. Ni siquiera tenía la cremallera del pantalón bajada. Como venía de frente no vio mi culo desnudo, pero sí que se fijó en mis huevos, que asomaban obscenamente por el boquete delantero.

- Buenos días -dijo. - Qué, ¿trabajando?
- Aquí estamos, dejando esto niquelao.
- Tienes los pantalones un poco jodidos.
- Qué observador.
- Desde aquí tengo una vista privilegiada.
- Pues si vieras como están por detrás...
- Prefiero estas vistas.


Estuvo un rato mirándome los huevos y lo que pudiera ver de mi enorme erección hasta que extendió la mano como si fuese a coger una fruta madura y preguntó, muy correcto él:

- ¿Puedo?


Separé un poco las rodillas para darle mejor ángulo y contesté:

- Adelante.


Cuando sus dedos rozaron la piel y el rizado vello de mis cojones un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Dejó que mis huevos reposaran en la palma de su mano y paseó luego las yemas de los dedos en dirección a mi trasero. Me sujeté a la escalera y acerqué el cuerpo hacia él para que pudiera llegar cómodamente a mi ano. Pero el electricista prefirió volver a los huevos, subir luego a mi rabo tieso y tirar de él hacia abajo para sacarlo por la abertura. Admiró un momento el tamaño de mi miembro y luego, como si le entrara la prisa, arrimó la boca. Bajé un peldaño para estar más a su altura y empezó a pajearme suavemente, con los labios muy cerca del glande pero alargando el momento. Justo entonces unas manos fuertes me abrieron el trasero desde atrás y una lengua húmeda se plantó en mi agujero.

Me giré gratamente sorprendido y me encontré con el maromo mamón, recién duchado, desnudo, con su pollón en la mano y la cara enterrada en mi trasero. El tío jalaba con fruición. El electricista, animado por la súbita aparición del tiarro en bolas se metió mi polla de golpe en la boca y comenzó a mamar como un cabrón. Mientras uno se comía mi rabo con un ansia feroz el otro se deleitaba dándome lametones en el esfínter, y enterrando luego la nariz mientras se hacía un buen pajote. El electricista no tardó en bajarse la cremallera del pantalón y sacarse la polla, un hermoso miembro de unos 18 centímetros bastante torcido a la derecha, se llenó de saliva la palma de la mano y empezó a restregarse el cipote mientras me la volvía a mamar como un poseso. En ese instante salieron del ascensor, situado a unos cinco metros de donde estábamos nosotros, dos hombres, uno de unos 30 y otro de unos 50 años. En un primer momento parecieron cortarse. Ni qué decir tiene que mi lameculos particular ni se percató de su presencia y siguió dándome lengüetazos en el ano, y el electricista se excitaba el doble con cada nueva aparición y me la comía y se pajeaba con más ganas. Al cabo de unos minutos de observarnos, el más mayor se nos acercó. Vi que se había sacado la polla y se masturbaba, y cuando cogió confianza metió la mano de lado entre las nalgas del hombre desnudo y recién duchado que me las comía a mí. Mi mamón paró un momento a ver quién era el recién llegado, pero fue al ver a su compañero, que aún no se había unido al grupo, que se le hizo la boca agua. Literalmente. Yo volví a fijarme en él y descubrí que estaba como un queso. Nos miraba desde la puerta del ascensor sin acercarse todavía. Mi mamón me sorprendió entonces cogiéndome en volandas y llevándome cual muñequito desde mi escalera hasta su cama redonda. Dejó la puerta abierta para que los demás se unieran o miraran. Entonces me puso a cuatro patas y volvió a arrimar su experta lengua a mi ojete. Los demás tomaron posiciones. El electricista se tumbó boca arriba, metió la cabeza bajo mi ombligo y se adueñó de mi mástil, para seguir con lo que estaba haciendo en el pasillo. El mayor de los recién llegados empezó a trabajarle el culo a mi mamón. Yo busqué al que estaba como un queso y lo vi de pie junto a la cama, observando, pero sin decidirse a participar. Las dos bocas me estaban dando tanta caña que cuando hablé fue entre jadeos.

