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Cinco hombres, cap. 1/3



LEER ESTE RELATO DESDE EL PRINCIPIO


Román me enseñó el piso rápidamente y luego me empujó sobre su cama.

- Ahora viene el momento en que me violas sin compasión - dije, esperanzado.
- Ahora viene el momento en que te quitas los zapatos y te echas un par de horas. O unas siete - repuso.
- ¿Tú que vas a hacer?


Por toda respuesta se quitó también los zapatos y se metió conmigo en la cama.


Dormimos vestidos pero abrazados y creo que tardé menos de un minuto en quedarme sobao.

Me desperté antes que él. Me levanté sin hacer ruido, cogí mi móvil de la mesita de noche y pasé al baño. Miré la hora. Eran las tres de la madrugada. Encontré su dentífrico y me lavé los dientes con un dedo. Después volví a la cama y empecé a besarle la barba y la comisura de los labios hasta que lo desperté.

-¿Qué haces? - preguntó.
- Adivina.

Mientras lo besaba le desabotoné la camisa. De pronto sus manos agarraron las mías, impidiéndome seguir. Intenté zafarme pero hasta que no me di por vencido no me soltó.

Nos quedamos los dos mirando al techo, con la única iluminación de la bombilla del baño, que yo había dejado encendida. La luz se colaba por la puerta entornada. Al cabo de un rato que se me hizo eterno, Román dijo:

- No puedes hacerlo.

No entendí a qué se refería. Era él quien me había parado los pies. Era él quien tenía un problema con aquello.

- No puedes hacerlo tú - contesté, molesto.

- No puedes quitarme la ropa- aclaró.

Claro que aquello no aclaraba nada.

- ¿Por qué no?
- Porque no.

Me quedé allí tirado, intentando imaginar un escenario que diera significado a aquello. ¿Acaso se había quemado el pecho de niño y no quería que viera la piel mal cicatrizada? No se me ocurría nada más. A no ser que se tratara de un juego sexual, cosa que había descartado por el tono de su voz.

Dado que mi avance había sido rechazado a la primera de cambio, comprenderás que no pensaba ser el que se arriesgara a hacer el siguiente movimiento.

Román tampoco lo hizo y al poco volvimos a quedarnos dormidos. O al menos yo lo hice.


No sé cuanto tiempo pasó pero me desperté con su falo en mi nariz. Román seguía con la ropa puesta pero se había sacado la polla por la cremallera abierta del pantalón y me la estaba paseando por la cara.

- Chúpamela - ordenó al ver que me había despertado. - Cómemela como un puto cerdo.

Estaba de rodillas en la cama, de hecho me estaba aplastando el brazo derecho con la rodilla, pero en lugar de quejarme me metí su rabo en la boca contento de que hubiera cambiado de opinión.

Su polla tenía un sabor fuerte, como si no se hubiera duchado en cuatro días, pero con un nabo de ese calibre en mi boca no me pareció el momento de ponerme remilgado. Comencé a mamar como me había pedido, como un verdadero cerdo, atragantándome con un mástil que no había esperado tan grande. Román me miraba con verdadera lujuria. Se la comí con ansia, llenándome los morros de carne, metiéndomela y sacándomela continuamente de entre los labios dejándosela completamente empapada, chupándole los huevos de vez en cuando, cuando veía que su respiración se aceleraba y temía que se corriese tan pronto. A veces Román me empujaba la cabeza contra su vara y me obligaba a tragarme su falo hasta el fondo. Entonces yo aspiraba profundamente y me deleitaba con el olor a macho y a guarro de sus genitales y la placentera sensación de saberme brutalmente empalado por ese hombre.

- Vamos, chupa, cabrón - dijo en determinado momento, y aquello pudo conmigo.

Así que me saqué la polla y empecé a hacerme un pajote brutal mientras seguía mamando a dos carrillos. Román, sorprendido de que aquello me hubiera excitado tanto, empezó a susurrar guarrerías mientras guiaba con las dos manos el movimiento de mi cabeza.

- Traga, traga polla. Ya veo que te gusta. Oh, sí, ya lo creo que te gusta. Eres un mamón de primera. Te voy a llenar esa puta boca de lefa. Uf. Qué bueno.

Me ensartaba la cabeza con su verga sin ningún tipo de escrúpulo. La saliva empezaba a derramarse por sus cojones.

- Te voy a romper la garganta a base de pollazos. No vas a poder hablar en una semana.

