Sólo me pasan cosas buenas


El siguiente relato es de la casa



Sólo me pasan cosas buenas


Al fin, después de varios años de arduas meditaciones, he llegado a la conclusión de que debo compartir las vivencias que me participó Ignacio, mi mentor, a fin de ayudar, inspirar o traer luz a quien pueda necesitarla.

No diré quién soy, porque en ésta y en sucesivas historias el único protagonista es Ignacio, quien desapareció misteriosamente hace unos años y que, esté donde esté, será un hombre tan feliz como ningún hombre haya sido.

Nuestra historia comienza un frío día de Diciembre, en Mallorca, lugar dónde Ignacio Sabio residía, y quizá aún resida.

El hotel estaba saturado de periodistas deseosos de lanzar sus preguntas al escritor que había conseguido vender dos millones de ejemplares de una novela de autoayuda en un país sin demasiada tradición en este campo y, por tanto, baja demanda. Ignacio Sabio sostenía su libro “Atrayendo las cosas buenas”, y mostraba una impecable y seductora sonrisa ante las cámaras de los fotógrafos. No sólo era un escritor superventas, sino que además era joven (32 años) atractivo y todo un maestro en la cama (numerosos amantes de ambos sexos, entre los que me incluyo, podían atestiguarlo).

- Hay quien dice que lo único que ha hecho es coger veinte libros de autoayuda americanos y hacer un refrito. ¿Es cierto? –preguntó un periodista, tan mezquino como su pregunta.
- En realidad eso es exactamente lo que he hecho –contestó Ignacio Sabio, sin perder la sonrisa.


El periodista pareció decepcionado. Otra periodista, con mejor aspecto y mejores modales, le lanzó otra pregunta siguiendo el tema.

- Señor Sabio, yo sí he leído su libro y no he encontrado nada ni remotamente parecido a un plagio de otros autores.
- Me alegro de que piense de esa manera.
- Entonces, ¿es cierto lo que le ha dicho a mi compañero? ¿Ha hecho una mezcolanza de otros títulos exitosos y ajenos?
- En absoluto. Este libro es fruto de mi propia experiencia, de mi filosofía, de mis tremendos errores y modestos aciertos, de mis tropiezos, mis caídas y la forma en que después me levanto del camino extraordinario y polvoriento que es la vida… Todo lo que tiene este pequeño hijo de puta en su interior es fruto de su papá, que soy yo.


Se oyeron algunas risas. Entonces intervino el mezquino.

- ¿Y por qué me ha contestado a mí lo contrario?
- ¿Cómo se llama?
- Juanjo.
- Bien. Querido Juanjo, si hubiera leído siquiera la introducción de mi libro sabría que uno de los diez puntos esenciales de mi filosofía es que a la gente hay que decirle lo que quiere oír, ya que es una forma directa de hacerla feliz.


Se oyeron algunas risas más y el periodista Juanjo se puso rojo como un tomate.

- A mí no me acaba de hacer feliz, precisamente –dijo el periodista Juanjo en un arranque de inspiración.
- Porque otro de los diez puntos esenciales de mi filosofía es dar una lección a quién la necesita.


El tema quedó zanjado cuando un tercer periodista lanzó su pregunta.

- Pero sí es cierto que usted habla en su libro de la ley de la atracción, y coincidirá conmigo en que eso no es una idea suya.
- También hablo de mis viajes en tren y a nadie se le ocurriría preguntarme si yo inventé el ferrocarril. La ley de la atracción, para bien o para mal, es algo suficientemente documentado como para que le otorguemos la misma sustancia que al pollo con champiñones que hemos comido a medio día o a la playa a la que llevamos a nuestros hijos en verano. Yo he sentido en mi propia carne la ley de la atracción, me ha llevado a dónde estoy hoy, y por lo tanto, hablo de ella en mi libro.
- Usted le da una importancia notable a las listas. ¿Tan importantes las considera? –preguntó otro periodista desde el fondo de la sala de congresos.
- Sin ellas yo no habría podido escribir este libro, mucho menos publicarlo. La mente humana tiende a divagar. Lo que es importante para nosotros hoy no lo es mañana. La única forma de conseguir cumplir los objetivos es recordarnos constantemente que tenemos objetivos, y ahí es dónde entran en juego las listas. Apuntamos todo lo que es importante hoy, en este día, para nosotros. Todo lo que queremos o sentimos que debemos hacer tiene que ir en la lista Al final del día tachamos aquellas cosas que hemos hecho y al día siguiente copiamos en la nueva hoja las que no hicimos. Como están al principio de la nueva lista, las consideramos prioritarias. Si ese día tampoco les prestamos atención seguirán apareciendo en sucesivas listas, pendientes de resolución. Así no permitimos que las cosas importantes hoy dejen de serlo mañana por el indecoroso exceso de inconstancia mental que padecemos como especie. Algo tan sencillo y aparentemente inocuo como una lista apuntada en un papel puede cambiar la vida hasta límites insospechados.
- ¿Y si soy tan inconstante que me olvido de hacer la lista? –preguntó alguien.


De nuevo las risas.

- Tendrá que apuntar “volver a hacer mi lista” en la siguiente lista.
- ¿Es cierto que a usted sólo le pasan cosas buenas? –preguntó un periodista que aún no se había estrenado.
- Es cierto, sí.
- ¿Y no le da miedo que un loco de pronto saque una pistola y le vuele los sesos?
- Es más probable que eso le pase a usted.
- ¿Por qué dice eso?
- Porque es usted quien ha tenido ese pensamiento, e, inevitablemente, lo que pensamos es lo que atraemos. Yo ni siquiera considero, no ya dignos de mención, sino dignos de sobrevolar mi mente, esa clase de pensamientos.
- Pero ya lo he mencionado. Y usted me ha escuchado. Ha traspasado su mente impoluta y ese pensamiento también es ahora suyo. ¿Podría ocurrir ahora?
- En absoluto.
- ¿Por qué?
- Porque entonces no podría ver la televisión, ni coger un avión, ni salir de mi casa, y la vida se tornaría pero que muy aburrida. Porque los medios nos bombardean constantemente con cosas horribles y la gente te suele contar siempre en primer lugar lo malo. Pero lo que me hace ser yo y que me ocurran las cosas que me ocurren es lo que yo pienso, no lo que piensa usted o lo que piensen los medios, y yo, como ya le dije, ni siquiera me planteo ese tipo de cosas, ni aunque se las oiga a usted. ¿Me explico?
- Perfectamente. Pero podría ocurrir. No puede negar que podría ocurrir.
- Si va a sacar una pistola, hágalo ya. Estoy empezando a aburrirme.


La periodista amable de antes atajó el tema llevándolo por otros derroteros.