- Sácate esa polla y lléname la boca, tío bueno.

El buenorro se sonrió.

- Lo que tengo no te cabría en la boca.
- Mejor.


El tío se subió en la cama, se puso de rodillas ante mí, que seguía a cuatro patas, y se puso a quitarse el cinturón con parsimonia. El electricista pasaba de mi polla a mis huevos con una voracidad endemoniada y mi mamón me estaba metiendo ahora dos dedos en el culo, con lo que la tensión iba en aumento y sentía cada vez una mayor necesidad de meterme el falo del buenorro entre los labios. Pero el tío se lo tomaba con calma, el muy farruco. Ahora se estaba desabrochando el botón.

Mientras, el más mayor de los recién llegados le estaba metiendo lengua a mi mamón y con cada lengüetazo a su ojete, con mayor fuerza me metía los dedos él a mí. Me estaba poniendo frenético y el buenorro empezaba ahora con la cremallera. Yo estaba llegando a un punto en que los dedos del mamón de culos ya no me bastaban así que le grité al metededos que me incara su pedazo polla. Mis gritos excitaban al electricista que me la comía con mayor ímpetu lo cual me llevaba un punto más lejos. Mi mamón, muy diestro en estas lides, me llenó el culo de crema y se puso un condón en un momento. Se colocó en posición y me clavó la punta del rabazo sin avisar. El que le trabajaba el culo debía hacerlo bien porque el mamón empezó a embestirme sin miramientos. El puto electricista no dejaba de mamar y yo creía que iba a morirme cuando por fin el buenorro se sacó el vergajo, una monstruosidad caliente y palpitante, la polla más bestia que haya visto en la vida. El puto pollón me saturó las fosas nasales y me puse a salivar de anticipación. El buenorro me golpeó en la cara con el trasto y estuve a un tris de correrme.

- Cómetela -ordenó. – Traga hasta que revientes.


Abrí la boca mientras no dejaban de comerme la polla y me bombeaban frenéticamente por el culo y conseguí introducir el enorme glande del buenorro entre mis labios. Empecé a salivar como un poseso y el reguero de saliva empezó a correrle polla abajo hasta que empapé completamente sus huevos, tan enormes como el vergajo.

El tío se puso a follarme la boca y poco a poco fue llegando más y más adentro. Nunca me habían empalado por delante y por detrás, mucho menos al tiempo que me comían la polla, y cuando creía que había tocado el cielo un desconocido recién llegado se puso a jugar con mis tetillas. Creí que me desmayaba.

Entonces perdí por completo la noción del tiempo. Sólo sé que estaba completamente lleno de polla, que era una marioneta y que cuando creía que había llegado al máximo placer que podía experimentar descubría que era solo la mitad. Porque perdido en mi propio cielo no me di cuenta de que pasaban los minutos y se iban añadiendo más hombres, los que al pasar por delante de la puerta 307 y ver lo que había ahí dentro se unían a la fiesta, y pronto fue una multitud de manos las que recorrían mi cuerpo o me abrían las nalgas, decenas de labios los que me chupaban los huevos, el cuello o los dedos de los pies, y un buen montón de vergas las que me golpeaban por todas partes y se turnaban para agujerearme el trasero o llenarme la boca de carne dura, caliente y palpitante. En algún momento me corrí en la boca de alguien que la mamaba de un modo espectacular, pero el maremoto de sensaciones no permitió que perdiera la erección y otra boca continuó el trabajo de la anterior. Alguien se corrió en mi oreja y alguien más me limpió aquella leche con la lengua. De algún modo consiguieron meterme dos pollas por el culo a la vez y mientras me embestían también me colaron dos pollas en la boca mientras otros dos tíos empezaban a descargar esperma sobre mi espalda.