Y embestía, y yo me pajeaba fuera de mí y me atragantaba, muerto de placer.

- Me voy a correr. Te voy a ahogar con mi lefa. Y vas a tragártelo todo.

Asentí, recibiendo más polla y acercándome peligrosamente al orgasmo.

- Chupa, chupa. Oh, cómo tragas. Eres una verdadera puta. Dios, qué bueno. Qué boca.

Cada vez arremetía más duro, más rápido, más profundo. Estaba a punto de correrse. Yo disparé el primer trallazo de esperma sobre la cama, incapaz de controlarme más.

Mientras me corría escuchaba su voz, que subía de intensidad.

- Sí, síííí. Traga polla. Sigue. Sigue. Me voy a correr. ¿Quieres mi leche? Te voy a llenar la boca entera de lefa. Traga. Traga. Me corro. Me corro. Me corroooooo.

Tal y como había prometido empezó a descargarme una corrida monumental entre los labios. Su semen caliente salía a borbotones, y él seguía follándome la boca como un buen hijo de puta. Empecé a tragar lefa porque tenía la boca bien llena y aquel surtidor no tenía visos de parar.

- Oh, sí,, Oh, síííííí. Qué grande. Qué grande. Uffff. Eres... Eres grande...

Román me sacó la polla de la boca cuando ya había perdido del todo la erección y se tumbó a mi lado, totalmente agotado.

Permanecimos en silencio algunos minutos. Yo estaba como en el cielo. Había sido un primer encuentro perfecto. Ya ni me acordaba de lo que había pasado antes de aquella espectacular lechada. Era, por un instante, alguien absoluta y absurdamente feliz.

Al rato me di cuenta de que Román estaba murmurando algo, como una letanía. Me pregunté si se habría quedado dormido y si acaso hablaba en sueños. Me incorporé sobre un codo y lo miré. Estaba despierto. Sus ojos permanecían abiertos y clavados en el techo. Su boca se movía.

Cuando al fin escuché lo que Román estaba diciendo quise morirme allí mismo. Porque lo que Román repetía incansablemente, como un mantra o una oración, era algo que no olvidaría en toda mi vida:

" Qué asco, qué asco, qué asco..."



Continuará...

Iván, un hermano como Dios manda, V



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Iván, un hermano como Dios manda, V


Gracias a Dios, la cocina y el baño no daban directamente al recibidor. Recogí mi ropa a toda leche y corrí al cuarto de baño mientras Iván se colocaba como podía el slip, completamente empalmado, y metía su ropa apresuradamente en la lavadora para quitarla de la vista, botas incluidas. Al meterme en el baño cerré la puerta sin hacer ruido para que Leo pensara que llevaba ahí un buen rato. Luego me pegué a la puerta para escuchar lo que decían. Pude imaginar el rubor que sentiría Leo al encontrarse con mi hermano en paños menores, y más si Iván todavía seguía trempado. Eso le pasaba por presentarse sin llamar antes.

- Hola - escuché decir a Leo. - Pensaba que no habría nadie.
- ¿Te acuerdas de mí? – preguntó mi hermano.

Escuché el ¡chas! de una lata de Pepsi Light al abrirse (no es que reconozca el ruido que hacen las distintas marcas de refrescos al abrirse, es que solo tenía latas de Pepsi en la nevera). Mi hermano estaba haciendo bien su papel de invitado inocente en casa ajena.

- Claro. Eres el hermano de Alex. Vivías aquí cuando nos conocimos. Además, he visto todas vuestras fotos familiares.
- ¿ Y qué haces aquí, Leo? Mi hermano me ha dicho que cortasteis. – Ahí, dale duro, Iván.
- Vengo a recoger algunas cosas. Pensé que era mejor hacerlo cuando no estuviera en casa, para evitarnos escenas.
- Pues está en casa. Se está duchando.
- Creía que estaría en el trabajo.
- Hoy no ha ido. Se pidió el día para poder recogerme en el aeropuerto. Por cierto, pensaba que trabajabais juntos.
- Ya hace tiempo que no, lo cual es lo mejor, dadas las circunstancias.
- Bueno... Entonces... ¿Te vas?
- No. Voy a recoger mis cosas, ya que estoy. Si no te molesta.
- A mí no me molesta, pero no puedo hablar por mi hermano.

De repente pegaron tres golpes en la puerta del baño que me dieron un susto de muerte y me dejaron sordo de un oído.

