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Zapato derecho




Título: Zapato derecho
Autor: José


Esa tarde de Junio tenía una reunión importante para mi trabajo. Frío en Buenos Aires. Como excepción me puse pantalones algo nuevos, camisa, sweater y mis olvidados zapatos de cuero negro. Salí con tiempo y decidí caminar, abriboca como soy no vi una baldosa floja y terminé en el suelo. Cuando me incorporé, media suela de mi zapato derecho se había despegado. Con fastidio me puse a pensar qué hacer, comprarme otro par parecía la solución mas rápida. Me resistí, no tenía sentido ya que los abandonaría por mucho tiempo. Miré el barrio y recordé que había zapateros. Pregunté y me indicaron. Al llegar un amable y discreto señor mayor me propuso coserlos, yo quería pegarlos; la hora me apremiaba. Me dijo que en cuarenta y cinco minutos lo tendría listo. Acepté y se lo di. El local era muy chico y yo estaba en patas (o en una), decidí salir a caminar. El buen zapatero entendió mis razones y me prestó una zapatilla, algo ridículo pero no grave empecé a caminar por la vereda. A dos locales me detuve frente a un comercio que decía “Ropa de Bebés”. Estaba por ser tío y era sensible al tema. El local, pequeño como la zapatería, permitía ver a través de la vidriera una silueta que se movía entre los estantes, giró la cabeza, miró al descuido, lentamente y siguiendo el ritmo del descuido se acercó a la puerta.


-¿Te puedo ayudar? -Preguntó.


Alto, flaco, rostro irregular por una nariz que no desentonaba pero que daba firmeza a su cara, pelo negro muy corto, barba crecida y ojos negros y tristes. Jeans colgados de sus caderas, una camisa blanca y un sweater gris completaban un todo muy agradable y viril.


-Estaba mirando, voy a ser tío- respondí, captado por sus ojos tristes y esbozando una sonrisa.

-Entonces pasá – Mientras se hacía a un lado, una hilera de dientes perfectos se ofrecieron

levemente.

-Gracias, pero en realidad tengo poco tiempo -aclaré mientras observaba el pelo negro ensortijado que aparecía en el hueco de la camisa. Mi zapato negro izquierdo y la transitoria zapatilla blanca me arrastraron dentro del local.

-¿Sabés el sexo? – Sosteniendo la mirada.

-Sí, nena- respondí ya en franca seducción.

-Tengo cosas muy lindas –agregó.

¿De veras?-pensé.


Se acercó a un gran canasto de mimbre y comenzó a mostrarme ositos, batitas, saquitos y enteritos que desplegaba con tranquilidad. Miré sus manos y lo que descubría de sus brazos el sweater; un rizado vello negro cubría con desprolijidad lo que tenía a la vista. Imaginé el resto.


-Toca, toca es buena calidad, las nenas son muy coquetas.

- Yo también -mientras pensaba como sería tocarlo íntegro.


Introduje mis manos en el canasto acompañando sus movimientos. Al principio unos leves roces sacudían nuestros ojos y se reflejaban en crecientes sonrisas. En un momento sentí aprisionados mis dedos, en el anular izquierdo percibí una dureza, ¿una alianza?, saqué su mano a la vista mientras miraba un ancho anillo mitad oro mitad plata, lo acerqué y me dí cuenta que en la parte dorada estaba grabada una pequeña manito.


-¿Qué es esto?- pregunté entre curioso y asustado.

-Es mi compromiso con el que tengo al frente- y mientras acariciaba con su pulgar mis dedos, giró el anillo y me mostró un candelabro de siete brazos.

-Y esto es mi compromiso con el pueblo de Israel -completó.

-¿Eres judío?- Agregué.

-Si -respondió, mientras sus ojos tristes me miraban.

-Pero mis amigos judíos son rubios y de ojos azules -dubitativo pregunté.

-Son descendientes de europeos, yo vine de chico desde Israel - Su sonrisa se amplió, mientras su lengua descansaba sobre sus dientes. Me estremecí.

-También estoy circuncidado -aclaró.


Mi mirada se dirigió a su bragueta, pero el jean colgado no daba evidencias de nada. Me imaginé una pija cabezona, gorda y morocha rodeada de negra pelambre. Era la segunda vez que me encontraba con una pija judía. En Argentina lo habitual es la chota “uncut” y con mucha piel; en general idolatramos las pijas circuncidadas, son mas armónicas y dice la leyenda que duran más. Ahora tenía al alcance de mi mano la verdad de la leyenda.


-¿Cómo te llamas?


Le respondí.


- ¿Y tú?

-Uriel -contestó. Claro, pensé rápidamente, “el ángel que lleva la luz”, no esta mal, mientras me sentía iluminado.


Durante la charla nuestra manos no dejaron de tocarse, la mías ya habían metido los dedos en su sweater y acariciaban la espesa selva de pelos que iban del anillo hasta sus brazos.


-José, tengo una habitación atrás. ¿Vamos? -Sin esperar repuesta cerró las puertas del local. Pensé en mi zapato, en mi reunión y lo seguí.


En la semipenumbra alcancé a adivinar una mesa y un amplio sillón al que me encaminé.