Alguien me cogió del pelo y empezó a empujarme la cabeza contra los vergajos que me taladraban la garganta. Me di cuenta extasiado que una de aquellas pollazas seguía siendo la del buenorro. Conseguí acercar una mano a sus huevos y se los acaricié y entonces se corrió dentro de mi boca sin avisar, haciendo que casi me atragantara con el aluvión de semen que descargaba sin parar. La otra polla empezó también a descargar y empecé a escupir leche en el colchón mientras me volvía a llegar el orgasmo con la excitación. Descargué de nuevo en la boca de alguien que no dejó de mamar hasta que no quedó ni una gota. Entonces me dieron la vuelta y se subieron encima de la cama redonda y vi que eran quince o dieciséis, y me extasié viendo como se masturbaban encima de mi, todas aquellas vergas duras, todos aquellos huevos prietos deseando bañarme en su leche, y me sentí en el paraíso.

Cerré los ojos, saqué la lengua y empecé a recibir trallazos.



Nota del autor: Este relato ya estaba en el blog, lo he resubido porque por algún extraño motivo los primeros textos que subía a blogger salían con fuentes rarísimas.




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La mesa, el manubrio y las natillas


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La mesa, el manubrio y las natillas


Acababa de cortar con mi novia, después de cinco años de relación, y la situación era tan tensa que decidí irme de casa. Le dije a Mary que metiera a alguien para compartir los gastos del alquiler, cogí mis cosas y me fui a casa de mis padres, mientras me preguntaba qué iba a ser de mi vida.

Estuve con ellos un par de meses, hasta que empecé a salir con otra chica e intenté llevarla a casa para presentársela a mis padres. Pero ellos la trataron con muy poco tacto. En el fondo, deseaban que Mary y yo volviéramos, y yo les estaba estropeando los planes.

Así que me encontré atrapado en casa de mis padres, sin poder llevar la vida que yo quería.

Un día se lo estaba comentando a Dani, un amigo del trabajo, y él me propuso ir a su casa una temporada, hasta que encontrara otro sitio mejor. Entre bromas me dijo que podía llevar a la chica que quisiera a casa, que él no iba a enfadarse, y que aunque las paredes fueran de pladur y no estuvieran insonorizadas, hiciera con ella el ruido que quisiera, que no había nada como cascársela en la habitación de al lado escuchando un buen escarceo sexual.

Acepté por dos motivos. Dani me caía muy bien, e imaginármelo cascándosela mientras yo me tiraba a una tía me había puesto cachondo.

La decepción vino cuando me mudé a su casa y descubrí que Dani vivía con su padre.

Se acabaron los polvos ruidosos antes siquiera de comenzar.

Los primeros días casi no vi a Roberto, el padre de Dani, porque se pasaba el día trabajando y llegaba a las tantas, pero justo a la semana de irme a vivir con ellos, le dieron vacaciones y lo tuvimos todo el día en casa.

Resultó ser un hombre muy interesante. Tenía 45 años, y era encantador. Yo lo comparaba con mi padre y me preguntaba como dos personas de casi la misma edad podían ser tan distintas.

Parecía un compañero de piso maduro en lugar del padre de Dani. Y era cocinero, por lo que comíamos como en un restaurante.

Tarde poco en hacer buenas migas con los dos.

Una noche me levanté a eso de las dos de la mañana para ir al baño, y vi que la tele estaba encendida. Una película de dvd. Porno, por más señas.

Desde detrás no podía ver si el que estaba en el sillón era Dani o su padre, pero imaginé que fuera el que fuese, se la estaría cascando. En un primer momento sentí apuro de que me oyera y le cortara el rollo, pero luego sentí más apuro porque mi rabo empezó a crecer bajo el pijama de forma descontrolada. Siempre que imaginaba a un tío cascándose la polla, me ponía a cien. Era una de esas cosas que estaban muy claras, pero que prefería obviar, más teniendo en cuenta que Mary había tenido durante cinco años todo lo que yo anhelaba o necesitaba. Esto era algo más bien “lateral”. Otra cosa. Algo aparte.

Lo llamara como lo llamara, el caso es que tenía una erección de caballo, y aunque llevaba calzoncillos bajo el pijama comprobé que con la luz de la tele, como que se me notaba una barbaridad que estaba en plan brutote, mucho más si el que estaba en el sillón se daba cuenta de mi presencia y miraba hacia donde permanecía yo de pie.