- ¡Alex, ¿te importa que recoja mis cosas?!

Leo parecía cabreado. Me alejé de la puerta y le dije que hiciera lo que tuviera que hacer.
La situación era un poco extraña. Me había pasado las últimas semanas desplegando una actividad de locos por las mañanas y llorando como un descosido por las noches, preguntándome si volvería a ver a Leo y si soportaría el terrible momento en que viniera a buscar sus cosas, lo que haría de nuestra ruptura algo aún más definitivo. Y ahora que había llegado ese momento deseaba que se diera prisa, se largara y me dejara follar tranquilamente con mi hermano.

Sopesé la idea de quedarme en el cuarto de baño hasta que se hubiera marchado, para hacerle las cosas más fáciles, pero enseguida recordé que yo era el novio despechado, que Leo me había abandonado por sus ganas de irse a comer pollas, pues decía que tenía la edad para hacer ese tipo de cosas, no para mantener una relación monógama. Y encima tenía que estarle agradecido por haber sido lo suficientemente civilizado como para dejarme antes de ponerme los cuernos. Que le jodan, pensé.

Me vestí, me mojé el pelo para que pareciera que salía de la ducha, me eché un montón de colonia nenuco y salí del baño con ganas de bronca.

Leo también había esperado que me quedara dentro un poco más, a juzgar por su cara.

- Hola, Leo- dije, con total indiferencia.

Esperaba verlo con una caja, no con un gurruño de bolsas del mercadona. Ni para recoger sus cosas decentemente servía.

- Hola, Alex. - Tanto la postura de su cuerpo como su voz fueron de tremenda pena. Y yo me sentí fatal por no estar más hecho polvo.
- ¿Os dejo solos? – preguntó mi hermano.
- ¡No! - contestamos Leo y yo al unísono.
- Bueno, pues pondré la tele.

Iván cogió el mando y se tiró en el sofá. Seguía descalzo y desnudo, a excepción, claro está, del slip. Me alegré de tenerlo en casa y de que siguiera siendo tan despreocupado como exhibicionista.

Le pedí que me hiciera un sitio en el sofá y nos pusimos a ver la tele mientras Leo iba de un lado a otro metiendo cosas que consideraba suyas (aunque no todas lo fueran) en sus arrugadas bolsas. Yo preferí no decir esta boca es mía mientras no intentara llevarse el iPod Touch que me había regalado por mi cumpleaños.

La cosa duró otros quince minutos. La verdad es que no se me hizo duro y, curiosamente, tampoco incómodo. Era incapaz de recordar por qué había estado con él los últimos dos años. La presencia de Iván lo eclipsaba todo.

Cuando hubo terminado de recoger sus cosas (el iPod lo dejó en su sitio, bien por él) el tío se sentó delante de nosotros y se puso a darle conversación a mi hermano. Que por qué nos habíamos peleado y se había ido (Iván) de casa, que yo nunca se lo había contado. Que por qué no nos habíamos hablado en dos años. Que cómo habíamos hecho las paces de pronto y, si nuestra ruptura (la de Leo y mía), tenía peso en esa reconciliación...

Para mi sorpresa, Iván fue contestando muy educadamente a todas sus preguntas, con mentiras, eso sí. Y digo para mi sorpresa porque mi hermano no podía ver a Leo ni en pintura. O por lo menos no podía verlo ni en pintura cuando empecé a salir con él (un día, en una de nuestras peleas a raíz de eso, hasta me juró que lo mataría). Sin embargo ahora parecía tolerarlo bastante bien.

Cuando la conversación empezó a girar hacia la vida actual que llevaba mi hermano empecé a ponerme nervioso, no porque mi hermano fuera a contarle nada escabroso sobre lo que pensábamos hacer en cuanto Leo saliera por la puerta (nada más lejos, Iván empezó a hablar de Tamara y del hijo que esperaban) sino porque ya me parecía de mal gusto que Leo siguiera de cháchara con Iván y a mí ni me dirigiera la palabra.

La situación se prolongó más de lo soportable y empecé a pensar que debía echarlo, aunque fuera de malas.

Entonces pillé a Leo echándole a mi hermano una mirada fugaz al paquete y cogí un rebote que no veas. El muy cabrón estaba largando tanto a posta, para poder quedarse más rato disfrutando de la visión del cuerpazo de mi hermano.