Uriel, que parecía haber planificado todo, me enganchó la cintura, tomó mi cuello con su mano y me besó, sus dientes mordieron mis labios y su lengua afanosa se metió en mi boca. Respondí a su beso, con la desesperación de mi lengua y con la entrega de mis labios.

Mis manos comenzaron a bajar lentamente en busca de su destino mientras Uriel desabrochaba su cinturón, bajaba sus pantalones, corría hacia abajo sus calzoncillos y apretaba contra mi cuerpo un excitado promontorio.

Mientras su boca buscaba mi cuello y mis labios mordían sus orejas mi destino judío me esperaba. Llegué, acaricié un hermoso tamaño, me enterneció una suave, redonda y respetable cabeza al tiempo que Uriel comenzaba a jadear y bajar mis pantalones, acarició mi culo, me metió sus dedos y luego con habilidad tomó su pija y la mía sacudiéndolas suavemente.

Levantó sus manos y las puso sobre mis hombros presionando hacia abajo, me deje llevar, metí las manos debajo de su camisa y una tupida mata me recibió, besé, besé pelos, ombligo, más pelos y mientras sacaba la lengua comencé a acariciar la verga judía, suave, tierna y palpitante se introdujo en mi boca que rodeó con fruición la cabezota impaciente.

Tomó mi cabello entre sus dedos y comenzó violentamente a meterse en mi boca, un hilo de saliva chorreaba por mis comisuras. Pija mojada, boca resbalosa eran imposibles de distinguir.

Con rapidez se sacó el sweater y la camisa, me levantó entre sus brazos y yo enterré mi cara en su pecho mientras desprendía mis botones, corría mis cierres y quedaba desnudo.

Un principio de enloquecedora asfixia me mareaba, un olor seco y penetrante dilataba mi nariz y nuevamente boca con boca nos besamos.

Uriel me había llevado contra la mesa, acariciándome; en sus manos aparecieron dos preservativos, con los dientes abrió uno y lo colocó en mi pija, con sus labios comenzó a desenrollarlos mientras yo acariciaba los cortos pelos que tenía entre mis piernas. Luego me pidió que hiciera lo mismo, repitió los movimientos, esta vez sobre su verga, y mi boca cubrió su cabezota con el forro. Nos besamos, mi espalda ya estaba sobre la mesa. Uriel levantó mis piernas, las colgó sobre sus hombros y me penetró con la violencia de su deseo. Recibí tan adorada pija con un grito de dolor y satisfacción y me comenzó a coger, retorcido por la calentura mi culo quería más, más.

Tres golpes secos sonaron en la puerta del local, Uriel se detuvo, me miró, sacó su pija, me besó, subió sus pantalones, se puso el sweater y salió.

Alcancé a oír un murmullo y su voz que decía, gracias, gracias.

En su ausencia miré mi pija, estaba dura pero la sentía exigente, quería mas acción, quería un culo duro y peludo, quería el culo de Uriel.


Entró, se acercó y murmuró:


-Tu zapato.


Me incorporé, se lo saqué de las manos y volví a besarlo, me abrazó y agregó:


-Estás distinto, ¿pasa algo?


No contesté, besé su espalda mientra lo inclinaba sobre la mesa. Rió alegremente.


-Soy tuyo- frase que cualquier argentino entiende como “cogéme ya”.


Besé su culo mientras empuñaba mí endurecido mástil. Uriel liberó sus manos, las llevó a sus nalgas y exponiendo su ojete insistió:


-Soy tuyo.

Se la metí y exhaló un suspiro, sentí que algo tibio y envolvente rodeaba mí verga, comencé a cogerlo con violencia mientras escuchaba su voz entrecortada:


-Dale, dale…así…así.


Mis manos agarraron su pija y comencé a pajearlo. Con mi pecho en su espalda la sensación de violencia y tibieza que sentía entre mis piernas era fantástica


-¿Acabamos juntos? -Fue la frase mágica e inquietante.


Sentí la descarga en su culo, su grito anunció la mojadura de mis manos gimiendo casi llorando Uriel se dio vuelta y me ofreció sus labios, mordí y chupé su boca mientras arañaba su pecho y tiraba de sus pelos.


Quedamos en silencio jadeantes y transpirados, nuestras bocas no se podían separar.


Nos sentamos en el sillón abrazados. El zapato derecho en el suelo me recordaba la reunión, manoteé el reloj. Era tarde, tendría que buscar una excusa.


La boca de Uriel le prestaba una nueva sensación a mis orejas.


Giovanni Falchetti un querido amigo chileno canta "Mi Seducción":


Mis manos ya tomaron posesión de ti
Mis dudas se entregaron cerca de tu amor
Y entras en mi alma
Latiendo un corazón
Y bebes de mi fuente
Sedienta de pasión

Me encuentro ya en medio de esta seducción
Atrás quedaron miedos y todo pudor
Y entras en mi alma
Latiendo un corazón
Y una vez y otra más
Me llenas de tu amor

Una vez más
Quiero tenerte
Y una vez más
Ámame fuerte




José



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Hermanos


Título: Hermanos
Autor: Hetero Curioso


Nunca creí que contaría lo que pasó entre Edgardo y yo, pero descubrí esta página hace unas semanas y decidí que era hora que liberara mi ser de esta anécdota.
Mi nombre es Jairo, y actualmente tengo 26 años y vivo en El Salvador. Resulta que hace 5 años, mi padre (quien fue muy activo sexualmente en su juventud), anunció que llegaría a la casa mi hermano Edgardo que vive en Colombia para visitarnos durante unas semanas. Dado que yo no conocía a este hermano, mis sentimientos fueron mixtos. Había una especie de nerviosismo y emoción al saber que conocería a un miembro más de la familia.