- ¿Sólo le pasan cosas buenas?
- Así es.
- ¿Y esos errores de los que hablaba antes?
- Los errores son cosas buenas. No olvide que un gran problema es una mayor oportunidad.
- ¿Y desde cuando le pasan sólo cosas buenas?
- Desde que empecé a vivir “Atrayendo las cosas buenas”, que, por cierto, es el título del libro por el cual están ustedes aquí.


Así siguió transcurriendo la rueda de prensa durante cerca de cuarenta minutos más, pero las cuatro pinceladas que quería subrayar sobre Ignacio Sabio las ha dado él mismo a través de las primeras respuestas que dio a aquellos periodistas una tarde de Diciembre y que seguramente leerían en su día ustedes en el suplemento dominical de cultura de su periódico preferido.

La aventura comenzó justo después de la rueda de prensa. Cuando todos los periodistas se hubieron marchado e Ignacio subía a su habitación del hotel a recoger sus cosas para volver a casa, un hombre lo abordó. Fue al salir del ascensor, en el quinto piso, planta que se destinaba a las suites reservadas a políticos, millonarios e Ignacio Sabio.

- Es usted… -dijo el desconocido.


Mediría un metro setenta y cinco, era robusto, rubio y no exento de cierto atractivo a lo bruto.

- Ignacio Sabio a su servicio –dijo Ignacio, estrechándole la mano. – Se ha perdido la rueda de prensa. ¿Trabaja para algún periódico?


El hombre miró hacia las puertas cerradas de las lujosas habitaciones y se apresuró a negar con la cabeza.

- Oh, no, no. No soy paparazzi. No he subido a su habitación por eso.
- ¿Entonces…?
- Leí su libro y me apeteció conocerle. No tengo mucha suerte últimamente y pensé que quizá usted compartiría conmigo un poco de la suya.
- Pues sígame entonces. Tengo prisa, pero podemos ir hablando mientras recojo mis trastos. ¿Cómo ha dicho que se llama?
- No lo he dicho. Me llamo Tomás.
- Encantado, Tomás.


Ignacio abrió la puerta de la habitación pasando una tarjeta por la ranura a tal fin, y entró, seguido de cerca por el desconocido admirador.

- Vaya. Menuda habitación –dijo Tomás, sin disimular su asombro.
- Yo quería algo más modesto pero los organizadores insistieron. Por cierto, puede atacar el minibar, todo eso ya está pagado y yo no tengo estómago para el alcohol.


Tomás abrió la nevera y sacó tres botellines de champán. A Ignacio no le pasó desapercibido que se guardaba dos de ellos en sendos bolsillos del abrigo.

- Dígame, Tomás. ¿A qué se dedica?
- Invierto en bolsa. Me dedico única y exclusivamente a invertir en bolsa.
- Lo dice como si fuera algo malo.
- Cuando lo pierdes todo, cuando tu mujer te abandona, tus hijos te odian y el banco se queda con tu casa, lo es.
- Lo siento. ¿Llegó a tener mucho dinero?
- Más del que jamás creí posible.
- ¿Y lo perdió todo de golpe?
- En el último mes.
- Entonces lo recuperará. Hasta el último céntimo. Las personas que han tenido riqueza alguna vez, la han conseguido gracias a que tenían pensamientos de riqueza, y la han perdido a causa del miedo. Pero ahora no tiene nada que perder y la riqueza volverá, junto con su forma de ver el dinero, que es exactamente lo que lo atrajo la primera vez.
- Ojalá tenga razón. Sin embargo, también hace un mes que su libro cayó en mis manos.
- Oh…
- Y traté de seguir sus consejos para enriquecerme y estoy en la quiebra más absoluta.
- No me lo tenga en cuenta. Los principios no siempre funcionan igual para todas las personas, pero seguro que habrá sacado algo en claro de toda esta experiencia.


Tomás se acercó a Ignacio mientras éste cerraba su maletín, tras ordenar una inmensidad de papeles.

- ¿Es cierto que sólo le ocurren cosas buenas? –preguntó el hombre robusto.


Al parecer aquella era la parte de su libro que más llamaba la atención de la gente.

- Es totalmente cierto.
- Y dígame, Ignacio Sabio… ¿Hay dinero en esta habitación?
- ¿Cómo dice?
- ¿Tiene caja fuerte?
- En el dormitorio. Ahora iba a vaciarla. ¿Le apetece verla?
- Me encantaría.


Ignacio se dirigió al dormitorio con Tomás pisándole los talones.

- Está dentro del armario –anunció Ignacio.
- ¿No tendrá una pistola ahí dentro?
- ¿La necesito?
- Supongo que no. A usted solo le pasan cosas buenas. ¿No es cierto?
- Vaya, me sorprende que insista. Pero si quiere se lo repetiré. Lo es. Solo atraigo cosas buenas a mi vida.


Tomás se sacó un cuchillo de una funda que llevaba en la parte trasera de su cinturón y le puso su afilada hoja a Ignacio en el cuello.

- Ahora va a abrir esa caja fuerte y me va a dar todo lo que haya dentro.
- Con mucho gusto.
- No puedo prometerle que le vayan a seguir pasando cosas buenas a partir de este momento.
- Eso no está en su mano.
- ¿No? –Tomás lo empujó contra la puerta del armario y estuvo a punto de cortarle en el cuello en el ínterin. –Supongo que el sufrimiento lo considera una cosa buena.


Ignacio no contestó nada. Se limitó a abrir la puerta del armario, introducir la clave en un teclado alfanumérico y tirar de la manija de la caja fuerte hasta que su contenido estuvo a la vista.

- ¿Cuánto hay?
- Tres millones de euros.
- ¿Tanto?
- Hoy me hacía falta llevar todo ese dinero encima. Seguramente me haya salvado la vida.
- No se haga el gracioso.
- ¿Llegó a tener tres millones de euros cuando le iba bien en la bolsa?
- Nunca llegué ni a uno.
- Pues eso que se lleva.
- Cómo si fuese a dejarme marchar con su dinero tan fácilmente.
- La alternativa es que me mate y eso no nos conviene a ninguno de los dos.
- No se saldrá con la suya –dijo Tomás.
- Eso generalmente me tocaría decirlo a mí.
- No se va a ir de rositas, no dejaré que se quede con la impresión de que dejar que le roben tres millones sea una cosa buena porque conservó la vida.
- ¿Y qué va a hacer? ¿Cortarme una oreja? –en cuanto lo dijo se dio cuenta de que el pánico se estaba apoderando de él, porque Ignacio jamás dejaba que esa clase de pensamientos nacieran de él.
- Algo peor.


Tomás le quitó el cuchillo del cuello y lanzó a Ignacio sobre la cama.