Me imaginé saltando del sillón y dándole una ostia a Leo, gritándole que saliera de mi casa, que era un cerdo y un pervertido, que me daba asco y que no comprendía cómo había desperdiciado tanto tiempo con una basura como él… y me reí de mí mismo. En realidad no sentía todo eso. Leo solo conseguía provocarme indiferencia, y un poco de irritabilidad. (Mi hermano tenía algo que ver en eso).

Pero aunque no le gritara todas esas cosas pensé que se merecía un escarmiento.

Como si la conversación me resultara cada vez más interesante me acerqué más a mi hermano, y como quien no quiere la cosa dejé caer la mano sobre su muslo. A Leo no le pasó desapercibido pero por lo visto a mi hermano sí. Igual pensó que era un gesto natural de su hermanito. No tardé en mostrar a ambos cuales eran mis intenciones. Mientras Iván explicaba cómo había conocido a su esposa, mi mano fue moviéndose lentamente hacia su entrepierna. No cabía duda de que Leo seguía atentamente el movimiento. Mi hermano perdió el hilo de lo que estaba contando
pero lo recuperó rápidamente. Mi mano siguió avanzando por su pierna desnuda hacia los huevos. Leo estaba muy quieto, sentado frente a nosotros, y no nos quitaba el ojo de encima. Iván seguía hablando aunque empezaba a decir incoherencias. Me pregunté hasta dónde me dejarían seguir y hasta dónde sería yo capaz de llegar. Mi desbocada imaginación me presentó una escena en la que mi hermano decía, "Alex, ¿podemos hablar un momento en la cocina?" y allí me preguntaba si me había vuelto loco, qué coño creía que estaba haciendo y desde cuando me había vuelto más cerdo que él.

En lugar de eso Alex abrió un poco más las piernas, como invitándome a seguir o para darle a Leo una visión cojonuda de lo que estaba pasando allí.

Cara o cruz, me dije. No sabía lo podía ocurrir si seguía adelante. ¿Leo saldría corriendo retirándome la palabra para siempre? No perdería gran cosa. Nuestra relación había sido un fracaso. Y si no huía... ¿Se quedaría ahí quieto contemplando lo que estaba a punto de hacerle a mi hermano?

Iván estaba claro que no era una incógnita en esta ecuación. Él no iba a detenerme. De hecho, abrió todavía un poco más las piernas, se recostó y dejó definitivamente de hablar. Mi mano llegó por la pierna hasta sus huevos y se mantuvo allí, en la ingle, rozando su paquete, el tiempo suficiente para que una delatora erección tirara tanto de su slip que se le empezaran a ver los pelos de sus gordos cojones por los lados.

La suerte estaba echada. Iván estaba berraco perdido, le estaba poniendo a mil que su hermanito le metiera mano delante de otro tío, como en los viejos tiempos. Leo seguía inmóvil y sin decir esta boca es mía. Y yo tenía que ir a por todas o retirarme.

Pero pensé que ya no había vuelta atrás. Leo ya habría atado cabos. Seguramente ya tenía la respuesta a todas las preguntas que le había formulado antes a Iván. Ahora solo quedaba demostrar si yo sería capaz de mamársela a mi hermano delante de mi ex.

Y si hay algo que se me dé bien en esta vida es mamársela a mi hermano.

Cogí la cinturilla del slip. Tiré, primero hacia fuera y luego hacia abajo y el vergajo de mi hermano quedé al descubierto con una erección de caballo. Me inundó el olor a sexo inacabado y me olvidé definitivamente de Leo. Me llevé aquel manjar del que nunca me cansaría a la boca y se lo comencé a mamar a dos carrillos. Comerle la polla a Iván era un vicio que no me permitía pensar en nada más.

Mientras mi cabeza subía y bajaba, cubriendo y descubriendo su tremendo falo, y mi saliva empezaba a empapar sus cojones, escuché la voz de Leo, que reaccionaba por fin.

- Esto no está bien- dijo.

Esto no está bien, repetí para mis adentros. Tú sí que no estás bien.

Seguí mamando sin importarme lo que dijera, si se iba o se quedaba.

Se iba. Cogió sus bolsas con sus cosas y casi corrió hacia la puerta.

- ¿No quieres quedarte?- le lanzó Iván.

No lo dijo en tono de burla, sino de ofrecimiento. Leo, al parecer, se quedó junto a la puerta, indeciso. Yo seguía mamando.

- Quédate – volvió a ofrecer Iván.

