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La muerte nos sienta tan bien... IV



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La muerte nos sienta tan bien... IV


Cuando llamaron a la puerta tuve un mal presentimiento y sin embargo no eché la cadena antes de abrir. Culpa mía. Me quedé con un palmo de narices cuando me encontré a Lían en el umbral.

- ¿Qué haces aquí? - pregunté, sin preocuparme por suavizar el tono. - ¿Cómo sabes dónde vivo?
- Preguntando se llega a todas partes. Déjame pasar.
- Ni hablar - traté de cerrar pero sujetó la puerta con fuerza.
- Rafa, hay algo llamado presunción de inocencia.
- Lo siento. Pero no me fío. Vete, por favor.
- Yo amaba a Néstor. Jamás le habría hecho daño.
- Vete, Lían.
- Mira. Estaré en el bar de abajo. Te esperaré una hora. Concédeme el beneficio de la duda. Una conversación. Prometo no matarte. Por lo menos no hoy.

Cerré sin haberle contestado y bastante seguro de que no iba a concederle lo que me pedía.

De todas formas tenía que informar de su visita.

Llámame a cualquier hora, había dicho Juancho. Si cualquiera de ellos se pone en contacto contigo, llámame.

Cogí el móvil y busqué su número. Le di a llamar. Tardó un rato en cogerlo.

- Rafael - dijo. - Me has pillado con la polla en la mano.
- Puedo llamar en otro momento - contesté, sin acostumbrarme todavía a sus continuas alusiones al sexo en todas sus formas.
- No, no. Ya me la he guardado. Estaba meando.
- Ah. Bien.
- ¿Alguna novedad?
- Lían ha venido a mi casa.
- ¿Cuándo?
- Hace dos minutos. No le he dejado entrar.
- ¿Qué quería?
- Hablar. Dice que me esperará una hora en el bar de abajo.
- ¿Te ha dicho de qué quiere hablar?
- Supongo que de su inocencia.
- Sabes que no es inocente.
- Sólo sé lo que tú me has contado.
- No puedo decirte mucho más. Si no fue él directamente, alguien lo hizo por él. Pero está en el ajo, eso seguro. Tengo ganas de verte. ¿Quieres que me pase por tu casa esta noche?

Sí, por favor, pensé. Pero me hice de rogar.

- ¿Qué hago con Lían?
- Baja a hablar con él. Pero sé discreto. Y no lo acompañes a ningún sitio. Que haya siempre gente alrededor. Esta noche me cuentas.

Juancho ya había decidido que se pasaría a verme. No había más que hablar.
Colgué y me fui a darme un baño. Necesitaba unos minutos para planear una estrategia antes de enfrentarme a Lían.

Pero mientras me relajaba en la bañera no pude pensar en nadie más que en Juancho. En sus ojos azules, en su hoyuelo, en su cuerpo duro y en su duro miembro follándome contra la pared de aquel lavabo, hacía ahora una semana.
Me hice una paja reviviendo aquellas sensaciones pero no quise correrme. Lían me esperaba en el bar y también me esperaba un encuentro mucho más interesante un poco más tarde, con el Juancho de carne y hueso, no con su recuerdo. Por fin.

Lo de Juancho no tenía nombre. Era para darle de comer a parte.
El día que lo conocí estaba comprando algo para cenar en el mercadona de mi barrio. Habían pasado unos días desde que apareciera el cuerpo de Néstor acuchillado en un descampado y yo no pensaba precisamente en mantener encuentros sexuales, dado mi reciente historial (mi novio se había ahorcado; Néstor, que me había dado por culo la noche de la política de luces encendidas, había sido asesinado horas después, y Lían, que me había hecho un mamadón en su cocina, podía ser el asesino). La verdad es que no estaba para muchos polvos.

Y entonces apareció Juancho y me rompió todos los esquemas.
Empecé a olerme que podía estar interesado en mí al cruzármelo por cinco pasillos distintos. Llevaba una de esas cestas verdes pero por muchos pasillos que visitara no echaba ningún producto en la cesta. Y estaba demasiado bueno como para pasarme desapercibido, con una camisa a cuadros tipo leñador que dejaba a la vista unos brazacos increíbles, piel bronceada, pelo castaño, ojos azules y una media sonrisa permanente con hoyuelo incluido. Era un imponente ejemplar de macho. Un tiarro. Y parecía interesado en cruzarse conmigo. Ya nos habíamos mirado no sé cuántas veces y decidí que a la siguiente le diría algo, lo que fuera. Pero ya no nos cruzamos más.

Temiendo que por fin hubiera echado unas morcillas, o unos pepinos, o una gorda sobrasada o cualquier otra cosa de aspecto fálico en la cesta y estuviera ya en la línea de cajas con intención de abandonar en breve el supermercado, corrí a buscarlo. Y lo encontré delante de los sacos de tres kilos de patatas (llenas de tierra) haciendo ver que le costaba decidirse por un saco en particular.