- Quítese los pantalones –ordenó.
- No son de su talla.
- Quítese… los… pantalones.


Ignacio obedeció, pero lo hizo muy despacio.

- Vamos. Deprisa. Ahora quítese también los calzoncillos.


Ignacio lo acató sin rechistar y dejó al descubierto un hermoso miembro en estado de letargo.

- ¿La tiene morcillona? ¿Le excita que le roben, lo amenacen y le obliguen a desnudarse?
- No me excita en absoluto. Es la adrenalina. Siempre se me pone dura cuando tengo miedo.
- Curioso… Ahora túmbese boca abajo y no se mueva, o le rebanaré el cuello sin ninguna compasión.
- Sería una pena. Acabaría con la buena reputación de este hotel.


En cuanto Ignacio se hubo tumbado, con su blanco culo al descubierto, Tomás dejó el cuchillo sobre la mesita y se sacó la polla, enorme y con una venas muy marcadas, a juego con el resto de su cuerpo. Los huevos eran desproporcionadamente enormes, y eso que la verga le medía una barbaridad.

- Apuesto a que jamás le han roto el culo.
- Si estuviera jugando en bolsa ahora, obtendría beneficios.
- ¿Está casado, Ignacio?
- Felizmente.
- Quizá le ponga un poco de saliva, lo justo para que no sangre. No quisiera asustar a su esposa cuando usted llegue a casa esta noche.
- Muy considerado por su parte.


Tomás se llenó el cipotón de saliva y le restregó un poco a Ignacio en el ojete de forma ruda pero efectiva.

- ¿Tiene miedo?
- Mucho.
- ¿Es, que lo violen, una cosa buena?
- En absoluto.
- Bien…


Y de golpe le clavó la verga hasta los topes, penetrándolo con una facilidad pasmosa.

- No está gritando de dolor.
- Pero me duele.
- ¿Y por qué no grita?
- Porque alertaría al servicio o a algún huésped del hotel, y si se ve atrapado y sin salida quizá pierda la cabeza y me mate.
- Es usted frío y calculador.
- Déme más fuerte, sé que puede hacerlo mejor.


Y Tomás empezó a taladrarle el agujero sin compasión, con unas arremetidas propias más de un gorila cabreado que de un ser humano.

- Podría gritar un poco. Muerda la almohada y grite.


Ignacio se hizo con la almohada y la mordió ferozmente… y se puso a gemir como una perra en celo.

- Eso no es gritar.
- Pues déme usted más fuerte.


Y Tomás lo atrajo hacia sí, lo obligó a ponerse a cuatro patas al borde de la cama, con la almohada todavía entre sus dientes, y empezó a meterle y a sacarle el vergajo a una velocidad de infarto y a la mayor profundidad de que era capaz. Sus enormes cojones rebotaban contra las cachas de Ignacio, y con el sudor que empezaba a emanar de los poros de Tomás, pronto el sonido de aquellos huevos colosales contra la blanca piel de Ignacio fueron como de chapoteo.

- Como traga el condenado.
- Un respeto, que está hablando de mi trasero.
- Creo que así no lo humillo demasiado.
- Siga probando cosas, en algún momento acertará.


Tomás se la sacó y lo obligó a tumbarse, esta vez boca arriba. Después se descalzó y se desvistió de cintura para abajo, se puso de pie sobre la cama, con un pie a cada lado de la cabeza de Ignacio, y se sentó sobre su nariz y su boca.

- Límpieme bien el culo.
- Ya lo trae limpio de su casa. Huele a melocotón.
- Es el único gel que puedo comprar, le recuerdo que estoy en la ruina.
- Ahora podrá perfumárselo con agua de rosas.
- Empiece a lamerme el culo o le rompo el cuello.
- Eso es más efectivo, sí.


E Ignacio empezó a lamerle el orto con entrega y dedicación.

Tomás puso los ojos en blanco.

- Joooooooooder. Qué gusto.
- ¿Es que nunca le han comido el agujerito?
- Jamás.
- Pues ya ve lo que se perdía.


Y empezó a aventurar la lengua dentro de aquel esfínter virgen y apetitoso.

- Uffff. ¿Qué me está haciendo?
- Estoy entrando, pero si me hace hablar pierdo la concentración.
- No noto que esté entrando. Solo noto unas cosquillas increíblemente placenteras.
- Esa es la idea. Y déjelo ya. No puedo lenguarle si me hace utilizarla para contestar sus sandeces.
- Tiene la polla durísima. –observó Tomás. - Creo que esto tampoco lo humilla demasiado.
- Es el miedo, es el miedo.
- Creo que mejor le follo la boca, a ver si cree que se asfixia y se asusta de verdad.
- Se me va a poner el doble de dura del terror.


Dicho y hecho. Tomás le puso un par de almohadones bajo la cabeza, le hizo torcer un poco el cuello para apuntar a la boca y le metió todo el rabo hasta la garganta, quedando sus magníficos cojones apoyados en la barbilla, uno para cada lado. Ignacio aguantó sin moverse un ápice mientras Tomás empujaba más y más adentro, esperando ver caer aunque fuera una lágrima. Pero aquel hombre no debía ser un ser humano porque parecía que aquello no lo afectaba lo más mínimo.

- Es como si me estuviera jodiendo un muñeco.


Esta vez Ignacio no replicó nada porque tenía la garganta llena de polla.

Cuando Tomás se convenció de que era imposible hacerlo sufrir así, empezó a follarle la boca con todas sus fuerzas. Ignacio aguantaba las embestidas salivando en proporciones épicas, pero sin dar muestras de fatiga y mucho menos, un principio de arcada.

- Dios, esta boca es mejor que ese culo –decía Tomás, completamente entregado a la follada bucal.- Así, así. Traga, cabrón. Traga. Traga, condenado. Hasta el fondo. Pero qué coño digo. Tú no tienes fondo. Tragaaaaaa.


E Ignacio tragaba polla, y disfrutaba enormemente cuando los cojones de Tomás le golpeaban el cuello.

- Oh, sí. Siiiiiiii. Me voy a correr.


Ignacio aprovechó para cogerse la polla, ya que tenía las manos libres, y empezar a hacerse una paja brutal para acabar al mismo tiempo que Tomás le llenara la garganta de leche cremosa.

- Oh, siii, te vas a enterar. Te vas a ahogar en mi leche. Voy a hacer que escupas esperma durante meses.


Ignacio se volvía loco oyendo esas necedades y apresuró su pajote. Tomás le follaba la boca cada vez con mayor energía y él engullía sin grandes problemas todo lo que el otro se afanaba en clavarle.




- Oh, ohhhh, ya, ya. Me voy a correr. Prepárate, cabrón, que me corro. Me corro. Me corrooooooo.