Entonces escuché la respiración pausada del que duerme. Agucé el oído para discernir si era la respiración del que estaba en el sillón, o la del que estaría en su cama durmiendo. Y venía del sillón.

Vale, sea quien fuera, padre o hijo, se había quedado sobao viendo la peli. Fin de la situación comprometida. Ve al baño, y luego a la cama, nene.

Sin embargo mis pies me llevaron hasta el sillón, muerto de curiosidad, a ver cual de los dos era.

Encontré a Roberto, el padre, completamente desnudo. Tenía la polla morcillona, las manos en los huevos, y una corrida abundante le llenaba el pecho y le caía por los costados, ya líquida. Dormía como un bebé feliz.

Me encontré mirándole la polla y los huevos con un ansia hasta entonces desconocida. Si no hubiera estado tan acojonado igual me habría arrodillado junto al sillón y me hubiera metido por primera vez una verga en la boquita.

Y de pronto escuché ruido en la habitación de Dani, y supe que estaba a punto de abrir la puerta. Me encontraría allí plantado, empalmadísimo, mirando a su adorable papá, que a su vez estaba dormido con un tronco después de haberse hecho un pajote con una peli porno que aún corría en el dvd. Sentí una vergüenza colosal, porque si podía resultar violento para Dani verme observando a su papi desnudo, podía serlo aún más ver a tu papi con una corrida monumental por todo el pecho y como Dios lo trajo al mundo. Y aún peor, ¿y si pensaba que esa corrida era mía, en vez de suya?

La puerta empezó a abrirse y tuve el tiempo justo de meterme debajo de la mesa, que, gracias a Dios, tenía un buen mantel que caía por los costados. No llegaba evidentemente al suelo, pero si no encendía la luz, seguramente no me descubriría.

Dani se quedó un buen rato parado delante de la puerta de su habitación. Desde mi posición podía verle solo hasta las rodillas. Entonces pensé que desde donde él estaba, tampoco podía ver quien estaba en el sillón, pues solo sobresalían unos pies descalzos. ¿Y si pensaba que era yo el que me ponía a ver pelis porno a las tantas del madrugo? Sería más fácil imaginarte eso, que imaginarte a tu padre haciéndose un pajote. Y si pensaba que era yo, ¿se enfadaría conmigo por tomarme tantas libertades? Casi estuve a punto de salir de debajo de la mesa para que no pensara eso de mí. Claro que sería aun más difícil de explicar que hacía yo ahí debajo.

Para mi sorpresa, Dani fue hacía mi habitación y cerró cuidadosamente la puerta, seguramente pensando que yo estaría durmiendo, y avergonzado de su papi, que se la cascaba sin pensar que había invitados en casa que podían escandalizarse, oye.

Luego fue a la cocina, y escuché como abría la nevera. Bien, ahora daría un trago y se iría de nuevo a la cama, y yo podría salir de mi escondite y largarme a la mía. Eso me había pasado por ser tan curioso. Que vergüenza.

Y sin embargo el nabo me seguía latiendo con violencia, como si no estuviera de acuerdo conmigo en que la aventura acabase tan pronto.

Pero entonces el bueno de Dani vino al comedor, separó una silla y se sentó a la mesa. Escuché como algo al deslizarse, y comprendí que había cogido unas natillas de la nevera. El ruido era la tapa, que acababa de quitar. Se disponía a comerse unas natillas en el salón, viendo la peli que aún no había acabado, y con su papi durmiendo en el sillón, con el pecho pegajoso. Claro que Dani aún no había visto a su papi. Igual se lo imaginaba con algo más de ropa de la que tenía y sin restos lechosos por todas partes.

El problema es que ahora tenía los calzoncillos de Dani a la altura de mi nariz, y con el tenue resplandor de la tele, se veía un paquete nada despreciable. Y como bien supuse, poco a poco se fue animando más al ver la película.

Empecé a sudar. ¡Que situación más comprometida!

Si me descubría bajo la mesa probablemente me echaría de casa, y puede que tuviera incluso que dejar el trabajo, si Dani llegaba a contar una versión poco amable de los hechos.

Pero tal y como estaban las cosas, no podía hacer más que esperar.