Se había percatado de mi presencia. No me cupo ninguna duda cuando se arrimó a las cajas que hacían las veces de estantes y, presuntamente para llegar a uno de los sacos más alejados de sus manos, colocó el paquetón encima del borde. El vaquero, ceñido, le hacía un bultaco de lo más apetecible, y que lo mantuviera ahí, sobre el borde de la caja, como para exponerlo sólo para mí (y para cualquiera que pasara por ahí) me dio un calentón que pa qué.

Lo seguí después por todo el supermercado. El tío no paraba de restregar paquete por donde podía y yo no me perdía detalle. En ningún momento se tocó la zona con las manos pero las miradas que me lanzaba y el tamaño de su bulto, que iba creciendo a cada parada y cada restregón con estantería o nevera, me indicaban que quería tema.
Al final llegó a la línea de cajas con un paquete de chicles y un empalme más que notable. Me puse en su misma caja. La cajera le cobró los chicles. Luego empezó a pasar mis cosas por el lector. Juancho (aunque yo aún no sabía su nombre) esperó sin moverse a que la cajera metiera mi compra en las bolsas y yo pagara. Yo sonreía. Había ligado en el súper. Es algo que nunca antes me había pasado.

El supermercado estaba a diez metros de mi casa pero me metí en el ascensor con aquel tío bueno como si me esperara mi coche en el parking. Una vez abajo fuimos directos al baño.

Estaba vacío, tanto la parte de los urinarios como el cuartito del water, que es donde nos metimos, aprovechando que tiene una puerta de verdad y tendríamos intimidad absoluta.

Dejé las bolsas en un rincón, aunque no había mucho espacio, y al darme la vuelta me encontré con el cuerpo del tiarro. Sus brazos me rodearon, me envolvieron, y yo me derretí. Busqué el contacto de cada centímetro de mi piel con su cuerpo. Era bastante más alto que yo. Así, abrazados, mi cabeza quedaba por debajo de su barbilla. Era cómodo, me sentía como cuanto de crío abrazaba a mi tío Leo. Sólo que mi tío Leo nunca había añadido a la ecuación erección alguna.
Encima descubrí que Juancho tenía un olor corporal que me fascinaba, una mezcla a colonia y sudor que despertó todos mis instintos sexuales.

No sé el tiempo que estuvimos aferrados, restregando nuestros cuerpos, nuestros paquetes. Tampoco sé cuándo exactamente Juancho empezó a hablar, pero lo cierto es que una vez que lo hizo ya no paró.

- No sabes las ganas que te tenía. Llevaba días esperando esto. Tienes algo que me provoca una reacción inmediata. Toca - me llevó la mano a su entrepierna. - ¿Ves cómo me pones? Soy de trempera fácil, pero esto no tiene nombre. Me he pasado los días empalmado, pensando en ti, imaginando el momento en que te abordaría. ¿Te gusta mamar?

Afirmé con la cabeza, intentando recordar si había visto antes a aquel macho. Por lo que decía, él ya me había echado el ojo a mí hacía días. A no ser que fuera un psicópata o tuviera aquel rollo memorizado y se lo soltara a todas sus conquistas.

- Siéntate - bajó la tapa del retrete por mí. - Vas a ver qué polla gasto. Se te va a hacer la boca agua. - Hablaba en susurros. Por lo general que los tíos a los que se la voy a chupar tengan incontinencia verbal me corta un poco el rollo pero en éste me estaba gustando.

Me senté y miré como se abría los pantalones mientras le escuchaba cantar las alabanzas de su verga.

- Te va a encantar, ya verás. Tengo un rabo espectacular. Andrés enloquecía cuando me la mamaba. Andrés fue mi último novio. También es mi compañero. Ahora está con una tía pero a veces todavía me la mama en los baños de la comisaría. Por los viejos tiempos.

En este punto ya se había sacado la polla. No había exagerado nada, era una preciosidad de verga. Se me hizo la boca agua. Supongo que también contribuía a mi excitación el hecho de que una de mis fantasías fuera liarme con un policía.
Le bajé los pantalones hasta los tobillos. Le cogí la polla, le sopesé los huevos con la otra mano. Tenía unos cojones cojonudos.

- Abre la boca. - Recogió una gota de líquido preseminal de su glande con el dedo índice y me lo pasó por el labio inferior. Lo miré a los ojos y le chupé el dedo con lascivia.
- Uff. Qué boca. Vamos. Hazme un mamadón.

Empujó las caderas hacia mí plantándome el cipote bajo la nariz. No me hice de rogar. Me metí aquella verga grande, dura, caliente y palpitante entre los labios y me supo a gloria bendita.
Mientras se la empezaba a mamar él me acariciaba el pelo, la cara, bajaba las manos por mi espalda... Parecía un tío cariñoso.

- Te gusta, ¿eh? ¿A que tengo un buen rabo?