Y mientras el movimiento disminuía un poco los chorros de esperma salieron disparados uno tras otro, y con el vergajo del Tomás casi en la traquea, Ignacio no tuvo mucho problema en hacerlos pasar. Pero antes de terminar de escupir leche Tomás fue retirando su pollaza y entonces Ignacio tuvo la oportunidad de saborear el semen de aquel tiarro, al mismo tiempo que entre espasmos se corría abundantemente sobre su propia barriga.

Tomás le paseó la verga por toda la cara, esparciendo la leche, y acabando luego dándole golpecitos en los labios con una polla que empezaba a flaquear, mientras Ignacio se relamía extasiado.

- Joder. Menuda corrida te has pegado tú también –dijo Tomás, admirado al ver el pegajoso charco que inundaba el estómago y pecho de Ignacio.
- Cuando tengo mucho miedo, me corro abundantemente –dijo el otro.
- Ya…


Tomás se vistió deprisa, mientras Ignacio lo miraba relamiéndose aún su leche desde la cama, se guardó el cuchillo en el cinto y se sacó una bolsa del bolsillo de la gabardina, procediendo a llenarla de fajos de billetes de quinientos y doscientos euros.

Cuando cerró la bolsa Ignacio le preguntó:

- ¿No te lo llevas todo?
- Me llevo solo la mitad. Es bastante más de lo que perdí por culpa de tu libro.


Y sin cruzar una palabra más salió de su habitación y de su vida.

Ignacio se quedó un rato en la cama, disfrutando el momento, otro de los principios esenciales de su filosofía. Después se dio un largo baño en la bañera de hidromasaje, se puso una bata, abrió la nevera y sacó un batido de vainilla, que se sirvió en una copa de champán, y llamó a su esposa para decirle que la rueda de prensa había dado paso a una cena a la que estaba obligado a asistir y que lo más seguro es que dormiría en el hotel.

Vio un rato la televisión, se conectó a internet para leer las primeras críticas de su libro, y cuando le entró sueño hizo el ritual de arreglarse las uñas, lavarse los dientes, y sacar su lista de objetivos diarios del maletín.

Sólo quedaban tres objetivos sin tachar para ese día.

Dar una rueda de prensa perfecta que obligara a una infinidad de lectores a comprar su libro, aunque sólo fuera por curiosidad.

Ayudar económicamente a alguien que lo necesitara.

Y tener un encuentro sexual inesperado y muy caliente con un hombre.

Tachó los tres.




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Empaque y profundidad


El siguiente relato es de la casa



Empaque y profundidad


Ignacio Sabio siempre ha sido (y seguro, sigue siendo) un hombre que acata sus responsabilidades, sean éstas cuales sean, desde el primer momento, con entereza y decisión. Y siempre cumplió esa norma, excepto con su hijo.

Nuestra historia comienza cuando Ignacio cumple los cuarenta. Ya tiene publicados ocho libros, uno por año, goza de una excelente salud, un matrimonio feliz y tiene más dinero del que jamás podrá gastar.

El día de su cumpleaños, Ignacio fue agasajado por sus amigos con sorprendentes regalos. Como todos los años, antes de abrir el primer regalo, destapó una pizarra donde había apuntado todo cuanto pensaba recibir por esa fecha. Era una lista secreta que no compartía con nadie, ni siquiera con su mujer. Los amigos lo sabían, y aquello se había convertido en una especie de juego anual. Todo el mundo se devanaba los sesos para encontrar el regalo más estrambótico, aquel que fuera imposible que Ignacio pudiera prever. Pero año tras año, cuando Ignacio destapaba su pizarra y empezaba a abrir regalos, los regalos recibidos eran exactamente los que él quería que le regalaran. De alguna forma Ignacio Sabio conseguía que el Universo trabajara para él. Sus amigos estaban convencidos de que debía haber un truco. Quizá todos recibían una llamada por separado exigiéndoles un regalo específico, con la complicidad de perpetuar la broma, pero eso valía para los regalos de todos los demás, no para el tuyo, que en tu fuero interno sabías que lo habías comprado porque te había apetecido, no porque Ignacio te hubiera obligado a ello, a no ser que lo hubiera hecho telepáticamente.

Pero aquel año hubo una inesperada sorpresa.

Todos los regalos estaban abiertos, desde un viaje con estancia de tres semanas pagadas en Las Vegas, de un amigo adinerado, hasta un vibrador anal, obsequio de una solterona amiga de su esposa (e incluso aquel regalo estaba en su lista, para regocijo de la concurrencia). Todos los regalos apuntados en su pizarra habían sido tachados. Pero encima de la mesa quedaba un paquete sin abrir, y en la pizarra no había nada más escrito.

Los asistentes a la fiesta empezaron a murmurar. Ignacio miraba aquel regalo extra, con una ceja alzada. Quizá incluso había un temor reverencial en su mirada.

Que lo abra, que lo abra, empezó a festejar la multitud enardecida, e Ignacio cogió el paquete que había desafiado la exactitud de sus listas y lo sopesó, con cierta mansedumbre.

- Al parecer este año me he olvidado de pedir algo por mi cumpleaños. Debe ser algo muy importante para que no se me ocurra qué puede ser ni quién me lo envía.


Y lo abrió. Y al abrirlo le cambió la expresión de la cara.

Era un álbum de fotos de su hijo Francisco.

Ahí estaba en imágenes toda una vida de la que se había desentendido. Examinó las fotografías con manos temblorosas, mientras sus amigos se arremolinaban alrededor.

- ¿Quién es? –preguntó alguien.
- Es mi hijo.
- No sabía que tuvieras hijos.
- Sólo éste. Pero se lo llevó su madre nada más nacer. En aquella época yo era un borracho insoportable, y ella decidió darle una vida mejor lejos de mí.


Ana María, su actual esposa, lo observó desde cierta distancia cerrar el álbum y componer una sonrisa, aunque ella sabía que por dentro, Ignacio estaba llorando.

Aquella noche, cuando se acostaron, ella insistió en que debía conocerlo. Él no quiso hablar del tema pero a la mañana siguiente descubrió que Ana María le había confeccionado la lista matutina de cosas por hacer (cosa que nunca había hecho con anterioridad) copiando las cuatro tareas que no había llevado a cabo el día anterior y situando por encima de todas ellas: Conocer a mi hijo Francisco en profundidad.

Ignacio se encerró en su estudio todo el día, con la excusa de trabajar en su próximo libro, “Visualízalo hoy, disfrútalo mañana”, pero en realidad fue incapaz de concentrarse. Después de toda una vida de cumplir objetivos, la maquinaria estaba en marcha, bien engrasada, y era inexorable. Ana María había metido a Francisco en su lista, y la vida se lo traería más temprano que tarde, quisiera él o no.