Mi verga, mientras tanto, en vez de volver a un estado de letargo debido a lo embarazoso de la situación, se ponía cada vez más y más rebelde, y empecé a sobármela, sabiendo que así sería aún peor.

Poco a poco Dani se fue poniendo a tono con la peliculita, y comprobé que había dejado de comer natillas cuando vi sus dos manos masajeándose el bulto a escasos centímetros de mi cara.

Y entonces me llegó el olor de su sexo, y me volví loco. Estuve a un tris de lanzarme sobre su vergajo, de arrancarle los calzoncillos a bocados.

Me estaba poniendo tan cachondo que casi la cago.

Pero antes el bueno de Dani complicó aun más la situación. Sin levantarse de la silla, tiró de los calzoncillos, separando el culo del asiento un momento para sacarlos mejor, y plantándome el cipote, aún rodeado por la tela, en mis labios. Luego, se bajo el calzón hasta las rodillas, recuperando la posición anterior. No debió notar el roce de mis labios o bien pensó que era el mantel con lo que había topado su rabo enhiesto.

Y ahora el olor se multiplicó. Olor a polla, olor a huevos sudorosos. Una noche de verano demasiado calurosa. Que me lo dijeran a mí, que estaba sudando a mares.

Y mejor aún que el olor era la visión. Si bien la luz que llegaba de la tele era muy tenue debajo de la mesa, estaba lo bastante cerca como para contarle los pelos de los huevos. El tío empezó a hacerse un pajote bestial, delante de mis morros, y yo me quedé catatónico contemplando las dos bolas peludas botando en el escroto. Mi lengua tiraba hacia ellas como imantada, y tuve que hacer un esfuerzo colosal para no liarme a lametazos.

Ahora ya no estaba tan seguro de que la situación fuera embarazosa. O mejor dicho, cuanto más embarazosa se volvía, más me estaba gustando a mí.

Dani, además, era un chico con recursos. Disfrutaba de sus pajas, bien sabía el tío como hacerlo. Una de sus manos hizo un viaje al reino superior y bajó llena de saliva, que restregó en el glande con deleite. Después de un par más de viajes, la polla de Dani brillaba de saliva en la semi-oscuridad, y poco después los cojones también empezaron a empaparse.

Pero la cosa no acabó ahí. Quizá le pareció que el ritmo al que fabricaba saliva no era el adecuado (aseguro que yo en aquel momento tenía también saliva para regalar), y su mano en el siguiente viaje apareció con un poco de natillas, que seguro que estaban fresquitas, y que esparció por el vergajo sin miramientos.

Era como si el cabrón hubiera sabido que yo estaba ahí debajo y quisiera ponerme a prueba. Joder. Su rabo cada vez más duro estaba gritando Cómeme, y a duras penas yo conseguía mantenerme prudentemente alejado. Y digo a duras penas porque inexorablemente mi cabeza se acercaba a la zona de peligro, centímetro a centímetro.

Empezó a rodarle natillas por las piernas, y de pronto lo vi apartar la silla (además, metiendo bastante ruido) hacia atrás y acabó de quitarse los calzoncillos para no mancharlos, supongo. No me vio de milagro.

El caso es que ahora estaba más alejado de la mesa, el mantel había vuelto a caer en su sitio, y ya no lo veía en primer plano. Además, tenía que agacharme mucho para otear bien el panorama, con el consiguiente peligro de que me descubriera.

Maldije mi mala suerte. Y me di cuenta de que era buena suerte, más bien, porque cuanto más lejos de la mesa, menos probabilidades de ser descubierto. Pero aun así sentí que se me había fastidiado la velada. A saber el tiempo que pasaría antes de tener otra verga ante mis labios, aunque a ésta no hubiera podido hacerle cositas. No me veía a mí mismo buscando a un tío por ahí. No estaba preparado para algo semejante.

Dani seguía a lo suyo, gastándose la polla, despatarrado ahora que se había quitado los calzoncillos. Uno de sus pies estaba bajo la mesa, el resto del cuerpo se perdía tras el mantel que me ocultaba su visión.