Me hacía gracia que un poli tan bien formado y dotado necesitara que le reafirmara su valía cada dos por tres, pero no me costaba nada afirmar con la cabeza cuando me preguntaba, dado que realmente era un buen vergajo el que se gastaba y yo estaba disfrutando de lo lindo.

Al cabo de un rato de mamar verga alguien entró en el baño. Juancho me sacó el manubrio de la boca, sujetó la manilla (la puerta no tenía pestillo) y pegó la oreja a la puerta. Yo aproveché la pausa para ponerme de pie y bajarme los pantalones. Mi polla requería también algo de atención. Cuando lo hube hecho me arrodillé en el suelo (me resulta más cómodo mamar de rodillas que sentado en un water) y volví a amorrarme a su tranca mientras él seguía escuchando.

- Está meando - dijo en voz baja.
- Que le aproveche - dije yo, preguntándome si el poli me había salido tímido o qué.

Él siguió sujetando firmemente el picaporte, no fuera a abrir la puerta de golpe el intruso, pero volvió poco a poco a meterse en faena.

Mientras no se perdía detalle de las evoluciones de mi boca sobre su falo se desabotonó la camisa de leñador y empezó a tocarse el pecho. Yo me pajeaba despacio mientras saboreaba aquel pedazo rabo, aquel manjar de dioses.
Con la mano libre le cogía la polla por la base mientras engullía rabo o le palpaba los cojones. En algún momento Juancho dejó de preocuparse por los hombres que entraban a mear y empezó a guiarme la cabeza sobre su mástil.

- Oh, Dios - decía. - Qué boca tienes, cabrón. Qué gusto. Qué buena mamada. Qué buena...

Y yo me aplicaba más, si cabe.
Cuando vio que yo empezaba a perder el control, que aceleraba mi pajote y la mamada, me retiró el caramelo.

- No puedes correrte todavía. - Me gustó que fuera una orden, no un ruego. - Quiero darte por el culo. ¿Te gusta que te den por culo?
- Aunque no me gustara me dejaría follar por ti igual - contesté.

Aquello le gustó. Y creo que supo que lo decía bien en serio. Aquel poli era adorable. Me tocaba de una forma que me bajaba todas las defensas.

Vi que había aparecido un condón en su mano derecha. Debía llevarlo en el bolsillo de la camisa. Poli preparado. Claro que si llevaba días observándome es lógico que viniera preparado para la ocasión. Le puse yo el condón y luego me puse en pie y apoyé las manos en las frías baldosas de la pared, ofreciéndole mi culo.

Él se arrodilló con intención de lamerme el agujero pero le pedí que me follara directamente. Estaba preparado. Me llené los dedos de saliva y me la esparcí por el ano. Él se pegó a mi espalda, me besó el cuello, lo cual me puso todo el vello del cuerpo de punta, y arrimó su estaca a las cachas de mi trasero. Fue fabuloso sentirla contra mi piel. En un principio no me penetraba, sólo me aplastaba con su cuerpo contra la pared, lo cual me hacía sentir en el cielo, y me llenaba toda la raja del culo de polla dura. Me besaba el cuello, la oreja, y me hacía temblar entero.

Pero luego, poco a poco, dejó de restregarme la verga y empezó a buscar la entrada, y yo apreté el ojete contra la cabeza de su miembro para facilitarle el acceso, y pronto estuvo bien dentro. Mi tiarro la mantuvo quieta en lo más profundo de mi ser, para que me acostumbrara a su tamaño, pero yo quería que me follara vivo, ya me acostumbraría por el camino. Empujé hacia atrás las caderas para sentirla más dentro y Juancho empezó a moverse dentro de mí en vista de que la recibía entera sin una sola queja. Mientras recibía sus pollazos, cada vez más duro, y Juancho me mantenía fuertemente enganchado, me puse a machacármela a toda ostia. Otras veces me habían follado trancas no tan grandes como aquella y había perdido la erección, pero Juancho me había calentado bien y estaba disfrutando de la follada como pocas veces en mi vida. Por lo general me consideraba a mí mismo más activo que pasivo, pero con el amante adecuado se deshacen todas las etiquetas. No podía haber nada mejor en este mundo que sentir las arremetidas de aquel policía caído del cielo llenándome de polla.

Mi corrida contra los azulejos del baño del mercadona fue monumental. Me corrí mucho antes que Juancho y cuando ya no me quedaba más leche que echar me seguía corriendo con sus envites. Perdí toda la fuerza y si Juancho no me hubiera tenido bien atado a su cuerpo hubiera ido al suelo. Pero valió la pena. Los cinco minutos que pasaron entre mi corrida y la suya se me fue del todo la pelota. No podía pensar, sentía el frío de las baldosas ahí donde mi piel entraba en contacto con ellas y el cuerpo caliente de Juancho, piel con piel, en íntimo contacto con el resto de mi ser, y esas sensaciones eran lo único que existía. Gozaba con cada átomo. No me di cuenta de que mis labios llevaban minutos murmurando fóllame, fóllame, fóllame, ni de que se me caía la baba en regueros.