Pero si no salía de su estudio, si se encerraba a cal y canto y daba órdenes estrictas de que no lo molestaran, el carrusel del destino no aparecería de pronto ante sus narices, trayendo de la mano al hijo desconocido y reiteradamente olvidado.

Así que pasó un triste día aislado del mundo y al caer la tarde se sintió tan estúpido que se puso su mejor traje, abrió la agenda, comprobó que había cuatro fiestas a las que podía asistir aquella noche, eligió una al azar y preguntó a su esposa si deseaba acompañarle.

- No, cariño. Yo prefiero quedarme y que me folle bien follada el jardinero –bromeó Ana María.


Así que Ignacio salió solo aquella noche, y de camino a la fiesta paró a repostar en una gasolinera, y lo cierto es que no le sorprendió demasiado que al entrar en la tienda a pagar la gasolina, el empleado que debía cobrarle fuera su propio hijo.

- Ostras papá, qué sorpresa –dijo Francisco, que sí estaba sorprendido. - ¿Recibiste el regalo?
- Lo recibí.
- Pensé que presentarme en persona quizá iba a ser demasiado fuerte.
- ¿Llevas mucho trabajando aquí?
- Dos semanas.
- ¿Y cómo lo llevas?
- Bien, bien. Oye, papá.


A Ignacio le sorprendía lo cómoda que sonaba esa palabra en boca de Francisco, para no haberse visto en persona jamás en la vida.

- Dime, hijo –probó él.
- ¿Tienes algo que hacer? Salgo en cinco minutos.
- Voy a una fiesta.
- ¿Puedo acompañarte?
- Me encantaría.



Diez minutos después, Francisco ya no vestía el uniforme de la gasolinera e iba cómodamente sentado a la vera de su padre, en el biplaza descapotable que le había regalado la editorial al publicar su quinto éxito de ventas.

- He leído todos tus libros –dijo Francisco, sin quitarle el ojo de encima a su padre.
- ¿En serio?
- Me moría de ganas de conocerte.
- No lo sabía.
- Mamá quería que antes cumpliera los dieciocho.
- ¿Ya los tienes?
- Hace poco más de un mes.
- Lo siento…
- ¿Por no acordarte de mi cumpleaños? Yo sabía el tuyo porque lo dejaste caer en uno de tus libros. No te culpes por no conocerme hasta hoy. Las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir.
- Creo que eso también lo has leído en uno de mis libros.
- Posiblemente.
- ¿Cómo es que trabajas en una gasolinera? He ido enviando dinero para pagarte la Universidad.
- No me interesaba seguir estudiando. Quería seguir tus pasos.
- Eso es muy halagador, pero no hay nada malo en seguir mis pasos y tener al mismo tiempo una preparación.
- Has tardado menos de cinco minutos en ejercer de padre. Mal vamos –y Francisco sonrió y la noche de Ignacio se iluminó como si fuera de día.


Aquella noche Ignacio Sabio acudió a una fiesta con su hijo, al que presentó a todo el mundo como Francisco Sabio, aunque la madre del chico nunca le había dejado utilizar ese apellido, y unas horas más tarde, distendidos por el alcohol, conversaban amigablemente en la azotea del hotel en el cual se celebraba aquella fiesta, solos bajo las estrellas.

- ¿Sabes que te pareces muchísimo a mí? –dijo Ignacio en determinado momento.
- Eso es cosa de los guisantes de Mendel.
- Ayer me quedé sin habla cuando vi el parecido en las fotos que me enviaste.
- Eso es bueno. Creo que en cierta forma nos ha acercado más rápidamente.
- ¿Habías imaginado alguna vez nuestro encuentro?
- Muchas veces.
- ¿Te ha decepcionado hoy?
- Por supuesto.
- ¿Cómo que por supuesto? ¿Qué clase de respuesta es esa?
- Una muy sincera.
- Supongo que nunca me perdonarás que no haya sido un padre para ti.
- En realidad preferiría que no lo fueras.
- Sólo has tardado tres horas en convertirte en un hijo despechado.
- No es eso –y Francisco clavó una extraña mirada en los ojos de su padre. – Tú siempre has dicho en tus libros que la verdad es la única forma de acercarnos a las personas.
- Lo creo firmemente.
- Que a veces perdemos el tiempo dando rodeos cuando la verdad nos acercaría a lo que anhelamos en un tiempo récord.
- Nunca lo he dicho exactamente así pero es una buena aproximación.
- Bien. No me queda más remedio que ser sincero contigo.
- Ataca, creo podré soportarlo.
- Estoy enamorado de ti desde el día en que vi tu foto en la contraportada de tu tercer libro, mucho antes de saber que eras mi padre.


Ignacio se lo quedó mirando completamente atónito.

- No puede ser…
- Pues te aseguro que es verdad.
- No es posible que no lo haya previsto. Por lo general sé perfectamente todo lo que va a ocurrirme.
- Es difícil pronosticar que tu hijo te vaya a decir lo que te he dicho yo.
- No para mí.
- ¿Y qué opinas?
- Que lo tuyo es un plan superior. Creo que tus objetivos son más poderosos que los míos.
- Mi carta “amo a mi padre” ha ganado a tu carta “planeo mi vida al dedillo”.
- Esencialmente.
- Vale. Pero, ¿qué opinas de lo que te he contado?
- ¿Estás enamorado de mí?
- Hasta la médula.
- ¿Cómo hombre o como hijo?
- Como hombre, y desde que descubrí que eras mi padre, también como hijo. ¿Algunas vez te has acostado con un hombre, papá?
- Bastantes veces, la verdad. Pero nunca con uno que además fuera hijo mío.
- Siempre hay una primera vez.
- ¿Es que vamos a hacerlo?
- Lo mío es un plan superior. Mis objetivos son más poderosos. Mi carta gana a la tuya. No te queda más remedio que dejarte llevar, aunque no seas capaz de ver el final del camino, papá.
- Tienes una voz muy seductora.
- La heredé de tus guisantes –y Francisco le cogió a su padre los cojones por encima del pantalón. –Aunque son del tamaño de pelotas de golf.
- Uf, creo que esto va a ser caliente.
- Espera y verás.


Y mientras Francisco le magreaba los huevos a su padre por encima del pantalón se acercó a su boca y le lamió los labios. Ignacio suspiró. Francisco lo empujó para que se recostara en la hamaca (la azotea estaba llena de ellas) e introdujo la lengua en la boca entreabierta de su padre mientras con la mano le bajaba la cremallera.