Supongo que Leo me señalaría en su indecisión, porque Iván me preguntó:

- ¿ A ti te molesta que se quede?

Así que me vi obligado a dejar de hacer aquella estupenda mamada y a cuestionarme algo que no me apetecía en aquel momento. Finalmente dije:

- Leo, creo que estás en esa edad en la que no deberías dejar pasar la oportunidad de hacer mamadas a pollas tan grandes y sabrosas como ésta.

Aunque era un sarcasmo en toda regla parece que Leo tampoco podía pensar con claridad en presencia de semejante manubrio. Dejó las bolsas y vino directo hacia el sofá. Se puso de rodillas ante Iván y empezó a comerle los huevos, visiblemente agradecido, dejando que yo le siguiera mamando el resto del vergajo.


Continuará…



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Norton y John, II



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(Este relato es de la casa).


Norton y John, II

John llegó a casa a eso de las ocho, después de un duro día de trabajo (se había follado a los cinco nuevos, uno detrás de otro) otra visita a su psiquiatra (Günter se había hecho de rogar pero al final había accedido a hacerle una mamada mientras John le metía cosas por el culo) y haber ido de compras al centro comercial para equipar a su hijo con todas esas gilipolleces que le hacían comprarse para la escuela y algunas gilipolleces más que le apeteció comprarle (incluso esto había supuesto un gasto de energía porque había dejado a su hijo mirando las consolas y se había ido a comerle la polla a un motorista en los baños), y lo que ahora le apetecía era llegar a casa, quitarse la chaqueta y follarse a Norton sobre la mesa, (Norton había dejado de trabajar como jefe de seguridad del complejo donde estaban las oficinas de John para ser su puta a tiempo completo) y por eso le dio tanta rabia comprobar que el polvazo tendría que esperar, ya que había un desconocido en su salón, apuntándole con un arma.

- Ahora vas a saber lo que es bueno, hijo de puta –le dijo el tipo de la pistola, con los ojos fuera de las órbitas.

John lo miró con cierta apatía y luego se puso a recorrer la casa en busca de Norton, habitación por habitación, mientras el tipo de la pistola se quedaba con un palmo de narices.

John encontró a Norton en el dormitorio. Lo habían atado de pies y manos (las manos a la espalda). Estaba desnudo, tendido boca abajo. Llevaba una mordaza en la boca pero sus ojos mostraron alegría al ver a John.

John comprobó que no lo habían lastimado mientras el tipo de la pistola lo observaba, apuntándole con el arma, desde el umbral de la puerta de la habitación. Norton estaba bien. Pero su culo desnudo pedía a gritos que se lo follaran. John se sacó la polla y la colocó, morcillona, en la raja del trasero de Norton, que aunque seguía atado empujó las caderas hacia él para que le rozara el esfínter con su manubrio. El tipo de la pistola se la puso a John en la sien, mientras éste se llevaba una mano a la boca y se llenaba los dedos de abundante saliva.

- ¿Es que no te importa que te dispare? ¿Te lo vas a follar igual? –gritó el desconocido armado, fuera de sí.
- Supongo que si quisieras matarme ya lo habrías hecho. Si no me quieres matar y no parece que te apetezca follar, supongo que quieres hablar. A lo mejor crees que tienes algo que decirme. Puedo follarme a Norton mientras te escucho.

El desconocido lo observó de perfil, vio como le esparcía la saliva a Norton por el ojete y como empujaba la polla, ya totalmente erguida, hacia las entrañas del hombretón, que se la tragaron sin ofrecer resistencia. Finalmente, bajó la pistola.

- Veo que no has cambiado –dijo el tipo.

Esto llamó por un momento la atención de John.

- ¿Nos conocemos? –preguntó, mientras empujaba con creciente fervor contra el culo de Norton.
- ¿Ni siquiera me reconoces? Soy Freddy, tu primer secretario.
- Estás horrible –dijo John, embistiendo.

Norton empezó a gemir: Mmmmm, mmmmm (tenía la boca todavía amordazada).

- ¿Cuántos años tienes, Freddy?
- Veinticinco.
- Aparentas cuarenta.

Esto hizo que Freddy se enfureciera y le pusiera otra vez la pistola contra la cabeza. John aprovechó para darle una palmada al culamen de Norton y hacer un movimiento circular de caderas que hizo que Norton gimiera más fuerte: MMMMMM, MMMMMM (seguía con la mordaza).