Volví a la realidad cuando noté que Juancho me abrazaba más fuerte y paró todo movimiento.
Se corrió dentro de mí, en absoluto silencio. En realidad llevaba un buen rato sin decir esta boca es mía, raro en él, por lo que había visto. Permaneció inmóvil descargando la lefa, la verga ensartada hasta lo más profundo de mi ser, resollando en mi cuello. Me sentí fantástico. Era fabuloso poder proporcionar tanto placer a otra persona.
Descansó unos minutos, sin sacármela, sin movernos. Yo estaba en la gloria. Finalmente me sacó despacio la polla e hizo un nudo al condón. Yo me senté en el water, me temblaban las piernas.

- ¿Te ha gustado, bonito? - preguntó.

Tuve que reírme. Jamás me habían llamado bonito.

- Me ha encantao. Repetiría ahora mismo.
- ¿Puedo invitarte a cenar?
- Por supuesto. Por cierto... ¿Cómo te llamas?

...

Juancho me acompañó a casa para que pudiera dejar la compra. Le pregunté si quería darse una ducha pero reclinó. Dijo estar muerto de hambre. Me llevó a cenar a un chino.
Por el camino (fuimos a pata) pensé que podía enamorarme perfectamente de él. Había sentido durante nuestro encuentro muchas más cosas de las que despertaba en mí el mero sexo. Pero comprendía que no podía empezar la casa por el tejado. Yo no conocía a Juancho de nada. Él a mí sí. Me había investigado.

Durante la cena puso las cartas sobre la mesa. Llevaba unos días vigilándome. Estaba investigando el asesinato de Néstor y trataba de discernir si yo formaba parte del extraño club de viudos que había fundado Lían o era sólo un desafortunado invitado.
Me hizo muchísimas preguntas, grabando mis respuestas con su iPhone. Le interesaba sobretodo cómo había acabado en aquella casa y el episodio con Néstor.

- ¿Lían os pilló follando?
- Cuando terminamos, Lían estaba en la puerta. No sé cuánto vio pero nos vio, porque al día siguiente echó a Néstor de casa. Bueno, espera. No dijo que lo echara. Creo que dijo que habían acordado entre los dos que era mejor que se fuera.
- Lían fue el último que lo vio con vida. En su declaración dijo que se despidieron en la puerta del piso y que unos minutos después pasó por la habitación donde dormías y vio que te habías despertado. Te invitó a desayunar, te explicó que Néstor se había ido y luego te hizo una mamada.
- Parece que no se dejó nada. Oye. ¿Esto lo hacéis siempre así?
- ¿El qué?
- Los interrogatorios.
- ¿Así, cómo? ¿Cenando después de un polvazo? Yo, siempre que puedo. La vida debería ser siempre así. Pero en realidad tienes razón. Estas preguntas debería hacértelas en comisaría y tú tendrías que tener un abogado. Pero he decidido ahorrarte el mal rato, porque acabas de perder a tu pareja, porque yo llevo esta investigación y creo que no estás involucrado en el asesinato y... porque me gustas.

Qué majo era.

- ¿No te pareció extraño que Lían se enfadara con Néstor hasta el punto de echarlo de casa pero que a ti te hiciera una mamada?
- En el contexto, cuando él me lo explicó, no me pareció extraño. Casi no conozco a Lían, no sé cómo suele reaccionar, si es celoso o una buena polla delante de la nariz le basta para perdonar y olvidar.
- No puedo grabarte diciendo cosas como esas.
- Tu pregunta incluía la palabra mamada y la anterior, follada. No hago más que contestar con absoluto rigor a sus preguntas, mi capitán.
- Te confieso que este caso me está dejando muchas noches con un dolor de huevos bestial. Menuda semanita.
- ¿Te has follado a muchos testigos?
- ¿Qué dices? Tú has sido el primero.

No añadió nada más, dejando abiertas futuras posibilidades. Sentí unos preocupantes y prematuros celos.

Me contó muchas cosas también muy preocupantes sobre el grupo de Lían. Llegué a intuir que no era la primera muerte relacionada con ellos que quedaba sin resolver. Me alegré de haberlos sacado de mi vida la misma noche en que me enteré de la muerte de Néstor.

Tampoco fue muy claro a este respecto pero me pareció entender que tenían un hombre infiltrado en el club de Lían. Juan A Secas, que era el que más me atraía de los amigos de Lían, era el que más papeletas tenía de ser poli. No le pregunté nada más a Juancho para no meterlo en apuros, pero sabía que si hubiera querido se lo hubiera sonsacado. ¡El tío hablaba por los codos!