Edgardo llegó un sábado al mediodía. Aún recuerdo la imagen que tengo de él cuando entró a la sala de nuestra casa. A sus treinta años guardaba un muy buen físico, muy fornido del pecho, delgado y bajito. Con un pelo ondulado negro y una personalidad completamente encantadora. Todo sentimiento de nerviosismo desapareció, pues era evidente que era una buena persona.

Bueno, el asunto es que un día, mis padres se fueron a trabajar y yo quedé a solas con Edgardo. Desde la noche anterior habíamos hecho planes que saldríamos al centro de la ciudad para que él conociera los alrededores con mi papá, pero mi padre regresaría hasta el mediodía así que pasamos a solas toda la mañana.

Como a las ocho de la mañana me dijo que se daría una ducha y entró al baño, dejando la puerta abierta. No sé que me sucedió, pero a mis 21 años me entró una curiosidad enorme que no pude controlar. Pasé por el baño la primera vez, y noté que la cortina de la regadera estaba entreabierta y alcancé a ver su trasero. Era firme como una piedra, levantadito y con poco vello en cada nalga.

Llegué a mi cuarto, y mi corazón me palpitaba. Sentía que se me saldría del pecho, no sabía lo que pasaba…. ¿quería ver a mi hermano desnudo? Me sorprendí a mí mismo contestando esa pregunta con un gran: Sí, quiero.

Sin pensarlo más, me quité la ropa y coloqué una toalla alrededor de mi cintura. Mi verga de 15 cm. estaba dura, y tuve que acomodarla para que no se me notara nada. Pasé por el baño una segunda vez y esta vez logré ver la verga de mi hermano. Estaba parada y a diferencia de la mía estaba circuncidada.

- ¿Qué haces?, preguntó Edgardo.
- Alisto mi ropa para cuando salgamos luego – contesté. -Una vez salgas del baño me bañaré yo.
- ¿Por qué no te bañas conmigo? - me dijo él.

La pregunta me agarró desprevenido. No supe qué contestar, allí estaba mi hermano, con el agua cayendo en su cuerpo (¡Dios! ¡Que cuerpo!) Invitándome a ducharme con él.

- ¿Tienes miedo? - me dijo tirando un poco de agua en mi pecho.

Luego de un segundo más, sonreí y dije, “no, para nada”, y me quité la toalla y entré en la ducha con él.

Lo observé detenidamente mientras el agua caía en mi cabeza. Me di el gusto de observarlo por completo. Ese pecho formado con pezones parados, daban a entender que hacía mucho ejercicio. Seguí bajando mi mirada y observaba su abdomen, liso y duro. Y luego su verga, era grande y gruesa. Con una cabeza extraordinariamente grande.

Nunca había visto otro pene que no fuera el mío, y me sorprendió lo mucho que me gustaba verla.

- Tienes un buen pedazo de carne allí - me dijo Edgardo señalando mi pene, que a estas alturas está goteando líquido preseminal. - Apuesto que haces muy feliz a tus novias con ella.

Me sonrojé un poco y contesté: “No creo que sea más grande que la tuya”, no pude creer que acababa de decir eso.

- Bueno, veamos quien tiene la razón.

Y diciendo eso, agarró mi verga (haciéndome temblar un poco) y la puso a la par de la de él (Qué rico se sintió eso, pensé). “Estamos iguales”, dijo él luego de medirla, “pero a ti te falta crecer mucho así que tendrás una gran paloma”.

Me reí un poco y comencé a enjabonarme. De pronto siento que él me enjabonaba también. Nadie me había tocado antes, me puse muy nervioso.
Mientras pasaba su mano por mi cuerpo, yo pensaba tantas cosas, pero lo que más pensaba era: “¡Dios! Que no se detenga”. Su mano siguió recorriendo mi cuerpo hasta llegar a mi verga y comenzó a masturbarme lentamente. Sentía como su pene topaba con mi culo y puedo decir que me gustaba esa sensación.

- ¿Ya te han hecho sexo oral? – preguntó él.
- No - respondí yo casi jadeando.
- Es lo más delicioso que te puedan hacer.

Me empujó un poco para que el agua cayera directamente sobre mi cuerpo y me quitó todo el jabón, luego se mojó él todo, apagó la regadera y me dijo: “ven conmigo”.
Salimos del baño. El agua aun bajaba por nuestros cuerpos dejando el rastro hacia donde nos dirigíamos. Entramos a mi cuarto y me dijo: “Acuéstate en la cama”. Yo obedecí.