Yo estaba rezando en silencio a algún Dios cachondo para que Dani pensara en mí. Que pensara que podía levantarme de la cama en cualquier momento, y encontrarlo ahí, con el capullo lleno de natillas, y eso lo hiciera ser más prudente, y sentarse de nuevo como antes, con la protección del mantel. Pero Dani estaba tan salido que no debía importarle mucho tal posibilidad. Diablos, parecía no importarle tampoco que su papi despertara y lo pillara en semejantes menesteres.

En estas ocurrió lo impensable.

Me dio por mirar hacia el sillón y en vez de ver los pies saliendo por un costado, vi la cabeza de Roberto asomada por encima, mirando a su hijo con una sonrisa viciosa en los labios. Dani le estaba haciendo un espectáculo desde su silla. Y entonces Roberto me vio.

Primero pareció sorprendido, pero luego su sonrisa se ensanchó más.

Yo me quedé acojonadito donde estaba, pero no destrempé un ápice.

Roberto se levantó del sillón y se acercó a su hijo. Sin mediar palabra se puso a cuatro patas, de tal forma que su culo quedó debajo de la mesa. Supuse que se la iba a mamar a Dani, y que me estaba ofreciendo su culete para que yo me mantuviera entretenido. Seguramente, Roberto prefería no decirle a su hijo que me había visto bajo la mesa, no fuera a cortársele el rollo al muchacho, le diera por sentirse espiado y se enfadara. Y la idea de Roberto me pareció francamente buena.

Ya no podía ver mucho, tenía un culamen apetitoso delante, esperando mi boca, así que no sabía si Roberto había empezado a comerle la polla a Dani. Se ve que el hombre pensó también en ese detalle, porque cuando empezó a hacerlo, lo hizo ruidosamente, superando a los gemidos de las pavas de la película. Sonreí pensando que estaba haciendo jaleo por mí, para que supiera como iban las cosas ahí fuera.

Sin poder resistirme más, y aunque ni en mis mejores sueños le hubiera comido el culo a un macho, me puse a la tarea con entusiasmo. Primero separé las cachas y olí su raja profundamente. Tenía el culete sudado, pero olía un poco a jabón de ducha. Toda la reticencia que hubiera quedado en mí a comerme un culo se disipó. No había visto cosa más apetitosa en mi vida.

Cuando acerqué mis labios al agujero, y rocé su abundante vello con la mejilla, empecé a temblar. Me temblaban las manos, pero sobre todo, los labios. Y la polla me ardía.

Escuchaba a Roberto volverse loco mamando el rabazo de su hijo. Pues ahora empezaría a gemir con más entusiasmo.




Despacito, fui besando las cachas, abriéndole el trasero con ambas manos, pero procurando dejar el centro de su placer para después. Mi lengua recorría las nalgas dejando abundantes regueros de saliva. Roberto debió mamar la verga que tenía entre manos con más ahínco porque Dani empezó a respirar ruidosamente.

El esfínter de su papi se contraía bajo mi nariz, y poco a poco fui cerrando el círculo hasta dar el primer lametón directo al ano. Roberto se estremeció y yo empecé a comerle el trasero salvajemente, al tiempo que me sacaba por primera vez la polla y me liaba a hacerme un pajote bestial, mientras mi otra mano iba acariciando sus huevos, asombrosamente grandes. Mi lengua se hacía paso, ayudada de mi nariz, feliz de mojarse en la saliva depositada en el ojete. El tío tenía el culo bien abierto, y casi sin darme cuenta lo estaba follando, ora con la lengua, ora con la nariz.

Estaba flipando con el gusto que parecía estar pasando Roberto. Sentí unas ganas horribles de que me comieran el culo también a mí. Nunca me habían hecho algo semejante, y a juzgar por el movimiento de las caderas de Roberto para no dejar escapar mi legua, nariz o barbilla, la cosa daba bastante de sí, vamos, que valía la pena.

De pronto Roberto sacó el culo de mi boca. En realidad sacó todo el cuerpo de debajo de la mesa. Aún me estaba preguntando qué había hecho mal cuando sus brazos velludos y fuertes apartaron el mantel y me sacaron a rastras.