Después de cenar Juancho me llevó a un pub súper oscuro donde nos metimos mano hasta las tantas. Cuando me acompañó a casa aquella noche y nos despedimos, con la promesa (por su parte) de llamarme pronto para ver cómo me iban las cosas, y con la petición de que lo llamara yo si alguno del club se ponía en contacto conmigo, me quedé con la sensación de que nuestro encuentro había significado más para mí que para él.
Toda su conversación giraba en torno al sexo, una y otra vez. No paraba nunca de hablar de su polla (y de tocársela). Para un día había estado bien pero sabía que si lo veía más veces acabaría saturándome.

Pero mientras me sobaba lánguidamente la polla en la bañera, una semana después de aquel encuentro, ya se me había olvidado esa sensación. De hecho, me parecía fantástico que cada vez que me cogía el teléfono me dijera cuarenta cerdadas. Me ponía cachondo. Juancho era uno de esos hombres que en realidad seguían siendo niños y disfrutaban siempre del sexo como si lo acabaran de descubrir.

Pensé que quizá hacían falta más hombres como él. Sea como fuere, me moría de ganas de verlo otra vez.

Pero antes... Lían me esperaba en el bar de abajo, y Juancho me había pedido que hablara con él. No me quedaba más remedio que vestirme y bajar.

En qué mala hora.


Continuará...

Iván, un hermano como Dios manda, V



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Iván, un hermano como Dios manda, V


Gracias a Dios, la cocina y el baño no daban directamente al recibidor. Recogí mi ropa a toda leche y corrí al cuarto de baño mientras Iván se colocaba como podía el slip, completamente empalmado, y metía su ropa apresuradamente en la lavadora para quitarla de la vista, botas incluidas. Al meterme en el baño cerré la puerta sin hacer ruido para que Leo pensara que llevaba ahí un buen rato. Luego me pegué a la puerta para escuchar lo que decían. Pude imaginar el rubor que sentiría Leo al encontrarse con mi hermano en paños menores, y más si Iván todavía seguía trempado. Eso le pasaba por presentarse sin llamar antes.

- Hola - escuché decir a Leo. - Pensaba que no habría nadie.
- ¿Te acuerdas de mí? – preguntó mi hermano.

Escuché el ¡chas! de una lata de Pepsi Light al abrirse (no es que reconozca el ruido que hacen las distintas marcas de refrescos al abrirse, es que solo tenía latas de Pepsi en la nevera). Mi hermano estaba haciendo bien su papel de invitado inocente en casa ajena.

- Claro. Eres el hermano de Alex. Vivías aquí cuando nos conocimos. Además, he visto todas vuestras fotos familiares.
- ¿ Y qué haces aquí, Leo? Mi hermano me ha dicho que cortasteis. – Ahí, dale duro, Iván.
- Vengo a recoger algunas cosas. Pensé que era mejor hacerlo cuando no estuviera en casa, para evitarnos escenas.
- Pues está en casa. Se está duchando.
- Creía que estaría en el trabajo.
- Hoy no ha ido. Se pidió el día para poder recogerme en el aeropuerto. Por cierto, pensaba que trabajabais juntos.
- Ya hace tiempo que no, lo cual es lo mejor, dadas las circunstancias.
- Bueno... Entonces... ¿Te vas?
- No. Voy a recoger mis cosas, ya que estoy. Si no te molesta.
- A mí no me molesta, pero no puedo hablar por mi hermano.

De repente pegaron tres golpes en la puerta del baño que me dieron un susto de muerte y me dejaron sordo de un oído.

- ¡Alex, ¿te importa que recoja mis cosas?!

Leo parecía cabreado. Me alejé de la puerta y le dije que hiciera lo que tuviera que hacer.
La situación era un poco extraña. Me había pasado las últimas semanas desplegando una actividad de locos por las mañanas y llorando como un descosido por las noches, preguntándome si volvería a ver a Leo y si soportaría el terrible momento en que viniera a buscar sus cosas, lo que haría de nuestra ruptura algo aún más definitivo. Y ahora que había llegado ese momento deseaba que se diera prisa, se largara y me dejara follar tranquilamente con mi hermano.

Sopesé la idea de quedarme en el cuarto de baño hasta que se hubiera marchado, para hacerle las cosas más fáciles, pero enseguida recordé que yo era el novio despechado, que Leo me había abandonado por sus ganas de irse a comer pollas, pues decía que tenía la edad para hacer ese tipo de cosas, no para mantener una relación monógama. Y encima tenía que estarle agradecido por haber sido lo suficientemente civilizado como para dejarme antes de ponerme los cuernos. Que le jodan, pensé.

Me vestí, me mojé el pelo para que pareciera que salía de la ducha, me eché un montón de colonia nenuco y salí del baño con ganas de bronca.

Leo también había esperado que me quedara dentro un poco más, a juzgar por su cara.

- Hola, Leo- dije, con total indiferencia.

Esperaba verlo con una caja, no con un gurruño de bolsas del mercadona. Ni para recoger sus cosas decentemente servía.