Se subió a la cama también y empezó a mamar mi verga. Mi boca se abrió para liberar un pequeño grito justo cuando sentí el calor de su boca. Apretaba los ojos fuertemente mientras él lamía todo el tronco de mi verga. Mi respiración se hacía cada vez más fuerte y él no se detenía.

“Edgardo, qué rico”, era lo único que podía decir.
Se detuvo un momento y empezó a chuparme lo huevos. Eso me volvió loco, lo oía gemir un poco cada vez que se metía uno a la boca. Moví mi cabeza al lado y noté que su verga había quedado justo en mi rostro…. al verlo allí, noté que una gota transparente salía de su cabeza y sin pensarlo dos veces me la metí a la boca. Tenía un sabor salado, a una mezcla de sal con jabón de cuerpo…. Me fascinaba.

- Veo que te gusta, lo oí decir.

No contesté, solo quería complacerlo, quería complacerlo como él me había complacido a mí. Allí estábamos los dos en ese 69, disfrutándonos mutuamente cuando de pronto sentí que su mano pasaba por mi trasero. Me acariciaba el trasero.
Dejé de mamarlo y miré lo que hacía. “Date la vuelta”, me dijo.

Una vez más obedecí sin pensarlo. Empezó a lamerme toda la espalda, mandando electricidad por todo mi cuerpo. Una vez en mi trasero, apartó mis nalgas dejando al descubierto mi ano virgen. Bajó su cabeza y empezó a pasar su lengua por mi orificio, una y otra vez. Recuerdo haber buscado una almohada para ahogar mis pujidos y gemidos pero no encontré nada….

- Te quiero coger - me dijo.
- Hazlo - le dije - por favor.
- Te va a doler mucho.
- Hazlo, solo hazlo - supliqué.

Me dijo que me pusiera en cuarto a la orilla de la cama. Y él, parado, colocó su pene en la entrada de mi culo. “Iré despacio”, me dijo, “si quieres que me detenga solo dilo”.
Terminada esa oración, comenzó a empujar. Como al tercer empujón su cabeza entró por completo. Mi boca dejó ir un grito leve. Edgardo se asustó un poco, y me preguntó: “¿Estás bien?”.

No pude contestar inmediatamente, luego de un momento le dije que sí. Y continuó entrando. Al principio me dolía mucho, pero no quería que parara, luego de un rato ya no sentía dolor, solo lo sentía a él, entrando y saliendo.

Una de sus manos había bajado a mi verga y me masturbaba cada vez que entraba en mí. “Qué rico estás”, me decía. “Está bien apretadito tu culo”. Yo solo gemía de placer.
De pronto, empecé a sentir una sensación en la base de mi verga. Era una sensación conocida para mí. “Estoy cerca”, le dije. “No pares”.

Al nomás que le dije eso, fue como que le hubiera dado una orden. Mi hermano empezó a metérmela más fuerte. Más duro. Había un sistema ya establecido, yo me movía también para sentirla más.

La sensación se hacía más fuerte.

Mi hermano gemía cada vez fuerte. A la par de la cama había un espejo que me dejaba ver su torso y rostro. Tenía los ojos cerrados y su respiración era pesada.
La sensación era más fuerte….. “Me voy a venir”, dije entre gemidos.
No hacía caso, lo veía por el espejo. El sudor bajando por su rostro y llegando a su pecho que se movía fuertemente.

La sensación se hizo demasiado fuerte para mí y solamente deje ir un grito que tuvo que haber llegado a la casa del vecino. Bajé mi mirada en ese instante para ver como el semen salía de mi verga, salieron como dos disparos fuertes y luego dos pequeños.
Mi hermano seguía cogiéndome. “Mové el culo, por favor”, me decía. “Ya casi me vengo”.

Seguí moviéndome y lo observaba por el espejo. “¿Así?”, le preguntaba.
Solo asintió la cabeza. Me estaba metiendo toda esa verga y luego de un momento comenzó a venirse. Me la metió hasta el tope y cayó sobre mi cuerpo. Luego se movió hacia el lado y yo quedé boca abajo en la cama. Me dolía mi trasero. El cuarto olía a sexo, si es que existe tal olor.

Había un silencio sepulcral, solo los respiros fuertes tanto de él y los míos.
Me levanté y fui a bañarme de nuevo.

¿Qué acaba de pasar? Acababa de coger con mi hermano y me había encantado.
Una vez el baño terminó, salí a la sala con la toalla en mi cintura y mi hermano estaba sentado en el sofá, vestido viendo televisión. Me vio, apago la TV y tuvimos una conversación en donde quedó claro que iba a ser un secreto entre él y yo, me preguntó si me había gustado y no pude mentir. Él solo sonrió.
Mi hermano se fue del país tres días después. Años después regresó para visitarnos, pero esa es otra historia.

Hetero Curioso


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El tren


El tren

Autor del relato: José



Berlín, agosto, era mi último día en Alemania. Durante diez he trabajado por la mañana, he pateado la ciudad por la tarde y de noche he visitado cuanto boliche gay existía en mi guía o me recomendaban.
Hermosos machos alemanes bailaban, alegres y despreocupados celebrabando el verano en bermudas y ajustadas remeras, yo los miraba tomando un trago o escuchando los shows que ondulantes travestis ofrecían con gracia inigualable, mi excusa era la barrera del idioma, pero en realidad trataba de ser coherente con la intención de fidelidad que me había impuesto. En un día estaría en Barcelona y me encontraría con uno de los grandes amores de mi vida a quien no veía hace dos años.