Ignacio separó las piernas mientras se dejaba hacer. Francisco le bajó los calzoncillos y sacó la polla de su padre y sus cojones por la abertura de la cremallera, pasó los dedos por el prepucio y sintió como la cálida verga de Ignacio crecía bajo su tacto hasta ponerse tiesa y totalmente erecta.

- ¿Te gusta la polla de tu padre? –preguntó Ignacio, sin perderse detalle.
- Es como la mía.


Francisco comenzó entonces a comerle la boca a su padre con ansia, excitadísimo al sentir la anhelada polla de su progenitor entre sus dedos, y el rizado vello de sus cojones en la palma de la mano, cuando bajaba para palpar aquel delicioso manjar, como si quisiera conocerlo bien al tacto antes de pasar al momento álgido en que se los metiera en la boca.

Ignacio pasó los dedos por el pelo corto de su hijo mientras se morreaban, y luego lo acercó hacia sí, sintiendo que no podía haber una manera mejor para superar tantos años de ausencia que entregarse totalmente a Francisco y hacerlo feliz aquella noche hasta el punto que el muchacho necesitara o permitiera.

Francisco empezó a pajearlo lentamente, al tiempo que apretaba su erección, aún cubierta, contra la cadera de su padre. Ignacio empezó a desabrocharse la camisa (las chaquetas se las habían quitado al subir a la azotea) y ofreció su pecho a su hijo para que hiciera con él lo que se le antojara. Francisco bajó de su boca a su barbilla, pasó al cuello, lo besó con fervor, y luego bajó hasta un pezón, que inauguró con un lametón que hizo que su padre se estremeciera.

- ¿Te gusta, papá?
- Oh, sí. No sabes cuánto.
- ¿Quieres que siga?
- Por y para siempre.
- Estás buenísimo, cabrón. –Y Francisco se entregó a la tarea de comerle las tetillas a su padre, sin dejar de pajearlo, mientras Ignacio le acariciaba el pelo y le iba susurrando “sigue así, oh, que bueno” en una voz baja y anhelante que hacía que Francisco se calentara más y se entregara al máximo.


Tras comerle bien las tetillas bajó hasta el ombligo, y la verga de su padre empezó a latir rítmicamente entre sus dedos, más enhiesta conforme la boca de Francisco se acercaba.

- Hijo, no puedo más. Cómele la polla a tu padre.
- ¿Quieres que te haga una buena mamada?
- Quiero que me hagas la mejor mamada de toda mi vida.
- Procuraré no decepcionarte, papá.


Y lentamente acercó los labios a aquel tronco palpitante y al poco empezaba a engullir con avidez la verga de papá, mientras unos escalofríos deliciosos atravesaban el cuerpo de los dos.

- Oh, sí. Vamos, hijo. Chúpame la verga. Siente como se te llena la boca de polla.


Francisco empezó a mamar a dos carrillos, mientras Ignacio ponía las dos manos sobre su cabello y hacía un poco de presión para que se la metiera más adentro.

- Oh, joder. Joder. Joder. Cómo la mamas.


A cada palabra de su padre, Francisco se afanaba más y más, poseído por un ardor y unas ansias de obedecer su petición increíbles.

- Así. Trágatela toda. Quiero que me la empapes bien. Ahora recoge esa saliva. Así, hasta el fondo. Traga. Joder. Jooooder.


Mientras Francisco comía polla sin descanso empezó a desabrocharse los pantalones.

- Eso es. Desnúdate –lo animó su padre.


Consiguió bajarse los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas, y sin sacarse el vergajo de papá de la boca, cambió de postura para que su culo imberbe quedara cerca de la mano derecha de su padre.

- ¿Quieres que te prepare el culo?


Francisco asintió, sin dejar de mamar, amorrado a aquel mástil que cada vez se ponía más enorme, como si no tuviera un tope. Ignacio se llenó los dedos de saliva y acarició con ellos el prieto agujero de su hijo, mientras Francisco recibía sus caricias con un estremecimiento gozoso.

- Chúpame los cojones, hijo. Dame un poco de tregua o harás que me corra antes de tiempo.


Francisco obedeció sin decir una palabra. Bajó hasta colocar la nariz a la altura del ano de papá y dejó que sus enormes cojones se posaran suavemente en su mejilla bien afeitada, disfrutando del tacto de sus peludos testículos en la cara.

- ¿Estás disfrutando, hijo?
- Es lo que siempre he soñado, papá.


E hizo un traje con sus labios al cojón izquierdo. Ignacio seguía acariciándole el orto con los dedos llenos de saliva, y Francisco respondía moviendo el trasero con movimientos lentos, placenteros y sensuales. Entonces el padre apretó el dedo índice en el esfínter del hijo y lo introdujo lentamente en el recto, mientras el hijo apretaba el culo contra su mano para sentir cuanto antes aquel dedo en su interior.


- Vaya, estás deseando que te folle, ¿eh?
- Más que nada en este mundo, papá.


Ignacio empezó a mover el dedo en su interior, haciendo círculos, hasta que comprobó que aquel trasero tragón pedía un dedo más. No tardó en complacerlo metiendo no uno sino dos más, que Francisco recibió gratamente mientras seguía apretándose contra la mano del progenitor en busca de sensaciones más fuertes.

- Creo que este culo necesita que lo empalen. ¿Quieres supervisarlo tú, o prefieres que te folle sin miramientos?
- Adivina, papá.


Ignacio se levantó y Francisco, con una expresión de lujuriosa anticipación en la cara, se puso a cuatro patas sobre la hamaca, ofreciendo a su padre su culo en pompa.

- Métemela entera, papá. Fóllame. Quiero sentir tu polla en mis entrañas.


Ignacio le abrió las cachas del culo, se llenó los dedos con abundante saliva y regó generosamente el ano del chaval. Entonces, sin hacerse de rogar, se colocó en posición y arrimó el cabezón de su vergajo a la entrada caliente y deseosa del chico. Cuando Francisco notó el contacto de aquel rabazo en su trasero, la largamente esperada polla de su padre, se estremeció de arriba a abajo. Ignacio no pudo soportar el impulso de penetrarlo al verlo disfrutar de esa manera tan sólo con un roce, y le metió la polla, de un solo golpe y hasta los huevos. Francisco gimió de placer e Ignacio empezó a encular a su hijo en profundidad, con unas embestidas sin compasión que Francisco recibía gustoso mientras sacaba la lengua y se relamía de gusto.

- ¿Te gusta cómo te folla tu padre?
- Me encanta, papá.
- ¿Quieres que te dé más caña?
- Toda la que quieras darme.


Ignacio lo tomó por las caderas, lo atrajo hacia sí y empezó a embestirlo más pausada y profundamente, consiguiendo metérsela más y más adentro, mientras su hijo hacia presión hacia él para ayudarle a llegar más y más profundo.