- Hola, Alex. - Tanto la postura de su cuerpo como su voz fueron de tremenda pena. Y yo me sentí fatal por no estar más hecho polvo.
- ¿Os dejo solos? – preguntó mi hermano.
- ¡No! - contestamos Leo y yo al unísono.
- Bueno, pues pondré la tele.

Iván cogió el mando y se tiró en el sofá. Seguía descalzo y desnudo, a excepción, claro está, del slip. Me alegré de tenerlo en casa y de que siguiera siendo tan despreocupado como exhibicionista.

Le pedí que me hiciera un sitio en el sofá y nos pusimos a ver la tele mientras Leo iba de un lado a otro metiendo cosas que consideraba suyas (aunque no todas lo fueran) en sus arrugadas bolsas. Yo preferí no decir esta boca es mía mientras no intentara llevarse el iPod Touch que me había regalado por mi cumpleaños.

La cosa duró otros quince minutos. La verdad es que no se me hizo duro y, curiosamente, tampoco incómodo. Era incapaz de recordar por qué había estado con él los últimos dos años. La presencia de Iván lo eclipsaba todo.

Cuando hubo terminado de recoger sus cosas (el iPod lo dejó en su sitio, bien por él) el tío se sentó delante de nosotros y se puso a darle conversación a mi hermano. Que por qué nos habíamos peleado y se había ido (Iván) de casa, que yo nunca se lo había contado. Que por qué no nos habíamos hablado en dos años. Que cómo habíamos hecho las paces de pronto y, si nuestra ruptura (la de Leo y mía), tenía peso en esa reconciliación...

Para mi sorpresa, Iván fue contestando muy educadamente a todas sus preguntas, con mentiras, eso sí. Y digo para mi sorpresa porque mi hermano no podía ver a Leo ni en pintura. O por lo menos no podía verlo ni en pintura cuando empecé a salir con él (un día, en una de nuestras peleas a raíz de eso, hasta me juró que lo mataría). Sin embargo ahora parecía tolerarlo bastante bien.

Cuando la conversación empezó a girar hacia la vida actual que llevaba mi hermano empecé a ponerme nervioso, no porque mi hermano fuera a contarle nada escabroso sobre lo que pensábamos hacer en cuanto Leo saliera por la puerta (nada más lejos, Iván empezó a hablar de Tamara y del hijo que esperaban) sino porque ya me parecía de mal gusto que Leo siguiera de cháchara con Iván y a mí ni me dirigiera la palabra.

La situación se prolongó más de lo soportable y empecé a pensar que debía echarlo, aunque fuera de malas.

Entonces pillé a Leo echándole a mi hermano una mirada fugaz al paquete y cogí un rebote que no veas. El muy cabrón estaba largando tanto a posta, para poder quedarse más rato disfrutando de la visión del cuerpazo de mi hermano.

Me imaginé saltando del sillón y dándole una ostia a Leo, gritándole que saliera de mi casa, que era un cerdo y un pervertido, que me daba asco y que no comprendía cómo había desperdiciado tanto tiempo con una basura como él… y me reí de mí mismo. En realidad no sentía todo eso. Leo solo conseguía provocarme indiferencia, y un poco de irritabilidad. (Mi hermano tenía algo que ver en eso).

Pero aunque no le gritara todas esas cosas pensé que se merecía un escarmiento.

Como si la conversación me resultara cada vez más interesante me acerqué más a mi hermano, y como quien no quiere la cosa dejé caer la mano sobre su muslo. A Leo no le pasó desapercibido pero por lo visto a mi hermano sí. Igual pensó que era un gesto natural de su hermanito. No tardé en mostrar a ambos cuales eran mis intenciones. Mientras Iván explicaba cómo había conocido a su esposa, mi mano fue moviéndose lentamente hacia su entrepierna. No cabía duda de que Leo seguía atentamente el movimiento. Mi hermano perdió el hilo de lo que estaba contando
pero lo recuperó rápidamente. Mi mano siguió avanzando por su pierna desnuda hacia los huevos. Leo estaba muy quieto, sentado frente a nosotros, y no nos quitaba el ojo de encima. Iván seguía hablando aunque empezaba a decir incoherencias. Me pregunté hasta dónde me dejarían seguir y hasta dónde sería yo capaz de llegar. Mi desbocada imaginación me presentó una escena en la que mi hermano decía, "Alex, ¿podemos hablar un momento en la cocina?" y allí me preguntaba si me había vuelto loco, qué coño creía que estaba haciendo y desde cuando me había vuelto más cerdo que él.

En lugar de eso Alex abrió un poco más las piernas, como invitándome a seguir o para darle a Leo una visión cojonuda de lo que estaba pasando allí.

Cara o cruz, me dije. No sabía lo podía ocurrir si seguía adelante. ¿Leo saldría corriendo retirándome la palabra para siempre? No perdería gran cosa. Nuestra relación había sido un fracaso. Y si no huía... ¿Se quedaría ahí quieto contemplando lo que estaba a punto de hacerle a mi hermano?