- Mira, Daniel. He encontrado un mamón bajo la mesa.

La cara de mi amigo Dani se iluminó.

- Pues vamos a darle algo para que mame a gusto.

Roberto me colocó la polla de su hijo en la boca y luego me arrancó literalmente los pantalones del pijama. Se colocó detrás de mí, apartó a un lado el calzoncillo y me metió la lengua en el trasero sin aviso ni contemplaciones. Mientras, Dani me había cogido la cabeza con suavidad pero me había empezado a follar la boca como si yo pretendiera escaparme. Yo estaba tan sorprendido que me limitaba a tragar verga como un condenado. Los lametones de Roberto, que parecía experto en follar con la lengua, me hacían retorcerme de placer y estas pérdidas de control las aprovechaba Dani para clavármela hasta la garganta. Yo, sorprendentemente, no me atragantaba. Me sentía capaz de comerme tres como aquella a la vez, y eso que Dani tenía un miembro colosal.

- Mira como le gusta mamar al cabrón de Juan. Quién lo iba a decir -decía Dani, admirando los regueros de saliva con los que yo adornaba su verga y sus magníficos cojones. - Chupa, cabrón. Toma polla.

Sonaba tan absurdo que me ponía cachondísimo.

Roberto había acabado arrancándome también los calzoncillos y ahora me separaba las cachas para meter toda la cara en mi trasero. Me paseaba su nariz y me lo chupaba todo. Ni siquiera me percaté cuando empezó a turnar la lengua con dos de sus dedos. Dani no le daba tregua a mis carrillos. No sé que me gustaba más, si el frenesí de tener aquel endiablado rabo entre los labios o el placer de que me abrieran el culo por primera vez en mi vida. Creo que estaba hecho para ambas cosas porque empecé a gritarle a Roberto que me metiera la polla por el culo de una puta vez, pero dosificando las palabras, para no perderme las embestidas del vergajo de Dani en la boca. Roberto, previsor, ya se había puesto un condón, y sin dudarlo me taladró el agujero sin compasión, de una arremetida y hasta el fondo. Estaba tan excitado que no me dolió en absoluto. Es más, me supo a poco y empecé a autoencularme para que el pollón de Roberto me taladrara más a fondo. En esas estaba cuando Dani me sacó la verga de la boca y me puso la punta del capullo en la nariz. Y se corrió sobre mi labio superior. La leche se estrellaba contra mis fosas nasales, me embadurnaba los labios y mi lengua salió a recibir los calientes chorros mientras Roberto me enculaba a placer. Dani siguió regándome la cara con su esperma y cuando éste se agotó volvió a meterme la verga en la garganta de un pollazo hasta los huevos.

Roberto se salió de mi trasero, se quitó el condón y vino a seguir llenándome la boca de leche. Apretó la polla contra la de Dani y la metió entre mis labios como si supiera que yo era capaz de eso y de mucho más. La polla de Dani no había perdido ni un ápice de su grosor así que cuando Roberto se corrió yo tenía dos pollas enormes follándome la boca. El semen de Roberto empezó a resbalarme barbilla abajo, tan llena como tenía la boca ya no entraba nada más, y Roberto parecía a punto de desmayarse de gusto, soltando trallazos de leche mientras su polla se daba contra la de Dani y mi cavidad bucal y mi saliva y su propio semen le lubricaban la follada.

Una vez hubo Roberto descargado del todo, se agachó y me comió la barbilla llena de su propia leche, haciéndome cosquillas con el bigote y la barba.

Dani me hizo luego levantarme y me dijo:

- Y ahora te voy a follar hasta que te corras en la boca de mi padre.

Y sin más me metió el manubrio, perfectamente preparado para otra tanda, por el ojete y empezó a follarme salvajemente mientras Roberto se arrodillaba y empezaba a hacerme la mamada más cojonuda que me hayan hecho en toda mi vida.


Nota del autor: Este relato ya estaba en el blog, lo he resubido porque por algún extraño motivo los primeros textos que subía a blogger salían con fuentes rarísimas.




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