Decidí ir a Dresden, una ciudad cerca de Berlín y que siempre había despertado mi interés, me levanté a la madrugada, tomé el tren semidormido pero, apreciando lo acogedor de los compartimentos continué dormitando hasta mi destino. Al llegar me fui a la parte vieja y desde el palacio de Augusto el Gran Elector de Sajonia hasta la fábrica de Volkswagen ocupé mi día entero. Terminé en una megatienda de música donde compré los últimos CD que solo se conseguían en Alemania. Caía la tarde y me dirigí a la estación donde tuve que subir apresuradamente a un poderoso, aerodinámico y rojo tren. Quería descansar, por el pasillo busqué un compartimento vacío y lo conseguí, todavía no habían prendido las luces cuando me senté. En la semipenumbra alcancé a divisar en el asiento frente mío un bulto largo, ancho e informe, una tela plástica cubría algo. Prendieron las luces, la tela empezó a moverse, una rubia cabeza se asomó, una barba de varios días bostezó y unos ojos entrecerrados me miraron.

-¿Sprechen Sie deutsch? –Preguntó la barba.
-Nein -respondí.
-¿Do you speak inglish? -Insistió.
-Yes -afirmé.
-¿Ya pasó el guarda? -Inquirió.
- No lo sé, acabo de subir -aclaré.
-Me llamo Hans ¿y tú? -Mientras extendía una mano vigorosa.

Se lo dije mientras, a duras penas, soportaba el dolor del fuerte apretón.
Hans me miró mientras, y al mismo tiempo, me escaneaba con sus ojos azules.

-Vengo de vacaciones, ¿eres inglés o americano?
- Soy argentino -respondí, mientras escaneaba una evidente bolsa de dormir que lo cubría.
-¿Argentino, sudamérica? - Bien por ti Hans, pensé. -¿Hablas portugués, te gusta el Carnaval? -Vete a la mierda Hans, la maldición latinoamericana, Brasil y el Carnaval, pero lo miré sonriente.
-No, no, castellano, tango y Maradona. -Alguna marca registrada reconocería.
- ¡¡Maradona!! - Nunca falla, me sonreí. –Pero, ¿Maradona no es de Río? -Continuó.

Decidí terminar con la geografía teórica y pasar a la práctica, tomé un papel, dibujé un borroso mapa de sudamérica y le señalé:

-Aquí, Río y el carnaval, más abajo Maradona.

Hans se destapó, descalzo, jeans y remera blanca de mangas muy, pero muy cortas, una pura arruga, se sentó a mi lado. Un fuerte olor a salchichón, tierra y sudor se desprendía de un cuerpo tan vigoroso como sus manos. Mi escáner automático se deleitó mirándolo, pero mi rebelde nariz me informaba lo contrario, se inclinó, y su pelo amarillo pringoso se coloco a la altura de mis ojos. No tendría más de 20 años.

-¿Me lo muestras de nuevo? –Pidió.

Lo hice, inclinó más la cabeza y colocó su mano sobre mi pierna, peligrosamente cerca de mi bragueta.

-Entiendo… ¿Y el amor donde está? Y acercó su mano definitivamente y sin dudarlo.

Vas demasiado rápido, Hans, pensé; a lo mejor tendrías que bañarte, pero no lo dije, crucé las piernas y le respondí.

-El amor está en todas partes. - Sabía que me estaba haciendo el boludo.

Hans volvió a su asiento, se sentó, mi escáner automático me devolvía más deleite, siguiendo más furiosamente su cuerpo, mi nariz quedó neutralizada por la distancia, sus ojos me miraban dulcemente.

-Tengo un problema, viajo sin pasaje y no tengo plata.

Ahora viene el mangazo, me imaginé y me adelanté.

-¿Quieres que te pague el boleto?
- No, ya es tarde, si te hubiera conocido abajo si te lo aceptaba, ahora necesito una excusa. Cuando venga el guarda dile que estoy dormido, me tapo todo y habla tú ¿te parece?. - Más dulzura en sus ojos suplicantes.
-Me parece poco creíble ¿y si te despierta? ¿Qué te puede suceder si no tienes boleto?
- Una multa seguro, pero también puedo terminar en la policía toda la noche. Esto es grave en Alemania.

Medité, tan hermoso cuerpo y tan dulces ojos no pueden tener ese destino.

-Hagamos teatro, tú eres un argentino y además mi hermano, te haces el dormido, y si te tengo que despertar no abres la boca no sabes ni alemán ni inglés, y me dejas hablar a mí -me escuche decir, maldito escáner, el pibe me gustaba.
-Me agrada, pero perdona, lo de argentino no funciona con el guarda.
-¿Por qué? -Pregunté con fastidio.
-Porque no va a saber donde queda, como yo.
-Inglés, entonces.
- Ni inglés ni francés, no son muy simpáticos por aquí.
-¿Español? Esa me sale bien -agregué.
-No, tampoco- titubeó.