Iván estaba claro que no era una incógnita en esta ecuación. Él no iba a detenerme. De hecho, abrió todavía un poco más las piernas, se recostó y dejó definitivamente de hablar. Mi mano llegó por la pierna hasta sus huevos y se mantuvo allí, en la ingle, rozando su paquete, el tiempo suficiente para que una delatora erección tirara tanto de su slip que se le empezaran a ver los pelos de sus gordos cojones por los lados.

La suerte estaba echada. Iván estaba berraco perdido, le estaba poniendo a mil que su hermanito le metiera mano delante de otro tío, como en los viejos tiempos. Leo seguía inmóvil y sin decir esta boca es mía. Y yo tenía que ir a por todas o retirarme.

Pero pensé que ya no había vuelta atrás. Leo ya habría atado cabos. Seguramente ya tenía la respuesta a todas las preguntas que le había formulado antes a Iván. Ahora solo quedaba demostrar si yo sería capaz de mamársela a mi hermano delante de mi ex.

Y si hay algo que se me dé bien en esta vida es mamársela a mi hermano.

Cogí la cinturilla del slip. Tiré, primero hacia fuera y luego hacia abajo y el vergajo de mi hermano quedé al descubierto con una erección de caballo. Me inundó el olor a sexo inacabado y me olvidé definitivamente de Leo. Me llevé aquel manjar del que nunca me cansaría a la boca y se lo comencé a mamar a dos carrillos. Comerle la polla a Iván era un vicio que no me permitía pensar en nada más.

Mientras mi cabeza subía y bajaba, cubriendo y descubriendo su tremendo falo, y mi saliva empezaba a empapar sus cojones, escuché la voz de Leo, que reaccionaba por fin.

- Esto no está bien- dijo.

Esto no está bien, repetí para mis adentros. Tú sí que no estás bien.

Seguí mamando sin importarme lo que dijera, si se iba o se quedaba.

Se iba. Cogió sus bolsas con sus cosas y casi corrió hacia la puerta.

- ¿No quieres quedarte?- le lanzó Iván.

No lo dijo en tono de burla, sino de ofrecimiento. Leo, al parecer, se quedó junto a la puerta, indeciso. Yo seguía mamando.

- Quédate – volvió a ofrecer Iván.

Supongo que Leo me señalaría en su indecisión, porque Iván me preguntó:

- ¿ A ti te molesta que se quede?

Así que me vi obligado a dejar de hacer aquella estupenda mamada y a cuestionarme algo que no me apetecía en aquel momento. Finalmente dije:

- Leo, creo que estás en esa edad en la que no deberías dejar pasar la oportunidad de hacer mamadas a pollas tan grandes y sabrosas como ésta.

Aunque era un sarcasmo en toda regla parece que Leo tampoco podía pensar con claridad en presencia de semejante manubrio. Dejó las bolsas y vino directo hacia el sofá. Se puso de rodillas ante Iván y empezó a comerle los huevos, visiblemente agradecido, dejando que yo le siguiera mamando el resto del vergajo.


Continuará…



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El mejor polvo de nuestra vida



El siguiente relato es de la casa.

El mejor polvo de nuestra vida

Estábamos los cuatro sentados alrededor de la hoguera, pasadas las cinco de la mañana, tapándonos las piernas con las toallas porque la humedad del mar empezaba a calarnos pero sin ganas de dar por terminada la velada. Somos cuatro amigos gays que nunca nos hemos enrollado entre nosotros, que actualmente tenemos pareja pero que seguimos saliendo juntos, sin nuestros novios, de vez en cuando y siempre acabamos de cháchara en la playa. Esa es la radiografía.

Aquella madrugada en particular la conversación versaba sobre nuestro mejor polvo. Andrés, que suele fardar bastante porque al parecer está muy bien dotado, nos relataba el mejor polvo de su vida.

- Estaba en el supermercado del pueblo, ya eran casi las nueve y media y el dependiente tenía que cerrar y hacer caja, pero yo remoloneaba por los pasillos sin comprar nada pero sin darme por aludido ante sus miradas de impaciencia porque el chico me gustaba una barbaridad. Ya hacía semanas que lo rondaba pero él nunca daba muestras de captar mis indirectas. Yo había decidido que de aquella noche no iba a pasar y no pensaba salir de allí sin haberle hecho como mínimo una buena mamada. El pobrecillo aguantó mucho más de lo permisible y al final me dijo con mucha educación que tenía que cerrar y que fuera saliendo. Entonces me acerqué a la caja registradora y le dije que podía cerrar conmigo dentro, que no me importaba, y que estaba como un queso.
- Venga ya.
- ¿En serio?
- Bueno, ¿qué es lo que no os cuadra? Me conocéis perfectamente.
- ¿En el supermercado de tu pueblo, y a un desconocido? No me lo creo.