- ¿Te gusta?
- Dios, sí.
- Tienes un culo cojonudo, hijo.
- Lo sé, papá.
- Me encantaría follármelo más veces.
- Siempre que quieras.


La follada ganó en intensidad, en velocidad e, increíblemente, en profundidad.

- Tienes una verga fantástica, papá. Parece que nunca deja de crecer.
- Eres tú el que tienes un trasero fabuloso. Parece no tener fondo, hijo.
- Dame caña, papá. Dame más rápido. Quiero que me llenes todo el ojete con tu leche.


Ignacio, obediente, aceleró las arremetidas, mientras Francisco empezaba a pajearse buscando correrse a la vez que su padre.

- Oh, qué culo tienes. Seguro que te caben dos pollazas sin problemas.
- Si deseas follarme con un amigo, yo encantado, papá.


Ignacio, sólo de imaginarse follándose a su hijo en compañía de otro tío, sintió que la corrida era inminente.

- Estoy a punto, hijo.
- Dale, papá. Yo también me voy a correr.
- Uf, ya me viene.
- Sí.
- Oh, qué gusto.
- Córrete dentro.
- Ya, ya… Me corroooo. Ahhhh.


Al mismo tiempo que la verga de Ignacio descargaba los chorreones de esperma tibio en las profundidades de su hijo, Francisco se corría sobre la hamaca, soltando trallazos de leche al mismo ritmo que recibía los de su padre colmándole el ojete.

- Oh, que bueno… -decía Ignacio, mientras se retorcía con cada descarga.


Y Francisco se apretaba contra él para sentir todo el tamaño de su miembro en su interior antes de que perdiera fuelle.

La follada se prolongó cerca de cinco minutos tras la corrida recíproca, en los que Ignacio continuó penetrándolo con movimientos suaves mientras con una mano acariciaba los cojones de su hijo, de igual tamaño que los suyos.

Cuando todo acabó, padre e hijo se tumbaron juntos en otra cómoda hamaca.

- Papá, ¿te puedo hacer una pregunta?
- Adelante.
- ¿Es cierto que sólo te pasan cosas buenas?


Ignacio se rió con ganas.

- ¿Qué tiene tanta gracia?
- Esa es la pregunta del millón. Si no me la han hecho un millón de veces, no me la han hecho ninguna. Y sí, es totalmente cierto.


Aquella noche, cuando Ignacio llegó a casa, Ana María dormía como un ángel, en compañía del jardinero, que se había quedado roque con el miembro entre las piernas de su esposa, al parecer después de correrse abundantemente en sus tetas. Mientras se encaminaba hacia la habitación de invitados donde dormiría aquella noche se dijo que un desconocido quizá pensara que aquello no era una cosa buena. Pero lo que no sabría el hipotético desconocido es que el jardinero, a eso de las cuatro de la mañana, iría a buscarlo a la habitación de invitados y le llenaría la boca y el culo con su gigantesca polla, exquisita y lentamente, hasta el amanecer. Mientras se acostaba para descansar un poco antes de que llegara ese momento repasó su lista para ese día. Ana María le había escrito que debía conocer a su hijo Francisco en profundidad.

Aquella noche no pudo tachar ese objetivo porque aún no había descubierto la profundidad de sus sentimientos ni el empaque total del fabuloso culo de su hijo.




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La comida o… la comida


El siguiente relato es de la casa


La comida o… la comida

Lo que paso a relatarles me sucedió el otro día en un restaurante de Chueca, en Madrid. Había quedado con un amigo para comer en otro sitio, pero cinco minutos antes de la hora a la que habíamos quedado me llamó para anularlo, así que me puse a dar vueltas por Chueca a ver si veía un sitio que me gustase, porque el restaurante al que suele llevarme este amigo no me gusta un pelo.

Después de varias vueltas vi un mexicano. En la puerta ondulaba la bandera gay, lo cual me hizo sentir muy cómodo. Así que entré y busqué una buena mesa.

El restaurante estaba bastante lleno, todo parejitas homo y lesbis, y yo era casi el único que comía sólo.

El camarero, un oso grandote y peludete, se me acercó para tomar la comanda y como no tenía ni idea de que pedir, le pregunté qué me aconsejaba.

- Pues está todo aquí –me dijo, pasándome la carta.
- Pero, ¿no me aconsejas nada?
- Yo te aconsejaría que pidas lo que sea y luego te vayas al baño.
- ¿Cómo?
- Que los baños en este local son mejores que la comida, y que la comida es buena toda.
- ¿Y qué pasa con la mesa?
- Yo te la cuido. Y si quieres, entro a avisarte cuando tengas listo el plato.


Joder. Nunca me habían ofrecido sexo en un restaurante. Intrigado, acepté la propuesta del camarero.

- Pues ponme el plato de la casa.
- ¿De beber?
- Lambrusco.
- Muy bien. Ve tranquilo, esta mesa es tuya –y me sonrió.


La verdad es que después de nuestra corta conversación yo ya tenía la polla morcillona.

Fui al fondo del local. El baño de hombres quedaba a la izquierda. Entré y me sobresalté cuando vi que el sitio era muy oscuro, la poca luz que había era rojiza y del techo colgaban un montón de bolas de espejitos, de esas que hay en las discotecas ochenteras. Por lo demás, había seis urinarios y otros tantos retretes con puertas.

Los urinarios estaban vacíos, por lo que pensé que el camarero me había gastado una broma, pero cuando me asomé al único retrete que vi con la puerta abierta me quedé de piedra. Los cubículos eran de casi dos metros y medio de profundidad y los paneles que separaban unos de otros estaban llenos de agujeros redondos, los gloryholes que había visto tantas veces en las películas porno pero que nunca había probado.

Cerré la tapa del water, que estaba muy limpio, por cierto, me senté y me asomé por uno de aquellos agujeros. En el excusado de la izquierda había tres hombres. Uno apoyaba las manos en la tapa de su retrete, el segundo le estaba dando por culo y el tercero le daba por culo al segundo. Tardé medio segundo en bajarme los pantalones, llenarme la palma de la mano de saliva y empezar a magrearme la verga.

El que estaba apoyado sobre el retrete miró hacia mí y me vio. Torció el cuerpo, se agarró con ambas manos al agujero que unía nuestras cabinas y en el poco espacio que le quedaba metió los labios. El panel empezó a moverse violentamente con las embestidas que le daba el otro y las que le daban al otro.

Me puse de pie y acerqué la verga a los labios del que era enculado. Sacó la lengua y le puse el capullo encima, y empecé a darle golpecitos a su lengua con mi miembro. No me atreví a metérsela en la boca porque no me fiaba. Con la tralla que le estaban dando igual me la mordía sin querer.