Nos quedamos en silencio, las nacionalidades parecían un obstáculo. De pronto dije:

-Suizo ¿qué te parece?
-Excelente, los suizos son muy respetados -comentó con alivio.
-Ahora el vestuario –agregué, mientras Hans me miraba inquisitivo.

Tenía que cambiar mi aspecto de turista anodino para parecerme a mi nuevo hermano, me levanté, tiré de mi camisa fuera de mis pantalones, la até a mi cintura, me saqué mis zapatos y le pregunté.

-¿Tienes ojotas?
-Si -me respondió mientras miraba fijamente la carne que yo había dejado al descubierto.
-¿Anteojos oscuros?
-También -revolviendo en su mochila y sacando el modelo chico y de cristales redondos.
-¿Espejo?
-No, pero estás bien -mirándome intrigado.
-Necesito que me despeines -le dije.

Hans se acercó, mi escáner se enloqueció, pero mi nariz lo frenó. Metió sus manos en mi pelo y lo revolvió.

-Ahora sí –afirmó. -Pareces mi hermano.
-Faltan los pasajes. ¿Tienes alguno?
-No, ¿para qué? -Desconcertado.

Busqué en mi bolsillo, el plan había sido meditado, encontré mi pasaje de ida, lo comparé, era igual al de vuelta. Puse uno encima del otro y dirigiéndome a Hans:

-Para esto, le entrego los dos pasajes al guarda y si todo va bien, no se dará cuenta.
-Very inteligent –exclamó.
-Por eso lo tenemos a Maradona -le sonreí.

Hans se acostó, el guarda pasó, con indiferencia recibió los boletos, lo llené de preguntas y horarios, aburridamente me contestó lo que pudo, saludó y se fue.
Hans se incorporó, me sonrió, se sentó a mi lado, apoyó su rubia cabeza en mi hombro y comenzó a morderme el cuello, el escáner se salió de pista.

-Hans, perdóname, pero tienes olor a comida.

Se levantó de un salto, metió la mano en su mochila, sacó un bolso y corrió hacia el baño, cuando volvió tiró el cepillo de dientes y el dentífrico sobre el asiento, lanzó sus brazos alrededor de mi cuello y muy hambriento besó mis labios, torpe, muy torpe, pero rabiosamente metió su lengua haciendo desaparecer el último rastro de mi defendida castidad. Lo acaricié suavemente, mientras besaba sus labios, llenaba mi boca con su barba y robaba a sus ojos el color.

Fue enrollando alrededor de su cuerpo su remera mientras deshacía el nudo de mi camisa, cuero con cuero nos abrazamos, alcancé a sentir sobre mi pecho la suavidad de sus rubios vellos. A lo lejos sonaba en mi mente la canción de John Lennon:

Close your eyes
Have no fear

Beautiful, beautiful, beautiful
Beautiful boy

Hans dejó mi boca y su lengua y sus dientes se ocuparon de mi cuello, mojando y besando subió a mis orejas, las probó, las mordió mientras repetía mi nombre entrecortadamente, su lengua cada vez más hábil se introdujo y recorrió el dibujo de mi cabeza, yo dejé de escuchar música, reclinado en el asiento lo dejaba hacer y me dejaba sorprender por sus descubrimientos de mi cuerpo, mientras acariciaba el suyo.

Se sacó la remera, me saqué la camisa, con fuerza nos abrazamos, masticaba, olía y chupaba, yo busqué el camino hacia sus axilas que había percibido a través de sus movimientos, enterré mi nariz, sepulté mi lengua y me llené de su olor y sabor. Hans recorrió mi pecho, con impaciencia desabrochó mis pantalones, con impertinencia se apodero de mi pija y con ansiedad se la metió en la boca rodeando con su tibia lengua la cabeza, acariciándola una y otra vez y despacio muy despacio la introdujo completa. Sentí que me mojaba, pija, culo, axilas, boca, ojos, espalda, pecho, cuello, todo acompañaba los movimientos y los gemidos de Hans.

Se incorporó, beautiful boy buscó mi boca, se la di, mordió mis labios con impaciencia, se los dí, buscó mi lengua con inquietud, se la di, me pidió mi respiración y también se la di, me soltó, se pintó los labios con mi pija que introdujo nuevamente en su boca, por momentos desocupaba la boca y pronunciaba palabras en alemán que yo no entendía, luego y en inglés se hizo entender:

-Mastubation please, please.

Dejé de acariciarlo, me incliné, introduje las manos en sus pantalones, arrebaté un pene firme, erecto y pulsátil y comencé a satisfacerlo, con sus caderas acentuaba el movimiento. El loco frenesí de paja y chupada era ya imposible de controlar, mi cuerpo se arqueó y antes que pudiera decir nada gemí mientras convulsivamente me descargaba en su boca. Apreté su pija que ya parecía tener movimiento propio, un chorro de leche me salpicó cara y cuerpo llegando hasta los respaldos del compartimento. Jadeando nos dimos las manos, Hans me la oprimió y con voz aun débil musitó mientras se mojaba los labios:

-My breakfast -y sonrió.
-At Tiffany’s -pensé.