Andrés consiguió hacernos callar y continuó con su relato.

- El chico me dijo que se llamaba Luis, y que si quería quedarme mientras hacía caja, que lo hiciera, pero que su jefe llegaría en cualquier momento y no le iba a gustar. Yo sabía que era mentira porque llevaba ya tiempo observándolo y su jefe nunca iba por allí a esas horas. Así que le miré el culo mientras echaba los candados y contaba el dinero y le estuve diciendo obscenidades para calentarlo.
- ¿Obscenidades? ¿Cómo cuales?
- Como que me moría por hacerle una mamada profunda, que me encanta comer unos buenos huevos y que sólo de imaginarlo tenía la bragueta a punto de reventar.
- ¿Y él?
- Bueno, él al principio no, pero después ya estaba bastante salido.
- ¿Y qué pasó?
- Terminó de contar el dinero, apagó las luces, me cogió de la mano y me llevó a la oficina, en la parte de atrás, a través de los pasillos sólo iluminados por las luces de las neveras. Entramos en el despacho, encendió la luz y cerró la puerta. Y me empezó a desnudar. Yo quise hacer lo mismo con él pero no lo permitió. Me quitó toda la ropa y yo me dejé hacer, suponiendo que esa era su forma de hacerlo, lo que le hacía sentir a él cómodo. Yo estaba completamente empalmado pero él no me tocó más que lo justo, para ayudarme a quitarme los pantalones y eso. Entonces quitó algunas cosas de encima del escritorio y me pidió que me tumbara boca abajo. Lo hice. Me abrió las piernas, me separó las cachas del culo y me lo olió, pero nada más. Yo esperé, pacientemente, pensando que se estaba quitando la ropa, pero transcurrido un rato y al ver que no me tocaba lo fui a mirar… y me sujetó la cabeza contra la mesa. “Quieto ahí”, dijo, pero no sonó amenazador, sino divertido. Yo obedecí mientras él me propinaba una palmada en las nalgas. Pasaron los minutos, pero el único contacto era su mano agarrándome del pelo para que no se me ocurriera incorporarme. Entonces se abrió la puerta por la que habíamos entrado y escuché la voz del jefe.

- Joder, pues sí que tiene buen culo.

Yo intenté levantarme pero Luis me empujó la cabeza contra la mesa con más fuerza.

- Y sigue empalmado –continuó su jefe.
- ¿Traigo los juguetes? –dijo Luis.

El otro debió asentir con la cabeza porque Luis me soltó, y las manos del jefe ocuparon su lugar, para que no me escapara. Mientras Luis regresaba con los juguetes su jefe se estuvo restregando conmigo. La verdad es que el roce de su pantalón contra mi culo desnudo era delicioso, y cuando noté que se le ponía durísima mucho más.




- Qué puta que eres.
- Y a mucha honra. Bueno, Luis volvió con algunas cosas y las puso sobre la mesa para que yo las viera bien. Entre otras cosas había un consolador negro del tamaño de tres campos de futbol. Sentí cómo una mano experta me llenaba el orto de crema y creí morir cuando me clavaron el consolador negro a renglón seguido, sin haberme preparado antes. Me agité dolorido pero entonces lo encendieron y me derretí. Una deliciosa corriente me atravesaba el trasero, me hacía vibrar entero, y mi polla empezó a escupir líquido preseminal a borbotones. Entonces Luis entró en mi campo visual (más bien la polla de Luis) con la que me empezó a golpear en la mejilla, mientras su jefe me iba hincando el consolador sin contemplaciones. Luis me golpeaba con el glande en la nariz, en los ojos, y yo no paraba de retorcerme de gusto, incapaz de pensar con aquella cosa gigantesca vibrando en mis entrañas y la polla de Luis paseándose por mi cara. El jefe se había agachado y sin dejar de meter y sacar el instrumento en mi culamen se metió mi goteante verga entre los labios y me regaló una mamada cojonuda mientras yo le regaba con más líquido sin saber si podría aguantar mucho más sin correrme. Luis me arrastró hacia un lado para poder disponer de mi cabeza fuera de la mesa y comenzó a follarme la boca, ahogándome con sus pollazos hasta la extenuación. Aquello fue suficiente para que no aguantara más y me corrí en la boca del jefe, que al recibir el primer disparo de mi lechada puso la siguiente marcha en el vibrador, lo que me hizo morirme de gusto. La verdad es que hicimos muchas más cosas, pero básicamente ese fue el mejor polvo de mi vida, sobretodo porque me hizo descubrir los consoladores, y aún los sigo utilizando a menudo.

La verdad es que no había esperado que el relato de Andrés fuera tan caliente. No puedo hablar por los demás, pero a mí me había excitado muchísimo.

- ¿Os cuento el mío? –dije, completamente empalmado bajo la toalla.
- Por supuesto.


Y empecé a relatarles mi historia, Cuando ya no te esperaba, cuyo primer capítulo podéis leer aquí.




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