- Si tengo este aspecto es por tu culpa.
- ¿Tú crees? Hace seis años que no nos vemos. No veo como puedo influir en tus hábitos poco saludables. ¡Toma polla!
- Mmmm, mmmm.
- Me convertiste en un adicto al sexo. Me hiciste probar todas aquellas cosas, me llevaste de la mano al infierno de las vergas goteantes, los cuerpos sudorosos y los culos abiertos. Cuando me echaste del trabajo busqué desesperadamente llenar un vacío.
- Así… Tendré que atarte a partir de ahora. Ohhhhh, Dios, qué culo, qué culoooooooo.




- Cada noche me iba a los más sórdidos locales y no volvía a casa hasta que no quedaba nadie a quien hacerle una mamada. Cuando mis padres se dieron cuenta de que las manchas del sofá eran de leche me echaron de casa y tuve que prostituirme una temporada hasta que encontré un viejo millonario que me recompensara por darle por el culo.
- Toma, toma, toma.
- Mmmmm, mmmmm.
- Nunca tenía suficiente. Me han follado hasta ochenta tíos, uno detrás de otro, en un inolvidable fin de semana. Una polla, y otra, y otra. Se me corrían encima y tenía que tragarme toda esa leche, me llenaban la boca con sus cojones y no podía respirar. Era fabuloso…
- ¿Qué quieres, Freddy?
- Quiero que me contrates otra vez. Me despediste muy pronto, nunca he trabajado, no sé trabajar, no encuentro trabajo. Mi millonario se murió y se lo dejó todo al caniche. Y sin dinero me veo obligado a llevar estas pintas de pordiosero y una pistola de chocolate.
- Hagamos una cosa. Hoy me he corrido tantas veces que no me queda ni una bala en la recámara. Si consigues que eyacule, te puedo meter de jefe de seguridad en el complejo donde están mis oficinas, tenemos una bacante.
- Pero no valgo para el puesto.
- Norton tampoco valía. Se ha dejado amordazar por un tipo con una pistola de chocolate.

Zaca, zaca.

- Está bien. –Freddy se deshizo de sus harapos, le abrió a John las cachas del culo y empezó a lengüearle mientras éste no dejaba de encular al pobre Norton, que seguía mmm, mmmmmm, amordazado.

Cuando Freddy consideró que ya estaba bien de comerle el culo le endiñó su pollón (una cosa grande y venosa que rezumaba líquido) de un solo golpe. El trasero de John, acostumbrado a estos menesteres, se la tragó entera al primer empujón. Freddy la mantuvo bien apretada, solo se veían los huevos fuera. No tenía que hacer nada porque los movimientos que hacía John para follarse a Norton le servían a Freddy para encularlo. Sin tener que mover un dedo.

Zaca, zaca, zaca. Mmmm, mmm. Zaca, zaca.

Cuando se cansaron de hacer el trenecito Freddy se puso en pie encima de la cama para que John le comiera el transatlántico. John tragó polla mientras no dejaba de follarse a Norton, zaca, zaca, ni por un segundo.

Mmmmm, mmmmm, hacía Norton.

Freddy le quitó la mordaza poco después para que también Norton probara su acorazado Potemkin.

- Si no me haces correrme a mí no hay trabajo –le recordó John.

Mientras Freddy le llenaba la boca a Norton con su espada laser echó un vistazo a la entrepierna del antiguo jefe de seguridad y calculó.

- Está bien. Voy a hacer que te corras –desató a Norton y le pidió ayuda. Juntos cogieron a John por la fuerza, lo hicieron recostarse sobre la cama con el culo fuera de la misma y le clavaron ambas pollas, el submarino nuclear de Freddy y el barco de vapor de Norton, a la vez y sin previo aviso. Tuvieron que darle mucho por culo, cosa de veintinueve minutos, antes de que John soltara una esmirriada corrida en el colchón.
- El puesto es tuyo.
- Te has corrido sin tocarte. Quiero un aumento.
- Vale.

Entonces le dieron la vuelta a John y se hicieron sendos pajotes encima de su nariz, corriéndose Norton y Freddy casi a la vez y llenando toda la cara de John de leche espesa y caliente.

Ya en la ducha, John le confesó a Freddy:

- Sabía que la pistola era de chocolate. Hoy he ido al centro comercial y le he comprado una igual a mi hijo.

A lo que Freddy contestó, saltándose la cuarta pared:

- ¿Qué fue primero, la foto o el relato?










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