Moon River, wider than a mile…

Mientras tranquilizábamos nuestros alientos nos acariciábamos mutuamente. Hans hundió su cabeza entre mis piernas, yo enterré mis manos en su pelo.

Las afueras de Berlín aparecieron en la ventanilla.

-Hans ¿no te parece que tenemos que limpiar un poco?
-What for -sacándome la lengua.

Seguimos abrazados, el tren entró a la estación. Nos vestimos rápidamente y bajamos, desordenadamente; juntó su bolsa de dormir y la mochila.

-¿Donde es tu hotel?

Se lo dije y ofrecí llevarlo. Era más tiempo juntos.

-No, es para el otro lado de mi casa, me prestas 1 euro, mañana voy a tu hotel y te lo devuelvo, me voy en subte.

Le di 10 euros.

-Hans, mañana viajo a Barcelona, vente conmigo ahora, nos queda la noche.
-¿What for? ¿What for? -Respondió sin mirarme.

Le tomé la mano, se soltó, se arrepintió y me pasó el brazo alrededor del cuello. Llegamos a los taxis.

-Well brother, saludos a Maradona.

Lo miré, me rehuyó, entre al taxi. Un olor a salchichón, tierra y sudor se desprendía de mi ropa.
Hans empezó a caminar. Lo mire, sonreí, media raya del culo aparecía por encima de la cintura de sus jeans.

El taxi arrancó, de mi cartera asomaron los CD que había comprado, recordé el de Ute Lemper, la increíble chansonier alemana, Surabaya-Johnny:


Du verlangtest alles, Johnny. / Me pediste todo, Johnny.
Ich gab dir mehr, Johnny. / Te di más que eso.
Nimm doch die Pfeife aus dem Maul, du Hund! / Sácate la pipa de la boca ¡Perro de mierda!


José




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Mi hermano Pepo




El siguiente relato es de la casa.


Mi hermano Pepo

Nos habíamos quedado solos viendo la tele. El novio de mi hermano se había ido a la cama, muerto después de un duro día de trabajo, visitas de la familia, cena abundante y alcohol. Mi mujer también se había ido a dormir y nuestra madre se había ido con unas amigas al karaoke. Así que estábamos solos, Pepo y yo, viendo la tele en silencio. Pepo tiene veinticinco años y es gay desde que tiene uso de razón. Yo le llevo dos, y soy hetero desde los trece.

- ¿Te acuerdas de cuando nos hacíamos pajas en la cama? –le pregunté a Pepo, de improviso.

Mi hermano sonrió. Creo que hasta se puso un poco colorado.

- Había goteras en tu habitación –dijo Pepo.
- Sí, aquel espantoso invierno.
- Y nos pusieron a dormir juntos.
- Una semana.
- Y nos hicimos pajas todas las noches.
- Tú a mí y yo a ti.

Guardamos silencio durante un rato. Pero hacía mucho tiempo que quería preguntarle lo que le pregunté a continuación.

- ¿Me deseabas?

Pepo me miró a los ojos y asintió con la cabeza.

- ¿Y ya habías estado con chicos? –nunca habíamos hablado del pasado. Me animaba ahora porque, de pronto, de unos años a esta parte, hablar de esas cosas con tu hermano homosexual ya no estaba mal visto.
- Había hecho lo mismo que hice contigo con un compañero de clase, pero poco más. Bueno. A él le hice una mamada. Mi primera mamada…

Aunque Pepo no lo supiera él había llegado al punto donde quería llegar yo al iniciar nuestra conversación.

- ¿Y no te quedaste con ganas de…? Ya sabes…
- ¿De hacerte una mamada a ti?
- Eso.
- La verdad es que cuando arreglaron las goteras cogí una buena depre, pero suplí tu falta con… otras cosas. Y sí, hubiera dado lo que fuera por poderte hacer una mamada. Cosas de críos –y se encogió de hombros.

Seguimos viendo la tele. En cierto momento me estiré para bajar un poco la intensidad de la lámpara halógena. Pepo me miró, divertido.

- ¿Quieres crear una atmosfera acorde con la conversación?
- Dime una cosa.
- Dispara.
- Has dicho que supliste mi falta con otras cosas.
- Ajá.
- ¿Qué otras cosas?
- Huff, quizá resulte embarazoso.
- No creo.
- Bueno… sabía exactamente dónde guardabas las revistas porno. Dos o tres veces por semana esperabas a que todo el mundo estuviera durmiendo –aquí hizo una pausa y me miró con cierta intensidad, como diciéndome que no había cambiado mucho en todos estos años – y te metías en el cuarto de baño, y ahí te pasabas a veces hasta dos horas dándote caña.
- Sí… -dije, con cierta nostalgia.
- Yo miraba por la cerradura.
- No jodas.
- Cada bendita vez. La cerradura daba justo en el water, a la altura de tu polla. No podía estar mejor medido. Y mientras te masturbabas dentro, yo lo hacía en el pasillo.
- Nunca hiciste ningún ruido.
- No podía arriesgarme a destruir nuestras sesiones. El día más humillante de mi vida fue cuando mamá se levantó y me estuvo observando cosa de cinco minutos antes de encender la luz del pasillo. Me hice un ovillo en el suelo, pillado infraganti, como si así fuera a hacerme invisible a los ojos de mamá.
- No me enteré de eso. ¿Cómo es posible?
- Estarías muy ocupado con tus impulsos onanistas. En fin, mamá me cogió del brazo, me llevó a la cama y me echó una pequeña bronca sobre la privacidad. Luego se fue a dormir y tú apareciste quince minutos después, recién corrido, supongo. Yo juré que jamás volvería a espiarte, pero el impulso era demasiado fuerte, y a la siguiente vez que te oí levantarte y sacar las revistas del doble forro del baúl, ya estaba de nuevo dispuesto a aposentarme tras la puerta.
- Vaya, vaya. Así que te estuviste divirtiendo a mi costa.
- Cosa bárbara.