Después de darle unos cuantos golpes más me giré, a ver quien había en excusado de la derecha, ya que cuando había llegado, todos estaban ocupados menos el mío. Y me llevé una sorpresa. Había dos rabos descomunales asomados por sendos agujeros, con los huevos colgando. Uno era peludo y blanco y el otro rasurado y moreno, pero parecían los dos igual de grandes y apetitosos. Me puse de rodillas y empecé a jugar con el moreno. Su dueño apretó las caderas contra el panel y la polla ganó tres centímetros más. Me di cuenta, salivando, de que aquel monstruo era bastante más largo que la distancia entre mis labios y mi nuca. Mientras me hacía el pajote con una mano y con la otra me acariciaba una tetilla me fui metiendo aquella cosa descomunal en la boca.

La otra polla se cansó de esperar mi boca y se retiró del agujero. Yo me apliqué a hacerle una buena comida al mulato. Me metía la pollaza hasta la garganta, aguantaba unos segundos y luego me la sacaba, saboreando aquel pedazo de carne que de vez en cuando me regalaba un chorro de líquido preseminal. Luego me afané con sus cojones, calientes y rasurados, chupando ora uno ora el otro sin dejar ni un momento de darme caña a mí mismo con una paja como pocas veces me haya hecho.

Cuando volví a meterme su capullo entre los labios el cabrón me lanzó a la boca sin avisar una corrida de campeonato. Se la dejé bien limpia, sin tragarme el semen, y cuando retiró el vergajo abrí la tapa del water y escupí su leche. Luego metí la polla enhiesta en el agujero a ver si el mulato o su amigo se animaban a mamármela.

Se animaron los dos. Se amorraron por turnos a sacarle brillo a mi bate, mientras uno me la comía con ganas el otro me acariciaba los huevos, y luego se cambiaban. Hasta que el mulato se quedó sólo comiéndose mi rabo, que se me había puesto descomunal del calentón, y el otro volvió a meter su pollaza por el agujero de al lado. Ahora sí podía dedicarme a ella. Sin sacar la verga del agujero por el que el mulato me daba una de las mejores mamadas de mi vida me recliné para meterme la polla del otro en la boca.

Esta especie de sesenta y nueve entre tres resultó mucho más cómoda que entre dos. El mulato la chupaba de maravilla y cuando empecé a sentir que no aguantaría mucho más me propuse hacer que el blanco se corriera en mi boca antes que me corriera yo. Así que empecé a mamársela como un condenado, a la vez que se la pajeaba, y justo cuando ya no pude aguantar más y solté el primer trallazo de leche en la boca del mulato el blanco empezó a correrse en mi boca.

Cuando terminamos los dos volví a escupir su lechada en el water y me subí los pantalones. Salí del excusado y en ese momento entraba el camarero.

- ¿Ya has acabado? –me preguntó.
- Creo que sí.
- ¿Qué significa eso?
- Que sigo empalmado.
- Si quieres te quito la calentura, pero sólo tengo cinco minutos y se te va a enfriar la comida.


Lo cogí de la corbata y lo arrastré dentro del cubículo por toda respuesta.

Nada más cerrar la puerta nos morreamos. Me encantan los osos, me vuelven loco, y lo que más me pone es comerle la boca a un oso mientras le restrego con mi mano el paquete por encima de los pantalones, hasta que se la pongo bien dura. Después me agacho, me meto su miembro duro en la boca y hago que me la folle con todas sus fuerzas mientras mis manos buscan sus tetillas y empiezan a pellizcarlas. No sé por qué pero cuando veo un oso siempre hago lo mismo, me pone muchísimo. Pero éste no podía quitarse la ropa porque tenía que trabajar y estaba decidido a comerme la polla, así que después del espectacular morreo me senté en el water con los pantalones bajados hasta los tobillos, las piernas bien abiertas y la verga tiesa, esperando sus mimos. El camarero oso se abrazó a mis piernas y me olió la punta del vergajo con intensidad, y después se lo fue introduciendo despacio en su caliente boca, haciéndole un traje perfecto. Empezó a subir y a bajar la cabeza, taladrándose la boca con mi miembro, y dándome por segunda vez en el mismo día la que podía considerar una de las mejores mamadas de mi vida. Cuando vi que había gente asomando los ojos por los gloryholes me puse tan caliente que agarré la cabeza de mi oso y le ensarté la polla impulsando la pelvis diez, quince, veinte veces. El oso tragaba sin rechistar, aferrado a mis piernas.

Sentí que me venía la corrida y aceleré las embestidas al tiempo que le sujetaba más fuerte la cabeza.

- Me corro. Me corroooooo.


Empecé a soltar los chorros de leche y el oso acentuó las chupadas, cosa que me hizo temblar de arriba abajo. Cuando solté el último trallazo le hice apartar la boca porque no podía soportar más el roce. Y entonces rompí a reír como si estuviera loco.

- Joder, parece que te ha gustado.


Intenté responder pero no podía dejar de reír. Entonces se acercó y me besó en los labios. Me dio un morreo delicioso con sabor a mi propio semen, y aún cuando lo besaba me entraba la risa.

Cuando me calmé le pregunté:

- ¿Tú no quieres correrte?
- Tengo que ir a trabajar. Pero salgo dentro de una hora. Si quieres esperarme…


Por supuesto que lo esperé. Y desde aquella tarde me aficioné a la comida mexicana.

(Uhm, vaya final cutre me acabo de marcar).





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Ryan Sze

Russian Beauty

Were I to envision a perfect illustration of what I'd consider 'textbook beauty'... well, I'd imagine the fantasy might look something akin to this model...
Ok, granted my fantasies haven't exactly reached the stage of incorporating visions of Russian sailors saluting sans shirt (... well, at least not just yet)... But let's just say for a coherent blog post's sake, were I to imagine just one example of male beauty (with of course a little help from one of my favorite Russian photographers), I'd imagine perhaps it might indeed look something akin to this man...

Classy, sexy, handsome, powerful... I think I'd pretty much have to run the gamut of adjectives in trying to classify Russian model Anatoli here...
So I figured for the sake consistency, I might as well simply settle for Just Beautiful...

These phenomenal shots of Anatoli were taken by a photographer who I truly believe may be one of the future greats... 26 year-old Russian photographer Andrei Vishnyakov. Although perhaps not fully represented in just these shots, his wildly unconventional style balanced by a perfect sense of aestheticism is truly reminiscent of the vintage photographers... I'm thinking maybe a modern-day Bob Mizer? Either way I'm sure we're dealing with a master craftsman here of the highest order cool...
As for Anatoli himself... I think I'll add the term cool to my earlier gamut of adjectives... or is just friggin' hot the term I'm looking for? confused...