Fijamos nuestras miradas en el televisor. Yo no sé si pretendía solo mantener una conversación caliente o estaba intentando conscientemente calentar a mi hermano gay, pero en cierto momento dejé caer una mano sobre mis pantalones y me acaricié el miembro un poco. Pepo fingió que no lo había visto.

Recordar aquellos tiempos había despertado el adolescente que todos llevamos dentro, y saber que lo que me proponía estaba prohibido (los dos estábamos comprometidos) y que en la casa estaban nuestras parejas, que podían despertar en cualquier momento, lo hacía más excitante. Aún faltaba que Pepo quisiera morder el anzuelo, cosa que no estaba nada clara. Yo descubrí, por mi parte, que si por mí fuera ocurriría, cuando la verga se me puso tiesa como pocas veces en mi vida. Pepo siguió haciéndose el despistado y yo me repasé todo el vergajo arriba y abajo por encima del pantalón. Pepo miraba obstinadamente hacia el televisor. Quise creer que con el rabillo del ojo seguía mis movimientos pero no podía estar seguro. Así que cogí el mando a distancia y apagué la tele. Pepo me miró entonces a los ojos. Yo le pregunté con la mirada y finalmente él asintió despacio con la cabeza. Pensando que si no actuaba pronto mi hermano podía cambiar de opinión, me abrí los pantalones con premura y me los bajé, acompañados del slip, hasta los tobillos. Mi polla salió a recibirlo totalmente enhiesta. Verme de nuevo desnudo delante de mi hermano me hizo excitar aún más, hasta el punto de creer que sería capaz de correrme sin que Pepo me la hubiese tocado todavía. Pepo se arrimó a mí, pero en lugar de ir directo hacia mi rabo cogió el polo por los costados y me lo sacó por la cabeza, dejándome el pecho al descubierto. Después me acarició los abdominales, las tetillas y los brazos. Se recolocó en el sillón para poder poner su cara contra la mía, y la enterró luego entre mi hombro y mi cuello, aspirando mi aroma.

- Hueles muy bien –susurró.
- Tú también –dije, y para mi sorpresa la voz me salió ronca. La excitación y el ansia por continuar podían conmigo.

Mi hermano me besó el cuello, me chupó el lóbulo de la oreja derecha y me fue repartiendo besos hasta llegar a la comisura de la boca. Ahí se detuvo esperando mi aprobación. Yo nunca había besado a un hombre, pero este hombre era mi hermano y besarlo no solo me parecía lo adecuado, sino que sólo de pensarlo me recorrió como una corriente eléctrica por toda la polla, así que abrí la boca y recibí sus labios primero, probando la suavidad de los míos, y luego su lengua, buscando la mía y enzarzándose ambas en una lucha de placer.

Sentía el latido de mi verga, tan fuerte que me sorprendía que no hiciera hasta ruido. Necesitaba que se la metiera en la boca ya. Pepo viajó hasta mi oído y me dijo:

- ¿Quieres que te la coma?

Asentí con la cabeza, porque sabía que la voz no me saldría.

Pepo bajó entonces hasta mi miembro, tan hinchado y palpitante que no lo reconocía como mío. En cuanto lo tocó sentí que la corrida era inminente. No iba a soportar mucho más. Entonces su mano aferró mi miembro para medir su tamaño y sus labios besaron el glande y vi el cielo. Sin pensar en lo que hacía cogí su cabeza y le introduje toda la polla entre los labios, incapaz de soportar que hiciera las cosas despacio. Pepo, sorprendido, tragó a fondo. Comprendió que yo no aguantaría mucho más y empezó a recorrer todo mi falo arriba y abajo, frenéticamente, ayudado por mis manos que guiaban el movimiento de su cabeza. Pronto mi verga quedó cubierta de su saliva. Pepo mamaba, mamaba, mamaba, y yo le ayudaba con arremetidas de la pelvis y sin dejar que se la sacara de la boca. Mi hermano tenía una cabida brutal, se comía todo mi falo, que mide unos 18 y es muy grueso, hasta la base, y aún podía regar con su saliva el principio de mis huevos en cada acometida. Yo, por mi parte, tenía los sentidos embotados. La mamada era cojonuda, pero lo que me ponía a mil era que me la hiciera él, que mi hermano pudiera cumplir una de sus fantasías de adolescencia, y, qué cojones, también yo.


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